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DREAM
COLABORACIÓN ESPECIAL CANTANTES:
HYUNWOO Y SOOAH
MYP Y RCKSTR ENTERTAINMENT 1812 PUNTOS CONSEGUIDOS
ANUNCIO:
HI-MART PC
ANUNCIO TELEVISIVO ACTRIZ:
CHA DA HYE
WKA
ENTERTAINMENT
1092 PUNTOS CONSEGUIDOS
CANCIÓN:
TRAP
DEBUT
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D-DAY
WKA
ENTERTAINMENT
1092 PUNTOS CONSEGUIDOS
CANCIÓN:
SPARKLES
COMEBACK
ALBUM
GRUPO:
SPARKLES
KSJ
ENTERTAINMENT
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CANCIÓN:
LOVE BUG
COMEBACK
SINGLE
CANTANTE:
WANG YOO MI
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ENTERTAINMENT
1382 PUNTOS CONSEGUIDOS
CANCIÓN:
THE TRUTH UNTOLD
COMEBACK
SINGLE
CANTANTE:
HWAN YOUNG DO
VYR
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1896 PUNTOS CONSEGUIDOS
CANCIÓN:
HOT PINK
COMEBACK
MINI-ALBUM
CANTANTE:
SEO KYUN SOO
PLM
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2215 PUNTOS CONSEGUIDOS
CANCIÓN:
DON’T MOVE
COMEBACK
ALBUM
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METEOR
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CANCIÓN:
ROLL DEEP
DEBUT
SINGLE
GRUPO:
LEGACY (RAP SUB)
METEOR
ENTERTAINMENT
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CANCIÓN:
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MINI-ALBUM
ARTISTA:
BAE HYUN SOO
RCKSTR
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1737 PUNTOS CONSEGUIDOS
CANCIÓN:
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DEBUT
SINGLE
GRUPO:
LEGACY (VOCAL SUB)
METEOR
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REPORTAJE:
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por Sidney B. Graham el Jue 24 Mayo 2018, 05:43

( cinco de mayo )


Su risa trepaba cuerpos y paredes, ondulándose en la marabunta danzante, salpicando a quiénes, desde la barra, contemplaban la estela que dejaba su anatomía, girando sobre sí misma —pasos improvisados, caderas y brazos en alto. Las largas hebras —algunas, trenzadas— eran un péndulo en su espalda, moviéndose de punta a punta, Sid alargando las manos para sostener las de una muchacha de cabello azul, sus hombros filosos apuntando al techo, provocándola a unirse a su despreocupado movimiento —y aquella, que solía tomar asiento a su lado en clase y aspiraba a guionista, se aferró a sus falanges para sucumbir y danzar. En su diestra, los cubitos de hielo —a medio deshacer— tintineaban contra el vidrio de tubo, dando un sorbo —pajita— de Ballantines con cola, aminorando apenas, pero los pies seguían en movimiento, las caderas en suaves zarandeos.

Echando la cabeza hacia atrás, cerraba los ojos y la inundaba el estridente sonido de una nueva canción; de la boca ancha, brotaba una exclamación. — ¡Es mi canción! —un inglés solapado bajo la base, dejando bebida en la barra y corriendo —como una exhalación— al centro de la pista, echándose las pesadas hebras hacia arriba, la nuca mirando con fijeza al par de orbes curiosos que la contemplaban, atraídos a sus rasgos occidentales —pensarían debe de ser fácil, pero ninguno se atrevía a acercarse. Las luces estroboscópicas cosquilleaban sobre piel y tela —te quedan bien, le habría dicho Minah (pero su compañera de piso no estaba allí, nada más que el puñado de conocidos de la universidad, dispersos en su conversación y, sus oídos, demasiado torpes en la sala llena de ruidos).

El mundo comenzó a resurgir a su alrededor, de nuevo, pellizco a su perspicacia que la llevó a virar el cuerpo hacia un extremo, abriendo los ojos —desprendiéndose de los alternos, las burbujas de alcohol y felicidad. Lenguaje el de sus orbes castaños, cruzando el gentío hasta hallar los rasgados, mirándolo. Lo conoció un instante, desconocido envuelto en extraña familiaridad, algo cálido en cómo la recorría su mirada. No se cohibió, se dejó besar por los otros ojos; el cuerpo se le había detenido —como si no hubiera más música. Una pareja irrumpiendo el campo visual y sus pies, ebrios, vencieron al vértigo para ponerse de puntillas, alargar el cuello y alcanzarlo nuevamente. Hueco, pestañas, el contorno hosco de su semblante tan dispar al propio, al que se le alzaban los pómulos, sonriéndole. Atrevida, alzaba una mano hacia el cielo —techo, pero las constelaciones estaban todas allí, selladas en la piel brillante de Sidney— y, con las yemas rozando la eternidad —algo mágico e intangible—, saludaba.
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por Min Dae Jeong el Dom 27 Mayo 2018, 20:33



Iba solo esa noche, pero ¿qué es realmente la soledad? Para Dae, ir solo y sentirse solo eran dos cosas muy diferentes. En inglés trazaban una línea muy distinguida entre ambas ideas. Solo, alone y solo, lonely. Yongguk no había podido salir con él a la pequeña discoteca que frecuentaban con asiduidad. Le había insistido hacía unas horas, lengua inquisitiva en el proceso, pero finalmente lo había dejado ir. Cualquier otra persona hubiera preferido permanecer en casa, olvidar las multitudes en favor de la reclusión casi mágica que representaba la manta, el sofá y las series en streaming… pero Dae no era cualquier otra persona. Necesitaba esas salidas, ese contacto humano, esa sensación de formar parte de algo inmenso y cambiante. Adoraba las convenciones, ese universo paralelo que se formaba por las noches. El cómo el no se volvía un ¿porqué no? y las distintas personas mutaban, adoptaban formas y caracteres diferentes, embriagados por las luces, el alcohol y la intangible y silenciosa sensación de complicidad.

Abandonado en esa selva, reptaba entre los cuerpos del establecimiento, algunos tan pegados entre sí, que pareciera que eran uno solo, una criatura nueva de numerosos brazos y pies. Consumía su tercera cerveza, saludaba de vuelta a los extraños que lo abordaban como si lo hubiesen conocido siempre. En el proceso, sopesaba sus intenciones para con la noche, se preguntaba: ¿Quería buscar el reconfortante calor de la piel? ¿Beber hasta tambalearse? ¿Abordar a uno de los discretos chavales que creyendo no ser vistos, aguardaban apaciblemente al siguiente comprador de éxtasis o cocaína?

Dae había visto muchas estrellas en su vida, todas titilando con risas risueñas cuando las observabas desde el suelo. Se confundían fácilmente con los focos lumínicos más fuertes, pero Dae conocía los peligros de anteponer estas luces eléctricas a las que brillaban con luz propia. Había sufrido los efectos secundarios del chute, la resaca que provocaban, el parpadear numerosas veces sin poder dejar de ver la misma imagen, cegadora, repetida, nublando todo el campo de visión. Alice había sido algo así para él. Un parche provisional en tiempos en los que, el significado de estar solo, había sido el sentirse también de esa misma manera. Con el tiempo, había logrado desengancharse —desengañarse, más bien—, pero como todo buen adicto, la visión de una nueva dosis era suficiente para revivir las tentaciones.

Esa noche, había una estrella brillando en la pista.

Y dicha estrella, le saludaba.

Podía perfectamente ser otro foco disfrazado, pero ¿cuan fácil era negarse cuando lo invitaba a acercarse tan dulcemente?

Lo malo de ser un adicto es que nunca dejas de serlo. El cuerpo recuerda los viajes y te reprocha la sobriedad. Dae avanzaba con el paso inconsciente de quien añora lo pasado, en su pecho anidándose una extraña, asquerosa nostalgia. Se encontró queriendo enredarse en el cabello de la extranjera, acariciar cada centímetro de su piel cual explorador ávido. —Hola, soy Dae, ¿y tú te llamas? —sus labios arrastrando, en un susurro sinuoso, la palabra contra la oreja de la muchacha. El inglés se presentaba, atropellado y torpe, pues adivinó que la contraria preferiría hablarlo al coreano. Mientras la invitaba a bailar, la abordaba, reclamándola cuando los demás habían permanecido dudosos, elaboraba ya su siguiente frase; sopesaba, persiguiendo ya la manera de abrirse paso bajo su falda.

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por Sidney B. Graham el Mar 29 Mayo 2018, 03:51

De niña había jugado a contar estrellas, más tarde, subía a las tapias de alguna casa y echada en las tejas, jugaba a cubrirlas con las manos —menudas, siempre deseosas de abarcar más—; decía, si mi futuro está allí, lo aplastaré yo misma, el varón —adolescente, nervioso— a su lado, reía incapaz de comprender la inmensidad de su mente. Siempre has sido magnética, decía el padre, ceño fruncido el verano en que California le quebró un diente, una pandilla de amigos huyendo de él —uno, rezagado, mirándola—, ¿qué debo hacer para que pare? —a ella le saltaban las pecas morenas de la carne, colgaba de la espalda del perro de mar, cantaba: No puedes pararme.

El brazo bajó, los hombros brillaban sudor y la boca, desdoblada, prevalecía en sonrisa perenne, pues aquél se acercaba, cruzaba diferencias hasta alcanzarla, le(n)guas —ambas bocas, anhelo. Retiró diligentemente las hebras castañas sobre su oído; susurró introducción de licor, prólogo a la madrugada restante y a esta se le hicieron graciosas las formas occidentales, mímica de su cultura que la arropó con torpeza. Sus dedos subieron al pecho, atajando la fina tela de la camiseta para tirar de allí, apegarlo a la boca que le decía:Me llamo Sid. —en su peculiar acento coreano. Dos abreviaciones que se miraron —sus nombres completos, sus historias, no tenían cabida allí, ¿verdad? (habían escogido ser estrellas fugaces, el deseo latente en ambas anatomías, recíproco como un espejo)—, las falanges desenroscándose, recorriendo el pecho masculino hasta alcanzar lateral y brazo, caída.

Conteniendo el aliento, silente pese a la barahúnda, la mano buscó la palma, le abrazó los dedos y tiró de él. Dae.  En tal nimio gesto depositó un pedazo, un algo, bendita poesía la que alzaba la barbilla sobre el hombro y lo miraba —estrella(do), lo pensó algo que prende y rompe, algo que se hunde cráter y deja de existir (supo que era un cuchillo y aún así, al detener los pasos y encararlo, parecía mirarlo valiente, como un apremio al clávate). Silbaba su cuerpo al ir hacia arriba —arriba, arriba—, los brazos en los hombros tras ahuecarle los dedos a la cintura estrecha y al inclinar el rostro, rozando con la nariz el mentón— Bailemos. —exhaló. La voz le estalló en risa, luz o vértigo. No supo que hundía dedo en la yaga cuando añadió:— ¿Soy la primera extranjera?
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por Min Dae Jeong el Dom 03 Jun 2018, 13:47

Conseguido su propósito de acercarse, saboreó un primer regusto de victoria al verse aceptado por la contraria.  Era el delirio del éxito en la caza, sin saberse cazado por la misma presa que trataba de ganarse. Sus ojos se encontraban puestos sobre la chica bajo los focos, la mano descansando a la derecha de su cintura, cauteloso, pero reafirmando la cercanía. Repetía el ritual que le había asegurado viajes directos a las sábanas en episodios anteriores, pese a que sus acciones, en aquella ocasión en particular, estuviesen siendo un poco más torpes que de costumbre. ¿Era falta de experiencia lo que le asaltaba? En absoluto. El mismo orden de acontecimientos llegaba a aburrirle, llevándole a solo desear saltar todos los pasos de cortejo que eran tan innecesarios para ir directos a la parte de interés. Sus titubeos se debían a algo menos perceptible a simple vista y que la pelirroja erró en recordarle.

¿Primera extranjera? La pregunta le hizo eco en la cabeza, removiendo recuerdos, azuzándolos y haciéndolos emerger tras mucho tiempo, como lenguas de fuego que reclamaban su lugar en cada uno de sus huesos. Ella seguía presente hasta si deseaba que no fuese así. El pequeño germen asentado en su mente desde la adolescencia y al que muchas veces le había pedido —implorado— vete, desaparece, déjame vivir; era incansable. ¿Y qué sabría aquella chica, Sid, de ello? Había bailado sola en medio de la pista. Reclamarla para si había sido algo que Dae no había podido resistir. Sopesaba que contestarle, el aparatoso "muchas" que por real que fuese —con coreanas, no extranjeras—, no era cierto. Una parte de él deseaba contestar eso de manera seca, quizá en un arranque por molestar a la pelirroja, como si de esa manera pudiese hacer daño a Alice. Era consciente de lo absurdo de esa conclusión.—Una antes —respondió, recomponiéndose, su cuerpo reaccionando y esquivando el peligro, adaptándose a este y a la nueva situación si quería sobrevivir, pues Dae no se dejaría achantar por la melancolía y la nostalgia barata hasta estar completamente solo. Dejaría que esos dos demonios lo devoraran vivo la mañana siguiente. Masoquista.

¿Vienes... tú aquí mucho? —Se esforzó verdaderamente, tratando de recordar el poco inglés que sabía, consciente de que habrían errores en su manera de hablar, pero sin dejar que estos le quitaran demasiada confianza. Estaba estudiando el idioma igualmente, pues lo necesitaba si quería ser idol, pero no dejaba de ser un dolor de muelas que detestaba —al menos ahora le veía cierta utilidad—. «No podías haberte ido a por una chica tailandesa, no», le recriminó su mente, arrancándole una sonrisa suave con el solo pensamiento. Buscar las palabras adecuadas era el doble de complicado con alcohol encima, así que no lo hizo, optando por una comunicación más... física. Su mano en la cintura se movió, acariciándola un momento antes de subirla para tomarla del mentón, delicado, y entonces la miró fijamente.— ¿Hablas coreano? —preguntó, imaginando la respuesta. La chica debía estar como él pero a la inversa, así que abandonó la idea. Se permitió la peligrosa licencia de ahogarse con ella en medio del océano de cuerpos que bailaban, apreciando los ojos caoba, y los dibujos que hacían las pecas en su piel.—Sid —reclamó su atención, tomando varios mechones de pelo y pasándolos tras el lóbulo de su oreja. La derecha voló a situarse en su nuca, con mucha suavidad, mientras la izquierda buscó reconquistar la curva de su cintura, mientras se mecía con ella, bailando. Acabó hablándole en coreano, imaginando que si no lo comprendía, al menos si entendería el tono, a voz baja, dedicado única y exclusivamente para ella— Todos esos chicos, dejándote bailar sola... menudo desperdicio. Eres demasiado bonita para eso. —Se acercó a milímetros, suspendido sobre los labios de ella, un momento antes de rozar la comisura fugazmente, casi pidiendo permiso.
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por Sidney B. Graham el Mar 05 Jun 2018, 01:07

Las caderas se balanceaban de un costado al otro, pegada al cuerpo ajeno como si uno, en lugar de dos —mar y barcaza. Burbujeaba el licor hacia arriba, enredadera en las costillas —cosquilleo— razón de la risa ligera, estirándole la boca y rasgándole los ojos como espejos de los del varón. Pero las mejillas bajaron, los brillantes orbes se opacaron: contemplándolo. Fue un instante, cuando las luces estroboscópicas pestañearon en plateados, que le halló una duda —un precipicio, quizás, al que lo había empujado—, preguntándose si su voz había presionado una tecla desafinada; pero el local se llenó de tonos rojos y Dae la bailó, sombras en lugar de ojos, respuesta sencilla, rezagando aquella corazonada a algo que Sid catalogó erróneo. Sus brazos finos se apretaban a los hombros, los dedos acariciándole distraídos el cabello corto de la nuca, una caricia constante e independiente al ritmo del local y cuerpos, un consuelo sin premeditar que nacía de lo perspicaz, de lo empático —sin ella reparar en su propio gesto.

Volvía a sonreír, vómito de luz, filtrándose entre las anatomías enlazadas del gentío, rozando la espalda con otro, respirando —jóvenes, infinitos— al unísono. Negaba, los aros de sus lóbulos sacudiéndose en un tintineo. — He venido con mis compañeros de clase. —un escueto movimiento de barbilla pretendía señalar el paradero de aquellos, un grupo ya algo disperso que se reunía entorno a la barra, en lugar de la pista. Aburridos, ¿eh? —el aliento pegajoso caía en la línea de su mentón, tan cerca como físicamente podía, cómoda en aquél sin-espacio, abrazada al desconocido que acariciaba cadera y anatomía, que sostenía su barbilla e inclinaba hacia ella la propia. — Fatal. —respondió, la diversión pendiéndole de las pestañas húmedas, ojos llorosos —hartazgo de luces y humo. Echaba el cuello hacia atrás, colgando del cuerpo del varón, cerrando los párpados como si echara a volar; la música daba tumbos y entumecía su sobriedad restante. Su nombre la despertó como un fuego abrasándole la carne, echándose hacia adelante, aunando ambos pechos y respondiéndole con ojos despiertos: sigo aquí.

Y las manos, y las bocas, y los ojos castaños buceaban mareo hasta dar con la comisura, que la rozaba con tentadora angustia; pudiendo caer al beso, Sidney no estrelló los labios sino que rió, rostro atrás otra vez, pies de puntillas que se movían sin cesar, tirando de él —los dos, dando una vuelta, otra más—, liberándose de la trampa de su imposición. No buscaba huirlo ni jugar a la difícil, era espontánea y atrevida, se movía sin importar aquellos que los abarcaban —como entre paréntesis—; una peligrosa libertad que amenazaba con engullirlo. Aquella frase, ¿de veras lo llevaba a otras (bo)ca(s)mas? Lo contempló, tan fatuo, en una danza de aullido, pues el cuerpo se le estremecía anhelo y la boca brotaba exhalación, la violencia era la forma que tenía de lanzarse de nuevo a él —jamás se cuestionó: lo quiso, lo tuvo—, labios que pellizcaban húmedos y sabían dulces —también fuego, licor por saliva.

La gravedad en la lengua, todo entorno a aquello: el encontronazo de ambas. Y estallaban fuegos artificiales al moverse, al separar los labios y volverlos a juntar, hacia el otro costado. Cuando volvió a reír, los dientes se hundieron en el otro labio y alejó aquella arma torpe, descuidada de herir contagio —risamor—; se parecía a las estrellas y él, al cielo más oscuro de todos. — No tienes que decirme nada. —no pudo evitar hablarle en inglés, olvidando todas las lenguas. Intentó una segunda:— No tienes... —el coreano se detuvo, la frente le cayó a la clavícula y le durmió allí. — No digas ensayos, —no hacía falta que intentara conquistarla con mentiras, con fábulas. La zurda le bajó al pecho, aferrándolo— te besaré tanto como quieras. —farfulló, estirándose hasta que la boca le alcanzó el cuello, presionándose con sosiego en aquél. Tan despacio, que parecía jamás terminaría.
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por Min Dae Jeong el Dom 10 Jun 2018, 05:58

Sid era un oasis de colores bajo las luces del club. Dae también se perdió en este en algún momento, ajeno a aquellos que lo rodeaban, pendiente de la extranjera, mirándola solo a ella pues la encontraba hermosa, más de lo que quizás se atreviera a decirle. Las palabras no lograban unirse adecuadamente, situación que se repetía en la contraria. Fallos en la comunicación que volvían el encuentro más cómico y más complicado para ambos, pero no por ello restaban en magneticidad. El tailandés la observaba bailar de cerca, la acompañaba con su cuerpo tras el leve roce en la comisura del labio. Más que nunca resonó entre ellos la petición implícita en el beso fortuito y la contestación de ella: "No digas ensayos te besaré tanto como quieras".  

La deseaba. O tal vez ambos estaban cansados de bailar solos. Se sentía ligero, calmado por el alcohol, despreocupado, recayendo en impulsos que no pensaba dos veces. — No era un ensayo —logró musitar, le creyese o no, acercándola del todo a sí una vez recibido el permiso. Parecía una mentira, un pobre intento de seducirla, pero la verdad es que realmente la veía atractiva. Dejarla sola le parecía impensable. ¿Y acaso no era por eso que se había acercado a ella? Sid sonreía con el sol en los labios, llegando a fundirle la calidez de la cercanía, como si en lugar de ser extraños, la conociese de siempre. ¿La haría apagarse si tomaba cuanto quería? Por un momento temió eso, sintiendo que podría contaminarla, volcar en ella su propia oscuridad. La duda le pidió retractarse, y por un instante casi lo hizo, casi abandonó sus brazos, murmurando una disculpa antes de desaparecer entre el gentío. Era demasiado brillante para él. ¿Y acaso podría vivir con esa culpa de utilizarla?

Las preguntas apenas le duraron un par de besos más.

La promesa de más contacto lo empujó a acercarse, reclamando ese espacio personal que Sid ahora le cedía. Una de sus manos acariciaba las hebras de su cabello con delicadeza, llegando a pegarla a su cuerpo en el vaivén suave de la música que escuchaban. La buscó con los labios, acariciando los contrarios hasta amoldarse a los de ella, primero de manera más suave, ladeando la cabeza, después con un punto más ávido. Intercaló beso y cercanía, rozando las curvas de su cintura con la mano libre, la nariz con la contraria, respiraciones, descubriendo su cuerpo con una cautela para él desconocida. Mantenía los labios enrojecidos junto a ella, su cabeza ahora descendiendo en un camino hasta su cuello, depositando varios besos sobre la piel, buscando crear constelaciones con sus pecas. El silencio instaurado se volvió casi íntimo, sin falsas promesas, sin palabras dulces en el oído que caducarían la mañana siguiente.  Se sintió atrapado en la red invisible, en la incertidumbre, en la certeza del alcohol de que sin ella saberlo, era ahora una marioneta en sus dedos. Recordaba su nombre, Sid, aún entre la bruma de lo bebido. Quería decirlo, hacerla partícipe de que evidentemente, no la había olvidado aún, pero su poco autocontrol entonces lo hizo retractarse, abogar por la seguridad de lo conocido: quererla esa noche y desaparecer temprano por la mañana.

¿Tienes donde ir? —preguntó, sin separarse, cualquier excusa para llevársela de allí. Los amigos de ella no se encontraban ya en la barra. El aire del club siendo concentrado y asfixiante.


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por Sidney B. Graham el Dom 10 Jun 2018, 18:37
La forma que tenían sus dedos de enroscarse en él, su boca de recitarle cuello arriba poesía con lengua mas sin lenguaje; parecía una dulce —tristísima— balada de amor caduco. Saboreándolo, detenida en la dura línea del mentón que se entornó al encararla, buscarle labios y besarla libre —alas para el pájaro—, Sid supo que no era un buen chico; pero se había hartado de buenos muchachos, con raídos disfraces principescos, antónimos al deseo y a la belleza cuyo propósito seguía siendo besarla ombligo abajo, gemirla a la cadencia de ambos cuerpos. El corazón de Sid pertenecía en la orilla de su playa, Ella criatura de espuma y de Sal, de retorno —y también de marea—: cuando Dae la besaba, no lo sentía fusil / fútil, no se oían los casquillos de beso golpear el suelo con las promesas vacías, no.

Aquella guerra ni si quiera hería. Dae —qué tres letras, como puzzle para su nombre— la rozaba y a ella las manos se le volvían afanosas al implorarle más, jadeo que vulnerable trepaba entre ambos rostros y allá no la arrastraba el alcohol ni la soledad, sino el propio varón, sosteniéndola caderas para convertirla hembra y, aún así, acariciarla con yemas suaves; como si desconocida fuera valiosa, también —sin engaño, soñó. Aquella noche, quiso ama(rra)rse en el mal chico y lo hizo. Las manos bajaron y ahuecó la palma, entrelazó los dedos y tiró de él, la voz no quiso salir, respondió su anatomía, abriéndose paso entre las oleadas de cuerpos con férreo agarre, el pulso a la par que el del contrario. Sacó del guardarropa abrigo y bolso, puerta al exterior y el móvil reposaba en su oreja, detenida en el frío de la madrugada con aquél muchacho aún de la mano y, tras la línea, un taxista.

Sid avanzaba (aún tirando del varón) y, de lado a lado, el rostro buscaba nombres de la calle, mirar borroso que enfocó nombre del local y el conductor prometió llegar enseguida; colgó. Guardaba el teléfono, bajaba de los tacones —tortura— y los sostuvo con la mano libre, palmas descalzas en la acera helada, pero el cuerpo viró en dirección a aquél, contemplándolo con párpados cansados y pestañas brillosas de anhelo. — Vivo cerca. —le dijo, la voz salía sutil de la boca que, torcida, sonreía por inercia. Pasaba brazo tras el cuello, tacones rozando los omóplatos y los labios, cayendo —otra vez, y de nuevo, mil veces más— sobre él. La brisa sacudía su figura, el beso se echaba a temblar.
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por Min Dae Jeong el Mar 12 Jun 2018, 11:14


La dualidad del sucio y frío callejón angosto frente a la firmeza cálida de la mano ajena le arrancó un escalofrío.  Abandonaron el bullicio, bienvenidos por el silencio —o casi— de la calle, la vuelta a la civilización con la excepción del zumbido amortiguado de los bajos haciendo temblar las ventanas de la discoteca. Poco se percató del cambio, de la australiana arrastrándolo al exterior, donde en situaciones normales, el chico habría visto caer el hechizo de las noches de fiesta en pos de sus obligaciones de mantener bajo perfil.

En aquella ocasión, sin embargo, se dejaba guiar por ella —impensable— ajeno a donde se dirigían, y demasiado ocupado con los labios como para sopesar si sería buena idea. La perseguía con la mirada, con la sonrisa real en el rostro cuando  la otra se retiró los tacones y se hizo aún más evidente la diferencia de altura. Sid se ponía de puntillas.

Rodeó nuevamente la cintura con los brazos, el peso de los zapatos de ella sobre su espalda. Buscó su cuello, llegando a morderlo brevemente bajo los ojos duros del taxista, que, si bien los juzgaba silencioso, entre beso y beso no apartaba la mirada. Voyeur. Caminó con la extranjera torpemente, hundiéndose en el coche, direcciones dadas de manera vaga y las palabras del conductor cortadas de una ante la mención del dinero. Quizás los pensaba demasiado borrachos. Vándalos que pretendían desgraciar su coche. Dae no tenía tiempo para eso. Sacó la tarjeta bancaria del bolsillo, mostrándola, y procedió a bajar, impaciente, la persiana negra que separaba ambos habitáculos del coche.

Fin de la discusión.

Con la vista puesta nuevamente en Sid, la atrajo cómplice, sobre los asientos traseros, enredados brazos y piernas por la manera apresurada de entrar.  La ayudó a retirar su chaqueta —demasiado calor— los cristales empañados, o tal vez fuese él quien lo sintiese así.  Las farolas los iluminaban por breves fracciones de segundo conforme avanzaban por la carretera, un juego de luces y sombras en la semioscuridad que lo invitaba a besarla más si cabía. Dae se inclinó con las manos buscando su cintura, reprimiendo el impulso de descender a los muslos y rozar la piel, gesto quizá demasiado escandaloso. Exploró el mentón de ella en su lugar, abarcaba su boca y reclamaba con labios húmedos, enrojecidos, contra su cuello hasta bajar a tirar con los dientes de uno de los tirantes. Compartía respiración, algo acelerada, expectante, ignorando cinturones del vehículo, sin hablar, dejando hacer al cuerpo.
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Min Dae Jeong

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por Sidney B. Graham el Mar 12 Jun 2018, 14:31
Sutiles marcas en el cuello, se echaba a los asientos traseros del taxi e indicaba con precariedad el camino a casa, apenas recordando —alcohol y excitación, tronador latir que le salpicaba de rojos pecho, cuello arriba—, dejando al varón encargarse del resto sin queja y, falanges a las hebras, lo besó con recíproco afán. Destiló su perfume para vestirse del suyo y, a su vez, acaparó su atención en enredo de anatomías, privacidad estrecha entre el conductor y ellos, a sonoros chasquidos de lengua. Los brazos huyeron de la chaqueta para enredarse en él, estremeciéndose bajo la imposición de la boca en su piel al descubierto, la tortuosa lentitud con la que pellizcaba la carne blanda de la garganta, desliz al tirante y este cayó, hombro expuesto a dientes y labios entumecidos —le escapó un gemir, un quejido suave y agudo como el de una criatura consentida que reclamaba, queja al más.

Las palmas empujaron pecho, aunando la espalda al asiento para ella trepar sobre él, sentada a horcajadas —la minifalda elástica arrugándose, rodando hacia arriba en exposición de muslos— con ojos encendidos, sin pudor o preguntas, lengua recorriendo cuello —succionándolo, apretando caderas contra la pelvis—; fuego en lugar de sangre. Y el taxista habló, formuló una frase que la occidental no entendió o no quiso entender, gruñido desganado con el que respondía y cubría con labios de apremio la boca de Dae para que tampoco lo hiciera: dejaron aquella queja diluirse olvido sin disculpa y el acelerador se apretó, ganas de arribar al destino y olvidarse de la pareja antes de que terminaran por desnudarse en el vehículo —y Sid ya le había desabotonado varios, la delgadez del pectoral expuesta a sus dedos.

El frenazo empujó ambos cuerpos a los asientos delanteros, desprovistos del cinturón de seguridad, y Sid rió por boba inercia, recogiendo la prenda de abrigo y el bolso a trompicones, tropezando con los pies del muchacho para salir, mano hundiéndose en los pliegues del bolso hasta dar con la llave, varios llaveros sonoros que tintinearon al roce y subió desgarbada las escaleras del portal, un camino de ahogos y risas, manos que se tentaban y el shhh ocasional, no queriendo alertar vecinos. Hundió la llave en la cerradura, su cuerpo apegado a la madera de la puerta en beso impedimenta:— Un momento. —suplicó, boca rasgada de quién no deja de sonreír, torciendo la llave y abriendo al apartamento, tacones tirados en el recibidor y, antes de que la puerta volviera a cerrarse, aferraba ambos extremos y abría a la fuerza la camisa masculina, saltando sobre él, piernas apretadas entorno a la cintura. Desbocada, frenesí que parecía arrojarlos a un vórtice. Segunda puerta a la derecha. —al oído, que mordía.
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por Min Dae Jeong el Dom 17 Jun 2018, 23:33
Distinguía la figura de ella recortada en la penumbra, su cabello en cascada, acercándose egoísta para tomar la sonrisa de sus labios. La escuchaba reír, le contagiaba el ánimo como un bálsamo, y con ello le distanciaba de miedos que cerraba ahora con llave. Se debatía, sus manos respetándola. Una fina línea que le hacía no aventurar mucho más los dedos del lugar donde yacían aferrándose a los muslos de la extranjera. Quería hacerlo, claro que quería. El afán de ella por acercarse, como si pudiesen fusionarse piel con piel, lo llenaba de calor, y hacía perceptible la realidad en la ropa. Luchaba por no bajar la vista a la piel desnuda en las piernas, la falda arrugándose como una invitación. ¿Y acaso no era similar a otras veces? Si y no. Escenarios parecidos, palabras ensayadas, otras chicas, pero en todo momento controlando, consciente de los gestos, no abandonado a la improvisación. Dos extraños jugando a conocerse.

Desgastaba los labios, mordía la piel en el cuello enrojeciéndola y augurando ya las galaxias que se formarían allí la mañana siguiente. Permitió que la contraria desabotonara los botones, mientras con nariz y labios trazaba una linea hasta el escote de ella y reclamaba la piel expuesta con los dientes. Sus brazos buscaban la cintura fina, aferrándola, acercándola más a él. Sid no le pedía explicaciones, aceptaba el juego, le había mandado callar tiempo antes, y eso era un alivio.

El frenazo los llevó hacia adelante, echándose sobre la pelirroja, escuchándola reír y uniéndose a su vez contra su cuello. Pagó al taxista, la tarjeta apoyándose en el lector antes de salir torpemente del coche, ofreciendo los tacones a la australiana y cerrando la puerta con más fuerza de la necesaria. Sid se había adelantado hacia el edificio, descalza. Dae la admiró desde donde estaba, deshecha en risas, con el cabello algo alborotado mientras buscaba las llaves en el bolso. Hermosa, pensó. Subió las escaleras, siguiendo los pasos trazados por ella, abordándola entre beso y beso, manos aferrando la piel y comenzando a pedir burlar la ropa.

Sid —la apremió, cerrando la puerta con rapidez una vez dentro. Escuchó el tintineo de los botones de la camisa en el suelo, con el pecho ahora al descubierto, a tiempo para sostenerla cuando saltó. Le faltaron segundos para seguir las direcciones, la expectación empujándole a la habitación a oscuras y después sobre la cama. Tiró del vestido, sacando este sin cuidado para dejar expuesta la piel, y buscó con las manos el inicio de las medias, comenzando a retirarlas mientras se preguntaba, su cabeza recordándoselo a voces, si había traído condones.


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