Despair | Jung Tae Min | FB.
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COMEBACK MODELO
15/05/18
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por Seung Syo el Jue 03 Mayo 2018, 16:11


18 / 05 / 2007 | 16:12

Respiro agitadamente, mi rostro se siente muy tibio, mi respiración resuena por toda aquella claustrofóbica habitación, cierro los ojos. Él sigue viniendo hacia mí, él me incomoda, me incordia... ¿Cómo no puede notarlo? “Tenle paciencia, solo es un niño. Sean amigos.” Dice mamá, yo no puedo hacerle caso a mamá aunque la quiera mucho, mi único amigo era Jin, y Jin murió, se fue al cielo y ya no volverá, así que yo no puedo traicionarlo y tener más amigos, menos a ese niño tan molesto... Pero, también él siempre está allí, creí que este día sería diferente porque yo conseguí un pequeño trabajo ayudando a cargar algunos vegetales en un mercado, tenía pensado estar todo el día allí y no verlo, faltar a clases para entretenerme y ganar algunos wons para mamá. Pero salí demasiado temprano, y a él era al primero que había visto al llegar, tuve miedo, miedo de que me volviese a seguir, por eso ahora estoy escondido apretando con mi mano derecha el caramelo que le compré. No sé por qué lo hice, no debí... ―Es más, me lo comeré. ―Abro el envoltorio con mis manos temblorosas, últimamente están de esa forma, miro la casi brillante esfera de fresa y cuando estoy a punto de llevarla a mis labios la aparto muy rápido para cerrar de nuevo en el empaque. ―Tonto Syo, eres tonto tonto... ¡Un gran tonto! ―No me gusta ser tan débil ante él, él piensa que soy malo seguramente, me sigue para que sea malo con él, pero yo soy más blando de lo que puedo decirle. Exhalo mirando nuestra sala, una mesa, dos sillas pequeñas, una nevera y una cocina, no puedo entretenerme aquí no con solo eso... Así que me decido, abro la puerta tras de mí y salgo al exterior.

Nuestra calle se parece a mi casa, fea y no hay nada bonito que ver, siempre lo he visto así, cuando Jin estaba vivo él decía que algún día nos iríamos a un lugar más bonito con pasto en vez de barro, pero ahora me parece que no podremos, él ya no puede irse y yo no quiero dejar a mamá, mamá ama a los vecinos, a nuestra casa y a mí, por eso ella me quiere dejar ir, cuando me dice sobre eso yo asiento pero cruzo mis dedos tras mi espalda, le miento. Pensando en que no debo de tener eso en mente, que es mejor por un día buscar algo de diversión y de compañía sacudo la cabeza, me detengo en seco y alzo el caramelo ―¡Taemin!―Grito buscándolo con la mirada, puede que me haga del rogar para darle la golosina, aunque desde que la vi me recordó a él, el color del empaque era tosco, y me parecía un poco triste, así como Tae me parece desde que lo conocí.
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por Jung Tae Min el Lun 07 Mayo 2018, 06:20

Siete primaveras, enjutadas en ropas tallas más grandes —dadas de sí, bordes roídos—, y el niño escapaba de la llamada de la hermana, del genio de la joven madre. Portaba el semblante relajado y serio, aún atravesando el agujero de una ventana a medio cerrar, abriéndola a la fuerza con el empuje de sus manos menudas, adentrándose con ligereza en el hogar vecino. A lo lejos, podía oír cómo su nombre se hacía eco en el exterior de la calle, pero Taemin no respondía o acudía a la llamada, aterrizando sobre la madera arañada y encaminándose —pasos silentes— por la casa a medio desocupar. El camino entre habitaciones le era tan, o incluso más, similar al de su propia residencia, delator de las veces que anteriormente hizo pellas y persiguió al mayor —Syo— por un camino cada vez más lejano a la rectitud que, de alguna forma, lo atraía.

Halló los habitáculos vacíos, forzando la apertura de otra ventana por la que llegó a un callejón exterior, apartando las cajas y bolsas de basura para hacerse espacio sobre un contenedor oxidado; se aferró a aquél y subió con impulso, una lágrima de sudor besándole rostro abajo y el niño escaló por las tapias y cañerías, arribando al tejado. Sin vértigo, caminaba un pie tras otro por las tejas filosas, los ojos examinando las calles que eran ajenas a su presencia allá arriba, preguntándose a dónde podría haber huido Syo, diciéndose que era imposible que se hubiera hecho más rápido que él. Fue cuando su nombre reverberó nuevamente, pero aquella vez escuchó. La voz clara del varón, inconfundible pese a la distancia, le mostró el camino y, aprisa, aceleró por el tejado hasta vislumbrarle la cabellera rebelde.

El corazón le brincó, contento por su hazaña y curioso del envoltorio que alzaba, hallando la forma de bajar, aterrizando algo torpe y profiriendo un quejido. Se puso en pie, sacudiendo la suciedad de las palmas en la ropa —no mucho mejor— y estiró el brazo todo lo que daba de sí, capaz de llegar al no haber demasiada diferencia de altura entre el uno y el otro, rozando con las yemas y alcanzando el dulce. Notó que estaba arrugado, aunque no le dio importancia, impaciente por arrancarle el papel colorido —que arrojó al suelo— y metérselo en la boca. El caramelo duro chirrió en sus dientes de leche, mordiéndolo y ocupando la ausencia de habla —la suya— con los crujidos del caramelo rompiéndose en las muelas. Entretenido con aquello, alzó la vista con cierto interés pero sin preguntar nada, y los labios se le desdoblaron hasta mostrarle una sonrisa; los dientes coloreados de fresa y, del agujero del diente restante, le brotaba un silbido risueño. Aquella era la mueca de la criatura traviesa que no sólo se sale con la suya —huye, falta a la escuela, halla al vecino—, sino que además es recompensado por ello. — Syo. —su nombre dicho con sencillez, tres letras que jamás se le atravesaban.

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por Seung Syo el Lun 07 Mayo 2018, 21:39


Cuando lo veo llegar siento las ganas de dar un paso atrás aunque sea yo quien le llame, mi cuerpo se contiene, no me atrevo a caminar, no me atrevo a alzarme más y simplemente dejo que con sus sucias manos tome el caramelo, bajo mi mano mirando curiosamente allí donde sus dedos me tocaron cuando él intentó agarrarlo, sonrío sin poder evitarlo y me parece tan extraño ese gesto que inmediatamente intento suprimirlo, alzo así tan solo un poco la mirada hacia él y lo observo con genuino interés, es un niño... No hay más “él la tiene más difícil que yo.” Me digo a mí mismo en lo más lejano de mi mente, no quiero pensarlo, no quiero sentir lástima por Tae min, Tae min es igual que yo, pero él no está solo, aunque, sentirme mal por él es casi como si yo mismo me lamentara de mi situación, y solo los niños se sienten mal por sí mismos. ―Tae Min. ―Digo su nombre, lo vocalizo lo mejor que puedo con mi aguda voz, repaso su nombre en mi cabeza, delineo cada letra y vuelvo a repetirlo, como si fuese una especie de hechizo, como si el solo hecho de decirlo pudiese evitar que ambos nos encontrásemos tan mal, por que sí, creo que lo estamos.

Él no es mi amigo, nunca podría ser amigo de ese alborotador que solo va a mí para incordiarme, que me sigue, que intenta esculcar en mi existencia para hacerse con un trozo de la misma, él no es alguien importante para mí, pero me veo una y otra vez ansiando su presencia cuando la soledad surca en mi vida, porque solo estar un momento en tranquilidad sabiendo que comparto en silencio con alguien más, que puedo tomar una mano me ayuda a sentir que no todo está perdido, que hay esperanza en mejorar de alguna manera. Mamá suele decir que todos tenemos una luz, pero mi hermano la era, no estoy seguro de poder reemplazarla con Tae min... No lo haría ni aunque pudiese ¡claro que no! ―Las clases. ―”¿Por qué no estás en ellas?” quise cuestionar, pero no suelo finalizar las frases que creo importantes. Yo falto a clases algunas veces para poder trabajar, pero él no debe hacerlo, porque creo que como decía Jin, es la única manera de terminar con nuestra precaria situación allí.

Si no vas a clases, no traeré más caramelos para ti. ―Coloco mis manos en mi cintura, alzo mi mentón y arrugo el entrecejo, no estoy enojado pero decir las cosas de esa forma ayudan a que no tenga que dar explicaciones de mis motivos, él no las necesita y yo no preciso pensar en ellas, me aterra buscarlas. Aquella postura no dura demasiado porque cambio de facciones casi inmediatamente y bajo mis brazos antes de agacharme para tomar una roca. Las yemas de mis dedos se sienten extrañas al presionar el objeto, un poco de arena cae del mismo y puedo ver que no se trata más que de un trozo de bloque, seguramente de una de nuestras casas, casas que me gusta llamar “de cartón” pero que podrían soportar más que un poco de agua... Casas desechables, tal como nosotros. La suelto y sacudo finalmente mis manos ―¿Quieres ir a verla?―Mi primera idea fue lanzar rocas en algunos de los charcos que dejó la última lluvia, pero es mejor ir con quien sí parece querernos a su seria, fría y distante manera... Ella, quien nos ayuda en nuestros más tristes momentos, quien mira a Taemin como si fuese una especie de joya, quien me mira como "la rata” que soy, y quien no esconde su repudio hacia mí. Sin decir nada más me levanto y empiezo a caminar, sé que él me seguirá, él siempre está tras de mí, después de todo.
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por Jung Tae Min el Jue 17 Mayo 2018, 01:41

El caramelo le rodaba de las muelas izquierdas a las derechas, dando volteretas por la lengua que se tornaba del mismo color que la golosina. Las clases, ¿qué ocurría con ellas?  Taemin no encajaba en la escuela: niño callado, sin amigos, de eterno desaliño y podredumbre, colmillos de leche torcidos y peso ligero como el de una pluma. Nadie allá lo añoraba, saltándose su nombre en la lista de asistencia sin inquirir por su paradero: nulos resultados en exámenes arrugados, lápices prestados —nunca un estuche—, el campo de fútbol cubierto de un halo de polvareda al inmiscuirse —meter o frenar un gol—, nudillos dirigidos a su rostro, manos que le arrugaban las ropas prestadas, agujereadas. Solía acudir como taciturno hábito, como obligación de la hermana que tiraba de su oreja pero aquél día había despertado cansado, el tipo de cansancio que un niño de siete años no debiera conocer —sin embargo, Taemin aún no cumplía los ocho y estaba terriblemente exhausto (de vivir tan estrechamente, de las madrugadas irrumpidas por los golpes y los gritos melódicos, del hambre y cómo sentía las paredes de su estómago doblarse sobre sí).

Y de aquél cansancio, le había nacido una necesidad de huida, tan temprana; necesidad de expandirse y no estancarse, de crecer fuera de los zapatos de papá, de mamá, de Gyuri —todos ellos, condenados. Con las manos sucias de correr, de vivir, Taemin tiró de los brazos en jarras de Syo —fantasma cuyas cacofonías imitaban humanas, imitaban madurez (pero que seguía siendo un fantasma infantil y torpe como el propio Tae)— y lo contempló con aquél par de ojos caoba, tan hermosos pese a tanta tristeza, como si respondiera no me quites esto —único dulce. Cómo se le hundían los hombros, como si Mundo le abrazara brazos y omóplatos, susurrándole: me duelo. Y aquél, el del cabello largo y rostro delgado, le devolvía una mirada de ceño fruncido, provocando en contraposición un hoyuelo en la boca prieta del chiquillo, una mueca parecida a una sonrisa, tan avispado que pensaba, podría haberle dicho a él lo mismo: las clases, también te las has saltado. Pero ellos jamás se habían encontrado para repararse, sellar las grietas de ninguna manera; cada vez que se encontraban, era una forma de desahogo,

amistad que de lo frágil se alzaba inquebrantable, como si la piel se les extendiera por ambas anatomías —mismo patrón—, haciéndoles uno solo. A la mención de la abuela le atravesó el rostro, fugaz, una llamarada de contagiosa alegría —evaporándose como si aquél semblante jamás hubiera nacido para sonreír. Asintió, los mechones largos cayéndole sobre los ojos, alargando las cortas piernas por tal de alcanzar los pasos de Syo, quién los guiaba a aquél camino que conocían de memoria. La anciana mujer, toda la vida en condiciones deplorables, los había acogido en su enjuto corazón y jamás negaba sus visitas, así fueran mañanas o noches; con aquella figura femenina en mente, asentada en la vida del menor como alguien de quién depender, con quién sentirse a salvo, sus zancadas se hicieron saltos —de charco en charco—, salpicando sus pantalones de lodo. Canturreó una melodía sin letra o nombre, un soniquete infantil que arrulló a ambos infantes todo el camino, calles laberínticas que parecían ensancharse al contemplarlos: tan menudos, tan ruinosos.

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por Seung Syo el Sáb 19 Mayo 2018, 04:22


Algunas veces me echo la culpa, algunas veces me conduelo de mí mismo y sufro, me dedico un minuto a pensar en que todo está mal, mamá me ha encontrado llorando un par de veces, pero no logro explicarle... Creo que si yo hubiese hecho diferentes muchas cosas no estuviésemos en esta situación, no tuve el ánimo suficiente para continuar con las clases, no pude hacer nada importante... Trabajar no me da mucho dinero, no puedo ayudar a mamá quien algunas veces no llega a casa, y quien algunas veces llega llorando, yo no quiero que llore, yo quiero que ella sonría. La anciana me dice que mamá se esfuerza por mí, que no tengo que pensar en eso, pero yo no quiero que mamá se esfuerce por mí, quiero yo esforzarme con ella. Quiero ver si hoy ella me habla de eso, algunas veces quiero contarle a Taemin las noches en las que mamá llora, ella se ve terrible, ella rasguña su piel y yo solo puedo verla desde una hendija de la cortina... Pero creo que él no entenderá, así como yo no entiendo, entonces no quiero que nos preocupemos ambos, él tiene su propio infierno en casa. Hoon, algunas veces me abraza y se queda callado, supongo que él también sabe cosas que suceden en su casa, así que igual no puedo contarle porque él también me importa.

Pero ella sí que sabe, ella intenta tranquilizarme colocando su mano reseca sobre mi cabello, abrazándome algunas veces de mala gana y envolviendo mi escuálido cuerpo con ambos brazos, ella llora por mí, yo lloro por mi madre y mi hermano "no pierdas tu inocencia" me dice, otra cosa que no comprendo ¿es que soy demasiado pequeño para hacerlo?. ―Ella te quiere, Taemin. Ella sonríe contigo. ―Camino sobre las piedras mientras observo entretenido a un perro en nuestras condiciones, las costillas marcadas y su pelaje sucio, me gusta compararnos con esos animales, algunas veces nosotros mismos intentamos buscar comida desesperadamente como ellos, no creo que haya diferencia entre especies, todos tenemos un mismo objetivo: sobrevivir. ―Dice que quiere que yo sea fuerte. ¿No te parece que ya lo soy? ―Lo miro sonriente, una sonrisa que no le muestro muy seguido, una de confianza que en verdad no siento, la sonrisa que le mostrarías a alguien para que no se preocupe por ti, una que está alejada de ser verdadera.

Entre pasos largos y saltos sorteando obstáculos fantasmas de antiguas construcciones llegamos a la vieja casucha, un cuchitril armado mediante diversos objetos inservibles pero que esconden en su interior una joya invaluable, doy el primer paso, curioso, alerta de si algo extraño sucede, suelo ir así por la vida. Un hombre sale de allí haciéndome retroceder, miro instintivamente a Taemin, él porta unas pastillas que envuelve en una de sus manos como si fuese algo de valor, supongo que todos tenemos algo así. No me detengo más allí, tomo la delgada muñeca del niño que me acompaña y entro al lugar. Ella guarda cajas en lotes y se encuentra sentada más atrás de ellas, frente a una mesa ―Abuela. ―Saludo un poco de mala gana soltando a Taemin, me dejo caer sobre un cojín inclinando mi cabeza ligeramente hacia atrás... Quiero saber si me aconsejará hoy, si puedo obtener algo interesante que decirle a Hoon sobre ella y “mi amigo”,  últimamente está algo ocupado pero él siempre me escucha aunque no diga mucho, él es mi mejor amigo, él nunca me dejará... así como yo tampoco abandonaré jamás a Tae aunque me saque de quicio, estaré también para oírlos a ambos.
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por Jung Tae Min Hoy a las 04:32

Querer, ¿sería eso? Tenderle bolsas de patatas chips, relatarle anécdotas, rozarle el pómulo con las yemas en lo que le decía si no fueras tan delgado... —añadiendo, después: bah, eres guapo de todas formas. ¿Sería eso? Recibirlos con brazos abiertos, aún si nada podía darles; o quizá aquél tiempo que les brindaba lo era todo. Taemin sólo había conocido el amor de los dientes y el frío, del colchón sucio donde todos dormían para abrazarse las pesadillas; era un amor que se podría, un amor que jamás lo haría feliz. No dijo nada. Él, a los charcos; Syo, a las piedras. Pensaba en que la Abuela debía quererlos porque no tenía a nadie más a quién amar y, aún si egoísta, se alegraba de que estuviera sola —los tres se habían encontrado así, necesitados de manos a las que aferrarse. Alzó del camino fangoso los ojos, contemplando la sonrisa del varón que parecía cansado, de aquello —las piedras, tropiezos.

Taemin salió del agua sucia, las suelas dejando un camino de lodo, y apretó un hombro contra la espalda de Syo, empujándolo desde allí con los pies resbalando lentamente por la tierra oscura, poniendo a prueba su fortaleza en un improvisado juego. Jadeaba, sin rendirse pese a que el otro lo sobrepasaba en edad y altura —una gota de sudor se deslizaba frente y mejilla, resbalaba al cuello, fundiéndose. Sólo se detuvo cuando divisó las conocidas casas, pasando de tierra a acera, acelerando el paso hasta tornarse en trote, por tal de igualarse con las largas zancadas del mayor. Una sonrisa se formaba con cejas alzadas, aspecto suavizado que aguardaba en la puerta con impaciencia, contemplando hacia arriba al varón a quién, por desinterés, no podía recordar de otras visitas —percatándose de que la Abuela también le había dado caramelos. Entró, arrastrado por el otro niño, mas soltándose de su agarre al quedar frente al pequeño mostrador, negocio alejado de la ley; pasó por el lateral y echó los brazos entorno a un brazo de la anciana, envolviendo aquél en lo que esta lo contemplaba con aquella sonrisa mitad cariño mitad desdén, zarandeándolo para que la soltara.

— Eiiish, ¡cuántas veces tengo que deciros que no os quiero por aquí durante las clases! —protestaba, aunque no hacía nada por expulsarlos, Taemin a su vera contemplando con curiosidad la tarea de las manos que, pese al pulso irregular, envolvían diligentes un pedido.— Pequeños vándalos... —mascullaba entre dientes, y el menor ni se inmutaba, como si no estuviera hablando de él (de ellos) en realidad. Taemin apoyó la punta del pie en la silla de la abuela y subió el trasero hasta la mesa, girando el cuello para buscar a Syo, llamándolo con un movimiento de barbilla. Su dedo índice señaló, mudo, la labor que la mujer llevaba acabo. — Es el trabajo de la abuela. —le respondía aquella— Con esto, la gente ya no siente dolor. —terminó de sellar el pequeño envoltorio. Taemin debió haber pedido una antes de que lo hiciera. La mujer de gafas se detuvo y los miró a ambos:— ¿Todavía seguís aquí? —como reclamando: ¿no pensáis volver? Los ojos cayeron a Syo, a quién el orgullo jamás le permitía amarlo abiertamente —aunque lo hacía, lo hacía—, culpándolo. — El cachorro aprende de ti, ¿es este un ejemplo?

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