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CANCIÓN:
SOMETHING NEW
DEBUT SOLISTA
MINI-ALBUM
ARTISTA:
HAN SU MI
KSJ
ENTERTAINMENT
240 PUNTOS CONSEGUIDOS
DORAMA:
FUGITIVE LOVERS
DEBUT:
ACTRIZ
ARTISTA:
HWAN TAE JOON
MYP ENTERTAINMENT 1445 PUNTOS CONSEGUIDOS
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por Kim Na Hee el Miér 04 Abr 2018, 23:24


veinticuatro de abril,
por la noche.


Sentía su cuerpo temblar tras el esfuerzo físico y emocional de las últimas tres semanas. Los dedos engarrotados, las ojeras bajo los ojos ocultas por el perfecto maquillaje de las estilistas de su compañía. Pese a que mantenía la actitud positiva, una sonrisa vibrante cada vez que la cámara enfocaba en su dirección y llenaba la voz de emoción, las promociones del nuevo single de Cherriez, la había drenado. Estaba cansada, anhelaba poder hundirse en el colchón, quedarse horas y horas entre el refugio de las sábanas, perdida en el sueño. Aquel estilo de vida —las reuniones, las presentaciones, bailar, no descansar y cuidar su figura—, estaba pasándole factura. Había perdido unos cinco kilos gracias a ello, se le notaba en los pómulos marcados y en la clavícula y solo esperaba poder acostumbrarse a eso. Con dedos temblorosos, aferró el pasamanos de las escaleras. Su mánager solía decirles «necesitan verse como las chicas perfectas, tomen las escaleras en vez del ascensor, así podrán seguir la línea», así que la imitó.

Llegar al piso que compartía con las chicas, fue una tarea dura. El cansancio la hacía respirar con dificultad, su cuerpo pidiendo a gritos algo más que solo aire y agua de limón. Estaba pensando en ordenar alguna comida —valiéndose de que su mánager las había dejado solas por ese día y quería pecar—, cuando alcanzó el piso y la visión que la esperó allí, la detuvo en seco. Una expresión de sorpresa se apoderó rápidamente de su rostro, sus ojos adhiriéndose a la figura que se encontraba sentada fuera de la puerta del apartamento y Nahee sintió los labios temblar mientras encontraba la fuerza para emitir un sonido—. ¿Sungyeol? —una exhalación a medias, una mirada nerviosa que repasó el perfil masculino con dudas que se transmitían en sus ojos. Tuvo miedo de acercarse, dando un pequeño paso hacia atrás como si aquella visión la hubiese asustado —lo cierto es que no podía encontrar sus pensamientos en ese momento, su mente quedando en blanco por completo—, y sintió el corazón darle un vuelco en el pecho, una extraña sensación asentándose en la boca del estómago.

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por Bae Sung Yeol el Jue 05 Abr 2018, 05:45

Cogiendo una bocanada de aire, se dijo no seas gallina, y llamó al timbre. Esperó frente a la puerta con una postura nerviosa, aunque nadie respondió; se atrevió a llamar una vez más, pero sucedió lo mismo. Debió haberse imaginado que el apartamento estaría vacío antes de ir hasta allí, pero aún así había ido, deshaciéndose de las ropas de idol para presentarse como sólo un chico. Tomó asiento en el primer escalón de la escalera contigua que subía hasta la siguiente planta, entrelazando ambas manos y decidido a esperar toda la noche. Su tez tenía un ligero color amarillento, fruto del cansancio provocado por el éxito que el nuevo mini-álbum había tenido.

Llevaba un par de dedos vendados, adoloridos de micrófono, ensayo y partituras; el tiempo para descansar lo había invertido en sostener un lápiz y garabatear poesía sobre pentagramas, versos simples que no entonaría en voz alta —luego, arrugaba el papel, lo hacía añicos. Parecía haber enloquecido tras el suceso en la gala, carcomido por todo lo que (no) se dijeron y aquél adiós a quemarropa. Así que esperó. Al igual que la vez anterior, no sabía qué era lo que tanto quería decirle y el corazón le daba vueltas como una peonza al pensar en que también debería enfrentar a sus compañeras. Con los codos apoyados sobre las rodillas, alzó las manos enlazadas y apoyó la barbilla en estas, dejando que los ojos se le cerraran, irritados por la luz intermitente de un fluorescente a punto de quemarse.

No abrió los ojos aunque escuchó los pasos al subir, escalón a escalón, acompañados de un jadeo agotado. Fue como si hubiera perdido la capacidad de moverse con fluidez, pero se obligó a abrir los ojos y bajar poco a poco las manos, agarrándose a la barandilla, justo cuando Na Hee aparecía en el rellano. Vio la metamorfosis de sus rasgos, la reacción a encontrarlo allá y, al instante, también notó cuánto estaba sufriendo. Él tragó saliva y se ayudó de su agarre para ponerse en pie, dándose un paso hacia adelante al mismo tiempo en el que ella retrocedía uno hacia atrás: se detuvo, contemplando su pánico y delgadez. Cohibido, retrocedió aquél paso con la mirada puesta en el suelo, preguntándose si no era aquello (el irrumpir en su vida una vez más) otra forma de violencia.

— Lo prometí. —musitó, como un lamento, como un perdóname, no pude decirte adiós.

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por Kim Na Hee el Vie 06 Abr 2018, 16:08


Aquel vocablo se le incrustó en el pecho, la misma sensación del hierro atravesándole la carne, los ventrículos, las arterias, el pulmón y Nahee sintió el deseo inequívoco de la huida, de echarse para atrás y evitar ese encuentro por mucho que lo había estado deseando —desear era una palabra demasiado inocua para describirlo, había sido casi igual a estar hundiéndose en un mar oscuro por tanto tiempo que su cuerpo se había olvidado de cómo era respirar una bocanada de aire fresco (él)—. Negó varias veces con la cabeza, sin saber a qué le decía no, a la promesa o a su presencia, porque estaba cansada de lidiar con las emociones que sobrevenían al encuentro de sus miradas. Después de todos los acontecimientos, le habían prohibido expresamente ese tipo de conductas. Una advertencia que le supo a arena en el paladar, pero que acató—. Lo sé —y parecía que no lo sabía, su mirada contradiciendo lo que sus labios emitían. ¿Acaso no había un entendimiento mutuo entre ambos? ¿No quedó claro que era una promesa ficticia por el bien de sus corazones? Nahee se lo preguntó sin palabras. Había sido suficiente con lo ocurrido en la gala.

No deberías estar aquí —su voz era un suave susurro, una mullida exhalación de palabras que tenía la extenuación del día en ella, sus dedos se movieron nerviosamente sobre el bolso que cargaba, buscando a tientas las llaves de la puerta al apartamento. Por un segundo, se le cruzó la idea de ignorarlo, de pretender que no daría pie a lo que sea que sucedería, pero no podía. Nunca a él—. Quieres… —se volvió con un gesto nervioso, los dedos recorriendo las pequeñas formas de la llave en sus manos mientras su mirada se incrustaba en el suelo, incapaz de encontrar sus ojos —no podría respirar si lo hacía, conociendo el peso de todo lo que no decían—, y humedeció sus labios, haciendo acopio de una fuerza que no sentía—. ¿Quieres… entrar? —firmó aquella sentencia de muerte al arriesgarse a alzar la mirada, fijando sus orbes en los ajenos y supo, sin mediar palabra alguna, que acababa de cavar su tumba. No solo acababa de invitarlo a un apartamento donde estaba vetada la entrada de hombres, sino que lo estaba anhelando. Volver a hablar con él, reírse de las tonterías que ocurrían día a día, regresar a aquellos tiempos donde solo habían sido ellos, dos personas encontrándose en el momento preciso para salvar sus derrotadas almas.

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por Bae Sung Yeol el Sáb 07 Abr 2018, 01:23

Aquél sonido —no su voz, sino el de la distancia— violentó a su pecho, que le daba una sacudida. Cuatro palabras que alargaban los dedos, se hundían carne-músculo, retorcían ventrículos hasta alcanzar el corazón —estrujarlo, exprimirlo, empequeñecerlo. Porque no había otro lugar sino era aquél y ella debía saberlo, que no había cabida para la moralidad ni el deber si sólo sentía su tormenta apaciguarse allí. Y tras la línea de la prudencia, la contemplaba, imaginando besos donde llevaba ojeras. Quería salvarla, saltar a su piscina, pero ella aún seguía sin mirarlo y Sungyeol no sabía qué debía decirle —qué quería escuchar / qué quería de él—, conteniendo el aliento tan pronto la vio sacar las llaves. Alcanzó la puerta, tintineando las llaves junto a la cerradura; fue cuando miró para otra parte, incapaz de verla marcharse una vez más, sintiendo que la próxima vez —la próxima— no albergaría coraje para rogarle.

Propuso. Acababa de despacharlo y, unos minutos después, lo invitaba a su casa —a su vida, nuevamente. Quiso acortar la distancia de una zancada, sostenerla sin vergüenza por los hombros y sacudirla, arañarle sus propósitos, lo que fuera que quisiera de él. Lo estaba volviendo loco, aquél tira y afloja de decirse sólo un eco de la verdad. Y siguió allí, dilatando el tiempo, sintiendo la sangre arder, ¿entraría? Cruzar el umbral como sellar todas las heridas, sentarse en su sofá, oírle de nuevo la risa; codiciarla eternamente en aquél habitáculo —y luego qué. Saldría de aquella casa como de un sueño y regresaría en otro momento, incapaz de distinguir lo que podían ser de lo que no. ¿Volvería a decirle que el buscarla —que el anhelarla— era solo un error? Dio un paso. Aquella noche, era más necio que valiente. — ¿Quieres que entre? —bajo lo trémulo, había más guerra que amor; una intención puntillosa y casi hiriente. Ella ya sabía su respuesta, porque estaba allí. Avanzaba un paso más, sosteniendo su mirada sin turbarse. Si daba un paso más, no volvería a retroceder.
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por Kim Na Hee el Dom 08 Abr 2018, 18:05


Tal vez estaba siendo demasiado osada, pecando de querer mucho cuando no merecía nada. Soñar solía pedir un alto precio, el suyo —aquel que había estado dispuesta a pagar por probar un poco de ambrosía divina oculta en la fama de debutar—, era renunciar a la persona que había sido antes. A los amigos que había atesorado cuando cumplir tus sueños era una utopía que anhelaban con el corazón en un puño, soñándose alguna vez invencibles frente a los golpes de la realidad. Sungyeol hacía parte de ellos, de aquellos deseos que fueron destruyéndose poco a poco —la resignación había sido su única salida, al tener que escoger entre lo que alguna vez anheló y aquello que la hizo feliz—, pero ahí estaba, una vez más, decidido a entrar a su vida (y ella a dejarlo entrar por más que le costara)—. Si —se le tiñeron las mejillas de osadía, envalentonada por un impulso desesperado y temió sus propias decisiones en el segundo siguiente que las tomó.

Huye, susurró una voz en su oído, aquel simple vocablo recorriéndole desde la punta de los pies hasta la última hebra de su pelo. El color se le mostró en el rostro, las facciones dejando traslucir aquella pugna interna mientras los dedos le temblaban al sostener las llaves. Pero había tomado una decisión y tragándose todos los miedos —mirándolo, porque hacerlo siempre traía todas las respuestas a sus dudas (todo estaría bien sí estaba ahí)—, volvió a asentir, volviéndose hacia la puerta, hundiendo la llave en la cerradura con más nerviosismo que valentía. La puerta abierta tenía el regusto de una apología a su corazón—. Adelante —murmuró, haciéndose a un lado para que él pasara. Su mirada volvió a encontrarse con la ajena y se sintió desnuda, con todos los miedos al aire, con las pesadillas y los sueños rotos expuestos; sintiéndose pequeña al saber que había sido la única en rendirse, que Sungyeol seguía luchando y ella, en cambio, permitía que la devoraran sus demonios.

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por Bae Sung Yeol el Dom 08 Abr 2018, 22:38

Aquél pie suyo parecía haber pisado una granada y, mirándola, se preguntó si su desesperación no acababa de llevarlo al sepulto. Él creía. Querría que desplazara el peso de su corazón al suyo, para que así comprendiera que aquella carga era una que él ya conocía, veterano de su mismo contrato —renuncia a cambio de fama; pero ya lo sabía, lo de su peso (y otros males), y aún así fingió, rehuyendo lo sincero, el puñado de normas que Yeol había quebrantado para llegar hasta allí.

Él quería creer con porfía y vencería. En el mirar de Nahee se libraba una cruzada, la presenció silente y, cuando al fin se movió, parecía estar izando la bandera blanca, la tregua. Encajó la llave, chirriando las vigas al abrir la puerta. No permitió al tiempo seguir creándole más dudas, avanzó antes de que fuera a impedírselo, rozando con las suelas los casquillos de todos sus miedos —y estos también eran los suyos propios. En el descansillo, se descalzó los zapatos y avanzó sin volver la vista para buscarla, deteniendo la marcha en el salón, respirando el olor a champú femenino y té de hierbas.

La quietud del lugar sostenía la mano de su nerviosismo creciente, realimentándose y creciendo a la par. Más que nunca, el peso del hombre junto a una mujer —no una amiga. No se había quitado la chaqueta y no sabía si debía hacerlo, desconociendo del tiempo que Nahee planeaba prestarle, pero más aún, acomodado en el rol de intruso. Mordisqueaba el interior de sus mejillas y frotaba sus manos entre sí, incómodo. — Es... cálido. —dijo, bienvenida a una conversación más casual, pero quizás no tenía que ver con la casa. Seguía dándole la espalda, contemplando nuevamente los muebles, persiguiendo las distracciones. — Estás más delgada. —añadió. Torció para sostenerle la mirada. Ni si quiera había cumplido aquello: dejar que cuidaran de ella.

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por Kim Na Hee el Dom 08 Abr 2018, 23:58


La tristeza bailó en sus labios en forma de sonrisa. Una emoción descarnada que se le enredó en los ojos, con intención de sepultarse en sus pupilas, mientras intentaba hacer acopio de una valentía artificial, observando la espalda masculina con todas las preguntas pronunciadas en medio del silencio. Agradeció que las hiciera un soplo de brisa, imperceptible y débil, moviéndose entre el pequeño espacio descansillo, haciéndose cada vez más pequeña con los segundos, quitándose los miedos al mismo tiempo que los zapatos, enredándose las dudas en el moño del pelo; se convirtió en osada, forjada en tristezas—. Viven cinco chicas aquí —los dedos se le unían y desunían, las uñas clavándose ligeramente en la suave piel, rascándose el interior de las falanges en una manía nerviosa. Encontró cierto consuelo en mirar las paredes de un palo rosa, atreviéndose a pasar por delante de él, deshaciéndose del abrigo propio, dejándolo sobre uno de los muebles y tenía algún ofrecimiento en los labios —ni siquiera sabía cuál, solo que lo tenía ahí, palpitándole por ser pronunciado en medio de aquel campo desierto de promesas rotas—, cuando su mirada volvió a encontrarse con la ajena y las palabras detuvieron —por un mísero segundo—, el pálpito de su corazón.

Nahee fue consciente de todas y cada una de sus deficiencias, sintiendo aquel tono oscuro bajo sus ojos cobrar vida, el peso perdido en las mejillas, la línea marcada de la mandíbula. El cansancio pulsó en sus huesos y se sintió demacrada, hecha un fantasma frente a él —se le acobardó la valentía, se le hizo un muñón la boca—, y trató de cubrir todo lo feo con las manos, pasarse los dedos sobre el rostro como si sus yemas pudiesen eliminar los signos del agotamiento—. Lo siento —escuchó el eco de las palabras de su estilista: «preciosa, preciosa, preciosa», el mantra pronunciado a sí misma durante los escasos segundos antes de una presentación, observando aquel saco de huesos y piel devolverle la mirada a través del espejo y transformarlo, lenta y progresivamente, en la apariencia de algo cercano a «preciosa»—. No tuve tiempo de hacer nada al respecto… he estado… he estado… ocupada —el enredo de palabras, de disonancia frente a la frase pronunciada, no fue procesado por su cerebro. Nahee pecó de nerviosa, dándole la espalda en un arranque de terror—. ¿Quieres algo de tomar? Hay jugo de naranja —soltó en medio de un barboteo confundido, perdiéndose en el interior de la cocina para servir dos vasos, sin esperar respuesta, solo para mantener ocupada su mente.

Le temblaban los dedos, el jugo de naranja terminando regado alrededor de los vasos y en medio del nerviosismo, de la toalla de papel para limpiar, de sus propias palabras por la inutilidad de su comportamiento; el cristal cayó en mil pedazos.

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por Bae Sung Yeol el Lun 09 Abr 2018, 22:31

Es porque has estado ocupada, quiso decirle. Agravaría las preocupaciones que lo carcomían cuando se tumbaba finalmente en la cama, el día extinto, preguntándose si se habría alimentado bien o si estaría teniendo tiempo de acordarse de él —tanto como él se acordaba de ella. La vio marcharse, dejándolo con un gracias, corto y demasiado educado, en la punta de la lengua. Se le había cerrado el estómago después del lo siento, pero bebería para verla hacerlo también; sentía remordimiento por mencionarlo y enojo hacia aquellos que le hubieran dicho que sus mejillas, redondas y coloradas, no habían sido bonitas antes. Allá, dando un par de pasos en falso —adelante para volver hacia atrás—, queriendo asistirla en la cocina pero hallándose tan nervioso como la que acababa de huirle.

Y el estruendo de los cristales al romperse. Antes de que la casa se sumiera nuevamente en el silencio, Sungyeol apareció en la puerta de la cocina, el pecho agitado y los ojos bien abiertos, caminando sobre los cristales —partiéndose bajo sus plantas— hasta llegar a ella. Sostuvo sus manos, el corazón latiéndole en la punta de los dedos, no hallando sangre. La miró, no soltando sus manos frías, mitigando el escozor del miedo —su herida. Pudo culparla de cuánto le dolía entonces el pecho, pero reteniendo el aliento, atinó a decir a media sonrisa:— No me gusta el zumo de naranja. —una mentira que dibujó como consuelo, acariciando con el pulgar el centro de sus manos, ásperas. — Nahee. —exhaló, el nombre viró sobre su lengua. Se le fruncieron los labios, deteniendo la mueca del herido, los vidrios clavados en las plantas de los pies, y maldiciendo su falta de destreza, pues siempre fue de letras y no palabras. — Háblame. —escupió un murmullo ronco; hazme partícipe, no sigas echándome. Por favor. —apenas audible. (Déjame salvarte).
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por Kim Na Hee el Vie 13 Abr 2018, 01:03


Todo pasó demasiado rápido. El cristal rompiéndose en mil pedazos, el sonido de pasos siguiéndole cual gotas de lluvia al petricor y las manos sobre las suyas, dedos explorando en búsqueda de alguna herida (in)visible. Le tembló el alma —junto con las falanges, los miembros, los labios—, y tuvo miedo de actuar con más imprudencia producto del miedo que a causa de un valor que ya no sentía, porque se desapareció de un golpe al oír las palabras de aquel muchacho. Se le acumuló un terremoto de vocablos en una mirada indecisa, ojos encontrándose mientras el aroma férrico de la sangre le inundaba las fosas nasales y respiraba —incapaz de encontrar respuesta alguna a esa petición—, tratando de tragárselas en un muñón. No sucedió, ingenua ella pensar que podría controlarlas cuando la necesidad de expulsarlas rivalizaba con la misma del cuerpo al pedir alimento—. Esto no está bien —brotó en un susurro confundido, su tono de voz comenzando a elevarse segundo a segundo y no sabía si estaba sonando histérica, descorazonada o furiosa—, no entiendo por qué estabas esperando afuera de la casa, ¿qué piensas hacer? —se le enredó todo, los pensamientos, los vocablos, se sintió presa de una duda que no entendía, aterrada de mirarlo a los ojos y saberse perdida; por eso miró hacia el suelo, hacia el rastro de sangre que comenzaba a filtrarse a través de los pies de Sungyeol—. Solo te harás daño —dijo y no sabía si se estaba refiriendo a los cristales bajo sus plantas, a su presencia junto a ella o a ambos.

Liberó sus manos presas de él, buscando entre uno de los paños ubicados en la cocina y, al encontrarlo, se arrodilló para comenzar a recoger los trozos de vidrio entre la tela, cuidando de no cortarse. Su visión estaba fija en la sangre—. Ve a sentarte —le dijo, el sonido áspero de insatisfacción en su voz, sin saber el por qué estaba molesta. ¿Con él o con ella? Por originar ese tipo de situaciones cuando sabía, cuando ya se había repetido más de una vez que, al final del día, ambos estaban mejor por su lado. ¿Por qué aferrarse a recuerdos? Trataba de ser racional, trataba de protegerlo a él—. Buscaré un kit de primeros auxilios —le dijo al terminar de recoger, sin encontrar su mirada, solo moviéndose a través de la estancia, evitándolo, huyéndole de la única forma que podía. Perdiéndose en algún lugar de las habitaciones, regresó varios minutos después con gasas, puntos mariposa y alcohol en sus manos.

Todo su cuerpo se detuvo en el momento en que estuvo frente a él, indecisa sobre qué hacer.


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por Bae Sung Yeol el Vie 13 Abr 2018, 21:21

Al escucharla, sostuvo sus manos con mayor fuerza, un inútil intento de retenerla aquella vez; aquella vez, que tanto se estaba esforzando en convertir en apéndice de su despedida. Yeol quería preguntarle a dónde vas, preguntarle por qué no quieres que vaya contigo —y seguía apretándole aquellas manos, pequeñas y frías, hasta el punto en que quizás comenzaba a hacerle daño. Su nombre había sido sinónimo de salvavidas, con los días, de hogar: por eso no podía decir/sentir de aquello equívoco. Incapaz de moverse —de avanzar— había llegado hasta ella; ¿dónde alcanzarían, si echara a andar? Si se atreviera, como aquella noche. Sus heridas —las suyas, las de él, las de ambos— ya los habían mordido bastante, a su hambruna la había saciado el silencio —meses separados—, ya no querían más, sólo tenían sueño: se les estaban quedando dormidas, aún si ella insistía que no eran más que guerra. Sungyeol, a sus heridas, las había olvidado, pues la estaba mirando. Y como siempre que lo hacía, la boca se le hacía un barrizal.

— ¿Por qué no está bien? —un siseo entre dientes, la mandíbula aún cuadrada y su voz, algo que parecía un gruñido. Los daños, cualquiera que fueran las excusas, las estaba arrojando como si pusiera aquella casa patas arriba. Quisiera gritarle de vuelta, pero en lugar de aquello, susurró:— No estoy haciendo nada malo. —y no la miraba a ella, sino a aquellas manos. Se las apartó, instruyéndole y marchándose, como había hecho también la otra vez. Sentarse en un sofá próximo como sentarse en el banquillo, sepultarlo(s) para siempre. No lo hizo. Arrastró los pies hasta que no pudo andar más, la vista fija en el pasillo vacío. Sentía tiritar los dientes mientras la esperaba, los puños cerrados, los nudillos del color del hueso. Y ella regresó. Nahee. La llamó sin despegar los labios. Ambos, quietos, se miraron. — No estoy pensando en nada —respondió, arrastrándola de vuelta, buceando entre columnas de humo—, sólo he hecho lo que quería hacer. ¿No lo entiendes?, aquél era el reclamo, prendiéndose.

Había algo injusto en la forma de quedarse allí, estoico pese al dolor y sus calcetines en escarlatas. — Creía —aquella boca temblaba como si estuviera gritando, pero podía oírse el zumbido de la electricidad, el bombeo al unísono del nosotros que te alegraría verme. Supongo que he hecho mal —tragó saliva, una dolorosa pausa— al venir. —era una farsa. — Pero la cosa es que yo sí. Yo sí —había perdido la paciencia— me alegro de verte. Y quiero hacerlo —quebró la distancia, tragándose lo que quisiera gritar a cada paso y cuando se detuvo, el anhelo no lo dejaba respirar— todo el tiempo. —se inclinó y cayó su boca hacia la otra, mareada sobre su arco de cupido, sostenida por la prohibición justo sobre la comisura derecha. No la tocaron —sus labios—, pulsante el deseo de dejarse morir allí pero detenido por algo frágil y cobarde, apoyó pesaroso la frente sobre la suya. Duró una eternidad, aquél instante.
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por Kim Na Hee el Sáb 14 Abr 2018, 21:02


«¿Por qué no está bien?»

¿Cómo explicarle que estaba mal? ¿Cómo decirle que cada vez que sus ojos se encontraban, por aquel ínfimo segundo en que las palabras sobraban, se dirigían por un camino en el que no había retorno, en donde debían sacrificar más de lo que tenían —más de lo que soportaban? Nahee tenía mil y una razones por las cuales no estaba bien. ¿Por qué iba a permitir algo que sabía que no podía tener? ¿Qué clase de tortura era esa? No quería herirse más —ni herirlo—, no quería comprender esa vorágine de emociones que nacía en el instante en que él la miraba y la hacía sentirse diminuta —y contrario a todo, también encendía aquellas mariposas que deambulaban en su estómago, el temblor rozagante en la punta de sus dedos, aquel anhelo por ir y encontrarlo, por volver a ser solo ellos dos y una piscina; borrarse el apellido, despojarse de las vestimentas de artistas, convertirse en solo Sungyeol y Nahee—. Quería librarse de ellos, de los temores y arrepentimientos que estaban ligados a su nombre. Ser cobarde y mantener intacto sus sueños.

Mientes —se le estancó el oxígeno en los pulmones, al igual que los vocablos comenzaron a agolparse bajo su paladar y su mirada de cierva —temerosa, queriendo huir de aquellos ojos de depredador—, se desvió hacia otro punto en particular, hacia algún lugar menos doloroso, menos increpante mientras las palabras se hacían dagas y cada centímetro que se desvanecía, se convertía en un barrote de aquella jaula—. No puedes quiso gritarle, pero solo fue un susurro de labios temblorosos y manos ansiosas, de un corazón impaciente, latiendo a noventa pulsaciones por segundo. Quiso correr, esconderse del tacto de su piel contra la propia y el cuerpo se le llenó de angustia, ante el suave roce. Deseó preguntarle si la odiaba hasta el punto de tomar cada pedacito de su alma y rompérselo en mil pedazos, si quería borrar sus recuerdos y suplantarlos por ese único instante. Porque Sungyeol debía saber, aunque ella lo hubiese ignorado por tanto tiempo, que su corazón le pertenecía.

Por favor —la visión se volvió un tumulto borroso de lágrimas anegadas en sus pestañas, cerró los ojos para evitar observar su rostro y toda su anatomía tembló contra su cuerpo como pálida luna en el agua. El susurro de los implementos en sus manos al caer fue el único sonido que siguió a aquellos dos vocablos, antes de que todo lo demás pareciera detenerse, el ruido de Seúl desapareciendo lentamente entre ellos mientras las lágrimas caían por sus mejillas.




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por Bae Sung Yeol el Mar 17 Abr 2018, 20:30

Estoy tan cansado, amor, de aquella tormenta que no rompía. El temblor del agua, baldosas azules —aquél inicio— estaba en los ojos de Nahee, maldicho por ella; pero las esquirlas de aquello seguían clavadas en ambos, respiraban recuerdo, cloro, la humedad en la toalla con la que había secado su pelo —un milagro nacido cada vez que lo tocó. Cerraba los ojos, vertido su corazón mejillas abajo y él le persiguió aquella lágrima, deteniéndola en su cuello, el pulgar que rehacía el camino hacia arriba, acariciándola hasta que alcanzó sus pestañas.

Y tiró de ella (hacia a él, para él), empuje de sus narices, marchitándose el cuidado ante la cercanía, sus cuerpos unidos una metástasis de lo inevitable: su boca le halló el temblor embustero —lo mató. La sangre (su saliva caliente) y la herida (la boca) le hicieron el amor (a ella: la chica, la guerra/la derrota). Así la besó, no como una condena sino como una salvación, arrancando los grilletes: aquél anhelo insoportable, hirviendo en sus muelas. La amó, un delirio cruel, el movimiento de sus labios como brazadas, hacia adelante —adelante. Y más, más, imponiéndose a la razón. Pellizcó de olvido su labio carnoso, alejándose del vórtice, jadeante, mareado —vivo.

No pidió por favor, como ella había hecho. Su aliento olía a besos cuando le dijo:— Puedo. —Harto de moral y medias verdades. Lazada a su cintura, la había envuelto con un brazo sin darse cuenta y, aflojando el agarre, se dijo que esto sería lo único que cedería. Su mirada fue por fin una hecatombe y su mandíbula se entornó con violencia. — ¿No estás cansada —la necesitaba tanto que se odiaba— de huir? —las palabras, un calco de las que le arrojó tiempo atrás. No habían invertido los papeles. Él seguía arrastrándola al fondo.

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por Kim Na Hee el Mar 24 Abr 2018, 01:16

El beso tenía el regusto de la sal en el paladar. De la mezcla de cloro y risas compartidas, de recuerdos que iban y venían a través de la forma en que sus labios se movían —de su cuerpo trémulo abatido por la emoción de aquel inesperado gesto—, y Nahee se sintió perdida, embriagada en la sensación que cada receptor de su anatomía transmitía. Tal vez, solo esa vez podía permitirse aquel pedacito de cielo (el roce sutil de la punta de su lengua buscando, temerosa, indecisa, la profundidad de la boca ajena; de sus dedos estremecidos enredándose en las cortas hebras de ébano; de perderse en aquel efímero instante en que su respiración se volvía una sola y aquella pequeña y sutil muerte —de oxígeno atrapado en los pulmones, de cuerpos tocándose, del corazón abierto mostrando todos los colores—, parecía la puerta al paraíso y no al infierno). Por esa vez, egoísta y cruel, se permitió soñar a Sungyeol; pues él se había convertido en uno de esos sueños prohibidos, de esos que solía guardar en una caja a dos candados, fuera de la vista de todo aquel curioso, manteniéndolo cerca ahí donde nadie podía entrar (corazón/coraza).

No —mintió, la yema de los dedos jugando con la suave piel de su cuello. Tenía los ojos empapados en miedo, la boca hambrienta por una acción que había desconocido hasta hacía unos segundos y que añoraba, más que el oxígeno, más que el agua; sintiéndose presa de todos los anhelos que se le agolparon en un segundo. El tropel de palabras se le hicieron un nudo en la garganta, lo miró con las dudas a flor de piel—, quiero esto —le temblaron los labios—, la vida de artista, ser algo más que un nombre —corrigió (temía que sus palabras diesen inicio a algo que no sabría detener)—, no quiero perder todo lo que he ganado —fue un susurro pequeño, una vocecita débil que se agrietó al final de la oración. Los vocablos traían implícita otra afirmación «aunque eso signifique perderte». Aún estaban juntos, rozándose levemente al movimiento más inesperado y, sin embargo, con sus últimas palabras, los centímetros comenzaron a hacerse más grandes, la distancia un fantasma que cobraba presencia aún cuando sus dedos seguían enredados en su cuello.

Lentamente, desenredó sus manos de él —su mirada huyendo a la ajena—, y se quedó allí, en medio de sus brazos, hecha un cuerpo trémulo, una flor marchita.


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por Bae Sung Yeol el Miér 25 Abr 2018, 01:46

Debió darse cuenta entonces, cuando le hundió los dedos en las hebras y las retorció, besándolo con sofoco, con el eco de un portazo —preludio del adiós. Creyó que la convencería al roce de sus lenguas (de quererlo, de no disiparlo); por ello se abrió la carne, señaló allá dónde le habitaba, donde le mordían los recuerdos, el espacio vacío para llenarlo de aquél y todos los presentes, y pisándole los lagrimales: el futuro que no contemplaba sin ella (un deseo febril y obstinado —suyo, de nadie más). La contempló con legañas de una súplica que, inmarcesible, recorría pared y muebles sabiéndose en vano, reconociendo el final tremebundo que quedaba implícito en cada sonido y pausa.

Hacía un instante, había tomado el habitáculo por cielo, las bocas dos nubes y los miembros, alas. Se sintió morir más, se sintió morir peor por aquello: aquél beso que lo perseguiría por las noches y lo mantendría en vilo, sudor helado, pensando en todo cuánto pudieron ser y nunca fueron —y nunca serían. Debimos quedarnos allí, no pudo decirlo, mas lo creyó con profundo pesar; debieron permanecer en aquella piscina, desobediente de moral y reglas, donde los males se ahogaban y sólo ellos prevalían. Debieron haberse conocido en otro momento, quizás época, siendo otros —entonces la hubiera amado como la poesía a las tragedias. Era la prohibición la que se posaba en su mirada, rehuyéndole una tregua. Al final, no habían sido suficiente (ellos).

Ambas manos en su cintura, incapaz de discernir si la sostenía o si era ella la que lo sostenía a él. Las lágrimas le tiritaban a ras de pestañas y su afán por mantenerlas silentes sólo hizo más ruido. Lo abandonaba para salvarse: quiso odiarla, quiso odiarla, quiso odiarla —pero todo cuánto quería era besarla, era desnudarla, hacerle el amor hasta que todas las estrellas se apagaran. Las dejó caer (las manos, las lágrimas) y se echó hacia atrás, contrariado por su perfume de razón y fuga, marchándose pero no dejándola; no, se la llevó consigo, clavada en las plantas de los pies, que sacudió calzándose los zapatos, manchando sus yemas de sangre y dejando la marca del rojo en el pomo. Un disparo
    —el sonido de la puerta al cerrarse.
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por Kim Na Hee el Mar 01 Mayo 2018, 03:43

Tenía que haber sabido la consecuencia de sus actos. El grito a destiempo, la lágrima trazando un sendero a través de su mejilla, el mudo sonido de un corazón rompiéndose a la deriva. Tenía que haberlo sabido: en algún lugar del camino que transitaba, dejó ese pedazo de carne rojizo y palpitante, permitiéndole a los recuerdos caerle encima como gotas de lluvia ácida. Se sintió desnuda, con los miedos y las dudas al aire, podrida en cada rincón del cuerpo por haber escogido fama en vez de hogar, por haber cerrado la puerta a todos esos atardeceres repletos de risa y dejar caer sobre el suelo, aquél cofre lleno de sueños que no podrán ser, que estarán marcados por los y sí, bañados en los remordimientos que la perseguirían al cerrar los ojos, al querer aislarse de aquél eco de gritos que fueron sus recuerdos. Pero ella, en ese fugaz instante en que se sintió fantasma y no humana, se quedó impávida frente al daño, hecha una flor marchita en la boca del precipicio, sintiendo la pérdida. Corrección, dejándolo marchar, porque no había peor forma de abandono que ésa y ella lo había abandonado (estaba acostumbrada a la herida, a la carne abierta, a la sangre supurando a través de la hendidura).

Con el peso de aquella nostalgia tremebunda que no podía sostener, se volvió hasta la puerta y se encontró con un silencio más pesado que sus remordimientos, con una casa vacía, con un amor que ya no resistía los engaños de la mente, creyéndose más fuerte, más lógica. Con los miembros henchidos en una tristeza fría, recogió cada triza de vidrio, haciéndose más pequeña con el pasar de los segundos, deshaciéndose en aquellos gritos mudos de esa presencia inhóspita de cicatriz y daño. Tenía que abandonarlo, se dijo, queriendo convencerse de que había tomado todas las decisiones correctas, sin reparar en el río escarlata que desde su corazón nacía —nunca aprendió a mentir, pero aun así intentaba engañarse, envuelta en aquella soledad presa de la nostalgia, de querer borrar con los dedos el trazo de la boca foránea, del calor que irradiaba su cercanía, del vestigio de todo (y nada) que había en sus pupilas. Porque así era más fácil: cerrar los ojos y fingir que no había caído por el precipicio (que estaba perdidamente enamorada de él y que lo había dejado ir, porque el miedo había llenado todos los rincones de su casa).

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