(y)our scars – Haru
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SOMETHING NEW
DEBUT SOLISTA
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ARTISTA:
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KSJ
ENTERTAINMENT
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DORAMA:
FUGITIVE LOVERS
DEBUT:
ACTRIZ
ARTISTA:
HWAN TAE JOON
MYP ENTERTAINMENT 1445 PUNTOS CONSEGUIDOS
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(y)our scars – Haru

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por Nakai Kenta el Lun 21 Mayo 2018, 04:02

Lunes 21 de Mayo, 3.45 am
Es una continuación de éste post

My bones are smoldering
and my knuckles are bloody.
Forgive me. Forgive me.

La adrenalina aún recorría su cuerpo, el corazón latía desbocadamente, recordando lo que sucedió y lo que podría haber sido de él si es que aquel extraño chico no hubiese intervenido a su favor. Las heridas que aún adornaban su mejilla y comisura de los labios ardían al roce del viento contra su piel, como un recordatorio de lo idiota que fue en creerse capaz de salir airoso de tres matones. Tres parias. Y él también se sintió brevemente de esa forma; olvidando por completo el tener que cuidar su integridad física o más importante aún, su vida. Desde luego, sólo se había dado cuenta de ello cuando corría para que no le alcanzaran, para que no le arrebataran lo único que le quedaba a Rei. Se mantuvo en pie y logró escapar sólo por ella, por el miedo irremediable de dejarla sola. Por temor a abandonar su cuerpo y el mundo. No quería morir. No de una forma tan ruin. El no era así.

Y por tal motivo le costaba regresar a la residencia. Se sentía avergonzado consigo mismo por su actitud tan egoísta. Simplemente no estaba de ánimos para enfrentar planteos de Harumi y Takeshi. Por eso esperó y dejó que las horas pasaran hasta que fuera muy tarde. Lo suficiente para suponer que ya se habrían dormido o desistido de esperarlo, con la esperanza de que tal vez creyeran que estaba en casa de Rei. Aguardó hasta pasadas las tres de la madrugada, para entrar a tientas al apartamento, dejando sus zapatos en el recibidor. Todo estaba sumido en absoluto silencio y penumbras. Por una breve fracción de segundos se permitió respirar con tranquilidad y continuó avanzando con la intención de ir a su dormitorio, al menos hasta que una figura en la oscuridad le hizo parar en seco, acelerando sus pulsaciones una vez más. ¿Acaso quería asesinarlo de un susto? – ¿Por qué demonios tienes que estar así en la oscuridad? Cielos, vete a dormir – protestó de mala gana, con el ceño fruncido. – Buenas noches – intuía por qué estaba ahí y una oleada de culpa lo atacó, más sin embargo no aminoró el paso ni mucho menos volteó. Sólo se apuró en ir a su habitación, sentándose en el borde de la cama, deshaciéndose de la sudadera manchada en carmesí, para reemplazarla por la vieja camiseta del pijama.

Dejó escapar el aire de golpe y contempló su mano. Los nudillos precariamente vendados por Taemin aún parecían arder. Silente, acongojado, dejó finalmente su espalda caer contra la pared y sus ojos se cerraron. Le sería incapaz dormir.
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por Matsuoka Haru el Lun 21 Mayo 2018, 04:09

Aguardó. En la quietud, arropada por la oscuridad, el rostro impávido dirección al suelo —mancha aceitosa en la moqueta—; aguardó. La boca se le había agrietado al mentir, buenas noches al hermano que, acariciando los surcos marchitos de su semblante, no caía/creía. Deja que me quede contigo, le pidió (—un ruego al no estés sola), ella le aferró los dedos, por favor, se los apartaba. La dejó allí, dando vueltas en un salón vacío, palpándose con las puntas de los dedos los labios que, hacía una eternidad, habían besado las heridas de quién la había abandonado —de quién la había huido, de quién la había mentido. Lloró, retirándose las lágrimas a cada paso, las manecillas del reloj contemplándola en su pesar de talón duro, fingida rabia para no arruinarse —y todo su carácter, todo aquél empuje que la nombraba Harumi, diluyéndose en la noche friolera que sumergía la estancia en azules.

Odió no poder odiarlo. Las incógnitas atragantándola, delirando en rocambolescas ideas que se le aventaban a la creatividad masoca. Por encima de la baraúnda (¿estará bien? ¿estará a salvo?), elevándose una sentencia, apocamiento en el centro de sus huesos endebles: ¿y si no vuelve? —se cubrió el rostro con las manos, pero aquél miedo lo había bebido ya, arsénico que le torcía la postura, que le aflojaba las rodillas. Y al final, cayó. El sofá quejándose bajo el peso, los muelles rechinando como si los hubiera despertado y, con los azabaches yermos, las hebras cayéndole por los hombros, aguardó eternamente a que aconteciera un milagro. El milagro no llegó. La desazón se le desdobló, se le ungió algo callado y peligroso, ósculo de guerra que latía soterrado bajo la pausa, bajo la razón —ambas una mentira. Cada mueble le parecía atrezzo de un acto sinfín, el cuerpo le sollozaba temblor como si lo llevara añorando toda la vida.

Oyó los pasos, pies torpes escaleras arriba, la puerta abriéndose; el corazón no se le disparó como en los días, cuando Kenta le sonreía y sentía que el Sol acabara de besarla. No lo miró. Era un fantasma en aquella sala, postrada en grácil entumecimiento, dos saetas de fuego —sus ojos— que, de mirarlo, lo hubieran calcinado. Solo cuando habló, con el atropello de quién pretende seguir escapando, Haru elevó aquella losa—mirada (plisada bondad y corazón; de ella quedaba carne, desnuda, cruda —sangrando) y lo rozó, distancia, con violencia. Como un paréntesis, Kenta a la izquierda, Haru a la derecha, y en medio un vacío —un no te salvaré. Lo dejó ir, cerrar otra puerta; escuchó las vigas de un puente caer, del salón al habitáculo, comprendió, había un abismo. No se movió, no pudo. En la garganta, un grito que no salió, arañando aquella puerta que lo cobijaba en cobardía; me has decepcionado, hundió los dientes en el interior de sus mejillas. Odió no poder odiarlo.
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por Nakai Kenta el Lun 21 Mayo 2018, 04:26
Morir de culpa era su sentencia esa noche. Su cobardía le estaba destruyendo internamente, al igual que aquella lucha por continuar resguardando sus mayores secretos consigo. Remontar a solas y llevárselos a la tumba. Le parecí­a la mejor opción a pesar de que en ese momento todo tuviera sabor a derrota y angustia. Más se negaba a involucrarla, a preocuparla innecesariamente, a ofrecerle otra cosa que no fuese felicidad y tranquilidad. Algo que, muy a su pesar, estaba descuidando. Era un maldito ingrato. No sólo habí­a estado esperándolo, sino que también la habí­a ignorado olímpicamente, en su afán de no tener que dar explicaciones y que descubriera la clase de perdedor que era. Aunque para ser sincero, ni siquiera debía molestarse en “ocultarlo”, pues ella ya lo presenciaba a diario.

El estómago se le revolvió y abrió los ojos en la oscuridad de su habitación. Se sintió indudablemente miserable y solo. Necesitaba al menos disculparse con ella, inventar otra excusa y quizás así­ lograr que Haru regresara a dormir en paz. Intentó pensar como el “líder racional” de Crowned, suponiéndose que él debía despejar las inquietudes de la muchacha y aportarle confianza. ¿Pero cómo podría lograr algo como ello si lo único que hacía era mentirle o soltar un sinfín de evasivas? Sus dedos arrugaron nerviosamente la sábana poco antes de levantarse y decidir ir en busca de ella. Creyó que la encontraría en su habitación, pero la misma estaba vacía, lo cual le dolió un poco. ¿Aún seguía allí a solas en la oscuridad?

Se apartó del umbral de la puerta y atravesó el corto pasillo hasta la sala de estar. Haru aún sobre el sillón, Kenta apareciéndose desde atrás, haciendo ruido para no asustarla. Se obligó a enfrentarla, rodeando el sofá, hasta estar justo en frente. – Aquí no – Hablar ahí sólo haría que Takeshi los interrumpiera en una de sus tantas visitas nocturnas al baño. Si iba a rendirse y ser genuinamente sincero con ella, necesitaban privacidad. – Haru – le tendió la mano en la oscuridad que le envolvía y le sostuvo la mirada, aguardando que reaccionara. Confía (en mi) por favor.
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por Matsuoka Haru el Lun 21 Mayo 2018, 04:59

Tragaba el fierro de la carne abierta de la boca, se dilató el tiempo y sufrió cada segundo. Se cerraron sus ojos, cayó su rostro, nuca mirando al techo y palideció bajo el reflejo azulado de la madrugada, atravesando la estancia y alargándose, rozándola; su piel estaba helada —como si hubiera saltado al agua—, los pies descalzos. Pensó, no vendrá (a por mí), y de la mano, un tortuoso lo he perdido como un gorgoteo en su interior; frágil presa de costillas expuestas, corazón mordido. No vendrá, no vendrá, no vendrá —se estaba volviendo loca. Y desde el agujero, una mano tendida. Alzó el rostro, más allá de las falanges, hasta los ojos mortificados. Ceño fruncido, un rugir de pestañas que culpaba “llegas tarde”.

Ojalá hubiera podido tomarle la mano, depositar en su palma el corazón, prometerle que era y sería suyo; pero no podía, porque lo (des)conocía —porque temía que se lo llevara a la boca, lo mordiera otra vez. Ojalá hubiera podido seguir contemplándolo devota, ciega de amor, pero había pasado tanto tiempo sola que a la calavera habían vuelto a salirle ojos y, al encararlo, se percató de que no era más que un niño. Ella, que lo creyó honesto y coraje, se asomaba a él como si fuere lienzo blanco, reclamándole ¿quién eres? (—¿me he enamorado de una mentira?)

Rehusó el impulso de la carne —tocarlo, cálida y suave. Se puso en pie, dejándole huérfana la mano extendida, cruzando salón y pasillo, abriendo su puerta, incapaz de cruzar aquél umbral que la había vetado —no aquella, sino tantas otras noches. Encendió la lámpara en su mesilla, la luz amarillenta apuntando al suelo y su cuerpo, hastiado, moribundo, sentado en el borde del colchón desarreglado. Descubrió, cuando volvió a fijar en él los ojos, que ya no sentía impaciencia por conocer su verdad. Estaba cansada, quería dormir —olvidarlo.
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por Nakai Kenta el Mar 22 Mayo 2018, 02:32
La mano inerte, el rechazo golpeándolo en forma de Haru marchándose y dejándolo con todas las palabras agolpadas en su interior. Una parte de él estaba aterrado con la idea de presenciar y confirmar uno de sus mayores tormentos; el perder su confianza, perderla a ella. No poder recuperarla ni enmendar el sinfín de errores y daños causados. Una Haru maltrecha y agotada por culpa de él y nadie más. La había desgastado a tal punto que había terminado por colmar aquella paciencia que había creído era infinita. Qué equivocado estaba y qué bien había hecho ella en actuar así, dándole su merecido. Porque sinceramente sentía que, ahora, su tacto y sonrisa debía volver a ganárselas. Por lo cual no puso ‘peros’ ni quejas. Simplemente la siguió en silencio hasta la habitación, cerrando la puerta tras de sí, apoyando la espalda contra la misma, incapaz de moverse o avanzar. La contempló desde allí, con una lejanía que le parecía ridícula y expuso todo su débil ser. Se sintió desnudo ante ella. Ya no había nada que pudiera o quisiera ocultar.

No es algo sencillo de explicar o de poner en palabras – infringió una mueca de incomodidad y su cuerpo abandonó la superficie de la puerta, hasta sentarse también en la cama, poniendo una distancia bastante prudencial entre ambos. – Todo empezó cuando mi madre enfermó. Rei aún estaba en la escuela, nosotros dos a punto de debutar. Me urgía hacer dinero a como dé lugar y cuando las ganancias del grupo y los empleos extra que he tomado dejaron de ser suficientes, decidí buscar ayuda de otra forma – La mirada inexpresiva, la voz lineal, monótona. Se había perdido en una historia que había aprendido de memoria. – Los medicamentos de mi madre y los cuidados intensivos no se pagarían solos. Quise darle lo mejor, con la esperanza de… – respiró hondo, cerró los ojos. Prosiguió. Aún dolía en lo más recóndito de su ser. – Visité a unas personas que me prestaron el dinero que necesitaba, con algunas condiciones de pago no muy ventajosas, pero estaba desesperadoVendí mi alma al diablo y ahora viene a por mi. Lo cual sólo empeoró con el pasar del tiempo, sumado a los gastos funerarios – abrió los ojos, sintiéndose agotado. Cada rincón de su cuerpo parecía dolerle, pero no se comparaba con el dolor de la “traición” a Haru, por haberle mentido por tanto tiempo.

Supuse que ocultándolo te alejaría de problemáticas que no son tuyas. Necesitaba que…Es decir, mi rol aquí es que te enfoques en tu trabajo y ya has estado desviando tu camino lo suficiente cuando intentas ayudarme, tocando a escondidas en un bar, sabiendo lo que todo eso puede implicar – una anulación de contrato y fin a sus carreras. – Nunca quise defraudarte o destrozar(te)lo que teníamos¿qué tenían?nuestra confianza…La he hecho añicos, ¿cierto? – la voz fue menguando, hasta ser un susurro débil, avergonzado. Y finalmente volteó a verla, con todo lo que ello implicaba, listo para recibir su merecido. Vamos, empújame. Hiereme. Clava el cuchillo. Pero haz o di algo…
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por Matsuoka Haru el Mar 22 Mayo 2018, 02:49

El sonido de la puerta al cerrarse sinónimo de no habrá escapatoria —hilvanará verdad tras verdad, aférrate bien el corazón: dolerá. Sus ojos se retiraron cautelosos del varón, tomando asiento a lo que parecían millas, Haru contemplando las púas del cactus que, triste, le devolvía la mirada en el alféizar. Cada palabra era solapada por el recuerdo de la excusa, de la mentira; escuchó todas las conversaciones —metamorfosis: las falacias abrazando la verdad, indistinguibles—, sentada en cada sofá, colchón o silla, el corazón le latió unánime cada vez. Estúpida que arrastró coraje y guitarra a un andén, encontrada por Hyeong Woo; estúpida que preparó partituras y cantó poesía en bares, un puñado de wones; estúpida que hizo máscaras, que llenó una mochila, dispuesta a bajar todos los balcones del mundo —lluvia, sus bocas (casi alcanzándose); estúpida de ojeras oscuras, una pesadilla del varón más importante que todos sus sueños; estúpida que agarró el brazo del hermano, que imploró tiempo, que puso en juego el contrato por él; estúpida que a cada abandono lo esperó, que a cada huida lo (per)siguió; estúpida que acarició sus mechones, paciente, que susurró una nana y en cada respiración le dejó escuchar el latido (veraz, desacorazado, por él).

"Nuestra confianza"
"La he hecho añicos, ¿cierto?"

Ojos hinchados alcanzaron el rostro, recorrieron las facciones delgadas. — ¿Alguna vez —tragó, el llanto le quebraba la voz— has confiado en mí? —la desconfianza había allegado siempre de él, tapiando los secretos, disfrazando el dolor. De este, ella siempre supo, y porque Kenta estaba tan herido, sus manos siempre lo habían acariciado como si sostuviera porcelana oriental. Pero él, ¿qué había hecho por ella? Le había clavado todos aquellos silencios, la había dejado sangrar de soledad y de miedo —peor: le había consolado la soledad y el miedo, consciente de ser él quién lo provocaba. — Kenta, —había empezado a llorar, las uñas nerviosas se habían arrancado las cutículas, piel entorno a la uña (los dedos le brillaban en escarlatas)— he confiado en ti más que en mi hermano. —confesó, en voz alta sonaba aún más monstruoso; en voz alta, el roto era aún más profundo.

— Por qué. —exhaló, las manos lastimeras buscándole el regazo, el pecho. Ninguna respuesta, ninguna salvación, a la deriva las falanges lo hallaban con crueldad— Por qué. —arrojó al colchón, a horcajadas sobre él y sus nudillos cansados golpeándole los hombros, tropezando a la cama, incapaz de ver diana por las lágrimas. No podía herirlo, si quiera. No podía, no podía. El sollozo era tan alto que temblaban las cuatro paredes. Había algo peor que el odio, deslizándose bajo ellos, enterrándole fiereza u orgullo: la desesperación de un corazón hecho trizas. Los dorsos acudieron a los ojos, tapón para las lágrimas incesantes, los dedos heridos ardiéndole y la boca una vorágine —dando vueltas, engullendo los oscuros, tragándoselos para ella. Cayó rendida sobre él, las hebras un velo sobre el rostro masculino y el semblante lloroso ocultándose en las sábanas, los gritos arrojándose allí, hundiéndose. Por qué nos has hecho esto. Debiste temblar frente a mi, mi amor, mis manos te hubieran sanado el miedo; entonces, aquellas eran diez heridas.
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por Nakai Kenta el Vie 25 Mayo 2018, 05:04
Confiaba en Haru, más sin embargo no pudo responder su pregunta. Le parecía un poco insultante que le preguntara algo como ello, considerando que prácticamente lo había visto en las peores condiciones, en aquellas que más le avergonzaban. Si eso no era una muestra de confianza, ¿entonces qué? ¿Qué esperaba de él? Quizás el problema radicaba en que Harumi deseaba más. Algo que no supo ofrecerle y terminó enterrando en él; sus secretos. Aquellos que le mortificaban a diario.

Cerró los ojos y bajó la cabeza, asumiendo la culpa. Aceptó en silencio todo aquello que Haru le recriminaba sin necesidad de explicárselo. Te he traicionado. Te he mentido. Te he ocultado tantas cosas. Finalizó cada una de las incógnitas de Haru en su mente, sintiendo sus nudillos golpeándole justo en los hombros. No iba a detenerla ni mucho menos alejarla. No tenía la energía para hacerlo, no cuando sentía que se ahogaba y las lágrimas comenzaban a brotar de forma silenciosa. Lo estaba matando.

Su cuerpo siguió en shock, rígido sobre el colchón. Tenía temor a tocarla. Aún así la maraña de su cabello ocultó parte de su rostro y se sintió morir allí. Su perfume se burlaba de él. ¿Qué he hecho? Las yemas de los dedos eran un constante hormigueo que se iba extendiendo a lo largo de su cuerpo. Reconoció la sensación y se aferró con fiereza de las sábanas, con la desesperación de poder sentir algo, lo que sea. El corazón, originariamente latiéndole a gran velocidad, ahora parecía disminuir el ritmo. Se sentía desfallecer. El mundo se desmoronaba ante sus ojos conforme el llanto de Haru se instalaba en su oído. Quiso envolverla en un abrazo, besar cada rincón de su rostro, pero de nuevo, era un completo inútil que sólo llegaba hecho pedazos a horas inciertas de la noche a casa.

Perdóname – acomodó su rostro de costado, chocando sutilmente con ella, a pesar de que no le permitiese verle por completo. – Haru – las manos, trémulas, hilvanaron los costados de su cintura, sosteniéndola o intentándolo. – Por favor, perdóname – se tragó el llanto, respiró con dificultad. – Nunca pretendí lastimart – y lo hizo pésimamente. La había destrozado. – me importas – sus manos arrugando con desesperación la tela de su ropa. Compréndeme. Su interior gritaba, pero el exterior sólo mostraba a un Kenta a punto de desmoronarse. De tirar abajo de una buena vez la muralla entre ambos que él mismo había impuesto. Subió la mano a su brazo. Le hubiera gustado sentirla con propiedad. En su lugar, el puñado de vendas interrumpía la experiencia, siendo sus dedos el único contacto que experimentaban la suavidad de la piel fría de quién se había quedado horas fuera de la cama.
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por Matsuoka Haru el Vie 25 Mayo 2018, 05:07

Bajita, una voz —enmarañada cabello y lágrimas— la llamaba injusta; el pulso tronándole por cada herida en la anatomía masculina —moratones viejos, moratones nuevos, moratones que (de sus puños) nacerían la mañana próxima. Debió confundir nudillos por boca, ¿o no era eso? Lloraba porque no quedaba otra cosa por hacer, sus manos demasiado pequeñas para abarcar toda aquella desazón, pretender quebrarla con los dedos frágiles; tan impotente como siempre, Harumi nada más podía rendirse al llanto, tan cerca de la tibia piel del cuello. El peso del mundo se volcaba sobre ambos cuerpos, colisión y caricia, en el colchón con complejo de páramo. Le oía un ruego, quejándose los músculos que, dolidos, viraban para encajarse en ella, mendigando de Haru aquella suave y ligera confianza que, desde el inicio, le había brotado natural —como la primavera haciéndole el amor a los cerezos. En la cintura, le cosía manos de guerra —perdida— y ella se abría paso entre mechones para contemplarlo, echándose el cabello atrás. El lloro se le ondulaba mentón abajo, durmiéndose en el cuello —maraña de hebras azabaches.

Aquellos ojos, los de él, se le clavaron en auxilio (—socórreme, parecían decirle). Y cuando la acarició, cosa vulnerable, Haru se atragantó con un: has sufrido mucho, ¿verdad?, dejándose mecer, adular en aquél tacto que parecía decirle tanto y su sollozo se apaciguaba como una fierecilla cansada, sin fuerzas. Aguardó, como lo había hecho tantas horas y noches, pero aquella vez, no sabía a qué: contemplándole el labio cortado, deteniéndose el impulso de correr, búsqueda de alcohol y más tiritas. No pudo hablar, con las manos pegadas al pecho y las piernas entrelazadas a las del muchacho, respirándole cercanía y una paz que abrazaba, sin percatarse, la tristeza. La diestra buceó colchón y telas, detenida en el pecho del japonés a quién ya no miraba; bajo la palma, notaba el galopar rítmico, pensando que era el mismo que notaba relinchar cuando sus cuerpos se abrazaban. Portaba aún el rastro hediondo de la traición, pero como todo perfume, este desaparecía a medida que transcurría el tiempo y sus dedos, más tibios al contacto con el otro, siguieron allá —deseosos de crecerle flores sobre el ventrículo izquierdo. Callándote este dolor para evitármelo; soy culpable, ¿verdad? Arrastrándose, cerró los ojos —las pestañas rozándole el pómulo magullado—, también te he hecho daño, ¿verdad?, las lágrimas brillosas dotándola de un aspecto sagrado —rogó, presionando la palma en el pecho, reconstruir los puentes que habían hecho pedazos.

Sístole, sus labios despegándose; diástole, un susurro. — Bésame.
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por Nakai Kenta el Vie 25 Mayo 2018, 05:14
Sus últimas fuerzas del día eran para sostener a Haru, para sellar una promesa silente al corazón. Corazón qué, estaba a su merced, dispuesto a arrancarlo y entregárselo. Cuida de mi. Sentimientos que afloraban con la intensidad de mil soles. Odiaba el efecto que causaba en él con aquella misma intensidad. Pero la quiso, la amó. Le quitó el sueño, devoró su angustia y le entregó el mejor obsequió; su cercanía, su aceptación, rodeando su prohibida figura. No le apartó. Le condenó allí, con las manos ingenuas e inocentes recorriendo los rincones de su piel. Completamente inexperto. La amaba y le dolía hacerlo. Escocía en su interior. Supuso que se lo merecía.

Le contempló, desprendiendo una de sus manos de su cintura y alzó sus dedos a su mejilla. La acarició como quién trata con porcelana y dejó escapar pesadamente el aire que contenía al oír aquella demanda tan clara como el agua. Bésame. Sus dedos se deslizaron hasta la parte posterior del cuello, atrayéndola una vez más a él, retomando un viejo encuentro de una noche lluviosa. También he sido un cretino allí, por eso, te beso. Sus mejillas, su mandíbula, la barbilla, de un extremo al otro. Te beso. Un camino que exploraba nuevos rincones. Te beso y anhelo. Se detuvo, cerró sus ojos, buscó sus labios a tientas hasta sentir un roce cálido, suave, que le sabía a paraíso e infierno. El corazón galopando una vez más.

La volvió a adorar. Era Haru en sus brazos, Haru sonriendo, Haru llorando, Haru queriéndole. Atesorándola en un beso, atrapando sus labios como quién explora un lugar desconocido, separándose únicamente cuando el temor lo vencía, asustado de que los pillaran compartiendo un secreto. Besos que sabían a lágrimas y tragedia, pero podía continuar toda una eternidad si es que eso bastaba para enmendar las cicatrices que había dejado. ¿Qué haremos? Se detuvo sólo para buscar una respuesta en sus ojos por una breve fracción de segundos. No lo supo con exactitud, pero mirarla le relajó y la abrazó con fuerza, con desesperación. Se quebró una vez más…
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por Matsuoka Haru el Vie 25 Mayo 2018, 05:24

De dónde sacó el coraje, es algo que nunca sabrá. Sostenida en aquél espacio, como si la habitación abandonara a la gravedad y los muebles —y ellos— levitaran, desligados de las normas del mundo terrenal o el sentido común. En su frágil bésame no hubo espacio a dudas, únicamente una desesperación atropellada por salvaguardar su preciada, qué, ¿amistad? —con qué título debía versar al héroe que, enmarañado en golpes de corazón y piel, la sostenía decidido por la nuca. Haru se estremeció, abrumada en su virginidad por los labios que le medían pómulo y mentón, que le caían a la barbilla y le trepaban hasta la boca —semiabierta, apremiante.

A la tristeza la colmó su saliva, una lengua que pedía permiso y luego danzaba. La besó con suavidad, pasos de vals al balancearse de un costado al otro, y algo mucho más hermoso: las heridas del inferior agrietándose, un hilo de sangre pendiendo hasta el labio de la muchacha, que bebió, que presionó con labios ligeros allá —consolándole el escozor, aceptándole la cicatriz—, deteniéndole un quejido. Con tan pausado amor, le decía te perdono y me perdono y abría los ojos, respirando con agitación, el corazón en la garganta. Quiso crecerse branquias a cada lado del cuello, para que la necesidad de respirar jamás se impusiera de nuevo a la de seguir besándolo. Se le escapó un gimoteo, infantil y dulzón, lamento a la lejanía de las bocas como reclamándole, « vuelve ».

Se había llenado de un todo bonito, quería volver a llorar, sintiendo que la maravilla le escapaba —origen en las comisuras del varón, « vuelve ». Se miraron, resolución a todos los conflictos y, en los iris de Kenta, Haru halló un temor que se le presentó foráneo, alejado de su propio pensar y latir. De las lágrimas sólo le quedaba la sal, alimentando a las pecas que se doblaban, pues le sonreía; boca prieta, dislocada un instante después al formársele un círculo, sorpresa ante el abrazo —sostenido como si fuera la única que impedía que cayera mundo abajo. Torpe la mano que acarició el centro de los omóplatos, que dibujó un arrullo con las yemas espina dorsal abajo —y arriba y abajo—, llenándose del olor de su cabello desbaratado. — Kenta —tuvo que llamarlo, temerosa de perderlo en una de sus grietas; « estoy aquí, por favor ».

Retrocedió y, falanges nerviosas enredadas en su camiseta, tiró con calidez de él y buscó su boca con tan ínfimo cuidado como torpeza. Tímida lo besó otra vez, atravesada por el relámpago de algo indecible —puro, vivo. Extinguido en la unión: odio nonato, reproches sin juicio. Otra mano se le hundía en las hebras como si quisiera enterrarse allí, desaparecer en él por completo; las mejillas encharcadas de rubor, las narices chocando con prisas. Lo besaba y quería marchitarle cada miedo, cada duda, cada herida. Y como si el nombre fuere un conjuro, las dos sílabas le brotaron nuevamente, entre los labios, quedando pegada a los mismos:— Kenta —« te quiero, te quiero, te quiero ».
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por Nakai Kenta el Vie 25 Mayo 2018, 07:10
Las pequeñas muecas de dolor cuando sus labios rozaban una herida, eran reemplazadas al segundo por la expresión relajada de quién suelta un suspiro de amor. Mitigando sus miedos, sus dudas, nublándole los sentidos, deteniéndose sólo cuando el cuerpo le pedía oxígeno, haciendo de las pausas entre sus labios, un sinfín de besos en su rostro. Las narices que chocaban con torpeza, hasta finalmente detenerse, llevando su otra mano al rostro. – Haru – se doblegó, se rindió ante ella, a quién tantas veces había rechazado de forma deliberada. Por incertidumbre. Por querer protegerla (de él). – Escucha… – los dedos nerviosos de su amada -eso era- se enredaron en su camiseta, tiró de él y cedió una vez más, incapaz de escapar de sus labios. Le costó respirar, y cuando los pulmones dijeron basta a ambos, tomó un poco de aire.

Contempló los labios rosados de Harumi, cerrando brevemente la distancia en un beso casto, y otro. Y una vez más, acomodándola debajo de él, hasta oír el ruido proveniente del exterior. La puerta de la habitación de Tak abriéndose y con ello, su corazón paralizándose. Enderezó lentamente su cuerpo, la mano apoyada al costado del cuerpo de Haru. Deseaba seguir jugando con fuego hasta arder con ella, pero aquello era demasiado, incluso para él, habiéndose condecorado como el máximo kamikaze de esa casa, estando exactamente a días de hacer un debut en Japón.

Debo regresar – sus ojos le prometieron volver, no ahora, pero pronto. Sus manos se entrelazaron sutilmente con los dedos de Haru y se inclinó una vez más. – duerme, por favor – los labios rozándole mientras le hablaba. Hizo acopio de su fuerza de voluntad y se alejó, prestando atención al momento exacto en que Takeshi regresaba y él pudiera escabullirse a su habitación.
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por Matsuoka Haru el Vie 25 Mayo 2018, 07:14

No quería escucharlo, Kenta y su voz razonada, que la hubieran detenido una vez más. Por eso tiró de la tela, calló la despedida con un beso atropellado, pensando en cuán peligroso sería si se acostumbraba a aquello —el movimiento gentil de su boca herida, la punta de la lengua un látigo y su cuerpo aferrándose al del varón, cada vez más cerca, hundida (ya sin espacio) con exigencia de él. Se soltaron los labios, respirándose un mismo aire, contemplándose con mismos ojos las incertidumbres compartidas —y aquél amor de inmensidad que los mecía— al escuchar la madera agrietarse: una puerta abrirse. El corazón le latió atormentado, más por la inminente lejanía que no por ser descubierta allí —pues allí, en su boca, era donde debía estar.

Kenta fue enderezándose y los dedos de Haru le buscaron rápidos el cuello, la nuca, nudos sin tirón a las hebras ni a la piel de lunares, misma que anhelaba apaciguar en lo que restaba de madrugada —yemas y labios—, sacarle el disfraz para contemplarle, torso desnudo, dónde sangraba. Se le hacía un ceño, cerraba los párpados, inundada del aliento masculino que la despedía con miseria. Y los dedos, un juramento, propinando un apretón a la unión fugaz —cayendo la mano vacía al colchón. Se alejó y el cuerpo tiró de ella, inclinándola a su vez, viéndolo desvanecerse con el corazón en auxilio. La palma sobre su propio pecho, cubriéndose con la misma el desboco y la otra, al rostro ruborizado. No sentía sus labios suyos más, pellizcándoselos, en la lengua el sabor de Kenta.

Tiró de la sábana hacia arriba, cubriéndose por completo —cabeza incluida— y permitiendo que una risa tonta, niña, se estampara contra la tela. De un ojo saltó una lágrima escueta, muriendo pecas abajo, declarándola aliviada, declarándola viva —tan viva. Retiró la sábana a la altura del pecho, los dientes perlados relumbrando hacia el techo y sus piernas, inquietas, zarandeándose, pataleando sin razón en lo que viraba y hundía el rostro hinchado en la almohada. El recuerdo del llanto y de las bocas no la dejó dormir.
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