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CANCIÓN:
SOMETHING NEW
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MINI-ALBUM
ARTISTA:
HAN SU MI
KSJ
ENTERTAINMENT
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DORAMA:
FUGITIVE LOVERS
DEBUT:
ACTRIZ
ARTISTA:
HWAN TAE JOON
MYP ENTERTAINMENT 1445 PUNTOS CONSEGUIDOS
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por Kang Hyo Rin el Sáb 19 Mayo 2018, 21:54

( like you are a crime scene
before a crime has even
been committed )




diecinueve de mayo

Añorar, ¿cómo debía hacerlo? Ella sólo conocía el lenguaje del hueso, casteñeteando, de puertas hacia adentro; hacia afuera, su porte siempre orgulloso y sus pasos, reverberando sobre los adoquines como si el Sol brillara por ella. Añorar, al hermano no podía decirle, aún si lo hacía —aún si lo pensaba en las comidas o rememoraba un bizarro recuerdo de la infancia al irse a dormir—, incapaz de reconocerse vulnerable, incapaz de pedirle mano tendida a quién, durante toda su vida, nada más le había dado migajas. La soledad solía consumirla y así echaba mano de la copa, de la botella; arreglándose entre trago y trago las marcas, sobre su rostro, donde la inseguridad la había señalado, hermanada a la resaca de la noche anterior.

Hyorin, como una infante presa en un cuerpo maduro —pudriéndose—, se apeaba frente a la entrada del 7th Heaven y tendía las llaves del coche al propio chófer, por quién había conducido hasta allí. Cuando arribaba con tan altivo pisar —tacones de aguja—, solía venir de un coche conducido a frenazos y derrapes, enojo caprichoso que se le disparaba en la sangre y le rugía en impulsos casi incontrolables, como aquél. El varón, ya mayor, tomaba las llaves y se apresuraba a regresar al interior tan pronto la despedía con una reverencia; Hyorin no detenía su rumbo, océano que se echaba bravío sobre la costa, adentrándose en el concurrido pub y subiendo las escaleras sin saludos o permisos —ningún empleado se atrevió a frenarla. No buscaba a Bon Hwa, consciente de que jamás estaba allí —negligente a su propio negocio—, por eso, cuando giró el dorado pomo de la puerta de caoba maciza, no pudo evitar proferir un grito estrangulado al encontrarlo.

Sus ojos no refulgieron con alivio, en su lugar, rodaron hasta volverse blancos, molesta ante la presencia que irrumpía los planes de beber en la oficina —sillón aterciopelado—, de las mejores botellas de licor; él, que tan ocupado debía hallarse como mánager, ¿cómo osaba a cumplir sus responsabilidades en 7th Heaven el día justo que Hyorin esperaba no hallarlo? pero, ¿de qué se sorprendía? Bonhwa siempre se las había ingeniado para hacer de su vida un imposible. — Tú. —saludó, con cejas crispadas. Se despojó del abrigo de forma poco grácil, dejándolo sobre el escritorio del mayor junto al bolso, echándose los tirabuzones hacia atrás e inclinándose al mueble bar, escogiendo una botella casi al azar y descorchándola. Lo contempló con fijeza, algo felino en sus orbes de falso esmeralda, cuando alzó la botella en su dirección y bebió de la boca, con un fuego plisándole lengua y tráquea.
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por Kang Bon Hwa el Dom 20 Mayo 2018, 23:19


En ocasiones, sentía la irremediable necesidad de volver a casa —aun si nunca comprendió verdaderamente el significado de esa palabra—. Por supuesto, había existido siempre un techo sobre su cabeza, un colchón mullido, y todo capricho por pequeño que fuera que pudiera habérsele antojado, pero Bonhwa no podía obviar la sensación de que hiciese lo que hiciese, comprase todos los pisos que comprase o se acostara con quien se acostase, nunca podría, realmente, acercarse un mínimo a la definición de casa —de hogar— que tanto pregonaban las películas americanas al otro lado del océano. Al final del día, buscaba espacios que le devolvieran esa familiaridad perdida. Esa calidez ausente, ahogada en reuniones de negocios y asuntos que requerían de la atención de sus padres antes que él. En ocasiones, se sentía como un crío, pensando en aquellas cosas, en lugar de ser un hombre adulto centrado en sus negocios. Le gustaba su vida, le gustaba su trabajo, no tenía queja alguna respecto a todo lo que había logrado y poseía, pero sencillamente, las botellas de Don Perignon no le devolvían las contestaciones cuando se hallaba borracho hablando solo entrada la madrugada. Últimamente, su vida se había convertido en una sucesión de días repetidos y grises.

Le atacaba la monotonía.

Imaginaba las contestaciones si tuviera que hablar de ello con su madre: «¡Búscate una esposa!», pero la sola idea lograba hacer que se le formara una mueca en la cara y unas náuseas en el estómago que no quería ni imaginar. Era joven. Demasiado joven para atarse, y estaba ocupado, demasiado ocupado cuidando —y lidiando— con las travesuras de un grupo de chavales —no tan chavales— que tenía a su cargo. Le daban tantas penas como alegrías; unas cuantas más de estas últimas.

Necesitaba más emociones en su vida.

Sea como fuere, terminó pensando en Hyorin, aquella hermana, hermanastra suya que le había llevado tan de cabeza desde hacía ya años. No olvidaba las pequeñas peleas en el salón, o los intentos desesperados por ahogarla con la almohada cuando su insistencia por tratar con él era tan grande que lograba agobiarle. Se preguntaba si aquello —que en aquel entonces había rechazado— era precisamente esa familiaridad, esa sensación de "hogar", que a día de hoy echaba en falta. Su relación con ella había ido en decadencia desde que la conoció, asentándose ahora en un océano vasto de incertidumbre. Bonhwa no la odiaba, no, pero tal vez era demasiado orgulloso como para hacer ver lo contrario, salvo en contadas ocasiones. Al final del día, había terminado tomándole aprecio.

Tal cual pensaba en esas cosas, había optado por prestar atención a todas aquellas cosas que normalmente ignoraba. Su bar, por ejemplo. Subió lentamente las escaleras, dejó elegantemente la gabardina negra en el perchero, y buscó asiento en el escritorio de su oficina, ojeando la alta pila de papeles pendientes, facturas y documentos que requerían de su supervisión. Ah. Solo de verlo ya cuestionaba su decisión de ir. Se arrepentía enormemente. Abrió con cierta vagueza el segundo cajón de la mesa, y sacó de este una pequeña caja con cerradura, de la que extrajo una bolsita de hierba y un mechero metálico tipo zippo. No esperaba a nadie. Nadie se atrevería tampoco a molestarlo en su despacho, y por ello no vio motivo para andarse con tanto cuidado en su propio local. Lió el cigarro con ambas partes de tabaco y la droga, y encendió el extremo, suspirando antes de proseguir con lo que hacía.

Casi cayó de la silla al ver la puerta abrirse repentinamente, dejando paso al pequeño huracán rubio que era su hermana. Apagó el cigarro con premura en el cenicero, apresurándose a cerrar la puerta, y viendo la privacidad restaurada, levantó la vista hacia la chica, que raudamente descorchaba la botella. —Rin, ¿qué haces aquí? —Mala elección de palabras. Casi que lo adecuado era: Bon, ¿qué haces aquí?

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por Kang Hyo Rin el Miér 23 Mayo 2018, 03:40

Podía oírse el glup glup del licor extranjero bajándole por la tráquea, incesante, arqueándose hacia arriba en el esófago —bilis— mas arrollado por el que seguía cayendo a su interior —salpicando, estómago vacío. Retiró el vidrio de la boca, el peso echado sobre una cadera y los labios mojados, beso del alcohol que con tanta prisa había bebido —urgencia por embotarse mente y memoria. El par de orbes claros se posaron sobre la figura erizada del hermano, el desdén clavándolo allí, imponiendo leguas de distancia entre un cuerpo y otro —corazón, ¿dónde? ¿quién? (no allí, no ellos)—, respondió:— Tú qué crees. —La intención era obvia, en el semblante se le hundía delgadez y delirio, grabado en cada redondez y pliegue un quiébrame, pero altiva, héroe de guerra —otra forma de decir asesina, monstruo. Los fantasmas se escurrían por las grietas bajo la puerta, alargando los dedos para alcanzarla y ella los huía, dejando que la anatomía se le rindiera pesada en el mullido asiento frente al escritorio.

La botella se reclinó sobre el pecho femenino, la boca rozándole la boca, anhelante de otro beso —otro trago—; lo dio. El humo perfumaba la sala y señalaba el cenicero, donde el canuto moría, así las falanges de la codiciosa lo persiguieron hasta hallarlo, intercambiando botella por cigarro, apretándolo entre los labios en lo que alcanzaba el zippo metálico, iniciales grabadas en el dorso. — Te estabas escabullendo. —pronunció entre boca prieta y canuto; no lo cuestionaba, lo afirmaba. Estaba allí, haciendo nada, dueño y señor de todo. Lo prendió, inhalando profundamente varias veces hasta sobrepasar la uña de ceniza y encenderlo nuevamente; el sabor del cannabis le arañó paladar y lengua, lo exhaló por las fosas nasales, lo sintió hacerle ecos en el pecho, subirle danzando hasta la cabeza, tiñendo con lentitud el blanco de sus ojos a rojo. Se descalzó los tacones sin valerse de manos, los pies desnudos subidos al escritorio —por encima del abrigo de pieles—, cruzados y contemplando con uñas magentas al varón del otro lado.

Aún en su ruina, aún en su hipocresía, tendida allí con el cilindro entre los dedos trémulos, tenía fuerza y pulso para prender fuego al edificio, atarse junto a Bonhwa a los cimientos y dejarse consumir; llevaba ese tipo de desazón, ese tipo de delirio, glotón en las pupilas que se movían aquí y allá, de puntillas por la línea de los hombros del varón, por el cabello tan perfectamente peinado, su corbata —o soga. Qué estamos haciendo aquí, oppa; somos como esos niños que no crecen, astillas de papá y mamá, billetes con los que (en)jugarnos las lágrimas —perder, siempre. Se inclinó hacia adelante, apoyando un codo en la madera y tendiéndole el pitillo, turno de su boca y miedos (a aquellos, Hyorin no se atrevía a asomarse). — Si no me pasara de vez en cuando a vaciarte el mueble bar, —la barbilla se acomodó en la palma de su mano, mirándolo con boca sonriendo miseria— sería un desperdicio. —Sí, era algo que, con asiduidad, disfrutaba. Dime, ¿cuál es el propósito de tener un pub —atinaba la botella, el vidrio chirriando al roce de la madera— si no es pasarte los días bebiendo? —el codo se elevó y el alcohol se volcó de nuevo en la boca. A aquello, el hábito le había arruinado el hígado, pero ensanchado el aguante; apenas estaba empezando.

— Sigue pareciéndome ridículo tu trabajo de niñera. —la voz brotaba desigual, acabada en risas amortiguadas, efectos que comenzaban a hacerse notorio— Mi carrera se fue a la mierda, —las palabras escocían, clavándose fuego en su carne— pero sigo con dignidad. —masculló. No mucha, debía reconocer.— Pero a ti —lo contempló con un asco inmerecido— te pagan por cubrirles el culo a otros. —rió, los tirabuzones cayendo hacia adelante, acariciándole las mejillas calientes. Y reclamó, dentadura (perlas blancas) al aire, zarandeando la mano:— Pásamelo ya, Bonbón. —atusó aquél apelativo, apodo burlón de décadas atrás.

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por Kang Bon Hwa el Sáb 26 Mayo 2018, 16:43

El mayor conocía ese brillo apagado y amargo en los ojos de ella. El que decía sería capaz de una estupidez y arrastrarte conmigo. Bon también se sentía así en ocasiones contadas, y estaba lo suficientemente acostumbrado a la rubia como para saber que Rin estaba más cerca de ser una pequeña barra de dinamita que de una persona de carne y hueso. ¿Acaso no la había visto explotar numerosas veces? Estaba acostumbrado a sus pataleos, sus gritos y los golpes en el pecho desesperados que pedían su atención. Bon había comprendido con el tiempo que realmente, la otra chica no era la desencadenante de sus problemas familiares, pero a su vez, le era tan fácil culparla... lo había hecho durante años, pese a que luego sintiera el impulso de alargar la mano y deshacer lo hecho, de acabar sentados en el porche de casa con las rodillas deshollejadas y el ego herido. Las disputas ya no eran acerca de dejarla o no jugar con sus amigos a la pelota. Bon sabía que habían sido años negros para Rin, especialmente desde el fiasco de su carrera.

Observó a la rubia beber de la botella, sin juzgarla por la avidez o la manera tan poco femenina y cuidada en la que lo hizo. Vivían en un país hipócrita de valores cuestionables, y Bon estaba cansado de ver mujeres hechas muñecas que solo sabían colocarse una sonrisa postiza y asentir a todo lo pedido. En ese aspecto, su hermana era la antítesis de los esperado. Una fuerza incontrolable que no solo derribaba hombres sino que arrasaba ciudades. Le gustaba eso de ella. —Tu también te escabulles —contestó, poco sorprendido al ver a la contraria buscar el canuto que había dejado huérfano en el cenicero instantes antes. No podía ni recordar la cantidad de veces que habían discutido por eso mismo. Los intentos de coacción de Rin que juraban se lo diré a papá mientras Bon la juzgaba marchando con hombres mucho más mayores. Su adolescencia había sido bella, agridulce.

Liberó del pequeño armario de licores dos copas anchas, consciente de que en aquel momento lo que se buscaba no era la elegancia de las finas, sino la cantidad. Las depositó en el escritorio sin cuidado, llenando ambas lo justo para que no acabaran desbordándose y apartó varias pilas de papeles, que si bien parecían pedir su atención "inmediata", Bon no la deseaba ofrecer. Sentía la imperiosa necesidad de preguntarle a ella que era lo que la empujaba a buscar su despacho, pero optó por no hacerlo, sabiéndola lo suficientemente orgullosa como para no admitir que quizás no era licor lo único que la motivaba, sino la familiaridad de la cara conocida, estuviese o no Bon allí.

Aceptó el cigarrillo, dando una calada larga cuando lo tuvo en los dedos, disfrutando ante la quemazón del humo que lo invitaba a abandonarse. Tomó asiento en la butaca opuesta a aquella que le pertenecía por derecho, que clamaba mi despacho, y que ahora ocupaba Rin. Ella tenía razón, huía, ignoraba sus responsabilidades, pero sobre eso no quería hablar. Deseaba olvidarse de todo unas horas, hacer como si se hubiese detenido el mundo sobre su eje. —Quizás hubiese sido más fácil acabar fumando los dos con dieciséis en lugar de lanzarnos los platos a la cabeza. —despidió la ceniza aglomerada al final del canuto, y lo devolvió a la otra mujer, mientras se invitaba a saborear el alcohol.

Control. Un lugar decente en el que hacer fiestas o recluirme a hacer esto. —una de sus manos, apuntando a las copas, al licor, al canuto y cenicero que compartían— El placer de hacer algo por capricho y deseo propio. Ese es el propósito del pub —sus dedos tamborileaban en la piel de los brazos de la silla. — La satisfacción de saber que a él no le gusta. ¿Cuantas decisiones has podido tomar en tu vida? Decisiones exclusivamente tuyas, donde decidieras tú y nadie más. Chang Sun siempre ha buscado dar su opinión respecto a todo aún sin estar presente. Es experto. —Y lo llamó Chang Sun, porque hacía años que no lo llamaba padreNiñera o no, él esperaba que tomara un puesto de peso en KSJ. Estuve trabajando en ello, hasta que me cansé... panda de estirados con dejes de grandeza... me gustan los chicos de S.T.O.R.M, me gusta ser mánager, fue una decisión enteramente mía. ¿Cuantas de esas tenemos?

Sonrió brevemente ante el mote, sintiendo el ramalazo de nostalgia a medida que buscaba vaciar la copa en su sistema, ahogarse la sangre. — Tienes que dejar de maltratarte. —Y ahora fue sincero, un breve resquicio de preocupación que no tardó en perderse en sus iris de nuevo. —¿Qué te está robando el sueño, Rin? Estás agotada. —De pelear, de alzarse y sublevarse.




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por Kang Hyo Rin el Lun 04 Jun 2018, 07:08

— Hubiera sido lo más difícil. —respondió, sin guerra, solo derrota. Habían tenido veintidós y catorce años, allá, con el perfume del cannabis elevándose en la noche y los tacones pendiendo de las manos de Hyorin; ataviada en disfraz de hembra, rompieron su niñez con ojos de podredumbre, sembrándole terror y aquella inercia que seguía moviéndola —su cuerpo, moneda de cambio— once años más tarde. Al contemplarlo, desenfadado y humo, quiso sollozar desesperación y apretar el cigarro sobre su pecho —allá donde le latía el sin-amor—, quiso gritarle todos aquellos por qués y culparlo de sus males como Bonhwa siempre había hecho, pero jamás lo hizo: enseñarle herida, pus —lo hediondo que comenzaba a abrirle la carne, a aquella edad. Rin solo pudo amenazarlo, una voz aguda y frágil que mentaba al padre como recordatorio del vínculo, prometiendo delatarlo —traición, ninguna (su hermandad una fantasía)— y él no había oído el quiéreme que le tiritaba a cada gesto; nunca, nadie, le había oído la necesidad de suave y de Sol.

La habían versado maldita.

Bajó los pies con pereza, cruzando las piernas para acomodarse botella y copa de vidrio grueso, que llenó hasta el borde. El licor se balanceó, salpicó hacia afuera, aterrizaje sobre la piel expuesta del escote y escuchándolo, alternando bebida y canuto que había devuelto. Los sabores se mezclaron, un regusto asqueroso y, para no notarlo, solucionaba con más sorbo y más calada, fatigándose la estabilidad que comenzaba a emborronar con desasosiego los bordes de su campo visual. Había fumado de forma asidua años atrás, pero el cuerpo había olvidado y la marihuana buceaba entonces a lo alto y ancho de su anatomía, pellizcos de algo liviano que le provocaron una exhalación de demonios —adiós, lejos—, las comisuras destensadas ya no sonreían con altivez, su rostro se había apaciguado como el del niño travieso que por fin duerme. Decisiones, hilvanaba justificaciones.

Parecía recriminarle cuando inquiría « cuántas » y Hyorin, que no respondía, sabía el número. Ni tan si quiera el rostro operado había sido decidido por ella, años de esclavitud en una industria musical que había terminado escupiéndola y, gusano, se había arrastrado de vuelta al aula del piano, título de mentora, sabiendo con tristeza que ninguna otra cosa podía —sabía— hacer: cantar, bailar, hablar, vestir, a gusto de otros —y ella, ¿qué quería ella? Si veinticinco años  no habían sido suficientes para hallar tal respuesta, ¿pretendía que se la diera entonces, con el alcohol y el humo pisándole la razón? Al cigarro se le había acumulado la ceniza y, en el reposa brazos, la rubia parecía dejarlo morir. Los orbes opacos no miraban al varón sino a las líneas en la madera del escritorio. — Maltratarme —imitó, cada letra una losa— ¿no es esa mi decisión? —un murmullo en boca de torpezas, elevando la mirada con vetada letanía hasta el rostro adusto del hermano.

Nunca había dormido demasiado bien, especialmente aquellos años últimos, aunque acudía meticulosamente al trabajo de igual manera, y esto había envejecido su mirada, creado permanentes surcos oscuros bajo los ojos, ojeras que cubría con maquillaje; como todas sus imperfecciones —pero sus defectos, ¿con qué los cubriría?—. Bonhwa, se dijo, no tenía el derecho de aquello: intentar adentrarse en su enredada mente. Siempre la había echado a un lado y, entonces, frente a frente, Hyorin lo rechazaba con una voz tan similar a la que siempre le oyó:— No se puede bailar y dormir a la vez. —réplica que le estiró de una comisura, pasándole el canuto sin repararlo y agarrando la botella, que acabó al llenarse la copa. Permaneció con aquella tumbada de esa forma, mirándola con un gracioso pestañeo, incapaz de creer que ya la hubieran acabado. La mirada nublada buscó la curva de otra botella, señalando con el índice izquierdo. — Esa. —pidió, con licor del color del caramelo y etiqueta oscura.
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por Kang Bon Hwa el Jue 14 Jun 2018, 00:12

En algún lugar de su memoria recordaba a la Rin alegre e inocente, la que no comprendía el daño que existía y buscaba perseguirle, incansable, a cada oportunidad. Bon la había apartado en ese entonces, se había esforzado en ello: empujado, ninguneado, culpado de todos y cada uno de sus problemas. El día que pisó la casa de su progenitor —con 13 años tras muchos de abandono, el padre ausente ocupado con otras faldas y otras mujeres— tenía veneno en el cuerpo. Venía azuzado por su madre y miraba a la madrastra con malos ojos, la tildaba de impostora. Recibido por los techos altos, la casa impoluta, su padre, esperaba sentir ese rechazo de vuelta, por ambas mujer y "hermana", quizá para hacerle ese odiar más fácil. Se vio atacado y hundido, cuando tras las cortas presentaciones, Hyorin entraba corriendo desde el jardín, sonrisa pintada con el sol —y cuanto deseó empujarla al lodo para cambiarle el rostro—. Habían transcurrido muchos años. La observaba desde su butaca, la veía cansada y cedía el canuto con un gesto suave lamentando —cuan grandes las ironías— el no saber como pintarle la sonrisa de nuevo.

Tétrico.

No habló, cedido al silencio, escuchando la ceniza ardiendo en cada calada y llenando los pulmones del humo áspero, el cuerpo tranquilo, la mente ausente. Buscó incorporarse, repasando unas y otras botellas, hasta dar con la reclamada por ella y llevarla a la mesa. Llenó ambas copas, sin reparar en excesos y alzó la propia, esperándola para brindar. — No te odio, ¿lo sabes, cierto? —dejó entrever, a la inversa, pues siempre era más fácil declarar su posición frente al odio que frente al querer. —Sigues siendo la enana molesta, la insufrible, la que me llevaba de cabeza cubriendo sus aventuras locas con hombres mayores y a cada paso en falso amenazaba con el viejo... pero odiar es una palabra demasiado fuerte. No me agrada. Tan solo me... irritabas eventual... amenudo.

Se acomodó en la butaca, manos buscando liar un nuevo canuto, la hierba extendida sobre el papel fino. —Hagamos algo... fuera de lugar este fin de semana. Marchemos a un club. O un Karaoke. Tomemos el coche a alguna parte. Te acompañaré de compras a por Gucci —sonrió, divertido ante la idea, pues en esa ocasión no estaban los hombres que cargaban con las bolsas, pero si sus responsabilidades, pesadas sobre ellos. Era fácil imaginar las opciones, pensar que verdaderamente podían marcharse cuando desearan, descuidar la vida y atenderse las heridas. Bon la sabía triste, chasqueando la lengua, detestando la empresa y al supuesto padre. Se sabía frustrado, molesto, en su cabeza matando y enterrando repetidamente a ese segundo yo. Esa imagen glorificada que ensombrecía a la rubia.— Sigues llorando la muerte de Candy. Déjala ir. —Y hablaba en serio, duro al inicio de las palabras y ablandándose al final— Eres famosa, reconocida, una respetada profesora de canto. Formas a todos los proyectos de idol que pasan por la empresa. ¿Cuantos querrían estar así? ¿Cuantos no pueden llegar al nivel?

Se pasó la mano por el cabello, la corbata deshecha y la chaqueta colgada al lado de la puerta. Se preguntaba como habría sido todo, si la chica hubiese sido familia directa real y el padre hubiera sabido mantenerla quieta dentro de los pantalones. Realmente, en el fondo, donde quedaban las palabras no pronunciadas, la consideraba hermana completa, sin serlo. No se arrepentía de no proclamarlo abiertamente. Los egos de ambos eran más fuertes, lo sabía.
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por Kang Hyo Rin el Mar 14 Ago 2018, 04:08
Extendió la copa, dejó que la llenara; el pulso apenas se mantenía mientras el licor, en abundancia, caía al interior de la misma. Bonhwa había tenido razón, estaba agotada, quizás lo más desolador de aquél pensamiento no era que el otro había sabido verlo —pese a disfraces e incansables intentos—, sino la incapacidad por recordar del día en el que no lo había estado. Quizás había sido siempre como uno de esos árboles que apuntan diagonal y trepan hacia el Sol en dirección equívoca; quizás había sido germinada en oscuros y, por ello, las raíces las había llevado siempre podridas. Y en aquél conocer de su fealdad, las palabras del hermano no fueron piadosas, sino parecidas al agua con la que se crecía —más y más insalvable. ¿Sabía de aquello? Llevaba el vidrio a la boca, terminaba la copa de una vez, lentitud al tragar como si masticara confesiones.

Se rió, apenas un escupitajo restante de licor en el vaso, atragantándose y pasando el dorso de la mano por la barbilla, secando el alcohol que le cayó. — Es cierto eso que dicen, ¿uh? La paternidad te cambia, y tú tienes... —los dedos de la zurda contaron— cinco hijos. —mostró la mano abierta, un anillo y uñas largas. Bajó las piernas del escritorio y las cruzó, la cadera apretada contra el sillón, retirándose un mechón con cierto mareo. — No seamos así, ¿quieres? Nunca nos hemos gustado. Nuestra... nosotros estábamos condenados, oppa. Papá nos condenó. —a ella. No añadió. Tanteó hasta la botella, queriendo llenarse la copa y derramando con cierto sopor el licor; el líquido sobre sus piernas le sacó una mueca de tonta burla. — No tenemos que darnos explicaciones, somos... mayorcitos y ha pasado muuucho tiempo. —terminó. Había pasado toda la vida. Si lo que Bonhwa deseaba era alargar la mano en su dirección, tal vez llegaba diez años tarde.

Dejó la botella sobre la mesa y quiso sacudir, con la mano, las manchas de alcohol en sus ropas —no poniendo demasiado empeño, más distracción que urgencia. Las cejas se elevaron, los ojos —al rodar— le dieron la vuelta al mundo. — No quiero ir a un karaoke contigo. Idiota, ¿crees que vine a verte? —el cuerpo se le había echado hacia adelante con la pregunta, debiendo pegar la espalda al sillón de nuevo cuando se percató de aquello. Se le hundían los dientes en el labio inferior, sopesando con cierta inmadurez la posibilidad de conducir alguno de los coches de Bonhwa y, con suerte, devolverlos con algún desperfecto. — ¿Me dejarás conducir? —el índice zurdo se hundió en las hebras, rizó un mechón, la diestra danzando la copa llena y dando un pequeño buche, no muy contenta con el sabor de aquél, disgustada por su mala elección— Usaremos tu tarjeta. —con ello, daba la cita por arreglada. Extraño, el nosotros, en la agenda de ambos individuos.

Candy. Ah, había olvidado lo aficionado que era el hermanastro a aquello: dar algo y, después, llevarse otra cosa consigo. Tentadora propuesta de cercanía, había saltado al interior de las fantasías de la niña solo para tomarse aquella licencia, tortuosa y fortuita, de poner en voz alta —una de— su(s) herida(s). En los irises de Hyorin, cada hueso del varón se quebró. El tacto se le volvió duro cuando dejó la copa en la mesa, exhalando humo —dragón a medio despertar— y atándose las propias manos en lazo de dedos, apretados en el propio regazo, conteniendo estruendo y, tal vez, llanto. El perfil redondeado se volvió filoso de nuevo, toda la embriaguez se le había perdido y en la sala solo perduraba la mujer que tanto se asemejaba a una navaja. Las comisuras tiraron, el orgullo un arrastre —como la cabezada de una mula—, habló. — ¿Con qué derecho mides mi valía? —los dientes chirriaban; quiso volver a la adolescencia para arrojarle puños al pecho. — Sabes, sabes, por qué estoy dónde estoy. —murmuró, tiritó quizás una súplica en aquello, un por favor, nunca más. Era el padre, siempre era el padre.

— ¿Quién te crees que...? —no lo miraba, había perdido arranque, las palabras flotaban no hacia a él, sino hacia a todas partes. Un eco lastimero. Por eso la mano mordió, por eso alargó el brazo delgado y atajó la corbata, retorciéndola hasta que se volvió tirante en el cuello ajeno. Lo soltó, bravía y contrariada, poniéndose en pie para moverse, sintiendo que de quedarse quieta moriría. Echó hacia atrás su cabello, piel encendida al fuego. — Siempre he querido odiarte. —gruñó; la voz rebotó en las paredes. Las botellas a la vista se escondieron tras los muebles, temerosas de que las fuera a estrellar en pared contraria. Se sentó en un pequeño sofá más allá, encendiendo el televisor. — Lía otro. —ordenó— No quiero compartirlo contigo. —sabía que tenía hierba de sobra.
cherry boom!
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