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CANCIÓN:
SOMETHING NEW
DEBUT SOLISTA
MINI-ALBUM
ARTISTA:
HAN SU MI
KSJ
ENTERTAINMENT
240 PUNTOS CONSEGUIDOS
DORAMA:
FUGITIVE LOVERS
DEBUT:
ACTRIZ
ARTISTA:
HWAN TAE JOON
MYP ENTERTAINMENT 1445 PUNTOS CONSEGUIDOS
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por Jung Tae Min el Vie Mayo 11, 2018 3:21 pm
domingo, 20 de mayo
( soundtrack )


Amontonaba una caja sobre la otra, cargándolas —sintiendo el peso en la espalda, no en los brazos— y descargándolas unos metros más allá, garaje de la empresa alimenticia para la que trabajaba, únicamente, las noches del domingo. El frío calaba el anorak, colándose por los agujeros del uso y acalambrándole los músculos —calientes, cansados—, no deteniendo por esto la labor robótica que había iniciado hacía unas horas. Nadie allá lo señalaría niño, varones de distintas formas y edades que, al unísono, empleaban la fuerza del cuerpo y sentían marchitarse la de la mente. Taemin no pensaba en nada, los auriculares cantándole historias más amenas que la propia, distanciado de los compañeros cambiantes cuyos nombres desconocía. Aquél, trabajo pesado en el que nadie permanecía demasiado tiempo, aferrando los wons en negro a cambio de unas noches y desapareciendo para siempre; el menor de todos no estaba desempleado, mozo su tercero y, un año después, permanecía allí sin intención de marcharse —en busca de un cuarto, que no último.

No se había alejado del puesto ni una sola vez, ni un mísero minuto, por ende, cuando echó a andar y las puntas de sus dedos izquierdos se hundieron en la palma derecha —pidiendo tregua—, su superior se la concedió, pendiéndole de la boca gruesa unas preguntas a las que Taemin no dio pie, desapareciendo en las calles con complejo de idénticas que él conocía como si propias. Los había visto: manada de hambrientos que, navajas en hebillas de cinturón, avanzaban con bravuconería. La sangre le rugió, olfateando el pestilente perfume de hombres ruin, familiar en la memoria que lo asociaba —con crueldad— a la figura paterna, y sus ojos se alzaron —cayeron los auriculares al bolsillo—, persiguiendo la estela en escarlatas que dejaban, sangre seca que les brillaba en las suelas de los zapatos de imitación. Con los dientes, tiró de los guantes de trabajo y los dejó allá mismo.

Y siguió el hedor, sus pasos silentes en lo que entreoía otra música, estribillos de amenazas y el ritmo de un muchacho agitado que halló, contemplándole la espalda enjuta que temblaba de rabia y no de miedo, cercanía peligrosa entre él y los lobos cuyos nombres —apellidos, familias, hábitos— conocía de memoria. Deudores o gángster, criminales o amigos —del padre—, palmas amplias que rozaron su espalda en risa hueca, arañando la figura —siempre— callada del niño enigma a quiénes, con gusto, juraban servirían. Taemin no se interponía jamás entre víctima y daño, sabiendo que con esto él se convertiría en la herida, sin embargo, no hubo un instante de vacilación el momento en el que irrumpió, sosteniendo el brazo en alto del varón mayor; clavó con urgencia su mirada —oscura, inerte— en sus ojos rasgados, tronándole la guerra en la sangre, acariciado por el aliento pesado de los que, a su diestra, lo contemplaban expectantes. Con lentitud, Taemin arrastró la atención del muchacho a los cinturones de los adultos, apuntando con la barbilla las navajas mariposa que no tardarían en blandir contra él.

— ¿Taemin-ah? —inquirió, barba descuidada, el cabecilla. Huesudo, se relamió con cierta impaciencia— Chico, ¿acaso tu padre no te ha enseñado bien? Estábamos en mitad de un asunto con nuestro amigo. —Pero Taemin no lo miró, sus ojos seguían en los del joven desconocido al que acababa de salvar, y sus dedos —garras hundidas en el brazo esbelto— se aflojaron con indecisión, dejando caer la mano, sintiendo latir el arma en el interior de la chaqueta al torcerse, contemplar al que le hablaba. El menor ya había tomado una decisión: de allí, no podía salir ileso. Por tal de herirse, alargó la mano, aterrizando en el pecho del perro viejo, a quién propició un empujón; la fuerza le nació pese al cansancio, pese a la edad (origen en las entrañas, en la capa de héroe que, invisible, se ondulaba a su espalda).
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por Nakai Kenta el Miér Mayo 16, 2018 12:52 pm

act I
scene 2

run boy run
This world is not made for you
They’re trying to catch you
Running is a victory

El cuerpo delgado impactó con fuerza contra el piso. Qué imbécil que era. Tenía los minutos vagamente contados. Su mente sólo podía pensar en guerra y contemplaba desde el piso los sucios zapatos de uno de sus agresores, posándose sobre una de sus manos, aplastándolo como un insecto hasta que los huesos crujieran. Pensó que quizás podía derribarlo si le tomaba con fuerza de la pierna y tiraba de él. Pero cuando quiso volver a levantarse, alguien lo sujetó del cabello, alzándolo como si fuese un muñeco. El cuello estirado, le dolía y sin embargo sólo apretó sus labios y cerró sus puños. Le soltaron y rieron. Una risa cantarina, burlona, de quién se sabe dueño del mundo. Contempló la fiereza de las miradas de aquellos hombres. No había una pizca de culpa o temor. Podía palpar el peligro en su cuerpo, en el ambiente y a pesar de todas esas señales que lo alertaban a correr, volvió a ponerse de pie, queriendo recuperar lo que le habían quitado esa noche.

La respiración entrecortada, los ojos fijos en los wons que contaban entre ellos. Wons que con mucho trabajo había llegado a reunir y apartar en secreto para llevárselos a su hermana. La sangre le hirvió, lágrimas entremezcladas con sangre. La ira, su némesis, su mayor pecado capital. Ese que nublaba sus sentidos, su raciocinio. Contó mentalmente; exactamente siete segundos eran los que le tomarían avanzar a ellos, golpear al más pequeño de todos, hacerse con el dinero, correr.

Tomorrow is another day
And you won’t have to hide away
You’ll be a man, boy!
But for now it’s time to run, it’s time to run!

El puño cerrándose, la mano que se alzó en el aire listo para propinar el castigo, la cual fue detenida, supuso, por otro más de ellos. Golpéale también.Suéltame, imbécil – masculló, y en cuanto lo soltó, le empujó con molestia por haberlo detenido. El ambiente denso, silencio sepulcral. ¿Y ahora? El dorso de su mano limpió un hilo de sangre de la comisura de sus labios y contempló en dirección a los cinturones de los agresores. Las navajas. Filosas, brillantes, listas para ser blandidas.

El chiquillo empujó al que parecía ser el líder de aquella pandilla y Kenta, que no necesitó muchas luces para terminar de comprender lo que estaba sucediendo, por acto reflejo lo tomó del brazo y lo alejó. Los perros bramaron, enardecidos, sacaron las navajas y en el reflejo de ellas pudo ver su fin. No podía morir allí. En un callejón sucio, oscuro, desangrándose a mitad del camino. No quería eso y sin embargo, allí estaba, esquivando el puñal, lastimándose al intentar detener a uno de ellos, ejerciendo presión con sus manos, desangrándose a su paso, quitándole el arma y logrando lanzar a los pies de quién lo había ayudado, aquella navaja. – ¡Corre!con ella, no seas tonto. Tómala y vete. Como pudo, se zafó, pero tenía que escapar todavía de otros dos. Se sintió acorralado.
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por Jung Tae Min el Miér Mayo 16, 2018 6:51 pm

Como un tsunami, contempló —tragándose el miedo— cómo aquél se alzaba, espuma por dientes, abalanzándose hacia a él. La mano buscó la navaja y Taemin golpeó primero, nudillos directos al tabique nasal, crujiendo bajo el impacto. Maraña de articulaciones, tres y dos que se aullaban, que se mordían. Empujó y fue empujado, nudillos en su quijada y el sonido filoso de las navajas el empuñarse, esgrimidas hacia el que saltaba hacia atrás, pretendiendo esquivarlas, bajando la cremallera de la chaqueta gruesa sin lograr alcanzar su propia arma. El corazón le latía a la par que el muchacho japonés, unanimidad como si manada y, cuando su mirada se encontró con la de este —una fracción de segundo—, la hoja le dibujó una línea ondulada en el lateral, sobre las costillas. Se tambaleó hacia atrás, la mano palpándose la tela —húmeda, en rojos—, tiempo para que todos se detuvieran, contemplándolo con la certeza de haber quebrado una norma sagrada y, ante el corre desesperado, Taemin hizo caso omiso: una de las comisuras se le alzó, sonriendo al varón que había caído en la trampa.

De la herida, la mano se torció al bolsillo interno, aferró la navaja multiusos y la empuñó hacia aquél, que retrocedía —temblando de ira y cobardía. Recogió la arrojada a sus pies y la blandió hacia el que corría tras el muchacho, cortando el vientre, clavándose con inmediatez en el hombro de un segundo y, la propia, la aferró con dedos acalambrados; un puñetazo y tosió sangre, tirones al cabello, zafándose de las manos duras, corriendo tras el desconocido —entonces, hermano. Tropezaba con su propio pie, en los oídos un zumbido que lo ensordecía, el gorgoteo de su sangre —trastorno haciéndola incesante— como migajas, Hansel y Gretel, delatando su rumbo a las bestias. Escupía escarlata, alargando los dedos teñidos hasta la camiseta de quién corría por delante de él, arrojándolo al interior de un callejón —contenedores de basura, escondite. Él siguió corriendo, la mirada por encima del hombro, consciente de que aquellos irían, entonces, más en su búsqueda que en la del otro. Hijo de, herido y aún con lengua para contarlo; hijo de, que los había herido. Lo alcanzó sólo el tirano, los otros rezagados con sofoco, y la suela manchada se le hincó en la tráquea, el cuerpo temblón echado al suelo. Los ojos le brillaban infierno, vociferándole sólo te estás condenando. El otro, al percatarse, gritó de enojo y dio un puntapié al navajazo, la costilla astillándose, antes de marcharse; debió amenazarlo, pero Taemin no pudo escucharlo —y cuando este le dio la espalda, se hundió en el asfalto sucio, quebrado.

Niño. Los oscuros de las calles se sumergieron en una paz momentánea. Héroe quería ponerse en pie, bien aferrado a su costado, pero sus piernas fallaban y en su vista, punteada de motas grisáceas —nublándose, riego de sangre que no hallaba fin—, halló una figura endeble que se acercaba y cernía sobre él. El cuerpo se le sacudía, todo el terror vomitado sobre él, preguntándose por qué se había expuesto a tal muerte. Exhalando bocanadas de algo tan trémulo como punzante, decía:— No —zafando intentonas, rehuyéndolas— T-te-teng-go —se atragantaba con su desgracia— q-que ve-ver a mi pa-p-pad-dre. —Aquella la única razón de todo aquello, única solución. Prisión a corta distancia de donde se hallaban, y esperando que el progenitor —líder, soberano— enmendara aquello por el otro. Las manos le temblaban, asqueadas de herir, asemejadas a las de quién las llevaba encadenadas.

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por Nakai Kenta el Sáb Mayo 19, 2018 3:32 pm
En su vida había experimentado tal adrenalina. Correr o morir. Su mente activó el estado de alerta y peligro, sumergiéndose en una suerte de batalla campal, en donde él y el otro chiquillo eran las presas. La sangre les llamaba como animales carroñeros, y ellos, dejando los rastros de las heridas de guerra. Le era imposible ignorar la sangre que derramaban ambos, en su afán de intentar luchar contra ellos. Que ridiculez. ¿En qué se habían metido? Más bien, ¿cómo había logrado meterse en semejante problema, arrastrando así también a otro? A uno que no tenía idea quién era ni por qué había interceptado. ¿Acaso ganaba algo más que quedar como un animal mal trecho en un callejón oscuro y sucio?

Tengo que sacarte de aquí – las manos, cubiertas en sangre, temblaban delante del cuerpo del otro chico, a quién contemplaba de arriba a abajo, a punto de sufrir una crisis nerviosa. No podía abandonarlo de esa forma. – Tenemos q...Un hospital, vamos, no puedo dejarte – como pudo, le cogió de la cintura para obligarlo a sujetarse y que siguiera su plan. Más sin embargo no ignoró sus palabras. Frunció el ceño, sin comprender. – ¿Ahora? – ¿Acaso no había cosas más imperiosas que atender antes que ver a su padre? Su mente no parecía trabajar con cautela, y terminó accediendo, sin pensar que podría estar metiendo su cabeza directamente dentro de la boca del lobo. Su único afán era llevar al chico a salvo a donde sea que le dijera.

(...)

Podía sentir las heridas latiéndole, molestándole con el simple roce del viento. Su cuerpo adolorido y la cabeza hecha un lío. Lo alejó de él en cuanto supuso llegaron al destino que le fue indicado. Jadeó. Apoyó las manos en su rodilla, inclinando un poco el cuerpo para descansar. La boca le sabía a sangre. ¿Por qué últimamente su vida se asemejaba más a la de un pandillero que a la de un intento de idol en ascenso? Le miró de soslayo y se enderezó. ¿Ahora qué? ¿Le explicaría siquiera algo de todo lo que había pasado? En principio, ¿por qué demonios has intervenido?
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por Jung Tae Min el Jue Mayo 24, 2018 9:22 pm

La cartera vacía, el soborno había terminado en visita y el padre alzando la voz, golpeando el cristal que lo separaba del mundo, prometiendo con el índice contra el mismo —nunca más. Los ojos de Taemin habían yacido opacos, contemplando con enajenación al individuo a quién llamaba padre con falacia por voz; debía llamarlo monstruo, conteniendo el temblor de las manos, el impulso que quería arrojarse a él, gritarle soy como tú, soy como tú. Detuvo sus pasos a pocos metros de la puerta, los números sobre la pared estaban oxidados, el borde de uno descolgado, barullo como música proveniente del interior; sujeto al cuerpo del mayor, Taemin contemplaba aquél lugar al que también debía llamar hogar y, deshaciéndose de la muleta —muchacho—, corvaba la espalda, aferraba herida con las manos y, entre sudor y temblor, abrió la puerta con un tintineo de llaves exánimes.

Se abrió en un lamento, la puerta, y apenas unos pasos hacia adentro, lo recibió Narae. La hermana lo contempló sobrecogida por su imagen, sosteniéndole el rostro macilento entre las manos menudas. — ¿En qué lío te has metido...? —exhaló, casi en un susurro. Taemin supo que, al contemplarlo, Narae creía estar viendo una sombra del padre; temblaba, miedo y no preocupación, cuando Taemin alzaba una mano —apartando las de la menor. Haneul llegó cómo si pudiera oler el hierro de la sangre y, tras un rápido escrutinio, clavó con frialdad los ojos en su hyung, un destierro al amor. Sostuvo a Narae por el codo y la echó a un lado, en los ojos se le formaba un llanto y Taemin suspiraba —Haneul había pasado toda la vida llorando y, en aquél último año, había impuesto su madurez al contener las lágrimas.

— Estupendo. —musitó, una risa hueca que no se creyó, y mucho menos Taemin. No pudo pronunciar estoy bien, obvia mentira; no pudo hablar. Ambos hermanos contemplaron al intruso tras él y ninguno dijo nada, Haneul arrastrando a la hermana al salón, de regreso a los menores que hablaban a gritos. Taemin no se aseguró de que el otro lo siguiera, arrastrando las suelas hasta la habitación que, como en una comuna, compartía con sus hermanos desde la cuna. Se echó en uno de los colchones, incapaz de sostenerse más, pálido y con la herida apretada aún sangrante. Su índice señaló vagamente un pequeño armario, donde recordaba haber dejado el botiquín por última vez.  
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por Nakai Kenta el Miér Jun 13, 2018 7:12 pm
¿En dónde se había metido? Pudo sentir dos pares de ojos perforándolo con la mirada, al ser el extraño intruso que irrumpía a altas horas de la noche y algo le decía que debía irse urgentemente de allí si es que no quería cargar con más problemas. Pero su benevolencia y preocupación le impedían dejar así sin más a quién -aunque no se lo había pedido- fue su único salvador aquella noche. Procuró entonces ignorar al resto, el caos que podía suscitarse a su alrededor y le siguió con la mirada, inmóvil, incapaz de reaccionar en terreno desconocido.

No fue sino hasta que éste le señaló algo, que Kenta se obligó a girar el rostro y comprender qué necesitaba. Asintió apresuradamente con la cabeza y fue en busca del botiquín, trayéndolo pronto a su lado, arrodillándose al costado de él. – Puedo ayudarte – murmuró en voz baja. – Necesito limpiarme las manos primero – Kenta no era demasiado impresionable con la sangre o las heridas. No por algo, antes de siquiera tener la ocurrencia de ser idol, había deseado ser estudiante de medicina. – ¿puedes enseñarme...? – Hizo un ademán con sus manos, para que se descubriera la herida y tener una noción de qué tan grave era.
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por Jung Tae Min el Vie Jun 15, 2018 5:32 pm

Taemin contempló aquél rostro gastado y perdido, sostuvo aquella mirada y se preguntó por qué lo había hecho, no hallando el motivo. No se parecía a un amigo querido, no lo confundió ni le evocó algún recuerdo donde se hubiera visto desvalido y solo; nada de aquello. El impulso de héroe fue el que persiguió los pasos de la ruina, atraído desde la cuna por esta —forzado, más bien, a identificarla y perseguirla hasta en los confines del mundo— y, antes de meditarlo, habían blandido navajas y huido a migajas de sangre; aquél érase una vez había augurado mal final, felices, no. Las ropas se habían calado en rojos. Se desprendió con pesadez de la chaqueta, tiritando al alzar la tela y exponer la carne pálida —fina, delgada— manchada, el arañazo en el costado del que brotaba, pulsante, un débil chorro de sangre, culpa de aquél coágulo endeble que había procurado entaponarla.

La vista se le había llenado de puntos plateados y apenas podía respirar sin dolerse; aquél hedor, el del hierro, se hallaba por todas partes —sus párpados deseaban cerrarse, sudar hasta morir. Botiquín a su lado, lo abrió con un solo gesto, dedos exhaustos, desvelando gasas y puntos de sutura, alcohol y antisépticos. Había cosido antes, había curado antes pero llegaban tarde, y aún así, se fiaba más de su vista borrosa que la de aquél que pedía con voz tremebunda, quizás abrumado por el ataúd a dónde su salvador parecía haberlo llevado. — S-soy hem-mof-mofílico. No pa-para-parará en un bu-buen rat-rato. —rindió la cabeza, la primera vértebra sobresaliendo y apuntando al techo de manchas amarillas; el puntapié en las costillas parecía gritarle muerte, hacia adentro, la hemorragia encargolándose entre los músculos y el hospital, un imposible. Cerró los ojos. — La pue-pu-puert-ta-ta. —susurró: el baño.
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por Nakai Kenta el Dom Jun 17, 2018 7:11 pm
Le contempló por unos breves segundos, nublado por la sangre que no paraba de brotar, hasta que escuchó sus palabras. Hemofílico. Eso sólo complicaba un poco más todo y por primera vez en lo que iba de esa noche, realmente sintió miedo. De que las cosas no salieran bien, que no pudiera salvarlo, que además tuviera que cargar con la culpa de una muerte por haberse desangrado ante sus ojos. Buscó su mirada y luego volteó en dirección a la puerta que le señaló. Se levantó con prisa, atravesando la habitación con ojos curiosos que le contemplaron a cada paso y fue a lavarse las manos. Las mismas le temblaron, e intentó serenarse. Su reflejo en el sucio espejo le hicieron notar un corte bastante profundo en una de sus mejillas, pero no perdió tiempo en ello, regresando rápidamente a su lado.

Como ésta hemorragia no se detenga, te llevo a rastras al hospital. No me interesa – fue terminante con sus palabras y su expresión severa no daba derecho a réplicas, pues cabía la posibilidad de que eso sucediera y estaría completamente fuera de sus manos el poder salvarlo o no. Necesitarían ayuda profesional.

Sin más, comenzó a presionar con una gasa limpia, sabiendo que aquello probablemente le dolía como los mil demonios. Gastó varias gasas a su paso, hasta que finalmente pudo comenzar a limpiar y desinfectar, dándose cuenta entonces que en aquel botiquín de primeros auxilios, faltaba al menos una docena de cosas como para que pudiera hacer su labor sin que corriera riesgo. – No puedo hacer esto...Nos faltan varios instrumentos– Se sentiría como un carnicero si lo hacía con lo que había allí. – Terminaré matándote con una infección. Necesito llevarte – Al hospital, urgente. – A menos que quieras arriesgarte – Sus manos, aún continuaban haciendo presión sobre las gasas, procurando contener el sangrado.
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