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CANCIÓN:
SOMETHING NEW
DEBUT SOLISTA
MINI-ALBUM
ARTISTA:
HAN SU MI
KSJ
ENTERTAINMENT
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DORAMA:
FUGITIVE LOVERS
DEBUT:
ACTRIZ
ARTISTA:
HWAN TAE JOON
MYP ENTERTAINMENT 1445 PUNTOS CONSEGUIDOS
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por Kang Hyo Rin el Vie 27 Abr 2018, 04:44

siete de abril, sábado

Su cuerpo era un arma —contonearse como cortar el espacio a golpe de cadera y a su alrededor, un círculo de ojos y manos, lujuria cobarde. El sudor salado bailándole el vientre, deshaciéndose en su ombligo desnudo; el cabello alborotado en su espalda, la boca en escarlatas que se echaba hacia atrás, enseñando las fauces en una risotada pérfida y el cuello, una provocación al mordisco. Su cuerpo era un arma y ella, antaño presa, la blandía. A la cadencia del jadeo, un varón diez años mayor le rozaba la clavícula con dedos ásperos, poseído por un hambre voraz —de ella. Hyorin recorría la camisa mojada con uñas largas, palpando el pectoral con pulso de fingido deseo, enroscando los dedos en la corbata cara para tirar, un empuje de dominación que dejó el otro rostro a su misma altura, agazapada junto a su oído para susurrarle un embrujo.

Su corazón no había sido siempre un páramo, pero entonces yacía yermo a la izquierda de la caja torácica, soltando inapetente la corbata echada a perder, sintiendo la quemazón del alcohol sellada en las venas cuando daba una vuelta, la cintura estrecha atajada por el ahjussi al que gemiría appa, derramada en las sábanas de algún hotel cercano, una y otra vez. Barruntaba, sapiencia de tantas otras veladas, tantos otros hombres de manos grandes que abarcaran con avaricia sus pechos pequeños: sirena. Todos aquellos, el embate de las olas y su cuerpo exhalando un hálito que rezaba seré infinita, alumbrado por las luces estroboscópicas. Entornó los ojos, la soledad una losa en cada articulación, mas la boca húmeda, el labial gastado: lo vio. La miraba con idéntico deje pecaminoso, pero también había algo más allá —un oscuro, un insaciable, un imán.

Hurgó en él: los ojos le cayeron con desdén hasta la planta de sus pies, una figura descarnada en aquél paisaje de máscaras, delatándose nadie. Hubo cierta sentencia en cómo lo miró después, como una prohibición velada; luego, sus tacones abrieron grietas en el suelo a su paso, dejando a la deriva al hombre de cuyo cuerpo se zafó con una sonrisa despiadada, quebrando la cercanía, atizando el fuego —rozando su brazo. Se subió al taburete de la barra y el camarero se mareó con su perfume de mar y deseo, echándose hacia atrás cuando le pidió otra copa. Se agarró al vaso y quemó su garganta de un solo buche, pidiéndole uno más. El eyeliner se le había descosido, pendiéndole de los bordes de los ojos, otorgándole un justo aspecto desaliñado —casi demencial— pero su perfil era tan afilado como una guadaña. No se giró, aún sintiendo la presencia del otro a su costado. Condenándolo, eternamente, a golpearse contra las rocas.

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por Jun Yong Guk el Mar 01 Mayo 2018, 00:09





La melodía resonaba en sus oídos, el tintinear del vidrio al que sus dedos estaban aferridos era incapaz de penetrar la concentración que enfocaba al observar. El licor aún raspaba en su garganta del último trago, el calor expandiéndose a través de su tórax e instalándose en alguna parte de su cuerpo que parecía rugir, alimentándose de la visión que tenía frente a sí. Hacía más de media hora que estaba contemplándola, el ruido de las conversaciones a su alrededor apagados por el imán que ella representaba —la chica a su lado aún seguía hablándole, dedos enredados en alguna parte del interiro de su camisa azabache, sus labios trazando un camino desde el lóbulo de su oreja hasta su mandíbula, recitándole algún hechizo que ya no tenía efecto—. Yongguk alzó el vaso, un trago simultáneo al sonido de carcajadas estallando en la mesa en la cual se encontraba. Escuchó su nombre siendo llamado, pero aún así ni siquiera apartó la visión de la bruja. La recorría desde la punta de los pies hasta el sedoso y platinado pelo, concentrándose en aquel movimiento suave de caderas, en la lentitud en que la mano masculina se posaba sobre su cintura y quería bajar un poco más, tocar lo prohibido. Degustar la manzana. Lentamente, una sonrisa de lobo cruzó sus labios al encontrar su mirada, no escondió nada —el hambre, las ganas, la necesidad, el hechizo—, y la diversión fue un brillo en las pupilas masculinas al ver la condena en sus orbes.

Regresaré más tarde —desenredó sus extremidades de la fémina, guiñándole un ojo al levantarse y cuando alzó la mirada, su visual buscó ansiosa la figura curvilínea. Al pecado enjutado en anatomía humana. La descubrió en la barra, los pasos llevándolo a través de la vorágine de cuerpos, de humedad en la piel, de miembros enmarañándose y observó la curva grácil que formaba su espalda: se la imaginó entre las sábanas de una cama deshecha, uñas hundidas en la piel, un suspiro ahogado que iniciaba en la punta de sus labios y moría en los recovecos de su boca. Sintió la necesidad acuciándole en la boca del estómago, hambriento de ella, aumentándole con cada centímetro que desaparecía. Tomó asiento a su lado, la mirada enfocada en el despliegue de vidriera del bar—. Lo mismo que ella —le dijo al camarero, probando el líquido que le sirvió segundos después, esbozando una sonrisa divertida al sentir la quemazón en su garganta—. Para alguien que pretende jugar tan bien, tener un gusto por algo tan blando como ésto parece contradictorio —murmuró en una voz teñida de satisfacción, saboreando una vez más aquella copa y viró hacia la pista, donde el hombre mayor que minutos había estado adherido a las curvas femeninas dirigía su mirada hacia la barra. No a él —a lado de ella, se convertía en nada más que un mero ornamento, pues la mujer era el foco de atención—, sino a la sirena. Sus labios se curvaron lentamente, una línea delgada, el filo de una daga a punto de ser hundida en la carne. No dijo nada, solo volvió a mirarla, retándola a seguir siendo predictiva, fácil, a convertirse en lo que él era a ojos de aquel hombre: un mero ornamento, un florero bajo el brazo al cual admirar (entre gemidos y el sudor perlándoles la piel) en una noche fugaz.




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por Kang Hyo Rin el Jue 03 Mayo 2018, 02:10

Espalda al descubierto, la piel de porcelana lucía más pálida entre las luces y el reflejo de los vidrios —un par de lunares adornándole las vértebras que quedaban impresas allá—, el vestido revelador abrazándole las caderas, asomando unos hoyuelos en su lumbar. A aquella espalda la seguían besando, silentes pares de ojos que ni un instante detuvieron su glotonería por echarle un vistazo a él. Él, que como un zarrapastroso felino se había subido, sin vértigo, a aquella barra, le maullaba en tono voraz y convencido de poder retraerla con un puñado de vocablos hábiles. Movía el vaso bajo, en su interior el alcohol sin mezcla que giraba dictado por su movimiento nimio de muñeca. Pretender. Se le desbocó una sonrisa de arpía, el labio superior se le alzaba, en una risotada que no rompía. Aquél pobre infeliz bien poco debía saber de su mundo si por arma tenía el señalar las caretas. Sinuosa, su piel caería aquella noche y, la próxima, vestiría una nueva —todos allí, diamantes y rubíes en lugar de corazón, lucían carne que, aunque fresca, comenzaba a pudrirse camino al coche, al hotel, a la cama.

— ¿Es así cómo me quieres? —su voz, una telaraña, y apoyando la barbilla en la palma hacia arriba ladeaba un pómulo, encarándolo con pestañas largas y ojos exánimes, sin titubeos (sólo una provocación)— ¿borracha? —Despegaba el rostro de la mano, elevándolo sobre el hombro apenas un instante volátil, retornando a la bebida al comprender hacia a dónde —o a qué— estaba mirando. A qué, no quién: la expectativa, a aquella señalaba como diciéndole hazme así —no, como retándola. Sus ojos, aún sobre él, lo miraban con una condescendencia que hedía a una moralidad presuntuosa y corrupta. Había cierta cavilación en sus orbes quietos, que reseguían la línea de su nariz corva. Podría picotearla, aquél. — Tú no tienes nada que perder —mojó los labios de alcohol. Su atrevimiento había sido un escupitajo a su trono, peón y reina en una cercanía inusual— pero yo, —hilvanó— no tengo nada que ganar. —no había nada que pudiera ofrecerle como moneda de cambio, sin embargo, la tela del color del vino era incapaz de cubrir los pezones que, hambrientos, mordían hacia afuera: apuntándolo.
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por Jun Yong Guk el Jue 03 Mayo 2018, 04:37

Ella era ponzoña diluida en movimientos gráciles, el suave ángulo de su rostro felino al privarlo de su mirada mientras la hebra platinada le caía por la espalda, recorriendo el mismo sendero que sus dedos ansiaban por trazar. Se preguntó cuánto de todo eso —aquél mágico esplendor de ama y señora, de la sombra de huellas dactilares perlándole la piel, de los fantasmas de bocas que se le dibujaban en el esternón, en la clavícula, en los hombros y caían, perdiéndose más allá de lo que el vestido ocultaba—, era verdad. Qué no, que él no dudaba de lo que ella estaba mostrando —pues eso era lo que ansiaba, lo que pedía a gritos en un febril empuje de más y más—, pero el cariz irreal que ahondaban sus facciones sugería, como una amante en medio de la negrura, que había secretos por debajo de la epidermis, enredándose en algo más que besos robados entre sábanas de seda. La juzgó frívola, pero el pálpito ansioso aún le pendía en el profundo del pecho—. Debes tener un mal gusto en hombres —señaló con la diversión permeándole la voz, encontró la mirada ajena en un contacto que no duró más que un segundo mientras la sonrisa hacía su camino en las comisuras, levantándolas en gesto de burla—, si crees que te querría borracha —la yema de los dedos besó el cristal, acariciando aquella solitaria lágrima que trazó un camino hasta la base de la copa antes de tomar un trago, el calor anidándosele en la garganta.

Narró un cuento fútil con ojos de guerra, lanzando la primera estocada en una voz desinteresada que contradecía el ansía que se le marcaba en las facciones (la clase de hambre que hacía aullar al alma, pidiendo a gritos ser saciada con carne)—. Pierdo —izó la boca en sonrisa lobuna— el tiempo —la miró con desdeña, pupilas acariciándole la piel en una revisión minuciosa. Se le encadenaron a los pechos, a las caderas, a los muslos suaves que se vislumbraban por los retazos de tela, y le mostró la sentencia: juzgándola, moviendo una ficha en aquel tablero insulso que pretendía jugar. Todos sabían: la reina imponía, moviéndose en todas las direcciones, pero el Rey declaraba la victoria. Agarró la frágil copa, vaciándola en un fluido movimiento antes de incorporarse del taburete y sin pudor alguno, cerró todas las distancias entre ellos, la punta de su nariz hundiéndose en las hebras platinadas mientras su rostro se volvía hacia el lugar donde él esperaba (otra víctima más del encanto de la bruja), y en sus labios jugó otra sonrisa—. ¿Quieres ser otra cara más en el conjunto vacío de mujeres usadas? —susurró a su oído, los ojos fijos en el hombre que miraba ansioso en dirección de la fémina—, ¿no estás cansada de jugar a ser siempre lo mismo? —y ahora que la distancia se había convertido en una inhalación brusca; dejó caer la mirada, la atención acariciando las curvas gráciles de sus pechos y respiró profundo —se embriagó en su aroma—, al notar la sombra de la excitación a través del vestido—. Mientemiéntete, quiso decir, porque ambos perderían y a él, a quien poco le importaba qué medios se utilizaban para llegar a un fin, perdía el interés en qué papel debía jugar, con tal de conseguirla. Se le antojó un capricho al que no iba a dejar ir.


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por Kang Hyo Rin el Sáb 05 Mayo 2018, 22:23

— Tengo un gusto caro. —esgrimió. Que los hombres no eran más que cuerpo y su orgasmo, más allá: lazos envolviéndole los caprichos de uso y despojo, papel moneda con el que retirarse el maquillaje, alianzas sin promesas. Eso, como el que los miraba desde el centro —de la pista, del embrujo— y el más joven, quién. De soslayo, miró a la boca convertirse en lobo, mudar piel y tragarse la arritmia, el bombeo que le abandonaba de arriba para bailarle abajo. Rió. Tiempo, decía, con qué prepotencia la miraba su carne débil, como si pudiera trepar a las cimas y sostenerle un pulso ojo a ojo —sabiéndose ganador de sólo (com)batirla. Sus dedos permanecieron enroscados entorno al vaso, aún cuando el peso se le echó en lo alto y le hundió una quemadura en el lóbulo, trampeando su suerte con aliento de licor y desespero. Le respiró aquella ansiedad, deshizo el lazo de las piernas y lo dejó encajarse entre ambas, su nariz dibujándole mil tentaciones en el contorno de la mandíbula.

Condescendiente, se lo permitió. Sus pechos arañaban al abismo, su cordura bien enhebrada a su anatomía pero sus muslos susurrándole ruegos —muérdeme aquí, sáciate. El odio —no, envidia— de los espectadores los envolvían, un deseo mortífero que le estaba quebrando la paciencia, aunque su cuerpo siguió quieto. Dedos y vaso, Miente dando vueltas, un zumbido que terminó por arrojarla a la decisión: se inició una cuenta atrás. Retorciendo su cuerpo en el asiento hasta ponerse en pie, forzó al varón a echarse a atrás con aquella inercia, catástrofe en tacones —tambaleándose un segundo y recuperando la gravedad—, aplastando la boca de calibre veintidós en su piel, apretando el gatillo a quemarropa:— Veremos si eres menos blando que mi copa. —acabándosela y dejando el vaso en la madera, golpeándole cola y escamas al dar la vuelta y escapar de los ojos.

La estaba consumiendo lo efímero, carrera desbocada contra el asco pero el monstruo seguiría siéndolo —aún con alcohol y barbitúricos bullendo en la garganta. Buscó el hueco, se hundió en él, la privacidad de las sombras acariciándole la piel descubierta y su espalda serpenteando sobre la pared, pegajosa en el ambiente de humo y sudor. Aguardó su figura, pues sabía que acudiría. Trampa —una mentira en el interior de una mentira. Sus ojos refulgieron en rojos, lamiéndose la boca tan pronto se clavó en su semblante. Ven aquí, mi amor —el índice arañándose clavícula abajo la uve en escote, invitándolo—, deseo —deteniéndose al final para colgarse de la tela, endeble— romper(t/m)e.



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por Jun Yong Guk el Dom 06 Mayo 2018, 03:17


El deseo se le arraigó en los páramos de sus ojos, en los dedos que buscaron recorrer la piel que cubría los muslos lozanos y la boca que ella izaba —los labios cubiertos de un cántico de guerra que él estaba dispuesto a roer con los dientes, carne contra carne—, se le antojó pretenciosa, sinónimo de hambruna, embaucándolo a hundirse en aquellas profundidades esmeraldas que gritaban falsas, pero se sentían como dagas contra el mugiente cuerpo. La inhaló —bebió—, haciéndose un hueco entre sus piernas, el ardor en las venas tentándolo a empujarla más cerca para que las anatomías se rozaran, álgidas en su necesidad, para sentirla (y sentirse), porque aquella sentencia de efímera muerte escondida entre el valle de sus piernas era suficiente —la brevedad inolvidable del paraíso que se hallaba ahí, en el punto donde ansiaba más tocarla. Quería marcarla toda, allí donde se escondían, temerosos, los lunares que el sol no había besado; aprenderse la forma de su lengua, el sabor que tendría su boca al unirse con la suya. Tenía la necesidad bullendo en la embocadura del estómago, el antojo de recorrerle la curva de la espalda y contarle las vértebras (los suspiros), las costillas (los gemidos); quería solo hacerla (suya, bramó alguna parte de sí).

Pero poco sabía que aquella desmañada mirada traía consigo una letanía de oraciones codiciosas (de mentira cubierta de otra mentira que le anidaba en las pestañas —todas postizas), y cuando ella se movió, serpiente rastrera enroscándosele alrededor de la garganta, le dio paso a su lóbrega figura, haciéndose a un lado, escuchando el susurro de su melódica voz resonándole en los huesos. Declaró la guerra y él le siguió, demasiado tonto para dejarse enredar por sus labios de sirena, desnudando los dientes —cuán ingenuo fue al no leer las entrelíneas mientras la buscaba entre las sombras, deteniéndose a un paso de su anatomía, admirándola entre la negrura que la abrazaba, añorando el momento fugaz en que la luz estroboscópica le besaba la piel por un milisegundo, antes de apartarse, escaldada y aterrorizada de su presencia.

Aquella mujer le dolió en las entrañas.

No dijo nada, la mirada prendada en lo único que brillaba en la oscuridad —sus ojos de hechicera—, mientras desaparecían los centímetros y quedaba a solo un respiro de su presencia —su rostro inclinado hacia abajo, los ojos apuntándole a la boca—, y extendió la diestra, enredando sus falanges con las foráneas, mientras la siniestra ahuecaba la curva grácil de la cadera femenina y presionó, impulsándola hacia adelante, a encontrarse con su pelvis en un roce febril que le acarició igual que el ardor del licor en lo profundo de la garganta. Yongguk acercó su boca a los labios ajenos, la suave fricción entre sus cuerpos yendo a destiempo con la melodía —el ritmo lo marcaba la respiración agitada, el contacto de su tórax al hincharse de su fragancia de mujer y besarse con sus pechos; la ansiedad que provocaba el hambre de ella—, mas no la besó. Moduló una palabra (mía) contra la tierna carne tintada de carmesí y descubrió los dientes —lobo hambriento—, antes de hincarlos sobre el inferior.



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por Kang Hyo Rin el Miér 09 Mayo 2018, 01:48

Las luces, pestañeando —oscuro; un flash los bañaba en violetas, blancos, azules; oscuro— y él, cada vez más cerca, pisándose el apremio, andar contenido mas aquél orgullo, ¿para qué lo querría? La bruja prendió, las llamas bailándole en la piel —reflejo de la luz que se retraía al tocarla—, sus caderas angulosas balanceándose a destiempo, naciéndole compás propio allá; vientre ondulándose y brazos elevándose desde el escote, arañándose pechos y garganta, alzándose la cabellera platinada sobre la nuca, provocación. No llamaba, ordenaba —ven; con el corazón tronando sobre la base, las hebras descolgaron de sus manos y estas se acuñaron a los hombros del varón, presionando las palmas contra la musculatura, trepando desde los extremos al centro, tirantes en su nuca.

El falso esmeralda de sus ojos se hincó en el delirio del chiquillo, la ferviente fricción de sus pelvis contaminándole el raciocinio, pero ella había estado allí otras muchas noches y, aún cuando la respiración se volvió pesada —el anhelo aullándose pecho a pecho—, permaneció con aplomo en su casilla —la reina. Cría, no bestia, respirándola sin dulzura o paciencia, caminó por las líneas que ella había dibujado; la incipiente necesidad por dominarla que calaba ropa y carne, justo allí, aferrándose sin salirse del contorno. La boca de Hyorin era una incitación a la guerra, torciéndose a la orilla de sus labios carnosos que se retraían, paso a las fauces que hundieron en el labio una tortura.

El alcohol aventó a sus dientes una risa quebrada, arañando la piel ajena con el sonido, testaferro de un híbrido —desdén, lujuria, hartazgo. No se zafó del colmillo, se apegó a aquél, buscando la herida —insensible, ruge más alto— y la lengua se retorció bajo el labio superior, solapando aquél en un tacto —que no beso— húmedo; tiró bajo las fauces, liberándose con cierta hinchazón y succionándole el inferior, ahondando hasta verterse. Se impuso, la lengua en la boca ajena, empujando, los labios batallando con daño. Y al retirarlo, con un jadeo, dejó huérfana la boca y se deleitó en el cuerpo, hundiendo las falanges en aquél, recorriéndolo con orbes inquietos en el pensamiento de qué cicatriz hallaría bajo la tela —cuántas batallas había librado, pese a la edad (y cuántas derrotas le habían marcado la carne). Su cintura aún se unía y separaba de la pelvis, cuando se lanzó a la yugular visible y pulsante del varón sin nombre, bebiéndole el sudor con la punta de la lengua —deteniendo el rastro sobre el lóbulo.
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por Jun Yong Guk el Miér 09 Mayo 2018, 05:40


La carne llamaba a la carne. En un hálito desesperado, la anatomía le rugía al vaivén, a las caderas que se encontraban, rozándose, y haciendo de la fricción fuego líquido en las venas. Qué cualquiera creería que estaban conociéndose para el amor, pero en realidad batallaban, enfurecidas, en una moción parsimoniosa, esperando a ver quién se declaraba vencido, quien terminaba de rodillas, con el cuerpo supurante y ansioso —la necesidad corriéndosele en las pupilas, los dedos ásperos agitados en un enredo de ropa, humedad, deseo—, rezando cada palabra que le permitiría alcanzar el fugaz cielo de los miembros enmarañándose. Tenía un hambre en la boca, hecha dientes hundiéndose en la tierna carne y la risa —aquél sonido desgastado que parecía más una baliza rompiéndose en medio del mutismo—, le recorrió el cuerpo, le hizo vibrar las arterias, le ardió en lo profundo y encontró —dientes, saliva, lengua—, la respuesta ajena con gusto, dejándose morder, recibiendo con la respiración agitada aquél golpe —que no beso, que nunca beso, las arpías no sabían cómo besar—, y la inhaló, degustando cada ángulo de su boca, permitiéndose una contestación agitada, tibio músculo sucumbiendo a ella en falsa rendición. La halló a medio camino, cuando detalló el trazo de su yugular, alcanzándole en aquel punto sensible de su oído y dejó escapar un ronco sonido—. Nombre —el oxígeno se le agotó en aquel vocablo pronunciado en tono áspero, los dedos de la izquierda se hundieron en la cadera femenina.

Y la diestra, ansiosa, salió al encuentro de la curva grácil bajo el vestido, sus manos aferradas más abajo de la cintura, las palmas deslizándose hasta que encontraron la epidermis cálida de los muslos, la tela desapareciéndose en el lugar que sus dedos tocaban y sin ningún pudor alguno, la alzó, obligándola a chocar los cuerpos, a que las delgadas piernas se enredaran alrededor de su cintura y hubo una pausa de su parte, un suspiro que abandonó su boca en satisfacción —descansó entre los muslos suaves, la pelvis en una oscilación silenciosa, tocándose en el punto en donde ansiaba más estar, aquél valle cálido escondido entre las lozanas piernas. Ávido del encuentro, su izquierda acarició toda la piel que tenía al alcance, las falanges deslizándose hasta donde el borde del encaje permitía —el aviso de la tela íntima que cubría debajo del vestido todos los secretos con que la bruja subyugaba hombres—, pero nunca más allá. El pálpito en la pelvis susurraba excitación a sus venas, el corazón desbocado, precipitando sangre a medida que la diestra se alzaba, los dedos enredándosele en las hebras platinadas cuando tiró de ellas, castaños encontrándose con falsas esmeraldas —apuntándole a su máscara de porcelana y le sonrió, ladina la comisura que se alzó en un gesto que no llegó a ser completo y le devolvió la caricia hecha herida de bala.

La boca se le ahincó a la yugular, los dientes corroyendo la tierna piel mientras la lengua acariciaba todas las heridas que iba dejando, hechas una marca rojiza que trazó desde la base de su cuello hasta la línea de su mandíbula como quien la marca —letra escarlata—, para que todos lo puedan ver. Los dedos antiguamente enredados en su pelo descendieron para rozarle el pómulo cuando él apartó los labios de su cuello y volvió a aprisionar su mirada, el cuerpo sumido en una cámara lenta, el vaivén de sus caderas haciéndose una cadencia parsimoniosa, saboreando cada segundo en que volvía a encontrarla, la tela que los separaba volviéndose incompatible con la necesidad. La contempló por lo que fue una inhalación áspera antes de volver a sus labios —suave, lento, el roce hecho una trémula moción como en un intento de enseñarle lo que era un beso a conciencia, con dientes luchando tibiamente contra la tierna carne, con la lengua acariciándole las profundidades, siendo el oxígeno la última necesidad, porque más importaba recorrerse los ángulos que el respirar—. Vamos a otro lado —la oración ahogada contra el beso, bañada en hambre de ella, y la anatomía hecha un pálpito de corazón, transformándose lentamente en rigidez contra la delicada suavidad entre sus muslos.

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por Kang Hyo Rin el Miér 09 Mayo 2018, 22:25

— Hyo Rin. —se lo arrojó sobre la carne caliente, tirando con los dientes del lóbulo, metiéndoselo en la boca como si fuere a masticarlo y engullirlo (pues allí no había amor, nada más que odio). El nombre no era una tregua; el perro debía tener algo que morder y el necio, algo por lo que morir. Sentía tiritar el torcido final, avalanzándose hasta el mismo con aquél gesto que pareciere simple pero que encerraba tanto; su nombre, título trágico, se le aventaría en pesadillas y lo gritaría en charcos de sudor, calambres a su ausencia, enloquecido —pues pudo tenerla y le escapó, un arma química enfermándole la sangre. Y aquella mano, elevándole la tela del vestido, hundiéndose en la carne blanda con sofoco, le obligó a exhalar, respiración jadeante sobre el otro y mordiéndose en la clavícula —en el hombro— un gemido que por vanidad, no podía dejarlo oír. Alzada, apretó la anatomía masculina con el interior de los muslos, aferrada, haciendo un círculo con las caderas —fricción, instinto animal como nexo entre ambos puntos, infierno. Ella elevaba el rostro hasta el otro, reposando con una apremiante necesidad sobre su rostro, tiritándole la boca que quería gritarle —tómame—, mas con orbes quietos, ajenos al fuego, dos páramos helados que seguían en postura de sentencia y desidia.

Se apartó de la mueca torcida pero la atajó veloz en un enredo de hebras, tirón que la obligó a exponer el cuello desarmado, gruñendo a aquello sin oponer resistencia al diente —retorcida bajo la boca, la suya apuntando al techo, mandíbula abierta de la que escapaba un humo. Venganza la de sus muslos, liberando la tensión y apretándose con mayor fuerza, golpeando la pelvis en un sindolor de sexos; las manos le hicieron nudos en el cabello corto, tirando de allí a la par hasta que se acorralaron, ambos semblantes. Guerra de saliva y no sangre que se detuvo, allá, en los labios —suaves como el terciopelo— que la besaron, emulando una caricia, un frágil; el beso fue la herida, clavándole espinas a su guardia baja, una boca que lo correspondía con la timidez de una muchacha y no una mujer —no, no, no—, transformando su respuesta en un pálpito que, aún suave, no rindió a la sumisión, chasqueándole con un látigo por lengua. Hundió los dientes en la comisura, tiró de su labio hasta oírle romper y se separó con el hierro en la cima de la lengua. Ahogada, ofuscada, el odio señalado en las facciones que, gráciles, se habían tornado toscas. Rió, abajo la mentira y juego —pues este ya había finalizado—, con los labios sellados y el sonido, un eco irreal golpeando entre ambas cajas torácicas. Aduló con los dedos, peinando el cabello revuelto tras las orejas —rozando los laterales con el pulgar, aún provocándolo.

Aguardó allí, desabrochando los primeros botones de la camisa como si fuera un, como si fuera un siempre; las manos treparon arriba. — No me digas —entonó, contemplándole con la paciencia de una madre y bajando hasta su arco de cupido— que te lo has creído. —presionó sus labios con macabra dulzura sobre la boca de reproche. Las uñas se le clavaron en la nuca, marchándose de él en un recorrido que viró hacia el frente y alcanzó hasta los botones abiertos, desenredando las largas piernas, echando el torso hacia atrás —labial corrido, boca hinchada— contemplando en silente letanía las marcas, el fulgor de la sangre allá donde las uñas marcaron brutalidad y no adiós. Sacó las garras, los ojos aún en la cruel victoria y no en él, cadáver. — Miente. —un recordatorio, la tela cayendo sobre el encaje íntimo y sus pasos entorno a él, rodeándolo a la espera de que este se diera cuenta; había sido engañado en su propio juego. De puntillas, echó los brazos desde su espalda, inhalando el perfume a tierra —tumba— de su nuca, susurrando:— Mis gustos —la nariz hundiéndose en el cabello, repetición de los pasos del varón— siempre han sido caros. Tú, no lo eres (pero hubiera gemido su nombre con dicha). Lo empujó, retrocediendo con prisa. Se dejó tragar por el oleaje de la marabunta danzante, perdida en rítmica satisfacción y mente en blanco, alcanzando puerta y abrigo —diluida en la noche como si ambas fueran lo mismo.
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por Jun Yong Guk el Jue 10 Mayo 2018, 04:36


Exhalación hecha nombre contra la boca ansiosa, cada sílaba grabándosele en la piel como hierro caliente, la sangre brotando del labio inferior ante la caricia abrupta de los dientes de víbora y volvió a respirarla —caderas, dedos, tórax, boca, sollozando un deseo de ti—, el regusto férrico en la lengua recordándole el tacto áspero de las uñas contra su piel cuando la cercanía se convirtió en centímetros de separación, ojos encontrándose a medio camino, la tierna carne carmesí bailándole una sonata mortuoria, con el calor de una mentira susurrada a punta de besos hecho mordida y no lo vio venir, los dedos jugando con los primeros botones de la camisa, la cacofonía desértica de aquella risa resonándole en los oídos —había olvidado aquél sonido vacío al besarla, sin febril lucha, sin ánimo de conquistar; que ahora, al verla reír y apuntar —llena de una podredumbre hecha sonrisa perfecta, y creyó que haberla conocido en ese segundo minúsculo en que la pupila encontró la duda en su mirada—, Yongguk la sintió «instante», pérdida de cálida conjunción de miembros, llevándose todo el ruido y el silencio, convertida en una rosa llena de espinas, sin pétalo rojizo alguno, porque ella misma se había cansado de ser preciosa, transformándose en herida—. Hyorin —la súplica en la boca, de todas las formas que esgrimía un «quédate», la anatomía aullando su necesidad de ella, observó el final antes del comienzo.

No hizo nada, los miembros envueltos en una tensión silente mientras ella movía la lengua de víbora —los dedos enredados en su pelo, la moción suave de su boca contra el fantasma de su deseo— y no alcanzó a emitir palabra alguna: ¿acaso todo fue mentira?, gritaban los ojos mientras el cuerpo le repetía que no era posible. Había visto el hambre asomarse al borde de sus esmeraldas, el pálpito de un cuerpo acostumbrado a la herida, hastiado de la maraña de dedos teñidos de la misma codicia. Él le había hecho una promesa a destiempo, un algo más lejos de la tediosa rutina de dos desconocidos fingiéndose amantes en medio de una noche taciturna. Y supo con la certeza de lo inevitable que ella le había contagiado las heridas, impreso las cicatrices en la arena de su piel y quiso gritarle por aquél descaro, haberlo hecho vorágine de necesidad cuando no estaba dispuesta a tocar más allá de la superficie. Contempló aquellos ojos de color hierba, la frase un fantasma que surgiría para atormentarlo en las horas tardías de una madrugada infeliz—. Espero que lo repitas —inhaló su presencia, el roce eléctrico contra él. Tentó los dedos a un agarre fútil, nudillos palideciendo a la fuerza de contener una áspera respuesta motriz—, con los dedos entre tus piernas mientras piensas en mí —exhaló vocablos de bala, sin saber a quién iba dirigido aquella oración. A él, a ella, a ambos, y sabía que el eco del vaivén de sus caderas al moverse, alejándose como la serpiente rastrera que era, lo perseguiría al cerrar los ojos.

En carestía de un deseo no saciado, miembros agarrotados por el torrente sanguíneo que aún llevaba fuego líquido, Yongguk pasó los dedos a través de las hebras azabaches mientras un suspiro furioso abandonaba su boca, perdiendo interés por cualquier otra fémina. Hyorin le dolía en el cuerpo aún y sacarla de su sistema con el recuerdo palpitando, por alguna razón, se le antojaba carente. Inquieto y hambriento, abandonó el lugar.

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por Paparazzi el Miér 16 Mayo 2018, 20:52

paparazzi!
¡Oh no! Los paparazzi han visto lo que ha sucedido... ¿Qué pasará ahora?

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