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ENTERTAINMENT
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DORAMA:
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HWAN TAE JOON
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por Jun Yong Guk el Dom 10 Jun 2018, 04:31


veintiuno de abril;

even if his mouth
burned down the life on your skin
somewhere underneath his venom
will a heart grow again

La boca se curvaba en un ánimo incierto —la desazón haciéndose un músculo tenso en el cuerpo, sobre los hombros, la dirección y el número del apartamento una alusión al fracaso de aquél último encuentro —le temblaba aún la anatomía, el pálpito de hambre aun expandiéndose en las entrañas, el juego hecho en un eco de palabras a las que todavía no encontraba significado: él aun creyéndose en potestad de una verdad maniatada en las mentiras tejidas por ella, frente a una puerta cerrada a cántaro, queriendo entrar, confrontarla aun cuando no tenía razón. El orgullo era lo permeaba sus pasos, lo que mantenía la mirada sobre la madera y hacía de sus razones, una justificación válida para presentarse ante ella: cálido cuerpo, nudillos pálidos en puños a los que apremiaba la fuerza y, entre segundos se preguntaba, ¿era orgullo o rendición aquello que lo movía? —ojos de hechicera aún flameaban en los recuerdos, el tacto débil de las yemas contra la piel, dejándole marcas imperceptibles, hablándole necesidad mientras huía —o se marchaba, la diferente era casi inexistente.

A él, al menos, la ponzoña había hecho hogar en su torrente; las venas aunándole al corazón un susurro áspero de nombre maldito: Hyorin, y escupía con rabia, la lástima que el cuerpo le lloraba al haberla querido poseer y no tenerla. Tanto así que lo había hecho preso del insomnio por tres días, molestia apoderándose de sus facciones, inapetencia hacia cualquier otra que no blandiera sus pestañas en guerra y esbozaran sonrisa venenosa—: quería a la sirena maldita, aun cuando mente gritaba detente, el deseo había tomado preso a sus propios pasos hasta el punto de buscarla desesperadamente, usar influencias, desperdigar llamadas, todo para conseguir aquél lugar que ahora contemplaba con una respiración atribulada en enojo y necesidad.

Dio un paso —se le emponzoñaron los pulmones—, y la mano se elevó en un gesto mecánico, la yema del dedo acariciando en presión a la campanilla. El sonido sibilante hizo eco en sus oídos y guardó las manos en los bolsillos de la oscura chaqueta mientras los minutos se volvían una cadencia eterna, y por ese fugaz minuto en que sus ojos se posaron con brevedad sobre el suelo, el chasquido de los engranajes fueron antelación al daño: los irises se alzaron, las pupilas encontrándose con las ajenas y aquél encuentro duró una finita eternidad corroída en un hálito áspero:

Bramó—, Hyorin —y el vocablo fue ácido en el paladar, acariciándole los sentidos al igual que el alcohol —quemándole la garganta, los músculos, los órganos; atiborrándole la conciencia.


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por Kang Hyo Rin el Miér 20 Jun 2018, 20:52
El camisón de satén cayó pesado y cubrió la carne, los pies descalzos hasta el baño, con sueño, las manos recogiéndose las hebras sobre la nuca, torciendo cabello y goma, deteniendo el paso frente al espejo; retirada la melena de la cara, se contempló el maquillaje cansado de todo el día, los ojos grises como niebla y delineó su figura, deteniéndose en cada tara que hubiera sabido señalarse a oscuras, sin reflejos (sin ojos, sin manos, nada de aquello necesitaba para decirse imperfecta; más cansada, más mayor). Los dedos se ciñeron al mármol, del grifo caía una sola gota —una y otra vez—, repicando protesta en el silencio del lavabo. Tiró de las falsas pestañas, dejándolas caer al interior del fregadero con un deje moribundo pues en aquella soledad no era mujer ni veneno, sólo un espectro; ningún fantasma tenía necesidad de fingirse vivo, en una casa deshabitada.

Índice y pulgar pellizcaban una de las lentillas grises cuando el timbre resonó por todo el apartamento, haciéndolo tiritar ante el estruendo metálico. Separó la mano, dejó las falsas pupilas y se acercó hasta allí, con los pies puntillas de la duda, preguntándose por la persona en el umbral —a nadie había invitado, deseo de pasar la noche abrazada a una almohada y viendo alguna película, copa de vino como cena. Junto a la puerta, encendió la pequeña pantalla que mostraba la cámara del umbral, el corazón deteniéndose en seco al ver de quién se trataba. Ah, eres tú; varón de días atrás, había dicho de aquella vez final mas allí estaba, buscando una continuación. Todos los huesos protestaron al introducir los dígitos para desbloquear la puerta, todos los huesos lloraron al tomar el pomo y saludarlo —no recibirlo— con un semblante puntilloso.

No habló al principio. Guardaron un silencio fúnebre, contemplándose en aquél estrecho palmo que había abierto, no revelando más que su figura en ropa de cama; permiso denegado para alcanzar la misma. Creía haber clavado la espada suficiente honda, pero el príncipe sin caballo estaba allí, la miraba con osadía y delineaba los contornos de su nombre como si este le dotara de algún poder. No había magia; era un niño llamando a la casa embrujada, la puerta chirriando, el fantasma que retiraba la mirada. — ¿Qué estás haciendo aquí? —era un sonido seco mas prolongado, como si hubiera una pausa entre cada vocablo (las pastillas gemelas para inducirse descanso estaban presentes en el organismo que, como zanja, se mantenía entre él y el espacio). — ¿Quién te has creído que eres? —no esperaba contestación, solo marcha.
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por Jun Yong Guk el Sáb 07 Jul 2018, 18:02


El chirrido de goznes, bienvenida más calurosa que aquellas pupilas que encontraron las propias en medio del gélido mutismo; entonaban un mensaje de marcha, de tacto frío al que sobraban los vocablos para sentirlo (comprenderlo) y, aún así, él le devolvía impávido la mirada, creyéndose en una potestad —que no sentía— de encararle las grietas a la bruja, de irle con las preguntas (de rencor, desazón, injusticia, ansia, anhelo, deseo) pendiéndole de la punta de la boca. Y a ello, el tiempo estirándose en queda contemplación de cuerpo al vilo, le siguió una pregunta rapaz hilvanada en aquella voz melódica como el silbido de la hoja cortando el viento. Curioso apuntar al mismo interrogante que su parte más racional le hacía y encontrarse con la misma respuesta que el cuerpo palpitaba—. Viéndote —el contorno de la mirada se escabullía entre el escaso espacio que la revelaba, irises adhiriéndose al borde suave creado por la ropa de cama y alzó la izquierda, dedos forzándose contra el límite de la puerta mientras el cuerpo se inclinaba hacia ella, ojos acariciándole las líneas del rostro—. Alguien desesperado —la burla, hacía sí mismo y el ansia que permeaba su anatomía, respondiendo como si hubiera pasado días perdido en el desierto sin una gota de agua y ella fuese, maldita en todo su esplendor, el oasis en medio de las dunas.

Le ardía en el pecho una paradoja, la boca agrietada en ironía al contemplar al objeto de su deseo y cuan irracional era aquél—. ¿Podrías dejarme pasar? —clavó su mirada, delineando una vez más el borde de sus facciones; la voz era un sonido degastado, inaudible en comparación a lo que las pupilas gritaban al contemplarla y desnudarla pieza por pieza, acariciarle la piel ahí donde se posaban los ojos; hambre cruda—, estuve a punto de volverme loco tratando de encontrar esta dirección —le rumió una confesión entre los dientes, aunándole a los centímetros que desaparecieron al moverse más cerca del diminuto umbral, el rostro inclinándose hacia ella y respiró el sutil aroma que desprendía, irises clavándose en los ojos de hechicera—, por favor —imploró el hambre, más no la razón; pidió el cuerpo, más no la mente, y aún así, sin importar quien había esgrimido aquella súplica, los vocablos seguían ahí, entre ellos, hechos un pálpito.

El muchacho conocía la irracionalidad de sus acciones, condenaba aquella avidez que tenía su nombre, pero la buscaba, incapaz de detener el anhelo de poseerla, o al menos fingir que lo hacía. Tal vez, era el embrujo de aquella sirena maldita. O él siendo demasiado ingenuo para caer en ella.

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por Kang Hyo Rin el Miér 08 Ago 2018, 05:09
En satén y piel marchita, la gran Kang Hyorin de fábulas y rumores era mucho más menuda, mucho más vulnerable; una criatura extraña que parecía encerrar eternidades en todas las curvas cerradas —como carreteras mortales— de su cuerpo, ojos que envejecían pese al botox, que miraban tan lejos que quién podía saber a qué miraba realmente. Aferrada a aquella pesada puerta, le hablaba con un barato disfraz de altivez para que no fuera a contemplarle el miedo, y el cuerpo a medio dormir quedaba en una diagonal tras la madera, delatando plan de huida y no ataque. Quizás se había despojado ya de los dientes de loba, flotando en un vaso con agua al lado de la mesilla; quizás se había colocado el corazón de andar por casa, uno que mendigaba y poco se hacía rogar. Quizás

lo había estado esperando. Y cuando el muchacho prohibido ladeó el rostro, tan cerca que le sintió el aliento abrasador —cuánto deseo; ah, si él supiera cuán podrida estaba aquella carne—, confesión de derrota, se preguntó si ella era la sirena, después de todo, o si no era él quién la había estado embaucando. Aquella Hyorin de tristeza alargó las falanges, uñas que parecían redondearse conforme se acercaban al rostro —para no arañarlo—, alcanzando mejilla —al tacto, suave como la de solo un niño— para acunársela, acariciándolo antes de inclinarse y posar los labios sobre los contrarios, era un llanto, aquél, pero el otro... ¿cómo iba a saberlo? Un recital de tinieblas, como un qué bien que has llegado, un qué bien que estás aquí (me sentía terriblemente sola). La otra mano empujó con suavidad la puerta, dejando un hueco mayor para hacerlo pasar.

Rindiéndose, sí, ya qué más daba la guerra o el orgullo, la apariencia o ninguna promesa; estaba demasiado cansada. Y lo deseaba, también. Estrecharse bajo su peso, embellecerse en sus mentiras pues, sabía, el menor tenía labia para hacer danzar a las serpientes. Lo liberó del embrujo, sin más; lo aceptó en hogar y se ofreció, a sí, en bandeja. Se echó hacia atrás la melena y, descalza, retrocedió varios pasos, manos ásperas deshaciéndose de los tirantes de su camisón, escote abriéndose antes de caer por el cuerpo pálido hasta los tobillos. Otras bocas estaban señaladas en el abismo entre sus pechos desnudos, pequeña ropa interior —blanca, como si inocencia— y ella alargó la misma mano, hacia arriba. — Ven, toma a esta bruja. Porque ya nada importaba, lo llamó. — Yongguk. No volverás,

(ninguno vuelve).

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por Jun Yong Guk el Vie 31 Ago 2018, 13:29



Esperó de todo: labios curvándose en sonrisa irónica, danzándole rechazo en las pupilas como respuesta a la petición que había entonado y de todo, en realidad, solo tenía la noción de animosidad. El resto era un descubrimiento anómalo, una sorpresa impensada que se abría ante sus ojos en forma de falanges alargándose, la punta de los dedos dejando el rastro de una caricia sobre su mejilla y la contempló: la moción en cámara lenta, la punta de la nariz acercándose a su rostro; el deje de un endeble ósculo del que nacieron preguntas más no respuestas. A tal panorama, los ojos buscaban los indicios en el recoveco de sus facciones, acariciándole la boca con la mirada, queriendo que verbalizara los porqués. Encontrando nada como respuesta.

Hyorin —verbalizó y el nombre era pregunta, respuesta y plegaria; los irises adheridos al movimiento de la puerta, el cuerpo actuando por inercia, un paso seguro tras otro, y el hogar (¿lo era para ella?, curiosidad le arañó el pecho) se abrió ante él y parecía haber llegado a un mundo diferente, contemplándolo todo con cuidado: el retrato de allí, el florero sobre mesón, el color de las paredes, la acomodación de los muebles; como si eso, de alguna manera, pudiera decirle más sobre la dueña que ella misma. De espaldas a ella, pupilas escaneándole cada rincón del hogar, solo volvió a encontrarla cuando escuchó su nombre.

Silencio fue la única contestación que vino de él, ojos encontrándose con los ajenos por un efímero momento antes de que comenzaran a recorrer el sendero de piel desnuda. No tenía nada qué decir, la boca firmemente cerrada mientras contemplaba a la mujer. O tal vez, en realidad, deseaba guardar sus pensamientos para sí al mirarla, y no era la sorpresa lo que le había robado los vocablos, acostumbrado a un cuerpo desnudo tras años de hábitos; tampoco era la belleza, la cual admitía al observar la suave redondez de sus pechos, la curva grácil de sus caderas, la piel del abdomen, la delicada prenda inferior y las esbeltas piernas. No era nada de eso, pensó, volviendo a encontrar la mirada foránea al mismo tiempo que su cuerpo volvía a moverse hacia ella; era la sensación que desprendía aquél movimiento de desnudarse, la forma en que había pronunciado su nombre, el pálpito que generaba en su tórax al devolverle la mirada.

Lo siento —dos vocablos que no tenían sentido y aún así fueron pronunciados en voz baja, deshaciéndose en la cercanía de su boca con al ajena, de sus dedos anclándose a las mejillas femeninas. La besó, dientes rumiándole una disculpa sin sentido contra los labios, acariciándole el cansancio con la lengua; renegó de la distancia, acercándose aún más sí era posible, y quería ser suave, besarla con la misma lentitud de quien solo tiene como único deseo explorar y conocer. Contrario a ello, había un hambre moribunda en sus acciones, la forma casi desesperada en que la besaba, como sí ella fuera aire en vez de océano; y le hundía los dedos en el cabello, tirando suavemente de ellos. Quería besarla profundo, aún cuando lo que hacía, en realidad, tenía más de violencia que profundidad, más de ataque que de beso.

La pausa —el sonido de un cuerpo al chocar contra la puerta—, echó centímetros entre su boca y la foránea, aún cuando la respiración difusa y la saliva seguían conectándolos, una de sus manos liberó su mejilla para atajar la diestra femenina, los dedos acariciándole los nudillos, las uñas, las yemas, antes de guiarla hasta la hebilla del cinturón—. Solo tienes que decir que no —fue un murmullo suave, acompañado de una brusca inhalación, de besos esporádicos entre segundos y el sonido de los botones de la camisa al ser deshechos. Dejó caer la prenda superior al suelo, olvidada igual que el camisón de satén.


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por Kang Hyo Rin el Dom 02 Sep 2018, 05:16
Oyó la pregunta que abrazaba su propio nombre y la respondió así, quietud en lo que ojos devoraban con avidez la residencia (recibirlo en su escondite, qué ridiculez. Como si lobo y zorro pudieran coexistir sin mordisco). Espacio, pero no tiempo. No aguardaría, sabiendo que de mirar dos veces, terminaría percatándose de las grietas en la espalda del jarrón, el pétalo moribundo sobre la mesa o la trampilla bajo la alfombra —donde le vivían los fantasmas—; no aguardaría a ser deshojada, iniciativa que le cayó camisón abajo, invitación de palma apremiante. Hazme rápido, le urgían los pechos, mientras este los miraba. Era evidente que no había más truco bajo la manga —la chistera estaba vacía, el futuro claro: sáciate y nunca más (y nada más). Pero acudió a ella como naufragando, lo siento le golpeó el tórax, la llenó de pesadillas. Toda la anatomía se le sacudió, queriendo responderle en un grito —no, no, no—, porque la premisa del falso amor no debía formar parte del allí y ahora —como ya maldijo en aquella aula cerrada—; porque la premisa del falso amor le lamía la piel endeble tras las rodillas, la enfermaba en anhelos e inverosímiles (pues quería creerlo, en aquél efímero).

Los labios ajenos se apretaron contra su boca, un beso de diente sin daño que cercenó la violencia —vaciándola de la misma, quizás guardándosela bajo la lengua para escupirle después (darle de beber su propio caos). Inhaló, aquél deseo irrefrenable, aquellas manos que se tensaban en las mejillas a medida que se ceñía a su silueta, la forma en la que la lengua se retorcía —y despacio, disculpas o cortesías, tiritaban como casa frente a tornado; resignación a desaparecer. — Mientes. —¿susurró?, ¿pudo susurrar? De recuperar el camisón, ¿abandonaría? Llamaría a su puerta la noche próxima: debían sus brazos estrecharla una vez y, al caer al lado de la cama, comprender  ya no era nada más que otra mujer. Chasqueaba el esqueleto como el crujir del viejo mueble, la hoja caduca bajo la suela, y es que le tronaron los huesos sobresaliendo de la pelvis, como si una riera verdades y lo otro gimiera qué más da.

No dijo (más), la boca estaba en otra boca y ella no estaba allí —no quería estar allí, por eso lo había dejado entrar, por eso espalda arañaba puerta, envolviéndolo manos, encogida tras el tirón de cabello que delataba impaciencia y a ella sumisa. Qué teatrillo barato, pensó, pues reina había abdicado; sapo siempre quiso retornar príncipe; el no era siempre más largo que el , por eso no había espacio. Pensó, mientras sacaba cinturón de hebilla, cuándo diría ella no. O cómo, a él, que apestaba a (su) debilidad. Se le volvieron blancos los nudillos, se odiaba a morir / se moría a odiar, cuando hebras se volcaron hacia adelante y su propia boca le versó el pectoral desnudo —como si cáliz de vida eterna—, rozándole el mismo con los rosados pezones, caprichosos.

Dio vuelta sobre las puntas, tirando de él, nuca y pantalón, guiándolo a tientas —como si fueran a oscuras, aunque los párpados estaban abiertos; respiró en el lejos, sostuvo sus manos— hacia la habitación, cama a medio deshacer. Desde las costuras, empujó el pantalón bajo los muslos y las palmas lo arrojaron al colchón, trepándole regazo, su peso presionado sobre él, ah. Detenida. Lo contempló, una pausa tan breve que soñó eterna, y prendió fuego a su fantasía, se sacudió de las brasas para arrojarse al agua helada —recordatorio, recordatorio—, sosteniéndose inercia en el pecho masculino, bajando sin beso —sin mimo— hasta la última prenda, labios áridos —de sapiencia— se edulcoraron con saliva y la lengua dictó glotonería, tomándolo con la boca.
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por Jun Yong Guk el Lun 03 Sep 2018, 04:03


Estaba devolviéndole el beso, el labio tiritando bajo la vorágine de lengua, saliva y oxígeno —idioma de hambrientos, de los músculos agarrotados que buscaban el calor del cuerpo foráneo, piel chocándose contra piel en un contacto efímero, de conexiones ilógicas, de sinapsis que aún eran incapaces de enviar respuesta al cerebro; y qué parálisis más absurda, estar preso de una boca que sabia a desierto, de dientes que le mordían con la quietud de una tormenta reprimida y aun así quererla —pálpito de corazón contra tórax—, cuando el instinto le decía que era mejor abandonar el barco antes que hundirse con él. Tendría que haberlo escuchado —a la razón más allá de la mente—, pero tenía la necesidad escrita bajo la lengua, devolviéndole cada estocada (beso) con la anatomía pulsante, sintiéndola pequeña y frágil —qué iluso—, entre las palmas. La rendición, sin ningún regusto de gloria, hedía a podredumbre y el rastro de los dedos al deshacerse sus prendas, en realidad, eran heridas de guerra. Y aún así, su boca seguía anclada a la de ella pese a la maldición hecha «mientes» que, entre lengua, diente y labios, la mujer pronunció.

Habría querido reír a tal vocablo, el rastro de saliva y oxígeno deslizándose a través de la epidermis de la mandíbula: la boca curva delataba la risa que sus pulmones no emitían, los dedos hundiéndose en el cuello, arañándole la clavícula e incrustándosele en el hueco de las caderas para atraerla hacia sí, fue la única replica difusa (¿mentía o no?, por un momento ni él supo la respuesta). El ruido de la tela al caer, de los objetos cayendo desperdigados en el camino que trazaban (hacia el infierno, jamás paraíso), aglomeración de movimientos y cuerpo confuso y pensó, que tonto de su parte hacerlo, que le habría gustado conocer aquél sendero, descubrir las grietas en las paredes que unían aquella celda con el resto del mundo —pero no duró el segundo, efímera la ilusión, hecha trizas a la anatomía caer contra el lecho, el sonido hueco resonándole en los oídos mientras sus pupilas encontraban las ajenas, la boca hecha un marañón de saliva, de rojo, de carne trepida.

La observó izarse, los ojos oscuros de un deseo maltrecho seguirle el movimiento rapaz en silente contemplación: la humareda platinada de pelo cayéndole contra la pelvis, la húmeda caricia en el centro del fuego: un áspero sonido murió en su garganta al contacto, las falanges enredándose en los hilvánales de plata al sentir el calor expandirse a cada zona de su anatomía, transformándose en brusca respiración, de dientes royendo labio al placer encontrar su nido en el cuerpo—. Hyorin —nombre hecho plegaria en una voz mullida de hambre, buscándole la mirada a tientas: tenía bajo la lengua la necesidad de besarle la piel, recorrerle con los dedos las imperfecciones, acariciarle las grietas, hundirse en ella —agotarse, extinguirse, desaparecer—, y tras un suspiro pesado —cuerpo trémulo en antelación de paraíso—, irguió columna, manos ahuecaron el rostro femenino en un impulso hasta que la boca, famélica, colisionó con la ajena.

Déjate hacer —graznó en pausa de lengua, saliva y dientes; las yemas deambulaban por la piel foránea, explorándole la curva suave de la espalda, la ondulación de las caderas, deteniéndose en algún punto entre el esternón y el pálpito del corazón—, déjame —le imprimió el vocablo en el cuello, sendero húmedo hasta el hueso de la clavícula y el ritmo del beso a pezón, la diestra lo seguía al instar el contacto entre anatomías mientras la palma izquierda sostenía en vilo, cuerpo frágil y diminuto, a la sirena. Y, quizá, fue su propia palabra la que marcó la desazón futura: rozó la aureola con los labios, acarició el rosáceo montículo con la lengua; un mordisco suave, una succión silente; su mirada buscó la de ella y el hambre se tornó en caricia, la caricia en una reverencia: suspiró contra la carne tibia y rosácea, la lengua volviéndole a versar húmedo roce y le besó piel rugosa, la curva del pecho suave, el valle entre los senos;

y no se dio cuenta, qué tonto él, cuando su vocablo marcó infortunio al venerarla con boca, lengua, manos, piel; habiéndose olvidado de sí, pretendiendo quererla a ella.


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por Kang Hyo Rin el Miér 12 Sep 2018, 06:49
Blando el gaznate, cayeron hebras —velos que dejaban entrever (a) antojo— y luego, también los párpados; las pestañas quedaron hilvanadas en frágiles y fútiles lágrimas, mas plumas se desplegaron, arpía de pupilas estrechas que con rendida postura aún osaba a mirarlo. Urdió laberinto, quizás, en el deseo primero del varón, pero allá no era diferente a un animal (el fantasma del infortunio marcaba camino de la cama a la puerta; la corva anatomía no era diferente a una reverencia) que rozaba nariz con la piel tibia del ombligo y la boca, aún si húmeda, demandaba, diciendo morir de sed. Su nombre, como un amortiguado aviso: caderas rotaron, orbes vacíos se llenaron. Exhaló lujuria, en retroceso, y bebió de aquél ígneo nuevamente, abrasándose paladar y calavera, jadeante de término —mas nunca, la lengua sonó a látigo cuando el cuerpo ajeno la detuvo (tan cerca de ahogar sus sombras, abrazarse a la que dibujara por ella el otro —darse perdida o echarse a perder, en infinidad).

Palmas sobre el colchón pero casi perdió toda fuerza ante la boca ajena, un beso impertinente que, como un cáliz, la embriagó de contradicciones. Las manos subieron antebrazo y muñeca, no arrojaron lejos sino que se aferraron, labios igual de famélicos tiraban de los otros en un hálito caliente, meloso —más de él que de ella. El edicto resonó en su tórax, atorado en la grieta que Yongguk acariciaba con las yemas hoscas, y el vocablo último se estremeció en su vientre, pero ella lo enterró todo (las piernas, la bandera, la pobreza, la fantasía —de lo corrosivo, de lo imposible). En el incierto, la columna se hundió en el mar de sábanas claras y las hebras se extendieron por el Atlas de las almohadas, como un ángel caído, un instante único en donde su piel clara relumbró y mintió pureza —más abajo, cráteres; pero allí, en las clavículas, el hueso susurraba la balada del corazón descarriado que deseaba, también. La boca belfa, en una línea recta, tiritaba ante mano y ósculo, y las cimas de sus pechos olvidaban montañas, se preguntaban océanos.

Saltaron de los omóplatos —los diez dedos, las dos manos—, lo liberaban de agarre o garra y cayeron brazos flacos a la cama, todas las plumas rellenaban entonces cojines —no era más ave o sirena; era, complejamente, mujer. Cedía a la ternura que nunca se le ofreció; los monstruos desconocían (darla. O, como ella, recibirla) y los pies se ondulaban, aterradora inseguridad bajo el cuerpo del hombre —y Hyorin, qué poca cosa. Le arrancó un gemido, una armonía que se desplegaba como un viejo acordeón, y que escapó del cadente jadeo; peregrina en propia tierra, el mundo empequeñeció a aquél habitáculo, inspirando. Los pechos se hacían tersos, los pezones se encogían en hermosura, como si aguardaran también un verso, y sintió (quizás) no dolerse al tacto /

sintió (quizás) un cosquilleo ligero, como el del Sol tras una nube —ostra plateada— y el alivió la acongojó, se le hundió con los nudillos en la mandíbula (no se odió, no se odió en lo absoluto). Se elevaron las caderas, un ruego de muslo descarnado, conminando con desenterrar la salvación —ensuciarse el sueño, desnudarlo—, enredando el cabello de la nuca, apremiándolo a su centro con la espalda arqueada, vacíandose terror en un suspiro. Y como otra, no ella, cabeza se alzó (los mechones despeinados caían platinos en todas direcciones): Hazme, pero el contemplarlo la detuvo. No hubo arrepentimiento, sino un pronto mareo por la belleza de su silueta; el puente duro de la nariz, los músculos fibrosos del hombro, la barbilla pronunciada —como una duna—, y la veneraban. Se deshizo, se deshizo, se deshizo. (Yo y tú somos ya tú y yo).
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por Jun Yong Guk el Vie 21 Sep 2018, 17:35


La boca dejó un verso raído sobre la epidermis. Añejo, el color traslucido de la humedad haciéndole migas al abdomen, susurrándole igual que los dedos a las costillas —déjame quererte, decían los labios a la piel, dientes mordisqueando con suavidad, dejando impreso el rastro para que no quedara duda alguna de que ahí, en tierra inhóspita y desvaída, alguien quiso llenarla —quizá, no pensó que error podía ser su destino mientras dejaba escabullir las yemas contra la curva suave del vientre y alzó la mirada, pupilas encontrándose con las foráneas en un hálito fugaz, en una moción débil de falanges arrastrándose a través de los muslos, de la tersa piel del interior de las piernas y se detuvo allí, aún adherido al perfil apolíneo de su rostro; la perfección implícita en facciones que gritaban podredumbre —parecía querer gritar: sálvame o mátame, cuando él inclinó la cabeza, un beso parco siendo entregado contra la minúscula tela. Había querido a muchas, en sosegada repetición de besos y vaivén de caderas; pero ella, en cambio, tenía el deje de algo nuevo, las finas líneas del rostro escondían una emoción que él no podía descifrar, aun cuando el sonido suave que desprendían sus labios decía otra cosa, Yongguk podía sentirlo: lo oculto.

Quiso preguntarle, el corazón arrojándole las preguntas a torbellinos mientras el cuerpo tomaba rienda (¿quién se detenía a pensar cuando la piel palpitaba, cálida, bajo sí?), mas nada salió de él, su boca acarició el borde de la prenda, recorriendo la tersa epidermis hasta llegar al muslo. No la estaba mirando, tampoco quería mirarla —se detendría a preguntar, entonces, ¿qué le gustaba? ¿qué la hacía reír? ¿por qué estaba marchita? y los labios no estaban hechos para eso, no en ese momento, cuando yacían adheridos a la piel, dejándole todos los vocablos que no podía decirle en forma de besos: en el músculo, en la parte interna de la pierna, en la coyuntura donde el hueso de la cadera sobresalía; lentamente, aquel sendero húmedo lo llevó a levantar el rostro por unos centímetros, la visión anclándose en ella —qué bonita era la decadencia—, antes de besarla allí, en el valle entre sus piernas, contra la seda mientras los dedos se anclaban en la diminuta línea que abrasaba sus caderas, tirando de ellas, queriéndola desnuda.

No apartó la mirada, sus ojos aún fijos en la mujer —mas no sirena, mas no bruja—, mientras su boca la quería —en realidad eran sus pupilas al mirarla, haciéndole amor en símil de labios y lengua; queriéndola tibiamente al acariciarla. Y a los ósculos, le siguieron las falanges, el vaivén de los dedos imitando aquél ritual tan añejo como la tierra misma: de bocas amándose en conjugación de saliva y sexo, de pelvis rozándose en descarnada salvación. Le hizo el amor con la boca, párpados derrumbados en arrepentimiento —el corazón estaba latiendo desbocado, antelación de caída, mientras él lo ignoraba.



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