Recreational crying | Rina
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Recreational crying | Rina

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por Nakai Kenta el Miér 02 Mayo 2018, 01:26
Domingo 6 de Mayo, 19 hs

Las paredes de los apartamentos en Corea eran finas, muy finas. Era absolutamente consciente de ello por cada vez que su puño impactaba en la pared de su habitación, corrompido por la ira, el enojo o el llanto que a veces le costaba guardar. Lloraba en silencio, en secreto, pero malgastaba energía en una pared...Una vez por semana, a veces dos. Ignorando lo tedioso que podría ser para su vecina, quién además había tenido que soportar en contadas ocasiones, que su ropa interior desapareciera por arte de magia. O más bien, por el felino que los críos de Crowned habían decidido adoptar.

Sin embargo, el fatídico día que pensó que jamás llegaría, llegó; en forma de golpeteos en su puerta, incesantes, algo molestos, al punto que abandonara su recreational crying at 5 o'clock sólo para abrir de mala gana. Ojos y mejillas igual de rojas, cabello revuelto, ceño fruncido. Un crío. Una imagen que nadie esperaba encontrar, muy seguramente. Fue por eso quizás que la chica retrocedió sin decir palabra alguna, dejando a Kenta entre confundido y ofendido por la actitud de su vecina. ¿Qué diantres había sido eso? Cerró la puerta, de un portazo desganado y se volvió a su habitación como por dos horas más, hasta que otra vez sintió el golpetear de la puerta. Pensó que sería Haru quizás, por lo que fue a abrir, a punto de quejarse de por qué has olvidado la clave de la puerta, pero al abrir, estaba ella. Su vecina. La misteriosa muchacha que no le había dicho ni una palabra dos horas atrás.

¿Si? – grosero, borde. Todo para ocultar que estaba terriblemente avergonzado de cómo lo vio hace dos horas atrás. – ¿En qué puedo ayudar?
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por Invitado el Sáb 05 Mayo 2018, 04:39

El sonido no la dejaba dormir. Tenía los dedos pegados a los oídos, hundidos hasta el martillo, queriendo aplastar al emisor de ese ruido incesante. Con la molestia marcada en sus facciones, se dio vuelta en la cama maltrecha, sus labios izados boca abajo, haciendo una curva inversa de pésimo ánimo y violencia. Al volver a escuchar el trasteo —el sonido arrastrándose a través de las escasas pertenencias que poseía en ese apartamento destartalado—, Rina se irguió de un impulso, hecha una maraña de pelo distendido, bajándose de la cama en un empujón bélico mientras caminaba —descalza sobre la baldosa fría—, y buscaba al animal que hacía ese tipo de sonidos. ¡Lo colgaría de la piel!, qué mentira más sucia para alguien que no podía matar ni una mosca (completamente opuesto a la realidad de que ella estaba matándose a sí misma), y agarrando un periódico sobre el mesón de la cocina, comenzó a silbar animosamente para atraer al ladronzuelo. No pasó nada, por supuesto, pero ella ya tenía sus sospechas de quién era el autor material de aquél crimen cometido en su contra. Sin nada más que su bata de abuela, el pelo hecho un cardumen de nudos, salió como alma que lleva el diablo hacia el apartamento de enfrente. Tocó varias veces, dispuesta a soltarle mil y una verdades al dueño del gato con aspiraciones de roedor.

Sin embargo, no esperó que le abriera con los ojos henchidos en sangre —rojizo de lágrimas—, y se quedó tan silenciosa e impresionada que, vergüenza en mano, no dijo nada y se devolvió al interior de su apartamento. Con la espalda dándole a la puerta, contempló la sala con cara de confusión al haber presenciado eso. ¿Qué diantres le había pasado?, era la pregunta racional en ese instante. Y como ya no había ruido, alabado sea el señor, simplemente intentó volver a dormir. En la cama pulgosa aquella, hecha de paja y poco más incómoda que el suelo, se tiró en búsqueda del único amante que había tenido —Morfeo—, y esperó que el sueño le sobreviniera. Pero ahí retomó, el ruido incesante, las garras contra el suelo, el maullido a media asta, espantándole el único amor de su vida —el sueño. Aquel animal no solo perturbaba su presencia, también era conocido por entrar intempestivamente a su casa creyéndose dueño y señor.

Esperó media hora más a ver si marchaba finalmente, pero cuando aquel tiempo se convirtió en dos horas, una fúrica Rina se levantó una vez más de la cama, hecha un esperpento, y en menos de diez zancadas volvía a estar frente a la puerta del chico de los ojos rojos—. ¡Estoy aburrida de esta situación! —le gritó a todo pulmón, la boca abriéndosele más de lo normal, dañando sus cuerdas vocales en la misma línea—. Ya no puedo más, ya no lo soporto, necesito terminar con esto —y a oídos de todos los demás, ajenos a lo que sucedía, la discusión se escuchaba como algo íntimo y raro. Ella solo estaba ofuscada y el único culpable era la persona que se encontraba frente a ella.




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por Nakai Kenta el Mar 08 Mayo 2018, 14:09
La contempló con los labios entreabiertos. Confusión palpable en su expresión. De todas las cosas en el mundo, jamás habría esperado una confesión tan extraña por parte de su vecina. — No estoy seguro de entender — su mano, se deslizó lentamente del umbral de la puerta, hasta dejarla caer al costado de su cuerpo. ¿Quizás era un aullido de ayuda? ¿Un pedido desesperado para que alguien la rescatara de su, aparente, suplicio? ¿Y por qué de todas las personas en el edificio, sería él la solución? No tenía idea. Su mente trabajaba con velocidad, analizando la situación más de la cuenta. No tenía la más mínima idea que en realidad resultaba ser todo lo contrario y que, probablemente, él era la situación que ya no soportaba más. — No sé que puedo ofrecerte — Dijo, con franqueza, mientras que con su pie empujaba al gato hacia atrás para que no escapase. Desde luego que había ido a husmear quién estaba en el recibidor, porque ellos prácticamente no tenían visitas de absolutamente nadie. — Si me explicas un poco, quizás pueda ayudarte — Lo dudaba. En ocasiones se sentía poco empático, pero lo intentaba.

Aunque resultaba un poco patético, por no decir también irónico, que alguien que en ese preciso momento lucía como un desastre que necesitaba ser rescatado le tendiera su ayuda a otra persona que a penas conocía. — Vives aquí al lado, ¿verdad? — Musitó, con cautela. Aún no sabía qué hacer; si invitarla a pasar, si ofrecerle un té para calmar lo que sea que le estuviera pasando o simplemente pecar de grosero y decirle que estaba ocupado atendiendo otros asuntos. Se preguntó si Haru se enojaría si la usaba de excusa.
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por Invitado el Jue 10 Mayo 2018, 02:50


¡El gato! —violento el grito que abandonó sus labios, reflejándose en cada movimiento de su cuerpo, una brusca exhalación que se transformó en un manoteo contra el costado de su muslo derecho. Tenía el sonido en «replay» en los oídos, lastimándole la capacidad de hilar los pensamientos con coherencia, torciéndole la boca en un gesto bélico que ahora le postraba al japonés, queriendo sacudirlo hasta que solo fuera un saco de huesos inerte—. ¡Está todo el día, toda la noche, dale que dale y dale! —que la lógica se le escapó en esa oración y los ojos le hicieron un pasmo de blanco al ser rodados, y luego izó el dedo anular, apuntándole toda la incompetencia al rostro—. ¡Y es tu culpa! —y ahora que lo veía, no parecía del tipo de personas que pudiera con algo más que sí mismo. Es más, tenía toda la apariencia de ser incapaz de lidiar con su propio ser, cargando más peso de que podría soportar, siendo un eco de lástima que, en otra ocasión, hubiera acariciado con la misma fragilidad que tenía entre las costillas; queriendo tenderle una mano amiga en señal de ayuda.

Lástima que no fuese ésa la ocasión y que lo único que se le cruzaba por la mente, era esgrimir guerra por el sueño privado—. ¿Qué acaso eres ciego? —le chilló, la voz unos decibeles por encima del tono adecuado. Los ojos de Rina estaban inyectados en sangre por el sueño perdido y la boca se le corría hacia la izquierda en desazón—. Claro que vivo al lado, soy víctima de tu mal manejo y no me sorprende, ¡sí te ves como si no pudieras contigo mismo! —golpe bajo e innecesario, pero no lo detuvo ni lo retrajo, lo apuntó directo al corazón, porque estaba cansada de tener que lidiar con aquel irresponsable y su falta de cuidado animal. ¡Iba a matarla! El gato podría estar ingresando a su vivienda, dejando sus letales pelos, provocándole una alergia de la cual podría no sobrevivir y el autor intelectual de todo aquello sería ese tonto japonés frente a ella.




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por Nakai Kenta el Sáb 12 Mayo 2018, 19:20
¿El gato? – escuchó el maullido de la mascota pasajera justo a sus pies y se agachó solo para recogerlo en sus brazos, acariciando su lomo con orgullo, a pesar de que ni siquiera fuese suyo. – ¿Este gato? – Un pequeño patán. Escurridizo y que le había sido infiel a su verdadero dueño por más de un año, justamente con Haru. – ¿Por qué tendría culpa de lo que haga o no el gato? Es un animal bastante autónomo. No es como si pudiera decirle que deje de hacer cosas de gatos. Tampoco es enteramente nuestro. Adjudícale sus hábitos raros a su verdadero dueño – Que, por el momento, desconocía quién era pero Haru le había hablado brevemente de ello. – Trataré de que no se escape más, si sirve de algo – soltó un suspiro, con ganas de cerrarle la puerta y pirarse a su dormitorio, pero la conversación no finalizó allí. Aún había más.

La voz de la chica se alzó y Kenta miró con nerviosismo de un lado a otro en el pasillo, sabiendo que sus vecinos podían escuchar hasta la caída de un alfiler en ese lugar. Hasta que la mención de que él no podía consigo mismo le hizo enrojecer. Que ridículamente amargo le pareció que hasta una completa desconocida sacara ese rasgo a flote sobre él, así como si nada, sin siquiera echarle dos miradas o haber entablado una conversación antes. Una afirmación tan certera que le daba temor. – Baja la voz, por favor – le pidió con semblante serio y la voz inusualmente serena, pero sin ningún tipo de tinte o emoción. – Admito que tengo algunas problemáticas difíciles de resolver y mi temperamento no es el mejor – soltó al gato una vez más al interior de la casa y cerró la puerta tras de si. – Lamento las molestias ocasionadas – Y esas, no iban por la mascota, sino más bien por él, sus crisis nocturnas, los ruidos molestos y la fina pared que les separaba de un lado a otro haciendo que ambos escuchasen todo. – Procuraré no hacerlo más – reverencia y todo, típico japonés. Permaneció de esa forma unos breves segundos hasta volver a enderezarse. – Sólo si dejas de arrastrar las sillas. Es molesto. Ponle algo en las patas para que haga menos ruido. Es una simple contemplación. Tal vez no te hayas dado cuenta o no sé con quién vives allí, en todo caso, díselo a esa persona
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por Invitado el Vie 25 Mayo 2018, 04:26


¿Estás negando a tu propia mascota? —oh, oh, sí había algo en lo que Rina destacaba, era en alzar la voz y que sus vibratos se escucharan de aquí a la luna. Especialmente, cuando estaba comenzando a perder los estribos y el rostro se le enrojecía de tal forma que sus pómulos parecían dos cerezas perfectamente redondas, sus ojos brillaban con la intensidad de la misma emoción mientras sus nudillos palidecían por el esfuerzo de apretarlos demasiados—. Es tu gato, vive en tu apartamento, cada vez que lo veo salir de mi casa entra en la tuya. ¡Es tuyo! —el hastío hacía que sus delicadas facciones se tornaran agresivas, más encima, volvió a alzar el dedo índice, la punta de la uña golpeando repetidas veces al chico en el pecho—, no quiero que trates, quiero que no lo dejes ir más nunca a mi apartamento, haz algo bueno por ti mismo —y en cualquier otra ocasión, hubiese reprimido sus furiosas palabras porque  no tenía derecho de juzgar a nadie más —y generalmente no lo hacía—, pero con la molestia que tenía encima, además de la falta de sueño provocada por las actividades nocturnas de aquel felino en particular, Kazegawa no era capaz de racionar ni procesar lo que estaba saliendo de sus labios en ese momento. Además, a la mierda el decoro, su vida estaba en juego.

Encima, le pidió que bajara la voz. La mirada que Rina le dedicó al otro japonés, era la más ácida de todas las que alguna vez dedicó a alguien en toda su vida.

Ah, ¿ahora estás admitiendo que eres un completo desastre? —dijo, alzando las cejas hasta el punto que, un poco más, y tocaban la raíz de su pelo—, déjame decirte que no lo noté ni un poco —ironizó, haciendo énfasis en las últimas palabras y acompañándolas de una obvia mirada reprobatoria. Y si creía que Rina se contentaría con una simple disculpa, estaba muy equivocado. Además, ¿cómo es que le pedía disculpa y encima le reprochaba? ¿En qué mundo vivía aquél tipo? Se acercó a él, la mirada amenazante y la boca fruncida—. ¿Estás señalándome de algo ahora mismo? Solo moví las sillas dos veces, dos veces —levantó la mano, mostrándole dos dedos—, porque estaba cambiando la adecuación de mis muebles, ¿es una pena capital? ¡Todo el mundo decora mejor su casa! —le iba a dar algo, sí que sí, podía sentir el dolor de cabeza acumulándosele en las sienes y las ganas de agarrar al tipejo ese por el pelo y hacerlo sufrir así mismo como el gato la hacía sufrir a ella—. ¡Ya te lo dije! Quiero tu gato fuera —volvió a recalcar, fulminándolo con la mirada.


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por Nakai Kenta el Dom 10 Jun 2018, 23:06
No es mi mascota. Sólo apareció y no puedo quitárselo a mi compañera...En principio, no sé por qué tengo que explicártelo – Estaba por despedirse y cerrar la puerta de una buena vez, pero ella continuó, lo cual le hizo detenerse. – ¿A tu apartamento? ¿Cuantas veces estuvo allí? Porque él ha...Oh – Las bragas, los sostenes. El sinfín de ropa interior que Garfield sería de... – ¿Toda esa ropa interior era tuya? –  Ignoró por completo todas las palabras de la muchacha, sólo para recordar todas las veces que el gato había traido cosas que no eran de ellos a la casa. Rápidamente ató cabos y se sintió mortificado. No quería parecer un pervertido. Era lo último que necesitaba en su vida. – Cielos...Lo lamento muchísimo, creo que se a qué te refieres

Luego tendría una charla seria con Haru y, aunque le doliera, Garfield era problemático. Por lo cual tendrían que cuidar muy bien de que no escapara, o intentar regresárselo a su dueño para siempre. – Espera, aguarda – Necesitaba aclarar urgentemente las cosas. – Tengo una pila de ropa interior de mujer – Por supuesto, Kenta siempre tenía poco cuidado para decir las cosas, pecando de idiota y bruto. – Que creo debe ser tuya – prosiguió. – ¡Pero no me tomes como un depravado! Porque no lo soy. De hecho, lo he perseguido sin mucho éxito para ver de dónde las sacaba y solo alcancé a quitárselas. Lamento muchísimo ese inconveniente, te las regresaré si sólo me esperas unos minutos...Regresa a tu casa y...Te llamaré de nuevo

Sonrió con torpeza y sin más, le cerró la puerta en la cara, respirando con dificultad. ¿Cómo era que terminaba siempre metido en los problemas más bizarros? Era como si fuera un imán para atraerlos. Respira, ¿dónde has metido toda esa ropa? Recordaba haberla llevado a lavar y guardarla en su habitación, para que nadie las viera y pensara algo equívoco. Por lo cual, fue hasta allí y comenzó a rebuscar en todos los "escondites" secretos que tenía para guardar cosas.
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por Invitado el Mar 10 Jul 2018, 03:17


Iba a montarle el espectáculo de su vida. Nada más escuchar sobre su ropa interior, su rostro enrojeció de tal forma que su cara parecía un enorme durazno rosáceo y apretó las manos en dos puños, alzando el izquierdo en forma de estandarte de guerra—. ¡¿Lo lamentas muchísimo?! —exclamó al punto de que se le escuchó claramente el momento en que la voz no le dio para hacer aquél grito desaforado que, seguramente, levantó a los vecinos y a toda la cuadra del edificio—, ¡seguro has sido tú quien ha mandado a tu horrible gato a llevarse mi ropa interior! —malhumorada, arisca y grosera como era, realmente no era nada difícil hacerle perder los estribos. Lo que aquél muchacho veía frente a él ahora mismo, era Kazegawa Rina en todo su esplendor—, ¡¿qué no te tome como un depravado?! —era como si se le hubiese dañado algo en su cerebro que le permitía bajar el tono de voz porque solo podía gritarle en esos momentos—. ¡Me estás diciendo que tienes una pila de ropa interior! ¡¿Qué crees que te hace eso?! ¡Un pervertido, un depravado, enfermo mental! —lo señaló, apuntándolo con su flacucho dedo, acusándolo de todas las depravaciones existentes en el planeta tierra.

Oh, pero sí ella creía que iba a conseguir realmente, nunca se imaginó que aquél energúmeno tuviese los cojones para cerrarle la puerta en la puta cara. En. Su. Puta. Cara—. ¿Me acabas de cerrar la puerta? —dijo y parecía que solo conocía los extremos, porque lo dijo en un tono prácticamente inaudible mientras observaba la puerta cerrada de par en par con una expresión de no creérselo. En verdad, el tipo le había cerrado la puerta en la cara.

¿Qué demonios se creía que era aquél palillo de escoba desordenado? Iba a matarlo, iba a denunciarlo, iba a hacer que lo echaran y pusieran una orden de restricción en su contra y que nunca nadie quiera tener nada qué ver con él por pervertido—. ¡AUXILIOOOOOO! ¡Este hombre se ha robado mi ropa interior de mi apartamento! —comenzó a gritar, aporreando la entrada con las manos hechas dos puños—, ¡devuélveme mi ropa, pervertido, asqueroso, depravado, eres de lo peor, una escoria! —no le importaba quién estaba escuchándola ni en cuántos problemas se metería, pero le haría pagar. Tenía sueño, no tenía ropa interior, estaba cansada de esa maldita situación, debía vengarse—, ¡rata inmunda, animal rastrero! —siguió gritándole, sin bajar sus manos pese al dolor que comenzaba a sentir.


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por Nakai Kenta el Dom 22 Jul 2018, 22:36
El corazón comenzó a palpitarle sin parar de puro terror. Oía los gritos de la chica fuera de la puerta y conforme la oía, sus mejillas se encendían al rojo vivo, mortificado por lo que estaba oyendo y por lo que muy seguramente el resto de los vecinos oiría. Quería gritarle si por favor podía calmarse, pero sentía que si lo hacía, la situación empeoraría. Por lo cual hizo acopio de su temple y continuó buscando en su habitación la maldita bolsa con la ropa interior, hasta que finalmente la encontró. Limpia y sin siquiera haberla tocado desde que la trajeron del lavadero. Perfecto.

Hizo un nudo a la bolsa y salió con prisa de su habitación, esperando no ser interceptado por Takeshi y Haru. Aunque para esa altura, ya habrian escuchado todo el escándalo y luego tendría que explicarles. Que tedioso. Respiró hondo y abrió la puerta, cerrándola rápidamente tras de sí. – ¿Puedes dejar de decir esas cosas? Ni siquiera me conoces – Ahora era su turno de mostrarse algo enfadado. Le había llamado pervertido, enfermo mental, depravado, escoria  y un sinfín de cosas más. Respiró hondo y le entregó la bolsa, estirando su brazo hacia ella y mirando en otra dirección. – No es la gran cosa. Tengo una hermana y convivo con otra chica aquí – hizo una mueca incómoda y volvió a mirarla. – Y no me interesa conocer tu ropa interior – Concluyó finalmente, en un tono de voz neutro. Hay otras formas de conocerla, si quisiera. No añadió eso, porque se ganaría un empujón por las escaleras.

Espero sepas admitir tu error. Nunca irrumpiría en la privacidad de alguien más y lamento si el gato ocasionó problemas. No volverá a hacerlo – Hizo una última reverencia y reprimió un bufido. – Buenas noches  – Se giró sobre si mismo y entró al interior del apartamento. Como no quería detenerse a dar explicaciones a nadie, volvió a encerrarse en su habitación, ocultando su cabeza debajo de su almohada.

Lo que Kenta ignoraba por completo, es que en aquella bolsa con la ropa interior de su vecina, había dejado caer sin querer hace días atrás, una vieja fotografía de él de pequeño, junto a otra niña. Niña que era la mismísima Kazegawa Rina...
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por Invitado el Dom 29 Jul 2018, 23:28


Tenía mil cosas más que gritar en la boca cuando la puerta volvió a abrirse, el japonés extendiendo una bolsa a la que ella miró con desconfianza, el ceño fruncido y la boca torcida en un gesto que evidenciaba, no se fiaba ni un poco de él—. Tampoco quiero conocerte, con lo que he visto me basta para sacar mis propias conclusiones —respondió y por su tono y la mirada que le dedicó, ninguna de esas supuestas "conclusiones" eran buenas. Para nada, eran extremadamente malas. Aquel muchacho le había robado de manera intencional su ropa interior, utilizando a un animal como puente y ella solo podía juzgarlo y odiarlo a partes iguales. Era un pervertido, un depravado sexual, la peor escoria del mundo—. Siento vergüenza ajena por tu hermana y la otra chica. Estar cerca de alguien tan... tan... como tú debe ser horrorosa —respondió inmediatamente, agarrando la bolsa con más fuerza de lo normal y ni siquiera respondió a sus últimas palabras.

¿Para qué? No iba a gastar saliva con aquel pervertido. Podía decir lo que quisiera, mentir cuantas veces así lo deseara, pero eso no cambiaría el hecho de que había tomado su ropa interiori sin permiso, utilizando medios dudosos—. ¡Pervertido! —le gritó una última vez, tras la puerta cerrarse y como si hubiese sido pillada en medio de una mala acción, salió disparada para su apartamento, cerrando la puerta con fuerza—. Dios, qué asco —murmuró para sí misma, mirando la bolsa donde estaba su ropa y una vez más hacia la puerta.

Esperaba no tener que volverse a cruzar jamás con ese tipo.
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