the unbearable lightness of being —myh
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por Woo Young Jae el Sáb 12 Mayo 2018, 03:59



Sábado 5 de mayo

Tenía los párpados caídos; el sonido hecho una turbulencia en su mente, un constante ir y venir mientras la conversación escalaba a puntos que a él no le interesaban. Observaba, escuchaba y era incapaz de determinar en qué mundo irreal vivían las personas a su alrededor. La trivial necesidad humana golpeándoles el pecho, una hambruna material arraigada en las pupilas, alzando una copa rebosante de licor para celebrar un sinnúmero de logros absurdos que iniciaban en la línea de «ayer me ligué a tal muchacha» o «me compré el último teléfono móvil de tal marca»; y Youngjae asentía cuando la pregunta se dirigía a él, ojos acaparadores buscando la aprobación de quién menos interesado estaba. A la marabunta de codicia, él respondía con fría indiferencia. A una semana del próximo comeback, solo aceptó aquella invitación porque el cuerpo le dolía, adormecido con el cansancio, le palpitaban los músculos en el estrés del trabajo sin terminar, exigiéndole un punto de equilibrio entre ambos. Tal vez, la mejor opción hubiese sido quedarse en casa, enmarañado entre las sábanas de su cama, un libro entre los dedos con mil y una historias de las que no podía imaginar, pero le gustaba conocerlas, así como un mero espectador —sin conocimiento alguno de arte— admiraba una obra de Picasso.

Sintiéndose como el viejo guitarrista ciego, mudo ante los vocablos intercambiados, pidió una nueva copa de vino tino. El carmesí del líquido depositado le llamó más la atención que la gente a su alrededor, enfrascándose únicamente en darle sorbos, en reconfortarse con el ardor suave que el licor provocaba en su paladar. Salvo la atención: un murmullo sutil que iba escalando en decibeles, cada uno añadiéndole su propia dosis de sensacionalismo; susurraban: la loca, mientras las pupilas se dirigían como poseídas, queriendo examinar y criticar, adhiriéndose a una figura más allá de la puerta. Escuchó —levantó la vista— la vorágine de murmullos acallarse de golpe cuando un «hola» se dirigió hacia la mesa y el antiguo ambiente del lugar se tornó incómodo, cargado de un montón de palabras que no eran dichas, más las miradas eran suficientes para comprenderlas. Las únicas personas reunidas allí a las que no le importaban eran él y otra muchacha, suave como la caricia de la seda, quien se levantó animada, recibiendo a la chica del pelo como una llamarada. Youngjae la miró, curioso ante la reacción de los presentes, y su visión lentamente se deslizó al único asiento vacío: a su lado. La joven de suave voz —aquella que saludó a la chica de las hebras como fuego líquido—, fijó su bonita mirada hacia él como preguntándole: ¿puede?

Aquí hay un asiento libre —la observó, sintió los pares de ojos enfocarse en su persona y con el desinterés marcado en el rostro —no tenía ninguna intención de mezclarse con lo que sucedía ahí—, jaló la silla para ella, diciéndole sin más que podía. Espero su respuesta, los dedos rozando suavemente el borde de la silla. Había algo en la mirada de esa mujer, en el aire que parecía tiritar a su alrededor —de miedo o maravilla, no sabría él decir—, que hacía que todas las pupilas fueran en su dirección. Para bien o para mal, todos la contemplaban.



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por Min Yul Hee el Lun 14 Mayo 2018, 23:13

De la punta del pincel, una línea alargándole las esquinas de los ojos hundidos; el pulso, irregular —contemplándose quieta en el espejo, preguntándose si aquello la haría más arte y menos bruja. Rizó una hebra en su índice, desenroscándolo con los orbes empañados de desazón, clavándosele el amor podrido de quién la abandonó, remembrando aquél último instante de vidrios rotos y gritos —los suyos—; las líneas del recuerdo aún eran afiladas, rasgando la cordura que prometía mantener toda la velada. Un compromiso —tal vez último— que no podía romper, pues de entre los amigos del varón, una fémina ligera (como el aleteo de una mariposa, acariciándole aquella hendidura, la del roto, compadeciéndose) confiaba en que asistiría. En el suelo, a los pies de su cama, aún quedaba la camisa arrugada del que la sangró más de lo que la besó; de allí apartó los ojos, y las ojeras —maquillaje plisado— susurraron tragedias. Se perfumó de incienso, rezó a sus santos, acudió al bar con un trémulo coraje bajo las uñas pintadas —esmalte rugoso.

Los murmullos abrazaron sus andares, los ojos señalándole las carreras de las medias, se detuvo. Supo de inmediato que no debió acudir, los ojos encontrándose nerviosos con los rostros juiciosos de quiénes nunca fueron sus amigos, farfullando el nombre hiriente que Yulhee leyó en los labios, retirando la mirada, clavándola en el suelo —la tierra, principio y fin, queriendo abrir un hoyo y sepultarse. Sintió ridículas pinturas y ropa, cabello y postura, los zapatos altos haciéndole ampollas en los talones; tembló, como si un viento la hubiera empujado —pero allí todo perecía, en estáticos aún la apuntaban. — Hola. —un susurro, la voz le buceó hacia la superficie y su mano se apretó a las falanges dulces de la muchacha, única que le sonreía. Y otro, que arrastraba un asiento y la invitaba a su vera, mas Yulhee no acudía.

Reconoció la línea de su mentón, la mirada oscura; debía haberse arreglado el desaliño lobuno, pero el olor a posguerra aún brotaba de él. Aguardó con incertidumbre, preguntándole con tan turbulentos ojos si acaso estaba seguro, si se atendría a las consecuencias de su cercanía —maldita, era como todos allí la nombraban. Al final, fue la otra chica la que la instó, guiándola en tirón ingenuo y Yulhee cayó en la silla de plástico, echando al suelo el bolso, las hebras de fuego envolviéndole el rostro que, antaño pálido, sucumbía a un rubor —falta de respiración, reteniendo el aliento en los labios prietos hasta que las conversaciones se retomaron, el sonido de los cristales al brindar, la música ambiente de nuevo audible. Exhaló, su respiración golpeando las servilletas de la mesa, sacudidas por esta. Sin retirarse el abrigo, sus dedos comenzaron a hacer nudos en el borde de su falda y no se atrevió a mirarlo cuando masculló:— Gracias.

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por Woo Young Jae el Sáb 19 Mayo 2018, 23:24


La mirada a través del cristal fija en un punto inconcluso donde se alineaba la porcelana, no buscó la figura frágil al moverse; impertérrita ante el sonido que escapó los labios ajenos, el suave susurro que acarició el sentido auditivo en una trémula exhalación. Todo seguía el camino, el ruido rompiéndose en medio de una conversación queda: era cacofonía de voces, de cubiertos al tintinear contra la losa y pupilas encontrándose lentamente, silbándose vocablos inconclusos. A un eco de «rechazo», se negaban a hallarse con la indómita llama a su lado, encogida contra la silla mientras dedos invisibles apuntaban a todos sus errores. Arsénico en los irises, puños contra costillas, una sentencia maldita escrita entre los dientes, la ley del hielo aplicada a un solo humano—. Pásame la sal —respiró el desprecio yuxtapuesto en cálido roce; a ella le dirigían lo pútrido, lo negro, haciéndola una presencia silente, no querida, no deseada. Y sintió aquella vieja rutina de antes, de habitarse con nada más que silencio, siendo paria, no humano; un recuerdo vago de que alguna vez, una persona aquí, existió. Era el producto del desdeño, de los ojos graves fijándose en las imperfecciones, señalándolas bajo palabras graves que hundían las garras en las heridas abiertas —Youngjae siempre había odiado aquella manía humana de menospreciar a otros.

¿Vas a pedir algo? —una moción suave de labios, casi imperceptible al resto de personas aglomeradas. No había mirada entre ellos, sus dedos ocupados en atrapar los aperitivos de la mesa mientras lo que quedaba del mundo —en aquél espacio minúsculo que conformaba el bar—, intentaba lo posible por obviar la presencia femenina. No la conocía de nada (y tampoco sentía especial atención por hacerlo), pero no veía justificación alguna a dejarla en la ignominia. Tal vez estaba pegando de salvador, cuando no tenía nada en sí para poder considerarse de esa manera, y aún así, tomó la osadía de desafiar, acercándole un pequeño platillo de comida mientras las miradas se enfocaban en él. Sintió los interrogantes en cada movimiento, las silenciosas preguntas que iban y venían: ¿por qué la miras? ¿por qué le hablas? ¿por qué la conviertes en algo más que un fantasma no deseado? Casi podía oírlos, el roer de los dientes en bravía de zoonosis, humanos no más, animales—.Dumplings de carne, pollo y mariscos —las falanges se le enredaron en los palillos de madera, el áspero roce del material contra la yema de los dedos mientras señalaba cada alimento mencionado con anterioridad y ponía, frente a ella, un pequeño platillo. A conciencia, sentía aún la atención; la mirada torva alzándose en bravata y hallándose acorralada —pares llenos de molestia; una grácil sonrisa de la única humana—.

¿A la loca?, el eco de un llanto en medio de una cueva inhabitada. La suave sonrisa desapareciendo con aquél susurro hecho grito, las miradas volviéndose a centrar en la muchacha y él, impertérrito, comenzó a apilar todos los aperitivos en el pequeño plato en rebelión a aquella crueldad.


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por Min Yul Hee el Lun 28 Mayo 2018, 22:54

Se avivaban las conversaciones, suscitadas en murmullos a su estampa extraña en tan común gentío, ojos que brillaban guadaña al encontronazo con los suyos y Yulhee no los miraba, temerosa de caer al abismo —si lo enfrentaba—, retorciendo con nerviosismo la tela de su falda. Había odiado la separación de su hogar y el mundo, pero al poner los pies en el mismo, se percataba de que la distancia la había calado ya de tal forma que nunca más podría ser partícipe en aquél; siempre sería foránea, loca al cruzar un salón —aún sin mentar la fe—, loca al hacerse menuda y callar, soportar el envite de los susurros, loca sin importar qué. O quién.

La sal, decía. Fue la grácil mano de la otra joven la que acudió al llamado, pero la voz rugosa del varón había pisado la herida de Yulhee, la había despertado —de la sangre. Se deshizo del abrigo, lo colgó del respaldo, mangas que caían al suelo despreocupadas del sucio; tirantes, escote al sin pecho, hundió las yemas en el hueco que dejaban los huesos del pecho, el mirar a los alimentos de la mesa con total inapetencia y el tacto hurgándose el músculo flaco, preguntándose si el ahogo era de corazón o pulmón. Desprendió de allí la mano, palillos de madera —grabado en el extremo el nombre del local— que sostuvo con dedos fríos, callada a la pregunta suave que le lamió espalda arriba, colocándole recta la espina dorsal. Al gesto del platillo lo acompañaron las miradas, el juicio nublado y Yulhee lo miró a los ojos; pupilas sagaces que parecían clavarse en él, indagar en sus intenciones con actitud defensiva, fragilidad que se hacía hierro —un hierro que podía quebrarse— para envarar la mandíbula.

Parad, a las paredes les brotaban ojos, estallando como pompas de chicle, entornándose en su dirección, parad. Tiró del plato, liberándolo frente a ella sobre la mesa abarrotada, respirando —algo que le parecía arena, desierto—; pero los murmullos seguían y él, maldito héroe sin capa, creaba una montaña de alimentos que cayeron abajo, inercia de la fémina que colocó los palillos allá, impacto con los ajenos. Las ganas de huir mentían a sus gemelos, sintiendo allá el pulso de un caballo; cuando su mano libre se retorcía tela y carne, en el regazo, deseaba sostener crines y hacer del local estepa. Hubo un instante de silencio, en lo que la anatomía imploraba para —no a ellos, a aquél, varón que se inmiscuía entre ella y la flecha (del repudio).

«— ¿Esos dos...?
— Claro que no.
— Me refiero a
— No, ni si quiera para eso. Le puso los cuernos, ¿no lo sabías? La desgraciada ni si quiera es buena para echar un polvo»


Quiso quebrarse las uñas, sollozar el odio, prenderse lo marchito y derribar aquél bar, atar a las lenguas al cimiento, verlos devorados, ceniza —maquillarse con aquella los ojos. La determinación depositada en los palillos se extenuó hasta que las herramientas cayeron de sus dedos y su mano, de costado, sobre los alimentos. Los ojos opacos se fijaban en el mantel manchado, los dientes chirriaban cuando el cuerpo se le iba hacia atrás, clavándose al respaldo en una exhalación, escueta, como si se rindiera al ahogo. Manchó de salsa sus ropas —bonitas, había creído— y la misma mano manchada atajó el bolso en el suelo.

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por Woo Young Jae el Miér 30 Mayo 2018, 23:14



Las manos se congelaron al caer el primero de los alimentos, la negra mancha de la salsa de soya esparciéndose a través del mantel mientras sus ojos buscaban las respuestas en la oscura mácula —de fondo, parecían los susurros envalentonados en ánimo de daño contestarle los interrogantes, diciéndole a boca cerrada: ella, la caótica. Y no importaba cuánto tratara de cerrar la mente a ellos, a los comentarios cargados de perjuicio, a medida que pasaban los segundos, se convertían en una melodía mortuoria, en destierro dirigido a esa mujer que ahora, pálida —en rabia o injusticia, él no sabía—, le devolvía la mirada, cargando en las pupilas una súplica. Sí hubiera sido otro, tal vez, habría atendido aquél llamado de cobardía, ocultándole las grietas y dejándola marchar con intención de perderse de aquella beligerancia no merecida. En el fondo, la lástima pugnaba y elegía esa opción: déjala ir, le susurraba al oído, las falanges soltando la sujeción sobre los palillos, la mirada fija en la expresión adusta en las facciones femeninas. Déjala ir, porque después, aquellas grietas se harían más profundas, las cicatrices volverían a supurar sangre, purulencia de palabras, llorar a la injusticia.

La respuesta fue una moción ácida, los dedos alargándose y disponiendo de la mesa. Echó la silla para atrás, observando el reloj en su muñeca izquierda y con falsa sonrisa, declaró—: Creo que es todo por hoy —sarcasmo diluido en vocablos, en la mano que buscó su cartera en el interior de su chaqueta de cuero. Tres relucientes billetes de la más alta denominación fueron colocados en la mesa, la sonrisa en la boca del hombre destiló desprecio—. Para los gastos —extendió la izquierda, las falanges cerrándose en la muñeca femenina antes de que ella se diera a la huida. Las miradas se acrecentaron, los interrogantes volviéndose visibles en los rostros ajenos y cuando un susurro se atrevió a transgredir el repentino silencio de la mesa (¿de verdad está saliendo con esa loca? ¡Debe haber perdido la cabeza!), Youngjae apretó la mandíbula, el cuerpo palpitándole en furia por aquel detrimento a una persona—. Fue un placer, pero hay otras cosas que disfrutar en mejor compañía —la instó a levantarse de la silla, los dedos aferrándose a su mano mientras su mirada se fijaba en la escuálida figura. Tal vez, se arrepentiría de lo que acababa de decir, los rumores convirtiéndose en el talón de Aquiles que menos necesitaba en ese momento.

Y aún así, cuando logró que ella se irguiera, se atrevió a cerrar la distancia, los ojos fijos en el rostro femenino en el instante en que su boca tocó la ajena, caricia brusca de lengua, dientes y saliva —la exhalación sorpresiva de quiénes observaban la escena y no podían creerlo era la música de fondo en sus oídos, de lo que duró segundos o minutos, la conciencia fue incapaz de decir mientras volvía hacia atrás y mustiaba—: Vamos —diciéndole estás a salvo, que toda reina debía mantener la cabeza en alto, aún cuando carecía de tierra.




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por Min Yul Hee el Mar 12 Jun 2018, 05:26

Irrumpió una vez más, la inercia detenida en lo que las falanges se alargaban dirección al abrigo. Lo contempló, varón que rezumaba soledad mas se apegaba a ella, triste cadencia heroica que lo condenaba, eternamente, a ojos y calumnias de todos los allá presente —y más allá: de los oídos que a estos escucharan. Los dedos ardían sobre su piel fría, un espanto que se le hundió en la carne, golpe de premonición al contacto y el pecho se le hinchó como si se le llenara de agua. Debió deshacerse de aquél agarre, como si hubiera metido la mano en las brasas; debió marcharse sin agradecer ni despedir, echarse al anonimato de la noche hasta regresar a la decrépita morada y allá gritar el odio germinado en cada hueco del esqueleto —vaciárselo con incienso y meditación (también lágrimas, y desazón, y las preguntas que los dioses no deseaban responderle)—. Debió,

pero quién hubiera podido zafarse de aquél, cuya belleza lo era precisamente por ser oscura, que se resentía único bajo el filo de la injusticia —aún si honesta— y ladeaba el rostro, la miraba salvador y parecía torcerse arrepentimiento en los irises, dilatándose en las pupilas a medida que se acercaba, acercaba, acercaba... Hasta que ya no pudo hacerlo más, bebiéndole aquella pena de los labios que siguieron el compás en inercia, ojos cerrados y pestañas brillosas de las lágrimas que no dejaría caer. Susurraron gracias, al unísono, las comisuras hacia abajo. Gracias, como una caligrafía torcida que le dibujaba en la boca y, al respirar, pareciere que los imposibles se quebraban bajo las lenguas. Oxígeno, todos contemplaban, los murmullos difusos y distantes como si hablaran bajo el agua y ella, tierra —yerma y gravilla—, miraban al varón destronado en un mutismo cobarde.

Abrigo al brazo flaco, echó a andar de forma tardía, una huida disfrazada de victoria pero la derrota se inclinaba en cada paso al salir del restaurante, alejarse del ruido y sumirse en las calles nocturnas —echándose la prenda por los hombros desnudos que se sacudían en llanto simulado, los ojos inertes. Anduvo una, dos calles, sintiendo la presencia del varón como una sombra, y se detuvo bajo el haz de una farola, ladeándose de forma repentina y aquellos orbes, tan inquietantes, lo escrutaron con sapiencia añeja. — No debiste hacerlo. —su voz, como aros de humo, nítidos al principio y diluyéndose al salir de la boca. Fue como dibujarse diana en el centro de la frente, igual de estúpido. Ella lo miraba con aquél vacío certero, como si con el explicara que no podría devolverle aquél favor, que en las manos sólo tenía restos de salsa y no intercambio.

El corazón le latía, en las comisuras el sabor de su compasión y el deseo de que volviera a tocarla de aquella forma, como buche de agua fría a la tierra árida —aún si era pena, el motivo. Cada músculo de su anatomía se contrajo cuando dio un paso incierto en su dirección, orbes que se arremolinaban entorno al rostro duro y cada alambrada a sus secretos se echaba abajo, una rendición tan extraña, para decirle:— ¿Soy —como un roto? ¿dioses extendieron las manos para desgastarme y malquererme? ¿Soy, de veras, todos los llantos y portazos, lo no dicho o escrito, perdido y por perder, espacios vacíos, umbrales al quizás, al nunca?— tan extraña? ¿Tan... fea? —fealdad más allá de un rasgo, fealdad que abarcaba alma y corazón. — Una bruja, una loca. —susurraba, la barbilla pegada al pecho y las hebras de fuego apagándose. La respuesta, de aquél, ¿para qué la quería? ¿Acaso no había crecido ella en —la respuesta—? Aquél paso que había pretendido presión y navaja, se echaba atrás y luego el otro, alejándose de la luz amarilla hasta los azules de la madrugada. Cuando volvió a mirarlo, la boca se le abrió en mueca de pesadilla. No, por favor, no respondas.
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por Woo Young Jae el Sáb 21 Jul 2018, 22:37


«No debiste hacerlo»

Cuanta certeza en tres vocablos y él no podía hacer más nada que mirarla, sin respuesta bajo la lengua, ojos cansados recorriendo los contornos de un fantasma que se creía humano, pero vivía entre los escombros de un pasado paliado a palabras hoscas, a puños en forma de mirada. Le vio las cicatrices expuestas, las heridas abiertas que aún supuraban sangre y pus, al daño entre las costillas, en el esternón. Aquella mujer vivía de pedazos marchitos y él la contemplaba, impávido, mientras la vocecita en su cabeza se preguntaba: cuándo. Cuando se rompería, en qué mísero instante caería el manto y se desmoronarían las paredes que aún sujetaban esa casa en ruinas. Quizá no debió preguntárselo tan rápido, imbuirse la cabeza de sus sombras, al verla titubear con boca diminuta, un paso más cerca de él y la pregunta que comenzó con un soy.

A decir verdad, respuesta a ese interrogante no tenía. Indiferente al bosquejo de belleza actual, el muchacho observaba el epítome que la sociedad esgrimía como perfecto con un desinterés recalcitrante, echando el rostro aún lado, arrugando las cejas hasta que las líneas en su frente se marcaran: ignorancia frente a lo estético. A él, la pregunta era una especie de trabalenguas, de laberinto; la miraba y no sabía qué vocablo esgrimir, incapaz de decir una mentira —o una verdad—, porque lo que ella preguntaba, Youngjae no lo sabía. A la incertidumbre, con ojos fríos bordeándole la línea del rostro, expresó la opinión popular—: para los demás, lo eres —enzarzó los vocablos en indiferencia, la pupila perforándole el pelo marchito, la llama extinta, y pensó que se veía miserable. Hecha un tumulto de carne y hueso, de golpe a corazón herido, y quiso mantenerse lejos, colocar distancias entre la desazón ajena y la suya propia, pero la huida y la petición en la mirada le hicieron un vuelco en el pecho.

Aquél alma abandonaba no merecía otra herida.

Muchacha —en un regusto extraño, la palabra abandonó sus labios al compás de sus pasos hacia ella. No tenía nombre alguno, mas el rostro yacía impreso en la memoria y la miseria se añadía a su imagen. Youngjae se arrepintió de sus acciones al segundo de hacerlas—, no lo eres —y quiso decir que era mentira —sus palabras—, pero le acariciaba verdad contra la epidermis, el paso dejándolo a centímetros de ella y quiso reafirmarle aquel anuncio. Como prueba a ello, la boca cubrió a la ajena, los párpados cayeron para privar a sus pupilas de la acción que había tomado. Le llamaban «beso» a eso que sus labios hacían al rozarse contra los de ella, a la caricia de la lengua contra el borde, al rumor de dientes y saliva, pero para él, era consuelo.

Ocultaba la mentira lanzándose al fuego.


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