chillin in the pool – haru
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HWAN TAE JOON
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chillin in the pool – haru

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por Nakai Kenta el Miér 30 Mayo 2018, 03:48

31 de Mayo, 21 hs.
Hotel en Tokyo, Japón.

El concepto de Kenta de relajarse en un hotel con piscina, distaba mucho de lo que uno normalmente haría. En vez de disfrutar de aquel natatorio cerrado para los huéspedes, el japonés optó por recostarse en una reposera, sostener un libro en manos y ocultar su rostro detrás del mismo, en una larga y silenciosa lectura. La camiseta de Joy Division y el aspecto desinteresado a todo lo que le rodeaba, le daba el típico aspecto de adolescente que había sido llevado a la fuerza a vacacionar con sus padres. Sin embargo, estaba lejos de estar pasándola mal. Por el contrario, disfrutaba y mucho de aquellos pequeños ratos de relax, luego de una agenda tan complicada con promociones por el comeback.

Pasó una página, terminando así un capítulo y estiró sus piernas y brazos, descansando un poco la vista de la lectura, y su brazo cayó perezosamente al costado, sosteniendo el libro. Sus ojos se cerraron brevemente, luchando contra el sueño. Si bien eran sólo las nueve de la noche, sentía como si eran las dos de la madrugada. Moría de sueño.

Bostezó y recorrió el lugar con la mirada. ¿En dónde estaba Haru y Takeshi? Se suponía que deberían haber estado allí con él por lo menos hace veinte minutos atrás. En su mente pensó que al menos así sería mejor. Aún no había tenido muchas oportunidades de charlar con Haru sobre él tema y por algún motivo, le daba nerviosismo tocar el asunto. Su timidez prefería ignorar esas cosas y simplemente naturalizarlas. – Mmm – suspiró y volvió a alzar perezosamente el libro a su rostro y continuar la lectura. Un clásico de Salinger.
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por Matsuoka Haru el Miér 30 Mayo 2018, 08:30

El hotel era gigantesco y, en los días allí, aún no habían tenido tiempo de explorarlo. Aquél jueves, habían terminado el día algo más temprano de lo habitual y Takeshi, con tantas ganas de relajarse —y divertirse— como ellos, había permitido que disfrutaran un poco de las instalaciones en lugar de regresar de inmediato a las habitaciones. Kenta había decidido quedarse leyendo, aburrido como él solo, pero los Matsuoka llevaban sangre infante que los mantenía al pie del cañón pese al cansancio, bajando por el tobogán acuático de una piscina infantil —habían tenido que batallar con todo lo que tenían para que los socorristas les permitieran bajar por aquél una única vez, pero el esfuerzo (y la súplica) había merecido la pena—, brazos en alto y los gritos haciéndose eco en los techos.

Por el borde de la piscina, Haru subía las gafas sobre el flequillo desaliñado y asentía al hermano, que decía que había llegado el momento —tras probar cada jacuzzi y piscina, incluso después de haber participado en una clase de aquagym— de pasar por la sauna y regresar a la habitación; no tardéis, advertía y Haru asentía, aunque pensaba, de aquí no me sacan hasta que me haya convertido en una pasa. Haru se zambulló en la piscina cercana, de cítricos, en la que flotaban naranjas y pomelos cortados; marchó de allí, en busca de Kenta, con pulpa enredada entre las hebras. De camino, apretó el ligero relleno de la parte superior de su bañador, dejando que saliera el agua de allí y percatándose de los pezones frioleros y obvios, exhalando un suspiro de queja en lo que dejaba un camino de charcos hasta la recepción del spa, donde pedía camiseta —de varón, indicó, la más grande— y toalla. Regresó con el chasquido de los crocs recién adquiridos, también, el cabello empapado y lánguido, las gafas en el cuello y la marca de las mismas alrededor de los ojos, toalla echada al hombro y camiseta por los muslos —el bañador mojado calando la forma en la tela, aunque sin pezones que pudieran hacer del encuentro con Kenta algo más incómodo de lo que, removiéndose, aventuraba sería.

No habían hablado de lo ocurrido y, la verdad, Haru comenzaba a pensar que se había tratado únicamente de un gesto por reconciliación, quizás incluso obligado por propia culpa. Al llegar, lo halló en la misma posición; ¿cuántos capítulos le habría dado tiempo a leer? Se acercó, echándose el cabello hacia a un lado, tomando asiento en la tumbona contigua a la de Kenta en lo que los dedos lo desenredaban de forma distraída —la pulpa quedando entre las falanges, pero trozos de la misma aún perduraban en la raíz. — Tak fue a la sauna. Hemos estado en la de olas, en los toboganes y en una clase de aquagym con ancianitas. —informó, del tirón, ocultando el nerviosismo. No podía evitar reseguir con suavidad las líneas de su rostro —mirada, pestañas— y anhelar tocarlo. La piel de los brazos se había secado y se le escamaba, despellejada, cayendo al regazo de piernas cruzadas, dejándole unos sarpullidos en rojo que hicieron de su boca una mueca de confusión y asco, tan pronto bajó los brazos. — ¿Uh? —había alerta, arañándoselas por el escozor. El cloro, durante tanto tiempo y abrasándole la piel sensible, la habían resecado a aquél extremo. — ¿Kenta? —los ojos lo buscaron gritando a.y.u.d.a.— ¿Tengo la lepra?
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por Nakai Kenta el Jue 31 Mayo 2018, 03:17
A pesar de escuchar la voz de Haru hablándole directamente a él, con la información de que Takeshi no estaba allí entre ellos, no despegó la mirada del libro, ni tampoco respondió. Fingió estar sumamente concentrado en la lectura pero nada más lejos de la realidad. Si tenía que ser sincero, acababa de leer unas tres veces la misma línea mientras la oía a hablar y se sentía un poco -bastante- ridículo. Y eso era porque no estaba acostumbrado -ni era propenso- a ser la clase de persona que se dejaba intimidar ni mucho menos ponerse nervioso por nada. Sin embargo, el corazón le latía de forma desbocada. ¿Debería enfrentarla? ¿Podemos hablar de...¿Lepra? – bajó lentamente el libro, encontrándose primero con la imagen de las blanquecinas piernas de Haru, apartando rápidamente la mirada a su rostro, cohibido. ¿Por qué actuaba como un quinceañero?

Tienes la piel muy sensible. Ya iba yo a decirte que no estuvieras tanto tiempo metida en la piscina – Dejó el libro a un lado y se acercó a ella, sentándose a su lado. – Deja de rascarte, sólo lo empeorarás – tomó delicadamente su brazo y lo contempló varios segundos. – El cloro te genera la picazón. Tendremos que estar atentos a que no empeore y no te de dermatitis. No vuelvas a meterte por un tiempo a la piscina y estarás bien – la soltó y contempló su rostro. Algunas gotitas caían graciosamente por sus mejillas a causa del flequillo mojado. – No queremos terminar en el hospital con corticoides – alzó su mano a la cabeza de Haru, en plan se buena chica y la dejó posada allí. – no sé de donde sacas tanta energía para hacer todo lo que hiciste con Tak. Yo estoy molido – la soltó y suspiró de forma agotada. – ¿Qué tal si vamos a acostarnos?Error, alerta, no, no, no. Abortar misión.a dormir, yo con Tak, tu con...¿Qué? Aghhh. Quería golpearse la cabeza con el libro. ¿Por qué tantas aclaraciones sin sentido y que solo lo empeoraban más? – Lo que quiero decir es si no deseas ir a descansar ya
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por Matsuoka Haru el Vie 08 Jun 2018, 07:44

— No he estado tanto tiempo... —reprochaba, la voz una octava más aguda y el labio inferior sobresaliendo ligeramente, como una total y completa infante. Si por Haru fuera, pasaría el día entero en los toboganes y en las clases de aquagym con las abuelitas, Takeshi y Kenta: era increíblemente divertido. Pero el varón tenía razón y, mientras sostenía con extremada delicadeza su brazo, Haru no miraba aquél sarpullido enrojecido, sino el rostro de aquél, permitiéndose admirarlo tan cerca por primera vez en aquellos días —en los que su mirada se había apartado al encontrarse con sus ojos, cohibida como si este pudiera asomarse a su mente y leerse de aquella forma los pensamientos. Kenta sólo estaba hablando de cloro, picazón y dermatitis, pero los rasgados ojos de la japonesa se volvían brillosos como si estuviera dedicándole un soneto y, la verdad, cuando se dio cuenta de aquello se sintió tan ridícula que se quiso morir.

La mano de Kenta se apoyó sobre su cabello y ella, ojos cerrados y corazón veloz, como si hubiera temido, abría lentamente los ojos con una cálida sensación apoderándose de su cuerpo al completo. Los ojos oscuros se posaron en los del muchacho, un sencillo coraje, queriendo —con aquellos ojos de Luna— que realmente pudiera comprenderle así el pensamiento, responderle a aquella incógnita que la había atormentado: el beso, ¿había significado para él lo mismo que para ella? Acostarnos, dijo. De golpe parecieron saltarle todas las alarmas y sufrir varios cortocircuitos, y aunque a Haru se le encargolaban los dedos de los pies, lo siguió contemplando de forma bastante impasible —tragándose la risa histérica que pudo haberle estallado. — Sí, vale, sí. —No tenía sueño. Tampoco quería dormir. Deseaba subir a la habitación, decirle quédate, hablar con él hasta quedar dormida sobre su pecho. Los ojos se le opacaron con cierta tristeza, ideas erróneas de él y su sentir, poniéndose de pie, dándose golpecitos en las ronchas —en lugar de rascarse— que le picaban de mala manera.
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por Nakai Kenta el Sáb 09 Jun 2018, 07:35
Bien, pues regresemos ya – Haru fue la primera en levantarse y a su vez, en dejarle con las palabras atragantadas. El cuerpo inmóvil y los labios entreabiertos, a mitad de camino de soltar la incógnita a la que tantas vueltas le había dado. Si no se apresuraba, cabía la posibilidad de que todo quedase en la nada. Si no se apresuraba a hablar, existía la remota posibilidad de perderle de esa forma. Si no alzaba su voz, se quedaría en duda para siempre. Y no quería nada de eso. Por eso se armó de valor para ponerse de pie, cerrar su libro y avanzar tras ella con cierta urgencia. – Haru – la llamó. Su nombre siempre le había sentado bonito en sus labios. Haru, antes Harumi-San y hasta incluso Matsuoka-San. – Espera – su mano se cerró gentilmente en torno a su muñeca, atrayéndola, devolviéndola a él.

Le hubiera gustado estrecharla en un abrazo o atrapar su rostro en sus manos, sin embargo, se mostró serio, y calmo. Necesitaba acomodar sus ideas. La había llamado sin pensar y ahora no sabía cómo empezar. – Necesito que hablemos sobre algo...Precisamente, sobre la otra noche – miró a sus alrededores. Había gente allí. Personas que quizás no les conocían y poco les importaban sus dramas. – Creo que no debería volver a repetirse – respiró hondo y prosiguió, eligiendo cuidadosamente las palabras. – No al menos en público – una sonrisa trémula, cómplice. Los dedos que se estiraban hasta acariciar el dorso de su mano de forma disimulada, secreta. – Realmente no sé como te sientes al respecto. Le he dado muchas vueltas y no quise tocar el tema, ni mucho menos distraernos innecesariamente – Ante todo, seguía siendo el líder del grupo y deseó que ambos enfocasen sus energías en dar lo mejor de sí en Japón. – Pero creo que debes saber o intuirlo ya...Que me gustas. Que te quiero.Cómo me siento – concluyó, agachando la mirada a ella. – Y eso no quiere decir que vaya a interferir de alguna forma con el grupo, ¿de acuerdo? – Con eso, le daba a entender que sin importar si había sido algo de una sola noche y nada más, no traspasaría la problemática al grupo. – Sólo...Quería que lo sepas, ¿vale? – asintió para si mismo con la cabeza y luego miró por encima del hombro de ella, vigilando que ni Tak o alguien más los pillara en esa conversación. – Podemos hablarlo luego, no te preocupes, no es urgente – le aseguró, volviendo la vista distraídamente a ella. – no necesito que me respondas nada...Creo.
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por Matsuoka Haru el Sáb 09 Jun 2018, 08:24

Uno: el nombre. Una acaricia al corazón de tonta tristeza, un mimo que le avivó el amor y la hizo detener el paso, el cuerpo obedeciendo sin pero o incógnita —suyo. Dos: la súplica, la gentil forma de aferrarla a contra huida y devolverla al origen —Él. No podía aguardar más, la necesidad por conocer de lo recíproco la estaba enloqueciendo y los ojos lo miraban entonces con desespero, el cálido tacto de sus falanges entorno a su piel la estrangulaban no manos, sino garganta; se le murieron todas las bromas, todas las palabras sencillas o suaves —nada salió. Tres: la mención. Los ojos relampaguearon tormenta, el recuerdo arañándole la entereza, doblándole la postura con la agitación de aquél llanto que sosegaron con las bocas. Se maldecía, por haberlo pedido; no haber contenido aquella urgente lengua suya. Se maldecía, por haber iniciado algo que entonces no sabía cómo proseguir —tampoco acabar (oh, acabar parecía una muerte menuda y sin eternidad, pero la guadaña seguía siendo —la sangre brotaría de igual forma); no, no deseaba zanjar nada, oírle el discurso sin ensayo que la arrojaría al felpudo, al porche, al nunca debiste abrazarme hogar—. Pero lo que más maldecía era aquello que, incipiente, replicaba: no maldigo ni arrepiento, pues el beso me salvó.

Cuatro: no debería repetirse. La boca se le despegó como en una bofetada y de esta brotó un tremebundo sonido, pesadillesco. y los dedos se apretaron, nudillos de hueso blanquecino que el otro no podía verle. Volvía a hablar pero Haru no lo miraba a él, los ojos habían descendido a la camiseta estampada. El anhelo porque aquél latido siguiera sus pasos, qué absurdo por su parte. Cinco: cómo me siento. Comprendió, solo que no lo hizo. Haru creía de aquello algo surgido de la necesidad por parte del varón por enmendar la situación, único e irrepetible, y cuando este le sonreía con aquella complicidad, la japonesa era atravesada por un terror veloz. Aquella voz, como una mano tendida, ofrecía a su necio oído un contrato sin redactar de besos a oscuras —quizás, para colmarse los temblores—, sin garantías de amor o permanencia a largo plazo. (Lo aceptó, lo aceptó, lo aceptó. Porque era mejor que perderlo. Era mejor que no volver a besarlo). Seis: interferir. Interfería como cacofonías fantasmas en una señal de radio, toda su anatomía estaba sumida en el ruido de la desconexión y aún no hallaba voz con la que responderle. Siete: luego. Prometía después, prometía más tarde, pero el corazón no podía aguantar la respiración bajo el agua. (Ocho, nueve, diez, once, días habían transcurrido ya).

Cuando se puso de puntillas, sus crocs replicaron agua y ventosa: los labios ejercieron dulce presión en la boca del muchacho —su miedo no eran ojos, sino el rechazo. Los talones volvieron al suelo, la respiración alterada como si hubiera regresado de una maratón: había estado reteniendo el aliento todo el tiempo, inconsciente. Las uñas débiles se le clavaban en las palmas y los hombros se habían inclinado hacia adelante, clavículas hundidas bajo la ropa. No podía mirarlo, agachó el rostro y las hebras húmedas se apiñaron frente a este. — Me preocupo. —la voz baja, extraña— Es urgente. Interfiere, distrae.No le quites importancia, para mí la tiene: estoy perdidamente enamorada de ti.
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por Nakai Kenta el Lun 11 Jun 2018, 00:06
No esperó que quebrantara su pedido de forma tan veloz, alzándose de puntillas de pie y dejándole un beso en sus labios. Un pequeño rastro y muestra de que todo era recíproco. Rió y negó con la cabeza a modo de reproche. – Eres increíblemente irreverente – más sin embargo agradecía su gesto, aquel que había extrañado y hubiera gustado extender, pero no podía. – De acuerdo, sólo déjame pensar en algo – Si quería hablarlo, lo harían en ese preciso momento, pero en un lugar menos concurrido. – Creo que lo tengo, vamos – le hizo una seña para que lo siguiera y salieron hacia los pasillos, los cuales ya hacían desolados.

Kenta miraba de un lado a otro, intentando recordar dónde era que había visto esa puerta que señalaba en un cartel: Restringido. Sólo personal de limpieza hasta que al doblar un pasillo, encontró el lugar. Sabía que estaba mal, que era una idea tonta, que había cientos de otros lugares, pero no estaban con demasiado tiempo encima y se supone que no podían salir a ningún lado esa noche. Entonces a situaciones desesperadas, se requieren soluciones igual de desesperadas. – No me mires raro – Abrió la puerta y tiró de su mano, entrando ambos en un cuartito repleto de productos de limpieza, escobas y un carrito. Cerró tras de si con dificultad y al moverse, derribó unos cuantos baldes, causando bastante ruido.

La miró con culpa y respiró hondo. – Lo siento – Movió a Haru para dejar de encoger su cuerpo por debajo de la repisa de productos de limpieza y procuró no moverse demasiado y terminar causando más caos. – Como te decía, no podemos dejar que sea muy evidente. No puedo permitirme cagarla de ninguna forma y lo sabes. Tengo mucho en juego – Sabía que ni tenía que repetírselo, pero necesitaba explicarse. – Con esto me refiero a que si me notas esquivo o que no te presto mucha atención, no es porque no me interesas. Sólo estoy haciendo buen uso de mi fuerza de voluntad para no meternos en problemas – ya sintiéndose bastante débil y rendido, terminó por alzar sus manos a la cintura de Haru, hasta envolverla en un abrazo, acercándola más a él. – Sólo no me lo hagas difícil – le suplicó, en un tono de voz bajo.
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por Matsuoka Haru el Mar 12 Jun 2018, 06:58

Lo siguió, como lo hubiera seguido a cualquier parte. Los dedos pellizcando la tela de la camiseta, por tal de aferrarse y no perderlo entre los ocasionales turistas que divagaban por los pasillos del hotel, dirección a la zona de piscinas y relax de dónde ellos marchaban, metiéndose en un reducido habitáculo sin luz que olía a químicos. Varón tiró de su mano y se adentraron entre estanterías metálicas, tintineando filosas al roce y escupiendo al suelo varios productos allí apilados, haciendo que Haru se encogiera —por el ruido, por tal estrecho lugar en dónde hablarle (aliento sobre las pecas de la boca), por toda aquella confusión que le daba vueltas y la arrojaba al pensar que Kenta nada más la quería beso y cerca, pieles fugaces que no irrumpieran jamás en su carrera y futuro—; disculpa, Haru quiso instarle a que no hiciera aquello —disculparse—, que en lugar de eso hablara de todo lo que le estrangulaba el corazón pues, junto a la piscina, había reído de su preocupación y la había culpado irreverente.

Despegó la mano, engullida por la oscuridad y el perfume asfixiante de los detergentes, intuyendo el movimiento pausado de la boca que le escuchaba, a cada palabra un pisotón al amor y autoestima. Y las falanges contrarias acariciaron cintura, a ella la piel se le erizó en miedo, las manos le fueron al pecho en urgencia de empuje pero Kenta deslizó las extremidades hasta abrazarla, aprisionándole aquellas —las manos, brazos de piel herida— entre ambos pechos, el rostro femenino alzándose para contemplarlo, rozándose con su barbilla. — ¿Difícil? —susurró. Su cabecita no podía comprender nada, la dirección de su explicación o los por qués. Cuando su torso se inclinaba hacia atrás, doblándose en la forma de una incógnita, el ligero movimiento hacía que las estanterías se sacudieran y vertieran sobre los tortolitos varios botes, resonando en las cabezas de los japoneses.

Se quejó, la diestra llevándola a lo alto del cabello húmedo, quedando por fuera del enlace de sus anatomías y aprovechó ese instante para desasirse, un par de botellas cayendo a sus pies. — ¿Por qué... me has traído aquí? No entiendo nada, yo —qué mecanismo de defensa tan burdo, el que alzaba corazas ante el terror de verse quebrada, diciendo con orgullo y no su propia voz:— no —ah, no... no, no, no, cuando todo eran sís, eran más, eran por favor, quiéreme también—más a salvo, menos muerte— lo que siento. —Lo miraba con los orbes oscuros brillantes, no deseando ser la única escaldada en todo aquello, pero imperando aún la necesidad de oírle un "yo sí (lo tengo claro)". ¿Por qué la obligaba al secretismo y la empujaba al interior de un escobero? Rascaba inconsciente el sarpullido en su piel, este cada vez más caliente, y sus ojos se llenaban de lágrimas.
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por Nakai Kenta el Miér 13 Jun 2018, 03:46
Respiraba, algo se caía. Movía su brazo, derribaba un producto de limpieza. Se hacía a un lado y chocaba con un estante. Sin saberlo, se había metido en una trampa mortal y lo único que podía hacer ahora era tragarse sus insultos e intentar enfocarse en Haru. La arrimó con cuidado al otro extremo del pequeño cuarto para resguardarla de cualquier cosa que pudiera caer sobre ellos y asintió quedamente con la cabeza ante su incógnita. – Sí, difícil – Repitió. ¿Qué tan difícil le era comprender que era débil y no sería sencillo ignorarla sin sentirse un poco mal por hacerlo?

A ojos de Kenta, todo era una obviedad y daba por supuesto que Haru comprendía los por qué y los cómo de la situación. Cuán equivocado estaba. Pero no lo intuyó en absoluto y la miró con notable confusión al oír lo que se desprendía de sus labios. Yo no sé lo que siento. Una frase tan sencilla pero igual de poderosa para desmoronar el  entusiasmo que parecía haber contenido. Los brazos cayéndole, desprendiéndose de ella hasta regresar al costado de su cuerpo. Vaya. Después de todo, era él quién estaba dándole más importancia al asunto de lo que realmente debía, cuando Haru ni siquiera podía poner en palabras qué sentía, ni mucho menos, parecía estar segura de sentir algo.

¿Mero impulso de una noche? ¿Simple diversión adolescente? ¿Morbo por besar a su compañero de grupo? ¿Deseo por lo prohibido? – Entonces...¿Por qué me has pedido que te besara? ¿Y por qué lo has hecho recién? – ...Entonces, si no sabes lo que sientes, descuida. Le estoy dando más importancia de la que debería – musitó, apartando la vista. – Nada es urgente, no tiene importancia, ni mucho menos distrae – le devolvió sus palabras con tono apacible y una sonrisa amable. – Puedes seguir haciendo lo que sea que se te antoje hacer conmigo. No me molesta ni lo impediré – sentenció finalmente, de forma más seca de lo que realmente esperaba. No quiso sonar así, pero estaba ligeramente molesto y confundido.
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por Matsuoka Haru el Jue 19 Jul 2018, 14:09

Vio el impacto de sus palabras, el castillo de naipes que se venía abajo y, tan pronto ocurrió, se arrepintió de su estrategia. ¿De qué forma lo arreglaría? ¿cómo podía retractarse sin ofrecer sus sentimientos en bandeja de plata? Corazón trotaba en exigencia de déjame ir con él, pero la pecosa temía que pudiera asfixiarle lo incondicional en rincones como aquél: a oscuras, a solas —los dedos, enrojecidos, temblaban cuando retorcía la tela de la ancha camiseta. El olor a detergentes y cloro la mareaba, si intentaba echar el pie atrás, las estanterías temblaban de forma amenazadora y resonaba el plástico de algún producto al caer, así que estaba atrapada entre estanterías y él; la puerta a las espaldas del varón.

Debía quedarse allí, contemplarle aquella sonrisa estampada con hipocresía, postura calmada y valiente, distante —ajena, como si no sintiera ganas de arrancarle aquella boca, aquella puta sonrisa, y arrojarla al suelo. Susurró:— No sonrías. —reverberaba la desazón. Porque él, visiblemente afectado, se hería y la hería en palabras despreocupadas, en insinuación de. No qué, quién (porque no ella). — ¿Puedo seguir...? —empezó un susurro, aquél como un paso hacia adelante, pero el repetir sus mismas palabras se le atravesó de tal forma que no pudo continuar. Ladeó el rostro, la sorpresa y el daño como neblina en sus orbes oscuros, el cinismo entre ambos tan extraño en su relación. — ¿Qué estás...? No soy así. —no había seguridad, era un balbuceo frágil— No soy así. —repitió, mayor volumen, ninguna determinación.

— Has sido tú —culpó. El llanto afloraba con tanta sencillez cuando se trataba de él —lo odiaba, lo odiaba: la vulnerabilidad a media discusión, la losa que le impedía alzar la voz y ensordecerlos a ambos en aquél diminuto habitáculo—, sin embargo, aquella vez perduró acongojado en la garganta. Haru no se atrevía a tocarlo, tampoco a moverse. Estaba enojada porque nada de aquello ella deseaba, porque en lugar de afianzarle el amor, zarandeaba el nosotros como si nada. Como si nada. No sé qué estás diciendo, no... ¿no es importante? No te entiendo. Me coges de la mano, me arropas cuando hace frío o tengo miedo o estoy cansada, me besas la frente, me abrazas mientras vemos una peli, me dejas entrar a tu habitación cada noche... ¡Kenta! —el ceño se le había fruncido a media retahíla, el nombre se espetó sin cautela, sin pausar para alargar las vocales, de aquella forma dulce con la que siempre se le refería; aquella vez, el nombre se espetó sin cuidado ni paciencia, con cierta violencia— ¡Eres un imbécil! —lo empujó a un lado, hacia una de las estanterías, alcanzando el pomo de la puerta. El metal caía junto a los botes y él, no se detuvo. Salió con un ahogo al pasillo iluminado, la toalla se le cayó del hombro y las crocs, empapadas, rechinaron en el camino, haciéndola tropezar. En algún punto, las saltó y prosiguió su huida a pies descalzos; puños apartaban lágrimas.
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por Nakai Kenta el Dom 22 Jul 2018, 22:41
Días atrás, su cabeza había tergiversado diferentes escenarios de lo que sería aquella conversación. Cada uno de dichos escenarios totalmente erróneos a la realidad con la que se estaba enfrentando. El entorno le era foráneo y confuso, sin embargo la sonrisa que adornaba su rostro no se desvaneció. Una máscara algo hipócrita de lo que en verdad sentía. Una vez más se coronaba como el rey de las evasivas. Supuso que si simplemente no le daba importancia, Haru no se asustaría y no se encontraría bajo presión. Lo último que necesitaba era eso, que actuara y siguiera sus instintos únicamente por temor a lastimarlo o que tuviera pena por él. No quería que lo viesen con pena, ya estaba harto de esa mirada por cada vez que se topaba con alguien que conocía su historia. La condescendencia que usaban todos para con él, la detestaba y lo desgastaba.

Pero la mirada de Harumi no emanaba pena, ni lástima. En ella refulgía el enojo, el reproche.

Imbécil.

Las palabras le abofetearon tan rápido como Haru saliendo con prisa del refugio improvisado. Kenta cerró los ojos y soltó todo el aire que estaba conteniendo. Demoró unos cuantos minutos en hilar sus frases, reconstruir el por qué de ellas y terminar de entender en cierta forma qué cosas pasaban por la cabeza de la niña ofuscada y chasqueó la lengua por ser tan, pero tan lento. Entonces, sólo así, iluminado por su nueva revelación intentando entender su corazón, decidió salir a buscarle.

Recorrió los pasillos, el lobby, el exterior y no había rastro de ella. Incluso se encontró con Takeshi en el camino, respondiendo con una sonrisa forzada un “ha ido a ducharse”, cuando en verdad no tenía la menor idea de dónde podría estar y comenzaba a ponerle los nervios de punta, porque consideraba era su culpa por la falta de tacto que tuvo. Hasta incluso había apagado su teléfono. ¿Qué tan obstinada podía ser? Pensó entonces que lo mejor sería instalarse en la puerta de sus habitaciones y aguardar pacientemente a que volviera, porque eventualmente tendría que hacerlo y enfrentarlo. No debe haber ido muy lejos. Quiso convencerse de ello, conforme regresaba a su habitación, con la mirada algo perdida en el piso, alzando la vista sólo cuando estaba a mitad de camino. Notó entonces a Haru, sola, fuera de la habitación. Inconscientemente, volvió a respirar con normalidad y el alma le volvió al cuerpo. Estaba allí. Lejana y algo distante, pero presente.

Haru ¿te sientes bien? – Porque se encontraba quieta junto a la puerta y no parecía tener intenciones de entrar o al menos había algo que la bloqueaba a hacerlo. – Me has hecho recorrer prácticamente todo el hotel – Porque siempre iría tras ella. Acortó las distancias, se quedó a su lado y recargó el costado de su cuerpo contra la pared, descansando también su cabeza allí. – A veces me cuesta seguirte el rastro – En todo sentido de la palabra, y esperaba lograra entender entre líneas.

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por Matsuoka Haru el Miér 08 Ago 2018, 04:06
El hotel estaba plagado de clientes y, a su carrera, la miraban. Sentía el peso —de sus actos, de sus palabras, de sí— cernirse sobre ella a cada pisada, plantas descalzas que se tiñeron de un gris sucio para cuando alcanzó aquel, único recoveco alejado de orbes interrogantes, hundiendo la cabeza entre ambas rodillas. Las lágrimas rodaban obcecadas, el pecho moviéndose peligrosamente y su mano allí. Cerró los ojos y se obligó a pensar en tres cosas que pudiera tocar, oler, ver. La ansiedad no se disparó; bala en cámara, recargo.  Lo había llamado imbécil, pero. — La única imbécil soy yo. —comprendió, un susurro que le lamió la piel desnuda de las piernas, perfumadas en cloro. Sus uñas arañando la piel enrojecida de los brazos, frente se golpeaba con torpeza sobre las rodillas, maldiciéndose por aquél impulso que le había dejado los pómulos encharcados.

Y cuando quiso regresar, mejillas secas y corazón hambriento, se dijo evitaría a Kenta y la explicación hasta que supiera qué decir. En su habitación, pensó, podría ensayar discursos para el día próximo, sin embargo, frente a la puerta, recordó que todo lo había dejado junto al hermano —incluida la llave, elegante tarjeta. Sus ojos, nerviosos, se movieron hacia la puerta contigua, alargando la mano como si verdaderamente tuviera el coraje de llamar, encarar a aquél para pedir una llave, en lugar de su perdón. Fue cuando escuchó, tras ella, un suspiro de pesar —o solo alivio—; Haru supo que era Kenta y no se giró. Bajó la mano tímida y dejó que el varón avanzara, cuerpo lánguido que se apoyó distendido en el trozo de pared de ambas puertas. El nombre de dos sílabas, colgando de su boca rasgada, aceleró el corazón de la nombrada un tanto; necesidad de detenerlo al colocar la mano en el pecho, pero no haciéndolo por vergüenza, mirando aún más allá, mortificada.

Entendió, claro entendió, cuando por fin lo miró, allá, bajo la luz amarilla del pasillo, los ojos rasgados mirándola con un velo de ternura y, bajo el mismo, algo que no pudo descifrar, pensó que a ella, a menudo, le costaba también seguirle el rastro. Aquella distancia le quemaba, pero acortarla sugería tanto que Haru tragó saliva en grueso, mano subiendo por el brazo herido, pies desnudos que cambiaban el peso con inquietud, subiendo uno sobre el otro. Lenguaje corporal le gritaba un, en llano, sólo sé que no sé nada. — Perdón. —murmuró, una sonrisa de incomodidad como si se refiriera sólo a aquello: haber provocado la búsqueda. Pero aquello era, precisamente, por lo que no quería pedir perdón. Lo había llamado imbécil y había salido corriendo, lo había arrojado a las estanterías y detergentes y, aún así, él la había buscado. — No tengo la llave y... estoy... estoy cansada. —o quizás debería decir que sólo le apetecía hundir rostro en almohadón y fingir nada había sucedido.
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por Nakai Kenta el Jue 09 Ago 2018, 03:18
No lo hagas – su tono de voz fue suplicante, una mueca incómoda de por medio y los labios que se apretaban conforme su perdón replicaba sin cesar en su mente. Más aún cuando de los dos, sentía que él era el más culpable de varios males que los aquejaban. – Debería ser yo el que pida perdónn. Por llevar terriblemente mal las cosas y realmente lo siento – Quería y deseaba hablarle, volver a cero, explicarle, darle la interpretación correcta de sus sentimientos pero una vez más la ansiedad le ganaba y quería abarcarlo todo a la vez, terminando por no saber con exactitud por dónde empezar. – ¿No traes tus llaves? – Un inconveniente que no había contemplado y si deseaba un poco de privacidad, sólo la habitación de Haru podría proporcionarles aquella confidencialidad, por lo que tendría que buscarlas por su cuenta. – Dame un segundo

Sopesó la decisión, pensó cuidadosamente qué palabras iba a elegir, y caminó al interior de la habitación que compartía con Takeshi. El manager perdido en un manga y Kenta le miró de reojo, yendo en dirección a una pequeña mesita donde apoyaban varias pertenencias, entre ellas, las dichosas llaves. – Haru las olvidó – Mencionó y no obtuvo respuesta. – Saldremos a cenar, ¿quieres venir? – Kamikaze. ¿Y si decía que sí? Todo estaría arruinado en cuestión de segundos. – ¿Vienes? – el manga se bajó lentamente, las miradas se cruzaron y Kenta le sostuvo el contacto con toda la naturalidad posible. ¿Intuición? Tal vez. Pero podría jurar que Takeshi había respondido no a propósito, dejándolo ser, abandonando una vez más la habitación para ir al encuentro de Haru.

Alzó ante sus ojos las llaves y no perdió tiempo en ir a abrir la puerta de su habitación. – Deberíamos hablar...Nuevamente – suspiró y abrió la habitación, dejándola pasar y cerrándola tras él cuando ambos estuvieron resguardados una vez más entre cuatro paredes, ésta vez sin productos de limpieza, ni escobas. En su lugar, un lecho, el cual ignoró porque sus ojos estaban enfocados en ella y en las mejillas rosadas quizás por el llanto o su huida. – Lo preguntaré una vez más, ¿te encuentras bien? – los dedos se alargaron hasta tocar su rostro. Una caricia suave e íntima. El corazón le galopaba de forma rápida, con cierto nerviosismo por no estar llevándolo bien. – ¿Tienes ganas de escucharme ahora o prefieres descansar? – En su mente, poco a poco, las cosas iban siendo más claras e iba reconstruyendo todo lo que deseaba hacerle saber.
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