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CANCIÓN:
SOMETHING NEW
DEBUT SOLISTA
MINI-ALBUM
ARTISTA:
HAN SU MI
KSJ
ENTERTAINMENT
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DORAMA:
FUGITIVE LOVERS
DEBUT:
ACTRIZ
ARTISTA:
HWAN TAE JOON
MYP ENTERTAINMENT 1445 PUNTOS CONSEGUIDOS
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por Jun Yong Guk el Jue 10 Mayo 2018, 05:19


Diecinueve de abril

Boca en curva de diversión, el foráneo tenía un brazo rodeándole el hombro, en un intento de ponerse el traje de «adulto», como si pudiera borrar la diferencia de altura y barrer debajo de la alfombra el complejo de inferioridad, que devenía de un hombre tocando los mediados cincuenta. Una visita que había terminado en forzoso encuentro con un hombre al que no recordaba ni el rostro, pero suponía que debía hacerlo porque esgrimía el nombre de su padre con la familiaridad de quien quiere algo más. A Yongguk, los juegos políticos y de poderes en los que sus relativos vivían inmiscuidos, era una página en blanco que la pasaba a la más mínima oportunidad. Estaba ahí, en una compañía distinta, únicamente por visitar a un viejo conocido —Kang Sae Young era la única figura de hermano mayor conocida en su persona—, y había terminado enredado en las garras solapadas de aquel viejo zorro. Ni siquiera se molestaba en alzar las comisuras y esbozar una sonrisa; la mirada en un páramo frío e indiferente, los dedos ocultos tras los bolsillos de la chaqueta de cuero y boca hecha un rictus impertérrito de hastío. Lo dejó hablar, sin interrumpirlo, tomando la curva desabrida de la esquina y el nuevo pasillo lo recibió con un par de luces apagadas —era la hora de salida, la penumbra haciendo caído en un abrupto parpadeo—, y un cuerpo a la distancia, una figura suave, toda curva y cola de sirena.

El cuerpo la reconoció primero —la memoria aletargada en fastidio, habiendo sepultado en lo más recóndito el recuerdo—, y hubo un latido áspero de corazón, las falanges acariciando el reverso del cuero cubierto de tela sedosa mientras los ojos la apuntaban, pupila examinándole la línea perfecta de la nariz y la diatriba insulsa musitada por el otro fue un eco silente, cediendo al reconocimiento, un evoque de memoria corporal. El hombre notó la atención del joven creyéndose adulto y en una voz solapada, afiló la espada—. ¿La conoces? —y en los dos vocablos notó la glotonería masculina, la gula bailándole en los irises y solo faltaba el hilillo de baba cayéndole de la boca, haciéndolo animal y no humano mientras la miraba cual pedazo de carne que quería devorar—. No —sin regusto de mentira, la negación se deslizó hosca de sus labios, la distancia entre ellos desapareciéndose parsimoniosamente mientras ella caminaba en su dirección, ajena al escrutinio al que estaba siendo sometida, cuando el rancio zorro le apuntó.

Kang Hyo Rin, llamó una voz desabrida a su lado y él miró a su acompañante con el hastío marcado en las facciones, observándolo avanzar un paso tras otro para salir al encuentro, dedos regodeándose en una fantasía que vivía encerrada entre las cuatro paredes minúsculas de su cerebro, Yongguk le siguió el rastro; su visión bordeando cada línea de la anatomía femenina, el recuerdo de la fricción de boca, saliva, dientes, pelvis, dedos, convirtiéndose en un eco de las últimas palabras compartidas. Con impasible expresión, esperó a encontrar su mirada, ignorando el maullido hambriento del hombre a su lado que, en eufórica respuesta, trató de extender la mano y tocarla.

Desde atrás, punto ciego del gorrino, enarcó una ceja.


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por Kang Hyo Rin el Lun 14 Mayo 2018, 05:28

Despidió a los niños, luciérnagas que relumbraban sueños —pero, aunque bellos, insectos; Hyorin reseguía sus contornos frágiles preguntándose qué mano los aplastaría. Sus dedos largos permanecieron sobre el piano en lo que aquellos se marchaban, hablando de cena y baño —el cansancio no lo suficientemente pesado para extinguir aquella pasión que los empujaba al próximo día, a la glotonería del más, del mejor. Ella dejó que la tapa cayera sobre las teclas, durmiendo al piano en lo que la remembranza de sí misma le acalambraba las articulaciones y en aquél medio camino, detuvo un instante el paso y sus ojos acariciaron su reflejo en el espejo. Tiritó al contemplarse, partituras pegada al pecho y tirabuzones recogidos en una cola baja, desenfadada; hermosa, sí, pero breve. Miguel Hernández debió contemplarla allí mismo cuando versó:


¡pobre flor! ¡qué mal naciste!
¡qué fatal que fue tu suerte!
al primer paso que diste


tropezaste con la muerte.
el dejarte, es cosa triste
el cogerte, cosa fuerte,


pues dejarte con la vida
es quedarte con la muerte.


Corazón—ceniza y curvas yermas, dejó de contemplarse la herida y cerró, dos vueltas de llave. Las luces perecieron a su paso, andares apresurados, un fantasma —muerta, suicida— inclinándose a su oído; deseó hallar el hogar al torcer la esquina, arrancarse aquél maquillaje y ropas apretadas, hundirse en agua tibia —borrarse aquella desazón que le pendía de las manos (en las huellas, música). Fue su nombre lo que la detuvo, tres sílabas amarteladas que acallaron la barahúnda, subyaciendo bajo el mirar cobrizo. Escandalosa quietud, tardó un instante en mirarlo: varón de barriga flácida y sonrisa húmeda, más allá del hombro, uno más joven que le curvó las cejas. No quiso seguir allí, disfraz de arpía; no quiso perecer bajo el ojo del perdedor, renovada guerra. Estaba tan cansada de las cicatrices, estaba tan cansada de cubrirlas, aquella noche sólo quería llorarlas. El ejecutivo alargaba los dedos velludos hacia sus hombros y Hyorin no lo rehuyó —no se hizo presa—, frenándole la ilusa inercia con astillas por voz.

— Lee Hong Ki.
—no hubo reverencia, respeto. Advertencia y, para el sin nombre, un recordatorio (jamás te llamaré). Una de las caderas cayó al lateral, peso hasta allá y los ojos del nombrado persiguiéndola, distraídos. Hyorin había tenido cuidado de no encerrarse en una misma habitación, conociendo aquél tipo de brazos, aquél tipo de manos; si las descuidaba, terminarían estrechándola en una trampa de terror. — Veo que sigue trabajando hasta tarde. —desinteresada, fue cuando su barbilla apuntó al suelo un instante, acariciada por un mechón desprendido del coletero que echó tras la oreja, incorporándose con elegancia. — Marcho. —apretaba los dientes; huyo —si siguen por aquí, tal vez encuentren un fantasma (entreténganlo por mí). No los bordeó, siguió hacia adelante, Lee retrocediendo a su casilla como si un roce fuera a tumbarlo y, al alcanzar al cachorro, quién la contemplaba al borde del camino, Hyorin lo contempló un instante y había algo indecible allí. Interés.

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por Jun Yong Guk el Lun 14 Mayo 2018, 06:45

Había algo diferente. Un dispar fulgor en aquella mirada caoba —se le cayó la esmeralda y, de alguna forma, se veía más desnuda, de piel hundiéndose para dar paso a sombras besándole los huesos, encadenándosele en los órganos, dándole una visión desdibujada de la mujer que había estado entre sus brazos, con los dientes hincados sobre su carne, recorriéndole el orgullo para torcérselo después. En ella, veía el reflejo de la extrañeza mezclado con la misma fémina de noches atrás. Y no sabía distinguir la imagen que tenía de frente, porque la misma invocaba sensaciones parecidas: sístole de hambre, pupilas dilatadas en un interés sombrío y la yema de los dedos trémulas, en aquél anhelo de antaño que lo había llevado a cruzar paso, a buscarle la boca como un hombre desesperado por beber agua en medio del desierto. El fervor aún seguía ahí, el hastío también, y entre toda la baraúnda, la anatomía elegía actuar en base a la memoria muscular—. Conduzca con cuidado —la boca se le curvó en una sonrisa burlona, la consternación brillándole en los ojos de aquél animal en cuerpo de hombre; preguntas para los cuáles nadie tenía respuesta, convirtiéndose él en un mero recuerdo que olvidarían al siguiente segundo.

En cambio, el reflejo en sus pupilas consistía en curvas gráciles, en hebras plateados besándose con la baja espalda; extendió las falanges, la yema de los dedos rozándole el interior de la muñeca en lo que el aire abandonaba sus pulmones en forma de /maldició/nombre—. Hyorin —un sonido gastado que traía implícito una pregunta, más hecha afirmación al acariciar el la palma de la mano y luego, atraparla, dedos entrelazándose, mientras él la miraba —la burla y algo más bailándole en los ojos—, se inclinó hacia adelante, exhalando suavemente contra las líneas suaves de su rostro—, ven —en vesánica orden murmurada entre dientes ansiosos, tiró del punto en donde sus cuerpos se tocaban, la esquina dando a un pasillo sumido en penumbras; la visión pérdida en aquél fatuo resguardo de atención ajena y cuando los devoró la taciturna oscuridad, el enlace cayó inerte, el cuerpo se movió en provocación, centímetros convirtiéndose en suspiros de distancia. Las comisuras se torcieron, el desdén acariciándole la curva lobuna sobre la boca cuando la miró, el rostro inclinado hacia abajo, pronunciándole un silente desafío.

Jugaste sucio —ronca pronunciación, degastada la voz y vislumbrándose todos los reproches en esos dos vocablos; le había olvidado en un fugaz intento de sepultar la herida en el orgullo, y ahí estaba, hecha una sirena a la que le estaban arrancando la cola con las uñas—, ¿es a eso a lo qué te dedicas?  —le respiró humo de guerra, los labios tan cerca de la piel, rozándose en un tirón lleno de preguntas. ¿Todo era falso, un juego, una tima, una burla?, y se contradecían los recuerdos, pero la sangre aún brotaba de la carne abierta y él quería pagarle con la misma moneda, hundirle los dedos en las heridas y abrírselas de tal forma que sintiera.



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por Kang Hyo Rin el Miér 16 Mayo 2018, 02:32

En una curva cerrada, estrelló. Su nombre haciéndole cosquillas en la nuca, retenida por la sencillez con la que pronunciaba tal maldición; y el saber que no podía culparlo por pretender irrumpir en su vida con apremio —pues era ella quién lo había condenado a tal desdichado anhelo. El tacto osado, entrelazando los dedos, presionó contra su palma un pálpito —desboco propio de quién no conoce pequeños gestos, uniones de adoración (adulación al corazón endeble que, momificado, no se sacudió)— y arrastrándola con él, Hyorin no opuso impedimenta, impaciente por escuchar el reclamo despechado y marcharse finalmente. Con la espalda rígida en la pared, sus ojos pardos relumbraban al reconocerle el afán de segundo asalto, impasible a la guerra con la que pretendía encenderla —todo humo, apenas una tenue llamarada. Debía hallar cualquier modo de culparla, pretexto para apretarla pared y anatomía sin reconocerse que las curvas de sirena lo habían engullido también, arrastre al fondo —hondo, callado, muerto.

— ¿Lo hice? —su voz era una quemadura. Las pestañas se le alargaban con desdén y la mano desprendida le colgó péndulo al costado. La atención no en su barbilla pronunciada o boca tirana, sino en el entorno, deseando que nadie restara por marchar. Sobre ellos, las luces apagadas eran un disfraz incierto. El mentón se le alzaba con la altivez propia de la realeza, pero el varón destilaba un perfume a escombro abrumador (—y la lengua torcida le imaginaba acariciarle la espina dorsal)— No recuerdo que hubiera ninguna regla. —repuso, su timbre sedoso acariciando al contrario, empuje casi imperceptible hacia el borde —del delirio. Ingenuo como para retarla y, al no salir indemne, llevar acabo aquella intentona de tentarla, hacerla sucumbir a su antojo, pero Hyorin era aún más niña cuando empezó, sus caderas —por muy afiladas— no la harían caer. Sonrió, pérfida. — No seas crío, ¿quieres? —masticó, el mirar hacia el pasillo, como si él ya no estuviera allí. Quiero irme a casa. Un paso hacia adelante, pero el cuerpo per(man)ecía infranqueable. Con la respiración gélida echada sobre la piel ajena, los ojos le bailaron hacia arriba, siseando (una advertencia que hizo una grieta):— Apártate.

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por Jun Yong Guk el Dom 20 Mayo 2018, 05:40


Inhaló aquél vaho silente de amenaza, un vocablo hecho grito de guerra y la fractura de un orgullo minado a deshoras se acrecentó en los bordes, haciéndose profunda las grietas y la miró con un desorden en los ojos —hablaban por sí solos, injusticia bordeándole la boca, acariciándole los sentidos a medida que presionaba el conjunto anatómico de músculo, órgano y hueso; impidiendo paso, siendo barrera al escape. Ironía estalló en su rostro en forma de hendedura de dientes, acorralado por las palabras ajenas y que, tal vez era cierto, no había reglas en la guerra pero existía un mínimo de decencia, normas implícitas que preludian al encuentro—. ¿Usar y ser usado? —pálidos nudillos a los lados, soltándola en eco de quemadura y dos pozos de un caoba oscuro encontraron las pupilas ajenas, sosteniéndole la bravía mirada mientras los centímetros se hacían invisibles entre ellos, la punta de la nariz rozando la foránea y respiró contra sus labios al enunciar—: ¿Juegas a eso… —bajo la lengua, le bailó una disonancia—, Hyorin? —veía, ahora a solo una exhalación de distancia, las líneas alrededor de las cuencas, las pestañas hechas un abanico que ocultaban los irises —una falsa armadura que resguardaba a la frágil muñeca; sintió la tremebunda emoción en el bajo vientre, en la boca del estómago, expandiéndose a través de las venas hasta hacer de su pecho una casa para el ansía —de probar que ella era mentira.

Una reina que no tenía tierra alguna,
alma pútrida en engaño,
piel destilándole miedo.

El cuerpo no miente —alzó los dedos, olvidándose de la promesa silenciosa en la mirada femenina; el rastro de batallas ganadas bajo las uñas, y se atrevió a hundirle las yemas en la suave curva de la cadera, el músculo recordando los trazos que había recorrido noches largamente oxidadas —que si la mente olvidaba, el cuerpo mantenía preso los recuerdos—, y acercó la boca a la ajena, a un respiro de unión, pupilas acariciándose en una respiración atrapada—. Estoy siendo crío ahora —labios agrietándosele en una sonrisa sardónica, a tan pocos centímetros, en la moción fue inevitable el roce—, tampoco me molesta serlo —conocía las espinas escondidas tras los pétalos, el grumo negro escondido en el fondo del tórax, las grietas que se acumulaban en las paredes y la miraba, sabiendo la amargura oculta bajo la lengua y aún así, quería hacerlo —cegado con la terquedad de quien no admite derrota y los dedos hicieron un camino hacia arriba, desanidándose de las curvas gráciles para aferrarse a los pálidos pómulos con suavidad—. Miéntete despuésporque le sacaría la verdad a boca contra boca, atrapándole los labios en oscilación de lengua y saliva, de dientes corroyendo la tierna carne inferior, le besó las mentiras de amargura y habría querido iniciar pugna alguna, pero tenue fue el roce.

Porque él sabía, a veces la guerra no se ganaba con fuerza bruta.

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por Kang Hyo Rin el Jue 24 Mayo 2018, 01:39

Angustiosa la forma pausada que tenía de besarla, como una prolongación a la muerte. Era un cepo, ella sabía —y aún sabiéndolo, permaneció allí, bajo la imposición del varón que con tan frágil anhelo la besaba, hiriéndola (falsa) ternura—, pensó empuje pero las manos no le respondieron; pudo marchar huracanada, perderse para siempre —pero se negaba a aquello, perder. Exhalaba como si hubiera vivido cientos de años y, extenuada, tiritó en aquél boca a boca, empujada entre un asco y un terror, pues así era cuánto había querido —Hyorin, quién decía haber perdido el corazón: quería ser querida, no deseada. Pero era una fábula, la forma en la que los labios se movían y escoció tanto, la mentira, que los dedos se le engarrotaron, arrugando las partituras.

Besó como si fuera su derrota, abrasada bajo el muchacho —carcomida por tal odio, tal necia urgencia que clamaba sangre, que se hacía promesas de devorarlo y arrojarlo, sacarse de entre los dientes sus restos— y sus falanges libres subieron a una muñeca —bebió de aquél hechizo sin magia, lo tragó junto a sus temblores por vez última (falso amor para un falso ventrículo)—, agarrándose con las uñas, torciendo los labios con dientes —violencia de terciopelo—; chasqueó la saliva al separarse sus rostros. Cuando abrió la mandíbula, parecía salir humo de entre las fauces, más no escupió fuego, sólo música. Entonó risa, distinta a aquella con la que lo había despedido: entonces, su risa eran dientes torcidos y huesos quebrados, rocas afiladas y el cuerpo de sal que va a buscarlas y, en aquella desolación, una orden por invitación. El sonido, adulador, a Hyorin rezagándola hueca, fácil.

Una cadena que tintineó cuando la hembra se movió con la espalda ondulándose en la pared, girando el pomo de la puerta a su costado y, pese a arrastrarlo, sus ojos lo miraban como si la hipnosis fuera del varón, no suya —como si hubiera sucumbido a su terquedad y deseo (pero ella sólo podía quebrarse —y a él con ella). Dejó partituras y llaves sobre el escritorio, el silencio llenándose del pulso unísono. — Tienes razón. —susurraba, pasando los brazos por los hombros, atrayéndolo a su anatomía abisal. La puerta se cerró tras ellos y retrocedió, retrocedió, retrocedió... hasta clavarse espadas sobre la mesa, subida con la falda ejecutiva reliada en los muslos, la piel tibia y las manos acariciándole hebras azabaches, cuellos de camisa. — Úsame. —imploró. En la garganta se le arrugaba la guerra. Había peligro bajo la quietud inerme de los orbes, pero él había llegado hasta allí y, mientras sonreía, Hyorin revelaba aquello —él, también, estaba siendo usado. (Quería hacerle infierno con las uñas, crugirle huesos entre los dientes, besarle en sangre caliente, impugnarle por haberla prendido y abandonarlo —a su (m/s)uerte).
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por Jun Yong Guk el Vie 25 Mayo 2018, 23:21


El beso era una sinfonía amarga: el hueso de la mandíbula crujía, la carne era un pálpito desaforado a causa del veneno hecho saliva mientras los dedos hundían las huellas contra la piel —y es que no era un beso, aún cuando su boca se movía en un hálito suave, recorriéndole las espinas a aquella rosa moribunda; bañándole con mentira los labios, la lengua, devorándole la ponzoña a mordisco y ella batía, inclemente, enterrándole las uñas, haciéndole guerra en vez de amor —lo besaba y parecía estar marcando aquél odio colérico de los amantes desvaídos, de unirse y deshacerse, el compás de una melodía disfórica donde él jugaba a necesitarla con la desesperación de quién encuentra un oasis en medio del desierto y bebe; beber hasta que el cuerpo se llenara de agua turbia —de ella. Era más sencillo besar y herir, que izar la blancuzca bandera y sentenciarse derrota. Porque aún la quería —el capricho destilándose en una exhalación al separar, el hilillo de saliva recorriéndole el labio inferior al mirarla, la boca entonándosele una curva que transformó en cacofonía de burla —o diversión o molestia, que él no sabía y aún así, la anatomía despertaba al sonido; hundió el rostro en la línea de su clavícula, el tintineo de la cadena haciéndole eco al trazo húmedo de su lengua sobre el hueso raído antes de alzar la mirada y encontrar la ajena en una exhalación.

Vuelves a jugar —y aún así, mordía el anzuelo, caía de lleno en la trampa y la seguía, inclinando el rostro, dejando que los dedos vagaran a través de las hebras azabaches mientras los párpados ocultaban sus pupilas —le brillaba el deseo en los irises, las manos aunaban el ansía a las piernas, la piel cálida bajo el tacto de las yemas y aquél «úsame» vibró en cada vena, los músculos tensándose al vocablo cuando abrió los ojos, el tostado café buscando el ajeno—. Pruébame —el vaho cálido se enmarañó con la línea de su mandíbula, la boca adherida a la piel en un pálido roce que imitaban sus falanges en la tibia epidermis del interior de los muslos, y los habría dejado perderse bajo la tela, pero anhelaba un susurro suave, una rendición hecha labios, lengua, sollozo—, que es eso lo quieres —arrastró los vocablos en un matiz profundo, ennegrecido con el hambre que rehuía a la mirada ajena, ocultándola al hundir el rostro en el hueco de su cuello mientras las manos se anidaban a las femeninas, apartándolas de sus hombros, guiándolas a través de su tórax hasta llegar al final marcado por la hebilla del cinturón.

Y no esperaba respuesta alguna, habiéndose mentalizado con la negación a su bravía —sí ella era quién lanzaba el anzuelo, al menos se encargaría de tirar de él antes de encontrar su final. Así que soltó los dedos, dejó caer su palma abierta contra los bordes de la mesa y su boca ardió al acariciar el pálpito de la yugular, los dientes arañándole el camino hasta el oído—. Hazlo —pidió, que era más rápido consumirse que esperar. Pese al orgullo, Yongguk no estaba implorándole aquella promesa —aún cuando su cuerpo añoraba el tacto de la fémina—, solo aguardaba la maraña: de ella y sus mil caras, del juego al que parecía estar sometida.


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por Kang Hyo Rin el Lun 04 Jun 2018, 06:20

El jadeo sobre la yugular, arañándole más deseo que dientes, las yemas voraces que recorrían la carne tibia del interior del muslo sin alcanzar más allá, reprimiendo el (im)pulso que podía sentirle al subir cuello y nuca, nudos a las hebras con uñas afiladas y teñidas en rojo. En aquél caminar de dedos sobre la piel, le nacía un fuego que la contrarió, queriéndose extinguirse el deseo, pérfido a su alevosa intención. El cuello se le estiraba, extendido para su boca y su tortura, un deleite que la hacía removerse en pálpito de tómame —a sabiendas de no poder rendirse a su peso, gemirle sin más; no lo haría, no lo haría. La voz, en un siseo, la llenó de violencia. « No sabes lo que quiero » un ahogo en las pupilas, mirándose tan corto como en la guerra —el tiempo no se ralentizaba, los cadáveres seguían apilándose, ambas armaduras agujereadas. Las manos, se las guió y ella apretó la palma, sintiéndole cada pliegue del abdomen hasta detener recorrido y pestañas subieron, pestañas se enredaron —una mirada indescifrable.

Orden o súplica, aventada al oído y sus falanges se movieron, articuladas con provocación —y tantas ganas—, sacando el cinturón de la hebilla, el tintineo música soterrada bajo el hiriente latido. Y los labios se echaron a la primera línea, derramándose por la nuez, dibujándole embrujos con lengua de lija —la falsa piel del cinturón cayó de su palma, botón, separando ambos extremos de la bragueta. El rostro se apegó al contrario, las narices encontrándose y los ojos caobas parecían habérsele vuelto incendio cuando sostenía —qué boca de precipicio, mueca de pretensión torcida— la cremallera, bajando el zip con lentitud. Suspiró, las puntas de los dedos encargolándose en el borde de los bóxers oscuros, jugando con su paciencia al separarlos de la piel con burla. Decía volverse monstruo pero monstruo ya era —y aquél monstruo nada más quería llorarle al bajo cama, tenderse oscuridad y olvidarse de sí, pero en lugar de eso estaba subida a un escritorio, con un varón de simiente podrida y unas manos que, en suicidio, aunaban calzoncillo y piel, huían del dentro y bajaban por fuera.

Lo abrasó al llegar al sexo, caricia a la erección y los otros dedos buscándole mano, mirándolo con más enojo que vergüenza cuando se metía en la boca su índice y corazón, apretándolos con boca húmeda a la par que el agarre, la tela del pantalón echada con impedimenta sobre los nudillos; la lengua le jugaba a la simulación y la mano, a cada movimiento, un empujón al abismo. Psicólogos dirían, señala en la muñeca, y ella le prendería fuego —dolía (ser buitre, arpía, bruja, sirena, lobo, mujer) en todas partes. Rozaron garganta las uñas y salieron de allí —callejón—, arrojándolas al interior de sus muslos, agarrándole nuca con aquella mano y apretándole falanges en la piel —otras, en la tela—, su cuerpo pegándose, rodillas contra él, cuando susurró:— Eres un necio. —en el lóbulo, succión hiriente y, en su pantalón, los dedos se colaban tras la tela.
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por Jun Yong Guk el Miér 06 Jun 2018, 05:20


El cuerpo rugía una melodía ajena —boca desaforada en exhalación contrita en tórax, la sangre bulléndole en el torrente sanguíneo al sentirla cerca (dedos contra la epidermis cálida, ojos lacerándole el deseo en la boca del estómago) y contemplarla tomar aquél bravío, el sonido del cinturón eco a sus pensamientos mientras la miraba —queriendo desnudarle los pensamientos más no la anatomía—, y los labios se le torcían en una sonrisa irónica, el pálpito del cuerpo caliente añorando ser tocado: el gesto en la curva se agrietó al sentir la presión de la palma, el ruido sibilante del zip al descender—: la miró, fuego líquido en los irises, los dedos aunados a la humedad de su boca, la tierna carne cerrándose alrededor de los falanges en simulación de mímica obscena. Hambre amancilló el músculo, belfos gritándole necesidad y, maniatado a ella, la dejó hacer lo que quisiera—. La arpía le respiró al oído dos vocablos, la piel deslizándose por debajo de la tela y un suspiro tuvo su génesis en lo profundo de su garganta. La diestra buscó a tientas la mano femenina bajo la prenda, aferrándose a ella, guiándola en un parsimonioso movimiento contra sí y la fricción avivó el sonido entrecortado en su boca (metamorfosis de hombre a animal, el tono quedo y embravecido —libídine en ánimo— saliendo de sus pulmones), que murió al estrellarse los labios contra los foráneos al ritmo de te necesito, diente royendo carne tibia de sonrisa, movimiento ansioso de su pelvis contra los gráciles dedos.

Lo sé —pausa: beso, besó, arrancó labio a punta de abismo; el férrico inundándole el paladar al brotar carmesí de la carne y repitió la proeza (de besarla, no de morderla), las falanges enroscándosele en la mano que hacía su cuerpo temblar en concupiscencia. La apartó de sí, entrelazando los dedos al incitarla a huir del dentro, desgastándose oxígeno al volver a colapsar su boca contra la ajena y respirarle un—: soy de los necios que no quieren solo follarte —un susurro a voz roca, lengua dejándole un trazo en la mandíbula, huyéndole al cuello, mordiendo la tierna piel de su garganta—, quiero hacerte el amor —le exhaló a la clavícula, el retorno a su boca en un álgido movimiento: intercaló beso, respiración (la diestra negándose a liberar la mano femenina que apresaba)—, de tal forma que sólo sea a mí a quien quieras —los dientes se ensañaron una vez más con el labio inferior, pero el gesto fue suave y cálido—: a mí a quien necesites entre tus muslos, dentro de ti —y le ungía a la boca pérfida una verdad aprendida a pulso:

La mirada que tenían en los ojos (ellas, las mujeres), al encontrar un varón y de ahí, en medio de la nada, oculta entre la maraña de demonios, susurraban sus corazones (le rugía el alma una oración): quiero sentirme necesitada, amada, querida.

La ponzoña le empañaba las pupilas a la víbora, pero en aquella mota desvaída de sus irises, veía la misma mirada: había aprendido a reconocerla, así que dejó de follarles, para quererlas, aún cuando eso implicaba fallarles: corazón firmemente protegido—. Hyorin —pronunció, desenredando los dedos para que las manos pudieran recorrer la curva de la anatomía femenina y anclarse bajo la falda raleada, serpenteándole los bordes de las bragas que besaban sus caderas. Mas no tiró de ellas, queriendo hacerlo, y soltó un vocablo ronco—: déjamebesarte, tocarte, probarte, tenerte /usarte/, se leyó entre líneas.

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por Kang Hyo Rin el Sáb 09 Jun 2018, 07:52

You raise your hand over my body
and ask, where does it hurt? But I
can’t say, everywhere. I can’t say,
it hurts everywhere I’m touched.
I can’t say, touch me every
-where. Please.

Dedos que, cerillas, chasqueaban una y otra vez sobre él, ignición titilaba —frágil, asoladora— en las pupilas de ambos y ella desprendía tierno cuello de los dientes con sosegado deleite, quietud en los rasgos de frialdad impostada que contemplaban la boca del varón, jadeando placer. Aquél vaho golpeó el semblante femenino, lo sofocó; lo dejó verterse con ansia sobre sus labios, lenguas ya sin contención pues pelvis se había unido también al balanceo de dedos esbeltos —garras cuidadosas que a pulso firme dictaban tanto como obedecían. Dos vocablos la mordieron presa y un gemido suave respondió a la sangre, las uñas hincadas en la nuca a la que se le aferraba pero la diestra lo apuraba, queriendo consumirlo. Su cuerpo exhalaba más verdad que embuste cuando gritaba «no me detengas» —debió haber traspasado la gruesa piel ignífuga de la hembra—, pausada y expelida de su centro, yemas húmedas se entrelazaban a la mano ancha. Lo había bebido como a buches del Leteo y había postergado muerte para después, deshecha en el recorrido de saliva que iniciaba mentón y terminaba gaznate —la cabeza, pendiendo allí (separada del cuerpo).

Allá donde todos llevaban corazón, Hyorin una daga —y la sentía clavarse (fraudes y no palabras le habían despegado los párpados. Siempre maltrecha, el cuerpo se le había agrietado bajo el peso de cientos, se había hundido ducha y había dejado al agua borrarle la semilla que, podrida, se le plantaba y extendía raíces; aquellas, en lugar de las venas, se le retorcían llanto sin lágrima cuando regresaba hastía al colchón vacío y abrazaba sábana. Había sido siempre diminuta y la identidad en sus yemas había quedado borrada, tanta piel putrefacta a la que le había emulado amor o deseo. En aquél habitáculo, el cuerpo le sufría resurrección al buscarlo, pensando de la madera bajo ella colchón, Él, en lugar de la fría sábana). Qué cruel tentación le hilvanó con sonoridad dulce, tibia, —como si de veras pudiera amarla—, pero Hyorin exhalaba maldición en lugar de aire y la madre, símil, se posaba burlona en su memoria con el eco del «corazón / carroña», cada hueco en su cuerpo reverberándose espantoso.

Exhumó a la víbora nuevamente, llamó a aquél mal espíritu y se dejó poseer, cambiando el tacto; la boca, rasgada, lo miró con fijeza. — Lo has arruinado. —la culpa se hallaba en los espacios, hartazgo en lugar de altivez y las extremidades heladas se movieron con dificultad, apartándole peso e inercia de sí, mas aún sentada y con la tela de la falda arremolinada hacia arriba. — Amor, —aquél vocablo falló en su boca, presionando una tecla desafinada pero los ojos lo miraban hueros— no lo conozco ni lo quiero. —Era cierto: aquella fantasía era de una niña y su anatomía de los pesares. Amor, no lo quería respirándole en la nuca, no lo quería brazos entorno a ella como una cruel jaula que la obligara a revelarse el tórax carcomido cada vez que le hablara en un susurro tibio —le aterraba, aquella idea. De llenarle vacíos con flores, terminaría supurándolas también; ella no podía, no sabía amar (ni si quiera una vez, un único orgasmo: crecida en el golpe y en la herida)—.

Bajó del mueble, también su falda. Bordeó al varón, cogió las partituras y las llaves, y con la distancia salvaguardándolos, volvió a deslizar los orbes hacia la humanidad de aquél, resiguiéndola como a lo foráneo —temido, también—, despidiéndolo:— El juego, —los tacones sonaron al dirigirse con parsimonia hacia la puerta (cansada, tan cansada), aferrando el pomo con los dedos que le habían danzado en la entrepierna— dejémoslo aquí.De seguir ¿lo soportaría? Marchó. Sus caderas ondulándose a cada uno de sus pasos epidémicos, alejándose en el pasillo vacío y apagado, arrugando las notas en la partitura —el arte, lo hermoso, el vivir; escocía.
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