chasing stars —mdj
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comeback stages julio
CANCIÓN:
SOMETHING NEW
DEBUT SOLISTA
MINI-ALBUM
ARTISTA:
HAN SU MI
KSJ
ENTERTAINMENT
240 PUNTOS CONSEGUIDOS
DORAMA:
FUGITIVE LOVERS
DEBUT:
ACTRIZ
ARTISTA:
HWAN TAE JOON
MYP ENTERTAINMENT 1445 PUNTOS CONSEGUIDOS
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por Sidney B. Graham el Jue 24 Mayo 2018, 05:43

( cinco de mayo )


Su risa trepaba cuerpos y paredes, ondulándose en la marabunta danzante, salpicando a quiénes, desde la barra, contemplaban la estela que dejaba su anatomía, girando sobre sí misma —pasos improvisados, caderas y brazos en alto. Las largas hebras —algunas, trenzadas— eran un péndulo en su espalda, moviéndose de punta a punta, Sid alargando las manos para sostener las de una muchacha de cabello azul, sus hombros filosos apuntando al techo, provocándola a unirse a su despreocupado movimiento —y aquella, que solía tomar asiento a su lado en clase y aspiraba a guionista, se aferró a sus falanges para sucumbir y danzar. En su diestra, los cubitos de hielo —a medio deshacer— tintineaban contra el vidrio de tubo, dando un sorbo —pajita— de Ballantines con cola, aminorando apenas, pero los pies seguían en movimiento, las caderas en suaves zarandeos.

Echando la cabeza hacia atrás, cerraba los ojos y la inundaba el estridente sonido de una nueva canción; de la boca ancha, brotaba una exclamación. — ¡Es mi canción! —un inglés solapado bajo la base, dejando bebida en la barra y corriendo —como una exhalación— al centro de la pista, echándose las pesadas hebras hacia arriba, la nuca mirando con fijeza al par de orbes curiosos que la contemplaban, atraídos a sus rasgos occidentales —pensarían debe de ser fácil, pero ninguno se atrevía a acercarse. Las luces estroboscópicas cosquilleaban sobre piel y tela —te quedan bien, le habría dicho Minah (pero su compañera de piso no estaba allí, nada más que el puñado de conocidos de la universidad, dispersos en su conversación y, sus oídos, demasiado torpes en la sala llena de ruidos).

El mundo comenzó a resurgir a su alrededor, de nuevo, pellizco a su perspicacia que la llevó a virar el cuerpo hacia un extremo, abriendo los ojos —desprendiéndose de los alternos, las burbujas de alcohol y felicidad. Lenguaje el de sus orbes castaños, cruzando el gentío hasta hallar los rasgados, mirándolo. Lo conoció un instante, desconocido envuelto en extraña familiaridad, algo cálido en cómo la recorría su mirada. No se cohibió, se dejó besar por los otros ojos; el cuerpo se le había detenido —como si no hubiera más música. Una pareja irrumpiendo el campo visual y sus pies, ebrios, vencieron al vértigo para ponerse de puntillas, alargar el cuello y alcanzarlo nuevamente. Hueco, pestañas, el contorno hosco de su semblante tan dispar al propio, al que se le alzaban los pómulos, sonriéndole. Atrevida, alzaba una mano hacia el cielo —techo, pero las constelaciones estaban todas allí, selladas en la piel brillante de Sidney— y, con las yemas rozando la eternidad —algo mágico e intangible—, saludaba.
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por Min Dae Jeong el Dom 27 Mayo 2018, 20:33



Iba solo esa noche, pero ¿qué es realmente la soledad? Para Dae, ir solo y sentirse solo eran dos cosas muy diferentes. En inglés trazaban una línea muy distinguida entre ambas ideas. Solo, alone y solo, lonely. Yongguk no había podido salir con él a la pequeña discoteca que frecuentaban con asiduidad. Le había insistido hacía unas horas, lengua inquisitiva en el proceso, pero finalmente lo había dejado ir. Cualquier otra persona hubiera preferido permanecer en casa, olvidar las multitudes en favor de la reclusión casi mágica que representaba la manta, el sofá y las series en streaming… pero Dae no era cualquier otra persona. Necesitaba esas salidas, ese contacto humano, esa sensación de formar parte de algo inmenso y cambiante. Adoraba las convenciones, ese universo paralelo que se formaba por las noches. El cómo el no se volvía un ¿porqué no? y las distintas personas mutaban, adoptaban formas y caracteres diferentes, embriagados por las luces, el alcohol y la intangible y silenciosa sensación de complicidad.

Abandonado en esa selva, reptaba entre los cuerpos del establecimiento, algunos tan pegados entre sí, que pareciera que eran uno solo, una criatura nueva de numerosos brazos y pies. Consumía su tercera cerveza, saludaba de vuelta a los extraños que lo abordaban como si lo hubiesen conocido siempre. En el proceso, sopesaba sus intenciones para con la noche, se preguntaba: ¿Quería buscar el reconfortante calor de la piel? ¿Beber hasta tambalearse? ¿Abordar a uno de los discretos chavales que creyendo no ser vistos, aguardaban apaciblemente al siguiente comprador de éxtasis o cocaína?

Dae había visto muchas estrellas en su vida, todas titilando con risas risueñas cuando las observabas desde el suelo. Se confundían fácilmente con los focos lumínicos más fuertes, pero Dae conocía los peligros de anteponer estas luces eléctricas a las que brillaban con luz propia. Había sufrido los efectos secundarios del chute, la resaca que provocaban, el parpadear numerosas veces sin poder dejar de ver la misma imagen, cegadora, repetida, nublando todo el campo de visión. Alice había sido algo así para él. Un parche provisional en tiempos en los que, el significado de estar solo, había sido el sentirse también de esa misma manera. Con el tiempo, había logrado desengancharse —desengañarse, más bien—, pero como todo buen adicto, la visión de una nueva dosis era suficiente para revivir las tentaciones.

Esa noche, había una estrella brillando en la pista.

Y dicha estrella, le saludaba.

Podía perfectamente ser otro foco disfrazado, pero ¿cuan fácil era negarse cuando lo invitaba a acercarse tan dulcemente?

Lo malo de ser un adicto es que nunca dejas de serlo. El cuerpo recuerda los viajes y te reprocha la sobriedad. Dae avanzaba con el paso inconsciente de quien añora lo pasado, en su pecho anidándose una extraña, asquerosa nostalgia. Se encontró queriendo enredarse en el cabello de la extranjera, acariciar cada centímetro de su piel cual explorador ávido. —Hola, soy Dae, ¿y tú te llamas? —sus labios arrastrando, en un susurro sinuoso, la palabra contra la oreja de la muchacha. El inglés se presentaba, atropellado y torpe, pues adivinó que la contraria preferiría hablarlo al coreano. Mientras la invitaba a bailar, la abordaba, reclamándola cuando los demás habían permanecido dudosos, elaboraba ya su siguiente frase; sopesaba, persiguiendo ya la manera de abrirse paso bajo su falda.

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por Sidney B. Graham el Mar 29 Mayo 2018, 03:51

De niña había jugado a contar estrellas, más tarde, subía a las tapias de alguna casa y echada en las tejas, jugaba a cubrirlas con las manos —menudas, siempre deseosas de abarcar más—; decía, si mi futuro está allí, lo aplastaré yo misma, el varón —adolescente, nervioso— a su lado, reía incapaz de comprender la inmensidad de su mente. Siempre has sido magnética, decía el padre, ceño fruncido el verano en que California le quebró un diente, una pandilla de amigos huyendo de él —uno, rezagado, mirándola—, ¿qué debo hacer para que pare? —a ella le saltaban las pecas morenas de la carne, colgaba de la espalda del perro de mar, cantaba: No puedes pararme.

El brazo bajó, los hombros brillaban sudor y la boca, desdoblada, prevalecía en sonrisa perenne, pues aquél se acercaba, cruzaba diferencias hasta alcanzarla, le(n)guas —ambas bocas, anhelo. Retiró diligentemente las hebras castañas sobre su oído; susurró introducción de licor, prólogo a la madrugada restante y a esta se le hicieron graciosas las formas occidentales, mímica de su cultura que la arropó con torpeza. Sus dedos subieron al pecho, atajando la fina tela de la camiseta para tirar de allí, apegarlo a la boca que le decía:Me llamo Sid. —en su peculiar acento coreano. Dos abreviaciones que se miraron —sus nombres completos, sus historias, no tenían cabida allí, ¿verdad? (habían escogido ser estrellas fugaces, el deseo latente en ambas anatomías, recíproco como un espejo)—, las falanges desenroscándose, recorriendo el pecho masculino hasta alcanzar lateral y brazo, caída.

Conteniendo el aliento, silente pese a la barahúnda, la mano buscó la palma, le abrazó los dedos y tiró de él. Dae.  En tal nimio gesto depositó un pedazo, un algo, bendita poesía la que alzaba la barbilla sobre el hombro y lo miraba —estrella(do), lo pensó algo que prende y rompe, algo que se hunde cráter y deja de existir (supo que era un cuchillo y aún así, al detener los pasos y encararlo, parecía mirarlo valiente, como un apremio al clávate). Silbaba su cuerpo al ir hacia arriba —arriba, arriba—, los brazos en los hombros tras ahuecarle los dedos a la cintura estrecha y al inclinar el rostro, rozando con la nariz el mentón— Bailemos. —exhaló. La voz le estalló en risa, luz o vértigo. No supo que hundía dedo en la yaga cuando añadió:— ¿Soy la primera extranjera?
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por Min Dae Jeong el Dom 03 Jun 2018, 13:47

Conseguido su propósito de acercarse, saboreó un primer regusto de victoria al verse aceptado por la contraria.  Era el delirio del éxito en la caza, sin saberse cazado por la misma presa que trataba de ganarse. Sus ojos se encontraban puestos sobre la chica bajo los focos, la mano descansando a la derecha de su cintura, cauteloso, pero reafirmando la cercanía. Repetía el ritual que le había asegurado viajes directos a las sábanas en episodios anteriores, pese a que sus acciones, en aquella ocasión en particular, estuviesen siendo un poco más torpes que de costumbre. ¿Era falta de experiencia lo que le asaltaba? En absoluto. El mismo orden de acontecimientos llegaba a aburrirle, llevándole a solo desear saltar todos los pasos de cortejo que eran tan innecesarios para ir directos a la parte de interés. Sus titubeos se debían a algo menos perceptible a simple vista y que la pelirroja erró en recordarle.

¿Primera extranjera? La pregunta le hizo eco en la cabeza, removiendo recuerdos, azuzándolos y haciéndolos emerger tras mucho tiempo, como lenguas de fuego que reclamaban su lugar en cada uno de sus huesos. Ella seguía presente hasta si deseaba que no fuese así. El pequeño germen asentado en su mente desde la adolescencia y al que muchas veces le había pedido —implorado— vete, desaparece, déjame vivir; era incansable. ¿Y qué sabría aquella chica, Sid, de ello? Había bailado sola en medio de la pista. Reclamarla para si había sido algo que Dae no había podido resistir. Sopesaba que contestarle, el aparatoso "muchas" que por real que fuese —con coreanas, no extranjeras—, no era cierto. Una parte de él deseaba contestar eso de manera seca, quizá en un arranque por molestar a la pelirroja, como si de esa manera pudiese hacer daño a Alice. Era consciente de lo absurdo de esa conclusión.—Una antes —respondió, recomponiéndose, su cuerpo reaccionando y esquivando el peligro, adaptándose a este y a la nueva situación si quería sobrevivir, pues Dae no se dejaría achantar por la melancolía y la nostalgia barata hasta estar completamente solo. Dejaría que esos dos demonios lo devoraran vivo la mañana siguiente. Masoquista.

¿Vienes... tú aquí mucho? —Se esforzó verdaderamente, tratando de recordar el poco inglés que sabía, consciente de que habrían errores en su manera de hablar, pero sin dejar que estos le quitaran demasiada confianza. Estaba estudiando el idioma igualmente, pues lo necesitaba si quería ser idol, pero no dejaba de ser un dolor de muelas que detestaba —al menos ahora le veía cierta utilidad—. «No podías haberte ido a por una chica tailandesa, no», le recriminó su mente, arrancándole una sonrisa suave con el solo pensamiento. Buscar las palabras adecuadas era el doble de complicado con alcohol encima, así que no lo hizo, optando por una comunicación más... física. Su mano en la cintura se movió, acariciándola un momento antes de subirla para tomarla del mentón, delicado, y entonces la miró fijamente.— ¿Hablas coreano? —preguntó, imaginando la respuesta. La chica debía estar como él pero a la inversa, así que abandonó la idea. Se permitió la peligrosa licencia de ahogarse con ella en medio del océano de cuerpos que bailaban, apreciando los ojos caoba, y los dibujos que hacían las pecas en su piel.—Sid —reclamó su atención, tomando varios mechones de pelo y pasándolos tras el lóbulo de su oreja. La derecha voló a situarse en su nuca, con mucha suavidad, mientras la izquierda buscó reconquistar la curva de su cintura, mientras se mecía con ella, bailando. Acabó hablándole en coreano, imaginando que si no lo comprendía, al menos si entendería el tono, a voz baja, dedicado única y exclusivamente para ella— Todos esos chicos, dejándote bailar sola... menudo desperdicio. Eres demasiado bonita para eso. —Se acercó a milímetros, suspendido sobre los labios de ella, un momento antes de rozar la comisura fugazmente, casi pidiendo permiso.
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por Sidney B. Graham el Mar 05 Jun 2018, 01:07

Las caderas se balanceaban de un costado al otro, pegada al cuerpo ajeno como si uno, en lugar de dos —mar y barcaza. Burbujeaba el licor hacia arriba, enredadera en las costillas —cosquilleo— razón de la risa ligera, estirándole la boca y rasgándole los ojos como espejos de los del varón. Pero las mejillas bajaron, los brillantes orbes se opacaron: contemplándolo. Fue un instante, cuando las luces estroboscópicas pestañearon en plateados, que le halló una duda —un precipicio, quizás, al que lo había empujado—, preguntándose si su voz había presionado una tecla desafinada; pero el local se llenó de tonos rojos y Dae la bailó, sombras en lugar de ojos, respuesta sencilla, rezagando aquella corazonada a algo que Sid catalogó erróneo. Sus brazos finos se apretaban a los hombros, los dedos acariciándole distraídos el cabello corto de la nuca, una caricia constante e independiente al ritmo del local y cuerpos, un consuelo sin premeditar que nacía de lo perspicaz, de lo empático —sin ella reparar en su propio gesto.

Volvía a sonreír, vómito de luz, filtrándose entre las anatomías enlazadas del gentío, rozando la espalda con otro, respirando —jóvenes, infinitos— al unísono. Negaba, los aros de sus lóbulos sacudiéndose en un tintineo. — He venido con mis compañeros de clase. —un escueto movimiento de barbilla pretendía señalar el paradero de aquellos, un grupo ya algo disperso que se reunía entorno a la barra, en lugar de la pista. Aburridos, ¿eh? —el aliento pegajoso caía en la línea de su mentón, tan cerca como físicamente podía, cómoda en aquél sin-espacio, abrazada al desconocido que acariciaba cadera y anatomía, que sostenía su barbilla e inclinaba hacia ella la propia. — Fatal. —respondió, la diversión pendiéndole de las pestañas húmedas, ojos llorosos —hartazgo de luces y humo. Echaba el cuello hacia atrás, colgando del cuerpo del varón, cerrando los párpados como si echara a volar; la música daba tumbos y entumecía su sobriedad restante. Su nombre la despertó como un fuego abrasándole la carne, echándose hacia adelante, aunando ambos pechos y respondiéndole con ojos despiertos: sigo aquí.

Y las manos, y las bocas, y los ojos castaños buceaban mareo hasta dar con la comisura, que la rozaba con tentadora angustia; pudiendo caer al beso, Sidney no estrelló los labios sino que rió, rostro atrás otra vez, pies de puntillas que se movían sin cesar, tirando de él —los dos, dando una vuelta, otra más—, liberándose de la trampa de su imposición. No buscaba huirlo ni jugar a la difícil, era espontánea y atrevida, se movía sin importar aquellos que los abarcaban —como entre paréntesis—; una peligrosa libertad que amenazaba con engullirlo. Aquella frase, ¿de veras lo llevaba a otras (bo)ca(s)mas? Lo contempló, tan fatuo, en una danza de aullido, pues el cuerpo se le estremecía anhelo y la boca brotaba exhalación, la violencia era la forma que tenía de lanzarse de nuevo a él —jamás se cuestionó: lo quiso, lo tuvo—, labios que pellizcaban húmedos y sabían dulces —también fuego, licor por saliva.

La gravedad en la lengua, todo entorno a aquello: el encontronazo de ambas. Y estallaban fuegos artificiales al moverse, al separar los labios y volverlos a juntar, hacia el otro costado. Cuando volvió a reír, los dientes se hundieron en el otro labio y alejó aquella arma torpe, descuidada de herir contagio —risamor—; se parecía a las estrellas y él, al cielo más oscuro de todos. — No tienes que decirme nada. —no pudo evitar hablarle en inglés, olvidando todas las lenguas. Intentó una segunda:— No tienes... —el coreano se detuvo, la frente le cayó a la clavícula y le durmió allí. — No digas ensayos, —no hacía falta que intentara conquistarla con mentiras, con fábulas. La zurda le bajó al pecho, aferrándolo— te besaré tanto como quieras. —farfulló, estirándose hasta que la boca le alcanzó el cuello, presionándose con sosiego en aquél. Tan despacio, que parecía jamás terminaría.
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por Min Dae Jeong el Dom 10 Jun 2018, 05:58

Sid era un oasis de colores bajo las luces del club. Dae también se perdió en este en algún momento, ajeno a aquellos que lo rodeaban, pendiente de la extranjera, mirándola solo a ella pues la encontraba hermosa, más de lo que quizás se atreviera a decirle. Las palabras no lograban unirse adecuadamente, situación que se repetía en la contraria. Fallos en la comunicación que volvían el encuentro más cómico y más complicado para ambos, pero no por ello restaban en magneticidad. El tailandés la observaba bailar de cerca, la acompañaba con su cuerpo tras el leve roce en la comisura del labio. Más que nunca resonó entre ellos la petición implícita en el beso fortuito y la contestación de ella: "No digas ensayos te besaré tanto como quieras".  

La deseaba. O tal vez ambos estaban cansados de bailar solos. Se sentía ligero, calmado por el alcohol, despreocupado, recayendo en impulsos que no pensaba dos veces. — No era un ensayo —logró musitar, le creyese o no, acercándola del todo a sí una vez recibido el permiso. Parecía una mentira, un pobre intento de seducirla, pero la verdad es que realmente la veía atractiva. Dejarla sola le parecía impensable. ¿Y acaso no era por eso que se había acercado a ella? Sid sonreía con el sol en los labios, llegando a fundirle la calidez de la cercanía, como si en lugar de ser extraños, la conociese de siempre. ¿La haría apagarse si tomaba cuanto quería? Por un momento temió eso, sintiendo que podría contaminarla, volcar en ella su propia oscuridad. La duda le pidió retractarse, y por un instante casi lo hizo, casi abandonó sus brazos, murmurando una disculpa antes de desaparecer entre el gentío. Era demasiado brillante para él. ¿Y acaso podría vivir con esa culpa de utilizarla?

Las preguntas apenas le duraron un par de besos más.

La promesa de más contacto lo empujó a acercarse, reclamando ese espacio personal que Sid ahora le cedía. Una de sus manos acariciaba las hebras de su cabello con delicadeza, llegando a pegarla a su cuerpo en el vaivén suave de la música que escuchaban. La buscó con los labios, acariciando los contrarios hasta amoldarse a los de ella, primero de manera más suave, ladeando la cabeza, después con un punto más ávido. Intercaló beso y cercanía, rozando las curvas de su cintura con la mano libre, la nariz con la contraria, respiraciones, descubriendo su cuerpo con una cautela para él desconocida. Mantenía los labios enrojecidos junto a ella, su cabeza ahora descendiendo en un camino hasta su cuello, depositando varios besos sobre la piel, buscando crear constelaciones con sus pecas. El silencio instaurado se volvió casi íntimo, sin falsas promesas, sin palabras dulces en el oído que caducarían la mañana siguiente.  Se sintió atrapado en la red invisible, en la incertidumbre, en la certeza del alcohol de que sin ella saberlo, era ahora una marioneta en sus dedos. Recordaba su nombre, Sid, aún entre la bruma de lo bebido. Quería decirlo, hacerla partícipe de que evidentemente, no la había olvidado aún, pero su poco autocontrol entonces lo hizo retractarse, abogar por la seguridad de lo conocido: quererla esa noche y desaparecer temprano por la mañana.

¿Tienes donde ir? —preguntó, sin separarse, cualquier excusa para llevársela de allí. Los amigos de ella no se encontraban ya en la barra. El aire del club siendo concentrado y asfixiante.


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por Sidney B. Graham el Dom 10 Jun 2018, 18:37
La forma que tenían sus dedos de enroscarse en él, su boca de recitarle cuello arriba poesía con lengua mas sin lenguaje; parecía una dulce —tristísima— balada de amor caduco. Saboreándolo, detenida en la dura línea del mentón que se entornó al encararla, buscarle labios y besarla libre —alas para el pájaro—, Sid supo que no era un buen chico; pero se había hartado de buenos muchachos, con raídos disfraces principescos, antónimos al deseo y a la belleza cuyo propósito seguía siendo besarla ombligo abajo, gemirla a la cadencia de ambos cuerpos. El corazón de Sid pertenecía en la orilla de su playa, Ella criatura de espuma y de Sal, de retorno —y también de marea—: cuando Dae la besaba, no lo sentía fusil / fútil, no se oían los casquillos de beso golpear el suelo con las promesas vacías, no.

Aquella guerra ni si quiera hería. Dae —qué tres letras, como puzzle para su nombre— la rozaba y a ella las manos se le volvían afanosas al implorarle más, jadeo que vulnerable trepaba entre ambos rostros y allá no la arrastraba el alcohol ni la soledad, sino el propio varón, sosteniéndola caderas para convertirla hembra y, aún así, acariciarla con yemas suaves; como si desconocida fuera valiosa, también —sin engaño, soñó. Aquella noche, quiso ama(rra)rse en el mal chico y lo hizo. Las manos bajaron y ahuecó la palma, entrelazó los dedos y tiró de él, la voz no quiso salir, respondió su anatomía, abriéndose paso entre las oleadas de cuerpos con férreo agarre, el pulso a la par que el del contrario. Sacó del guardarropa abrigo y bolso, puerta al exterior y el móvil reposaba en su oreja, detenida en el frío de la madrugada con aquél muchacho aún de la mano y, tras la línea, un taxista.

Sid avanzaba (aún tirando del varón) y, de lado a lado, el rostro buscaba nombres de la calle, mirar borroso que enfocó nombre del local y el conductor prometió llegar enseguida; colgó. Guardaba el teléfono, bajaba de los tacones —tortura— y los sostuvo con la mano libre, palmas descalzas en la acera helada, pero el cuerpo viró en dirección a aquél, contemplándolo con párpados cansados y pestañas brillosas de anhelo. — Vivo cerca. —le dijo, la voz salía sutil de la boca que, torcida, sonreía por inercia. Pasaba brazo tras el cuello, tacones rozando los omóplatos y los labios, cayendo —otra vez, y de nuevo, mil veces más— sobre él. La brisa sacudía su figura, el beso se echaba a temblar.
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por Min Dae Jeong el Mar 12 Jun 2018, 11:14


La dualidad del sucio y frío callejón angosto frente a la firmeza cálida de la mano ajena le arrancó un escalofrío.  Abandonaron el bullicio, bienvenidos por el silencio —o casi— de la calle, la vuelta a la civilización con la excepción del zumbido amortiguado de los bajos haciendo temblar las ventanas de la discoteca. Poco se percató del cambio, de la australiana arrastrándolo al exterior, donde en situaciones normales, el chico habría visto caer el hechizo de las noches de fiesta en pos de sus obligaciones de mantener bajo perfil.

En aquella ocasión, sin embargo, se dejaba guiar por ella —impensable— ajeno a donde se dirigían, y demasiado ocupado con los labios como para sopesar si sería buena idea. La perseguía con la mirada, con la sonrisa real en el rostro cuando  la otra se retiró los tacones y se hizo aún más evidente la diferencia de altura. Sid se ponía de puntillas.

Rodeó nuevamente la cintura con los brazos, el peso de los zapatos de ella sobre su espalda. Buscó su cuello, llegando a morderlo brevemente bajo los ojos duros del taxista, que, si bien los juzgaba silencioso, entre beso y beso no apartaba la mirada. Voyeur. Caminó con la extranjera torpemente, hundiéndose en el coche, direcciones dadas de manera vaga y las palabras del conductor cortadas de una ante la mención del dinero. Quizás los pensaba demasiado borrachos. Vándalos que pretendían desgraciar su coche. Dae no tenía tiempo para eso. Sacó la tarjeta bancaria del bolsillo, mostrándola, y procedió a bajar, impaciente, la persiana negra que separaba ambos habitáculos del coche.

Fin de la discusión.

Con la vista puesta nuevamente en Sid, la atrajo cómplice, sobre los asientos traseros, enredados brazos y piernas por la manera apresurada de entrar.  La ayudó a retirar su chaqueta —demasiado calor— los cristales empañados, o tal vez fuese él quien lo sintiese así.  Las farolas los iluminaban por breves fracciones de segundo conforme avanzaban por la carretera, un juego de luces y sombras en la semioscuridad que lo invitaba a besarla más si cabía. Dae se inclinó con las manos buscando su cintura, reprimiendo el impulso de descender a los muslos y rozar la piel, gesto quizá demasiado escandaloso. Exploró el mentón de ella en su lugar, abarcaba su boca y reclamaba con labios húmedos, enrojecidos, contra su cuello hasta bajar a tirar con los dientes de uno de los tirantes. Compartía respiración, algo acelerada, expectante, ignorando cinturones del vehículo, sin hablar, dejando hacer al cuerpo.
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por Sidney B. Graham el Mar 12 Jun 2018, 14:31
Sutiles marcas en el cuello, se echaba a los asientos traseros del taxi e indicaba con precariedad el camino a casa, apenas recordando —alcohol y excitación, tronador latir que le salpicaba de rojos pecho, cuello arriba—, dejando al varón encargarse del resto sin queja y, falanges a las hebras, lo besó con recíproco afán. Destiló su perfume para vestirse del suyo y, a su vez, acaparó su atención en enredo de anatomías, privacidad estrecha entre el conductor y ellos, a sonoros chasquidos de lengua. Los brazos huyeron de la chaqueta para enredarse en él, estremeciéndose bajo la imposición de la boca en su piel al descubierto, la tortuosa lentitud con la que pellizcaba la carne blanda de la garganta, desliz al tirante y este cayó, hombro expuesto a dientes y labios entumecidos —le escapó un gemir, un quejido suave y agudo como el de una criatura consentida que reclamaba, queja al más.

Las palmas empujaron pecho, aunando la espalda al asiento para ella trepar sobre él, sentada a horcajadas —la minifalda elástica arrugándose, rodando hacia arriba en exposición de muslos— con ojos encendidos, sin pudor o preguntas, lengua recorriendo cuello —succionándolo, apretando caderas contra la pelvis—; fuego en lugar de sangre. Y el taxista habló, formuló una frase que la occidental no entendió o no quiso entender, gruñido desganado con el que respondía y cubría con labios de apremio la boca de Dae para que tampoco lo hiciera: dejaron aquella queja diluirse olvido sin disculpa y el acelerador se apretó, ganas de arribar al destino y olvidarse de la pareja antes de que terminaran por desnudarse en el vehículo —y Sid ya le había desabotonado varios, la delgadez del pectoral expuesta a sus dedos.

El frenazo empujó ambos cuerpos a los asientos delanteros, desprovistos del cinturón de seguridad, y Sid rió por boba inercia, recogiendo la prenda de abrigo y el bolso a trompicones, tropezando con los pies del muchacho para salir, mano hundiéndose en los pliegues del bolso hasta dar con la llave, varios llaveros sonoros que tintinearon al roce y subió desgarbada las escaleras del portal, un camino de ahogos y risas, manos que se tentaban y el shhh ocasional, no queriendo alertar vecinos. Hundió la llave en la cerradura, su cuerpo apegado a la madera de la puerta en beso impedimenta:— Un momento. —suplicó, boca rasgada de quién no deja de sonreír, torciendo la llave y abriendo al apartamento, tacones tirados en el recibidor y, antes de que la puerta volviera a cerrarse, aferraba ambos extremos y abría a la fuerza la camisa masculina, saltando sobre él, piernas apretadas entorno a la cintura. Desbocada, frenesí que parecía arrojarlos a un vórtice. Segunda puerta a la derecha. —al oído, que mordía.
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por Min Dae Jeong el Dom 17 Jun 2018, 23:33
Distinguía la figura de ella recortada en la penumbra, su cabello en cascada, acercándose egoísta para tomar la sonrisa de sus labios. La escuchaba reír, le contagiaba el ánimo como un bálsamo, y con ello le distanciaba de miedos que cerraba ahora con llave. Se debatía, sus manos respetándola. Una fina línea que le hacía no aventurar mucho más los dedos del lugar donde yacían aferrándose a los muslos de la extranjera. Quería hacerlo, claro que quería. El afán de ella por acercarse, como si pudiesen fusionarse piel con piel, lo llenaba de calor, y hacía perceptible la realidad en la ropa. Luchaba por no bajar la vista a la piel desnuda en las piernas, la falda arrugándose como una invitación. ¿Y acaso no era similar a otras veces? Si y no. Escenarios parecidos, palabras ensayadas, otras chicas, pero en todo momento controlando, consciente de los gestos, no abandonado a la improvisación. Dos extraños jugando a conocerse.

Desgastaba los labios, mordía la piel en el cuello enrojeciéndola y augurando ya las galaxias que se formarían allí la mañana siguiente. Permitió que la contraria desabotonara los botones, mientras con nariz y labios trazaba una linea hasta el escote de ella y reclamaba la piel expuesta con los dientes. Sus brazos buscaban la cintura fina, aferrándola, acercándola más a él. Sid no le pedía explicaciones, aceptaba el juego, le había mandado callar tiempo antes, y eso era un alivio.

El frenazo los llevó hacia adelante, echándose sobre la pelirroja, escuchándola reír y uniéndose a su vez contra su cuello. Pagó al taxista, la tarjeta apoyándose en el lector antes de salir torpemente del coche, ofreciendo los tacones a la australiana y cerrando la puerta con más fuerza de la necesaria. Sid se había adelantado hacia el edificio, descalza. Dae la admiró desde donde estaba, deshecha en risas, con el cabello algo alborotado mientras buscaba las llaves en el bolso. Hermosa, pensó. Subió las escaleras, siguiendo los pasos trazados por ella, abordándola entre beso y beso, manos aferrando la piel y comenzando a pedir burlar la ropa.

Sid —la apremió, cerrando la puerta con rapidez una vez dentro. Escuchó el tintineo de los botones de la camisa en el suelo, con el pecho ahora al descubierto, a tiempo para sostenerla cuando saltó. Le faltaron segundos para seguir las direcciones, la expectación empujándole a la habitación a oscuras y después sobre la cama. Tiró del vestido, sacando este sin cuidado para dejar expuesta la piel, y buscó con las manos el inicio de las medias, comenzando a retirarlas mientras se preguntaba, su cabeza recordándoselo a voces, si había traído condones.


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por Sidney B. Graham el Sáb 23 Jun 2018, 17:12
Las manos se aferraron a los hombros, hicieron ancla allá, piernas que se apretaban lazo contra él y la boca que lo marcaba suyo —si quiera en aquél instante, aquella noche— sobre la yugular, cabeza al lado para que el otro atinara, sin dilación ni tropiezo, camino, puerta y cama. Arrojada sobre la misma —el colchón la recibió con un zarandeo, las hebras se extendieron por las sábanas deshechas—, sus ojos relumbraban pese a la oscuridad del habitáculo; lo contempló con lascivia mientras la desnudaba, mientras tiraba de las medias y ella alzaba la pelvis para facilitarle la tarea —por el rabillo atisbando cómo a aquellas se le hacía una carrera hasta la rodilla, sin protesta. De aquella boca, de comisuras tirantes en sonrisa incansable, salió un sonoro suspiro, agudo como un primer esbozo de gemido —menudo, bajito—, que se le enroscaba en el vientre desnudo; y la suave tela se desprendía de las piernas, y las palmas de los pies, tan frías, rozaban el vientre del varón, y así sus muslos se abrían en melodía de ven, y.

Qué contradicción, el cuerpo que lo llamaba de aquella forma —un idioma tan nítido, voz tan alta—, aquellas yemas que lo habían alcanzado con el latido y que le caían en la cama entonces; qué contradicción que los ojos le hubieran rodado hasta el techo insulso, lejos de él, y la conciencia la hubiera abandonado en aquél lecho, sobre ella tan violenta vulnerabilidad acentuándole las curvas. Los párpados cayeron, el sueño le doblegó la boca y la sonrisa, de sólo labios, quedó apenas como un recuerdo irónico —una burla, pareciere. Así, en un instante, el pecho se le había acompasado y la luz plateada que entraba por la ventana la alumbraba como a algo dócil y trágico, expuesta al antojo de Dae. Desconocido, quizás lobo, al que había dejado entrar a casa. La respiración tibia parecía expulsar de la anatomía el licor que, escote y mejillas en tonos rosáceos, la había hecho abandonarse de esa forma. En paz, la diestra se le aferró completa a un par de dedos —a Lobo—, tirando de aquellos al ladear el cuerpo, un murmullo incongruente (como un vamos a dormir, o quizás un buenas noches, o tal vez no hagas de esto una pesadilla), echada en forma de media Luna.
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por Min Dae Jeong el Dom 08 Jul 2018, 21:04
Liberó a la piel de las medias, ahora rotas, descansando en el suelo mientras sus manos rehacían los pasos desde los tobillos hasta los muslos de la australiana. La frialdad de los pies contra el vientre logró arrancarle un escalofrío, buscando tomarla de las caderas, atraerla hacia si para seguir trazando caminos con los labios en su piel, ambos cuerpos meciéndose, buscando el momento de encajar el uno con el otro. Dae mordió su abdomen, las manos subiendo por los costados hasta acariciar con los pulgares la tela del sujetador. Sin luz, se peleaba con el cierre, murmurándole a Sid que lo hiciese ella. Preso de esa necesidad, la avidez motivada por los pantalones abultados, depositó varios besos por el escote expuesto, trazando un camino descarado que buscaba culminar entre sus piernas... y lo habría hecho, de no haber estado el cuerpo lacio. La respiración de ella repentinamente pausada, moviéndose el pecho demasiado tranquilo y su cuerpo buscando aovillarse en el colchón, como una niña, contrastaron frente al rostro confundido  —incrédulo— del tailandés.

Sid —la llamó una, dos veces. Los labios dulces de ella presos del alcohol murmuraban palabras ininteligibles, tirando de sus dedos e invitándole a la cama... a dormir, no a algo que esperaba más físico. —...¿Sid? —Llegó a moverse, la mano cuidadosa zarandeándola un poco por los hombros —sin resultado— confirmándole la realidad, lo absurdo: se durmió. Dae se detuvo entonces, chasqueando la lengua; índice y pulgar frotándole los ojos, pues era demasiado tarde y la situación demasiado ridícula como para cuestionársela. —Tiene que ser una broma —murmuró, un suspiro escapando sus labios, entre hastiado y decepcionado; su cuerpo aún quejándose. Permaneció un momento sobre las sábanas, asimilando el sueño y sin atreverse a tocarla de nuevo. Su vista escudriñaba la habitación, localizando la que parecía ser la puerta del baño y, ahora, su única salida. Incorporándose, se resignó a las ilusiones rotas, la mano y la ducha fría. Era tarde, demasiado como para contemplar siquiera una escapada al apartamento del grupo. Habrían preguntas y no se veía ni con las ganas ni con el humor de responderlas. Podía imaginar a Yongguk riéndose de él hasta el fin de los tiempos. A Yeol, recordándoselo a cada ocasión.

Se secó el pelo con una toalla, colocándose los boxers y caminó hasta la cama, observando a la chica dormir con el rostro medio hundido en la almohada. Debía de ser alguna especie de karma, Alice haciéndole un corte de manga, saliéndose con la suya una vez más. Tiró de las sábanas, cubriendo a Sid con estas y terminó acomodándose sobre el colchón en el lado contrario, dándole la espalda y dejando una distancia prudencial, medida, a fin de evitar acercarse durmiendo. Era consciente del peligro de toda la situación... suponiendo el que hubiese sido un hijo de puta. Tras varias vueltas en la cama, mirando al techo, logró dormir.
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por Sidney B. Graham el Vie 27 Jul 2018, 20:01
La piel expuesta se le erizó al contacto con la sábana fría, el rostro arrugado como si en sueños fuera a emitir queja, pero la silueta de luna menguante permaneció en quietud y lugar —si quiera, un instante. La noche parecía contemplarlos a ambos, como asomada desde el alféizar para, burlona, rodar en cada torpe —y brusca— vuelta de Sid, sábana entorpeciendo y echándose exhausta a los tobillos, así las piernas desnudas subieron y bajaron del varón sin más impedimenta; brazos reliándose entorno a la figura contigua, hallando en el hueco entre sus omóplatos un agujero perfecto en el que esconder el rostro y, respirándole jabón y frustración, soñó abrazada a aquél como si fuera otro almohadón o peluche. Menuda, no lo dejó escapar de entre sus brazos, manos bien aferradas al cuerpo tibio cuya respiración la meció y meció, una de sus comisuras alzándose como si —necia, estúpida— se hallara a salvo.

El cielo se tiñó de los primeros colores y la luz entró perezosa en la habitación, llamándolos de vuelta a la conciencia con nudillos impertinentes. La australiana despertó de aquella forma, al menos: como si el Sol, tras cantarle buenos días, hubiera alargado aquellos rayos y la hubiera abrasado un instante. Y es que las pestañas de Sid —pegajosas por el resto de máscara— se abrieron para hallar un rostro que no reconoció en un primer instante, con sus propios brazos envueltos entorno al cuello del asiático —incómodo abrazo de asfixia— y todo su cuerpo se retorció y brincó en alaridos, hasta hallarse fuera del colchón. — QUÉ COÑO. —Los ojos castaños, enmarcados por el ya emborronado eyeliner, se hallaban abiertos de par en par y la memoria parecía correrle veloz, pero a trompicones. Las manos, rápidas pese al recién despertar, aferraron una de las revistas en el suelo y la transformaron en improvisado bate, apuntando al sujeto en su colchón. Capacidad analítica nula antes del desayuno, tardó un instante en percatarse de sí misma y el espacio —ropas como migajas de pan, Hansel y Gretel—, tironeándose del extremo del top de tirantes, como si con tal gesto pudiera cubrir su diminuto tanga de las Supernenas.

No recordando con demasiada exactitud el nombre de tres letras, su barbilla se alzó en ridícula pretensión con afán de ocultar incertidumbre:— Ah... Tae... —bajaba la revista pero sus dedos aún la aferraban, los nudillos tornándose blanquecinos. Sonreía, pero sólo con la boca. — ¿Hicimos...? Tú, ¿nos? —la voz se le apagó y sobre los ojos pareció cruzarse algo, remembranza: ella, cayendo dormida. Y supo que nadie había bajado sus bragas. Subió al colchón sobre sus pies y ambas piernas lo acorralaron cuando aterrizó en sus rodillas, abofeteándolo con un buen revistazo, dulce forma de darle los buenos días. Los pendientes de aro habían dejado dos líneas en cada una de sus mejillas, y pese a lo absurda que se veía, no permitió que relumbrara el miedo cuando soltó la revista de cine y sus manos lo sostuvieron con firmeza por los hombros, alargando los pulgares y presionando con ambos la hendidura entre ambas clavículas (sin asfixia, aviso). — No violar, ¿NO? NO VIOLAR MIENTRAS YO DORMÍA, ¿¿NO?? —estaba sufriendo un mental breakdown nada más despertarse. Otra anécdota de Seúl que no podría contar, cuando se hallara de vuelta en casa.
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por Min Dae Jeong el Sáb 28 Jul 2018, 04:48

Permaneció ajeno al contacto de ella. El cuerpo de él relajado, ignorante, la actitud desprovista del ademán narcisista y propuestas descaradas que pronunciaba sin pestañeo alguno cuando estaba despierto.

Haciéndose compañía, no se movió en su sueño, consciente —a medias— de la figura contraria, de la suave respiración, de los brazos atrapándolo como hiedras sin saberlo cuando, en inútil ademán de falsa caballerosidad, Dae buscó dejar un espacio prudencial en la cama —ahora inexistente— antes de irse a dormir. En cierta medida, en ese estado de semi-vigilia propio de los desvelos a mitad de noche, no buscó repudiar el contacto, egoísta, encontrando en su lugar —qué ironía— cierta calma en el cuerpo ajeno, en sus sábanas ocupadas, en la soledad ausente, en retazos viejos de recuerdos que guardados en un cajón tironeaban de la herida abierta y esperando.

Sería complicado describir con exactitud el momento de la metamorfosis entre aquel que la dejó dormir y aquel que era por la mañana. Enredado en las sábanas, cabello deshecho y rostro medio hundido en la almohada, yacía desnudo salvo por los bóxers, de marca, que ahora tan violentamente contrastaban con el tanga de ella. No despertó con el grito, apenas moviéndose sobre el colchón, pues el cansancio era más fuerte y su tolerancia a las exclamaciones aún mayor. Habría seguido así, ignorante, la costumbre llevándolo a pensar que podía prever el escenario, las mismas fichas volviendo a ser jugadas, los números de teléfono acumulándose en la agenda sin ser revisitados de nuevo... pero los brazos anhelantes, el beso que esperaba despertarlo, no fue dulce, reemplazado por el impacto sonoro y agrio —golpe de revista— que llegó a girarle el rostro, dejándolo con los músculos tensos, medio incorporado, su primera reacción desorientada y blasfemando a aquel que no se encontraba allí. —La madre que te parió Yongg... —Llevó una de las manos al rostro, los dedos frotándose los ojos cansados, apartando los mechones rubios y desordenados, sin peinar. Adelantó la mano, gesto automático, buscando retirar el cuerpo atacante, empujón que derribó a la chica al colchón, palma abarcando su piel, o casi. Desafortunada zona blanda donde debiera estar el pecho liso de su mejor amigo.

Apartó la mano, sobresalto. Se aclaraba la habitación a su alrededor, reconociendo la voz indudablemente femenina, el acento marcado que buscaba hablarle en coreano y el cual Daejeong tuvo que esforzarse —tan temprano— por entender. —Es Dae. Dae. Con D. —Maldijo suavemente, interrumpiéndola, apartando los restos de sábanas con un gesto, las ojeras marcadas en el rostro, a la par que iba recordando despacio las lagunas de la noche anterior. Seguían importunándole los gritos demandantes de la chica, pelirroja, maquillaje deshecho, occidental. Occidental. Le golpeó un poco la realidad, tratando de escucharla entonces, el cúmulo de palabras que no cesaban, que no parecían tener ningún sentido— ¿Violar? ¿Qué? No. —Pausó— Claro que no. —Y sacudió la cabeza, incrédulo— ¿Quien hace eso y se queda a dormir?—soltó al aire.

Se alzó, manos buscando los pantalones, enfundándoselos junto a la cama, cuando se permitió dirigir la mirada a la extraña, recordando el nombre exótico a sus ojos; Sidney, como la ciudad, pero no lo dijo. Permaneció orgulloso, reacio a hacerle ver que se acordaba de ese detalle con tan absurda nitidez, y en su lugar paseó la vista por el cuerpo ajeno, sin vergüenza alguna, sabiéndola suya de no haber quedado dormida antes de empezar, sabiendole amargo el  pobre reemplazo de ducha fría. Pérdida de tiempo¿Era Sarah? Tienes cara de Sarah —E irremediablemente, su atención fue desviándose a la pequeña ilustración, Las supernenas sobre el tanga diminuto — Estás bien, pero la habitación a oscuras te hizo un favor, seamos sinceros —Gesto con la mano, índice señalando vagamente hacia delante, el tanga, centro de atención— Creo que ambos estamos de acuerdo en que mejor sin él.




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por Sidney B. Graham el Dom 29 Jul 2018, 00:26
Ceño fruncido, ¿Yongg...? ¿desde cuándo era coreana? o, mejor dicho, ¿en qué momento durante la noche le habían bajado los pechos a la entrepierna y se le habían vuelto testículos? Y justo sobre uno de aquellos —los pechos, que no testículos— tuvo que empujarla, arrojándola lejos de él —al colchón—; protestando en voz alta, punzante molestia en la teta izquierda, que abarcó entre ambas manos como si fuera una criatura independiente y herida. Dirigió hacia a él una mirada fulminante y alzó el puño en dirección a su entrepierna con intención de devolvérselo, sin embargo, frenó la inercia al contemplarlo retirarse las sábanas y deslizarse al borde, distraída por su espalda desnuda (cada menudo lunar contemplándola desde allí y maldijo no haberlos arañado aquella noche). — Dae. —repitió, mascando el nombre con cierto espesor, percatándose de su error. Teniendo en cuenta cómo había acabado, no le pareció una derrota: se había acercado lo suficiente.

Al llegar a aquella conclusión (que ningún violador se quedaría a pasar la noche), no pudo evitar sentirse como una completa estúpida, y odió —con sus completos ciento sesenta y siete centímetros— que un simple comentario del varón la hiciera sentir así. Alzó la barbilla, orgullo impostado. — Puede ser excusa para no recibir denuncia. Además violador no es hombre viejo, violador es quién sea mientras la víctima no haya consentimiento, ¡hasta novio! ¡hasta marido! Sid, your feminism is showing. Saltó del colchón, abriendo las puertas del armario para colarse unos jeans, olvidando por completo que, de espaldas a él, este no sólo tenía una panorámica completa de su culo sino también del borde de su tatuaje —cubierto por la camiseta, perfume a licor—; cuando aquella idea apareció en su mente espesa, dio la vuelta y subió la cremallera, pillándosela un instante con la impresión de las tres heroínas infantiles.

Chasqueó la lengua y terminó de cerrar el pantalón, cuadrando la mandíbula. — Primero de todo, es Sid. —espetó, caminando hasta él y poniéndose ligeramente de puntillas, cuello estirado, para compensar la altura— Segundo, estás aquí porque anoche estaba borracha. Taaaan interesada en tú que me dormí antes de que me lo quitaras. —quería abofetear su hombría, no su rostro— Tercero. —lo echó a un lado de mala manera, inclinándose sobre la desordenada mesilla para rebuscar y dar con una goma de pelo, aquél gesto haciendo que el top subiera y expusiera su zona lumbar. Sí, sí, su horrible tatuaje de Pegasus. Incorporándose, recogiéndose la melena en una coleta deshecha, le sonrió de forma forzada y hostil y salió de la habitación, dirección cocina. Definitivamente, necesitaba desayunar para lidiar con aquello.
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por Min Dae Jeong el Dom 29 Jul 2018, 15:27
No solía tener mal despertar, no, pero la situación cambiaba inevitablemente con una revista en la ecuación. Ni siquiera pronunció algo al respecto, incrédulo ante los ademanes casi lunáticos de la chica que parecía —o eso recordaba él— tan mansa el día anterior. Debería haber sido sencillo; marchar a su casa, sexo, dormir, irse de nuevo a la mañana siguiente; pero en su lugar, había sido recibido por un cúmulo de complicaciones que hacían todo cuanto más insatisfactorio... y quizá el chico hubiera sido más explícito con su molestia, de no ser por las facciones ajenas, las curvas suaves, piel tan pálida, ojos melosos —reales, no lentillas— y rasgos tan occidentales que le provocaban un cóctel de repulsión y atracción. Su vista se desviaba entre tanto y tanto a la australiana, advirtiendo sus dificultades para hablar el coreano, y él estando aún demasiado dormido como para tratar de esforzarse con el inglés.

Sus manos terminaron de abrochar los pantalones, buscando ahora la camiseta, sin mucho resultado al principio. Optó por dejarlo estar, interrumpido por la retahíla de ella, que si bien empezó lógica acabó dejando al tailandés con expresión perdida. — Ya veo que tienes un despertar fuerte, sí. —Suspiró terminando por alzar una de las manos— Look, I haven't... not touch you. Okay? —pronunció, como pudo, en el pobre nivel de inglés que arrastraba del instituto y que no se había molestado en mejorar. —And... not boyfriend you and me not couple —dejó claro, cuanto antes.

Recuperó su teléfono, la vista pendiente de ese 15% de batería, con el cual buscó abrir el Google Maps con tal de situarse en Seúl. La castaña se movió frente a él, buscando el armario, y ante el breve gesto, el tailandés tampoco pudo evitar quedarse mirando el culo expuesto. Casi sonrió, ante lo absurdo de la situación, de no ser por el breve resquicio de tinta, del tatuaje que le pareció leer. Alzó una ceja, dejando lo que estaba haciendo, y fue directo hacia ella, confirmando lo que era. En efecto. Increíble. —¿Eso te lo ha hecho un niño de tres años? Joder. ¿Pegasus? ¿En serio? —chasqueó la lengua— No son tan buenos —declaró, ignorante de la tormenta que se le venía encima. Le divirtió la situación, escuchándola enumerar mientras buscaba ropa, lejos de ofenderse por la conversación.

Se encontró mirándola de frente, con ella de puntillas, antes de contestar: —Sid. —saboreó en los labios, conociéndolo, pero casi actuando como si fuese la primera vez que lo decía.— Sid de Sidney. ¿Cierto? —contestó, por el mero placer de decirlo, excusa para volver a pronunciar el nombre y molestarla. Caminó acortando la poca distancia, lobo de nuevo, sabiéndola acorralada, mesita de noche detrás, y alzó una mano para apartar suavemente el mechón de pelo que, irrespetuoso, no le dejaba verla bien. —Me parece que todo lo contrario, me abriste la puerta de tu casa... y las piernas, ¿ya olvidaste las medias?Rotas. Del todo. Entre tú y yo, —murmuró para ella, en la breve distancia— creo que deberías reorganizar tus prioridades... es peligroso dormirse con extraños en casa. Y que lo hiciste por el alcohol. Tienes suerte de que fuese yo; pero no soy tu padre para darte lecciones—y sonrió, con matiz casi burlón en los ojos, dejándole espacio para tomar la goma del pelo y huír a la cocina — aunque hay quienes quieren que lo sea.
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por Sidney B. Graham el Vie 03 Ago 2018, 22:55
Entrecerró los ojos, no muy segura de si debía ofenderse por aquél espantoso inglés —cuando ella había estado hablando en un (pobre, pero) comprensible coreano— con el que se le dirigía, despacio y haciendo énfasis, como si no fuera a entenderlo de otro modo. Resopló. — Fuck, of course we aren't a couple! Are you still rotten or what? I will never date a whacker like you. —poco le importaba si lograba comprenderla o no, convencida de que el tono sería más que suficiente en lo que se dirigía al armario. Sí, el varón tenía razón, tenía un despertar fuerte. Daba pequeños saltitos para terminar de colarse el pantalón, anotando mentalmente que debía ir de compras una vez recibiera su salario, y no trató de ocultar en ningún momento cuán exasperada se hallaba ante la situación.

Pegasus, palabra sagrada en el vocabulario, letras que poseían aureolas y emanaban luz; para ella, un todo, y él demasiado insignificante como para pasar la vista gorda. — Sí, Pegasus. —fue un ladrido, orejas bien hacia arriba al oírlo chasquear y añadir. Dio pisotones en su dirección; primero, segundo, tercero. Aquél cuarto punto le ardía en la lengua, deseoso de salir petardeando hacia afuera, pero lo retuvo un instante, dando la vuelta sobre sí para hallarse acorralada en el hueco entre cama y pared. Le retiró un mechón, en un gesto tan suave que le erizó el vello de la nuca, pero apartó piel de un manotazo. — Cuarto: como vuelvas a decir a Pegasus sales de mi casa ahora. Sin zapatos, sin lo que sea. —Le sostuvo la mirada, más enojada que envalentonada, con aquellos ojos de resquicios (maquillaje, borrosos recuerdos de una espalda más cálida, sueño) que parecían hurgar en él.

Y aquél le salió por la tangente, los gemelos de ella rozando el mueble, disparate de discurso que con mucha egolatría pretendía hacerla trastabillar, más permaneció allí, sosteniendo las hebras sobre el cuello para atarlas con un coletero y, sonrisa de suficiencia, apartarlo con manos directas. — ¿Sales de un mal fanfic? —tenía mucho más por decirle, pero aquella lengua asiática parecía tener muy pocas formas de insultar a alguien y los australianos eran increíblemente creativos. Dio un rodeo a la cama, cuidado de no golpear a sus tres queridas plantas de cannabis. Put a sock in it, yobbo. —Salió del habitáculo, ojos persiguiendo el camino de prendas. Vio la camisa masculina cerca de la puerta, un par de botones saltados en el suelo y le dio una patada con uno de sus pies descalzos. Miró hacia atrás y se apresuró en colarse las zapatillas, saltando varias veces sobre la camisa para terminar de arrugarla y mancharla.

Sonrisa de suficiencia, pasó bajo el arco hasta la cocina, abriendo la puerta de la nevera y agachándose para sacar un cartón de leche de almendras, dando un buen sorbo —helada la garganta. Cerró el frigorífico con ayuda de las caderas y limpió el hilo blanco que había regado su barbilla. Volvió a palpar la teta por donde antes la había empujado; multitasking, tostadora rota, encendía el fuego para hacerse a la sartén unas tristes tostadas. Lo escuchó, crispada de nerviosismo al dar la vuelta, sosteniendo la sartén por el mango. — ¿Todavía sigues aquí?ah, con qué sonrisa de tirria lo contemplaba, lamentando que aquél polvo le hubiera salido rana. Para una vez que se proponía un one night stand...


(*) rotten = drunk.
whacker = dickhead, somebody with whom you have little patience.
put a sock in it = shut up.
yobbo = the loudmouth who likes the sound of his own voice, often troublemaker.

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por Min Dae Jeong el Sáb 04 Ago 2018, 16:18

Su nivel de inglés no eran tan avanzado como para entender el slang pero sin duda pudo sacar un contexto general que lo tuvo alzando las cejas con incredulidad. En su vida se había cruzado con chicas de mal carácter, pero aquella —salvaje, indómita— australiana, se llevaba el podio. ¿Cómo se las arreglaba para encontrarlas así? Comprendía un poco más a Yongguk, cuando le decía que él no buscaba a las lunáticas, si no que estas iban a él.

C̄hạn mị̀ s̄ncı kār dūlæ* —soltó, dejándolo estar, pues si aquello iba a ser un concurso por ver quien entendiese menos, bien podía sumar el tailandés a la ecuación. — You're not that pretty —mentía, por supuesto, pero quiso que al menos eso lo entendiese. Había despertado bruscamente, de por sí, pero había tratado de achacarlo a nervios de ella, las lagunas del alcohol haciéndole temer el que él, desconocido, la abordase por la noche. Disipada esa duda, su carácter no se había suavizado lo más mínimo. Si algo había hecho, era empeorar, y el idol comenzaba a sentir un impulso por marcharse antes de que la discusión llegara a puntos ridículos... ¿estaba intentando provocarle? ¿Era de la prensa a caso? No. No tenía pinta. Extranjera y con pésimo nivel de coreano.

¿Pegasus? No puedes prohibir el que diga la palabra, ni siquiera la tienen como marca registrada. —La siguió a la cocina, buscando su camisa, antes de dar con ella, en lamentable estado, frente a la puerta. La alzó por dos dedos, tratando de asimilar el como demonios iba a salir a la calle así, y al final negó, sonriendo, labios venenosos —Fuck you —espetó— really, you can go fuck yourself —insistió, pues al menos en lo que respectaba a insultos básicos, estaba bien servido en el idioma anglosajón. No hizo ningún acercamiento con ella, interés perdido, disipado, caído por el desagüe. Si alguna vez pensó en dejárselo caer de nuevo, el tratar de volver —ambos— a la cama, desechó la idea ahora, cansado y convencido de que aquello había sido un malgasto de noche. Loca. Está loca.

Me trajiste tu a casa —remarcó, antes de colocarse la camisa, abrochándose los botones que pudo. Sacudió las manchas con las manos, antes de desistir con ellas. —¿Despiertas a todos los tíos de la misma manera? —preguntó, tratando de hacer memoria en dónde había dejado el movil. Tanteó por los bolsillos del pantalón, y tras dar con él buscó el número del taxi. Se movía rápido ya, de camino a la puerta, dispuesto a cortar el burdo encuentro de raíz. —Háztelo mirar.



*fuck if i care = i don't give a damn
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por Sidney B. Graham el Dom 05 Ago 2018, 03:33
Pasmada, pestañeó varias veces al escuchar aquél nuevo idioma, pues no creía reconocer una sola palabra, tampoco lo había escuchado antes —como el japonés o el chino. Pensó que jugaba sucio, pues ella le había hablado en inglés —además, después de que él lo hiciera—, no en esperanto; incluso le dieron ganas de decir alguna frasecita en el ipidiopomapa que empleaba, cuando niña, para conversar insultos y secretos, pero rectificó a tiempo —boca entreabierta, mueca de protesta. Sus cejas se izaron, y no precisamente banderas blancas. Supuso que debía molestarse por aquello, pero no suscitó en ella más que una ligera risa; cuando se sacaban a colación temas relacionados con el físico, se perdía total credibilidad, se perdía en aquél (cualquiera que fuera) juego. No comprendió de mitad a final de la frase, pero sí prohibición, suficiente para el entendimiento general. Es mi casa. —decía, mientras caminaba, en un sinónimo del clásico mi casa mis normas. La vivienda no era del todo suya, aunque él no tenía por qué saber que la segunda inquilina dormía en otra de las habitaciones.

— Puedo prohibir a ti si quiero. —había bajado el tono de nuevo, sin importarle demasiado si este lograba oírla o no, alcanzando la cocina. El fuego se había prendido, los fogones antiguos desprendiendo un ligero olor a gas y, justo cuando iba a colocar la sartén sobre los mismos, escuchó de nuevo el inglés rugoso del ¿coreano? ya no estaba tan segura. Durante un instante, sintió satisfacción al verlo abrocharse aquella camisa echada a perder y maldecirla, y en lugar de responder, lo contempló con una amplia —aunque forzada— sonrisa. Las comisuras descendieron ante la impetuosa pregunta, pero tampoco respondió; no era de su incumbencia, ni le daría el gusto de oír que era al primer tío al que había llevado a casa en meses (el segundo desde que estaba en Seúl). Y en algún punto, quizás cuando el varón le dio la espalda y vislumbró con la claridad del día las manchas —líneas de la suela de sus zapatillas— en la espalda, el corazón se le tambaleó de empatía y, aún sartén en mano, avanzó a paso amplio antes de que fuera tarde —no queriendo quedar con aquél regusto tan culpable.

— ¡Espera! —casi bufaba, como si ella misma no creyera que estuviera alargando la mano para posarla en el hombro tenso de aquél, hundiendo los dedos en un agarre que exigía e imploraba, también, a medias. Colocó la sartén en su pecho en el instante en el que ralentizó el paso, la duda flotando silente en la forma que tenía de ladear el torso para encararla, y la muchacha marchó —sin mayor explicación o dilación— hacia la misma habitación de la que habían salido antes. Abrió el armario y rebuscó, en la sección de ropa cómoda y deportiva, alguna camisa ancha que pudiera estarle. Revolvió toda una pila, debido a la urgencia, y sostuvo la primera que vio lo suficiente ancha; era una camiseta de su padre —logo: festival de rock del 93.

Las yemas acariciaron la prenda, aquella una de las pocas pertenencias del padre —robadas— que había llevado consigo. Cuando se la ponía, para dormir o pasearse por la casa, se recordaba mucho más menuda envolviendo los brazos entorno a aquella misma camiseta. Salió de la habitación diciéndose que sólo era eso, una camiseta fea y vieja —y lo era, de hecho, hasta entonces jamás le había dado importancia—; tenía otras, también a su padre, ¿qué más daba? (pues que tenía que dársela a él: Mr. Guaperas alias El Imbécil). Sostuvo de nuevo su sartén, intercambiándola por la camiseta. Los ojos castaños rehusaban encontrar los del contrario, creyendo que si lo miraba se arrepentiría de tomar tal decisión. — Cierra despacio, sin ruido. —pidió, la última palabra la dijo a medias, mientras volteaba hacia el fuego prendido.


(*) ipidiopomapa = idioma inventado. se repite cada sílaba sustituyendo las consonantes de delante de la vocal por p, usando la misma vocal (o vocales) y añadiendo la(s) consonante(s) restante tras la vocal. por ejemplo, "hola, ¿cómo estás?" sería "hopolapa, ¿cópomopo espestáspás?
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por Min Dae Jeong el Dom 05 Ago 2018, 16:44
Hablaba escuetamente indicando al taxista donde recogerle, tras consultar su localización en el teléfono. No deseaba permanecer mucho más tiempo en la casa, seguro de que la situación solo podía ir a peor si seguía discutiendo con la chica. Dejó que el silencio se asentase, de espaldas a la australiana, a la par que se aseguraba de que el coche estaría abajo en unos minutos. No podía permitirse que lo vieran muchas personas, menos aún que lo reconocieran, pues eso solo traería más problemas a la empresa, y si bien nadie aún había sabido de sus pequeños líos de faldas, esta vez ni Yongguk podría salvarle. No se hallaba en la ciudad.

Buscó la mascarilla en el bolsillo de su chaqueta, colocándosela en una de las orejas y se caló la gorra, a sabiendas de que esa estrategia era archiconocida por los paparazzis. Muchas veces era cuestión de suerte, que no se hallaran por allí, que no lo reconocieran de buenas a primeras. No le importó el que sus gestos se antojaran extraños, pues no iba a darle explicaciones a la occidental —proyecto de femme fatale indecisa— que le había arrastrado a su cama y cerrado las piernas después.

El tailandés suspiró, sopesando sus posibilidades de salir entero de aquello, y tratando de idear mil excusas con tal de calmar a manager y superiores, caminó un poco de un lado a otro. Fue interrumpido, momentáneamente por la mano cuidadosa de la contraria, que si bien Dae estuvo a punto de zafar, consiguió detenerle.

"Espera."

Su vista cambió persiguiendo a la morena por la sala, desapareciendo en una de las habitaciones, y el idol no se movió, pese a que tuviese sus dudas acerca de estar allí. Más extraño aún, quedó sosteniendo la sartén de cocina, como si se dispusiera, en aquel instante, a preparar en el aire unas verduras salteadas. —¿Qué pasa? —se atrevió a preguntar, el enfado menguando a confusión, y tras eso a sorpresa, al ver volver a la chica con la camiseta en la mano. ¿Acababa de...? Sostuvo la prenda, ojeándola un instante, y tras observar que, en efecto, le vendría, devolvió la sartén a Sidney, retirándose la camisa. No tuvo mucho pudor en ese sentido, habiendo despertado casi desnudo, sus manos aún lamentando no haber tenido más de ella. Quedaban como dos extraños despidiéndose antes de presentarse del todo, final cuanto más insatisfactorio para, sin él saberlo, ambas partes. Dae se colocó la camiseta, arreglándose mínimamente frente a un espejo, y tras eso se giró, llamándola un momento, nombre ardiendo en los labios, agridulce —Sid, ¿podrías tirar esto? —mencionó, ajeno a donde se encontraría la papelera, y tras eso caminó, a la salida, sus manos rozando el pomo, girándolo. —Thanks —mencionó, una pierna dentro del apartamento, la otra huyendo ya hacia el exterior.  Cause it couldn't get any more awkward. Salió del todo, manos cerrando la puerta, quedando solo en el rellano y acabando de afianzar, por paranoia, la mascarilla del rostro. —Ok... —musitó para si, en ademán tranquilizador a la par que desviaba la vista a las escaleras. Tras la llamada puntual del taxista, giró sobre sus talones, abandonando el piso y apresurándose, a riesgo de jugársela más, a salir del edificio.


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