Let the river run | LGB +18
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por Park Jun Hee el Sáb 23 Jun 2018, 16:08

Doce de Febrero de 2016
08:20 horas

Se despertó abruptamente por un escalofrío inusual que le recorrió el costado en su sueño. Fuera, el frío provocaba que se empañasen las ventanas, dejando entrever en la bruma la débil silueta de los edificios. Seguía en Seúl, en un apartamento pequeño independiente de la empresa que había alquilado al momento de marcharse. Las maletas descansaban aún medio hechas en una esquina de la habitación, cuatro meses tras la disolución de 2wink. En la cama, Jun Hee se movió bajo las sábanas, un espectro de marcas violáceas grabadas bajo los ojos, pelo sucio y delgadez. Su rellano todavía amanecía con retazos de ambos cartas de odio y apoyo, los primeros meses seguidos de golpes en la puerta, lloros y exclamaciones de los antis y sasaengs que se congregaban en su puerta. Estaba cansado, agotado anímicamente, llegado al punto en el que miraba al techo con ojos secos durante horas, preso de la inapetencia. Sopesó en repetidas ocasiones el volver a casa, a Jeju, siendo detenido a su vez por la fuerza invisible que temía verlo colapsar en el entorno conocido. Temía la isla, el hogar vacío y las calles familiares. Último intento de su cabeza por protegerle de colgar de una lámpara.

Era todo casi un espejismo, un recuerdo del que Jun Hee llegaba a dudar de no ser por el millar compuesto de fotos, emails, archivos, artículos, blogs de internet, MVs y comebacks que de abrir el ordenador, lo saludaban. ¿Había llegado a ser idol alguna vez? Más allá de las flores pudriéndose en la entrada, se encontraba preso de una soledad que le causaba mayor ansiedad. Le perturbaba el eco de la casa vacía. El silencio del teléfono que encendido no emitía ningún sonido. Contrastaba lo ajetreado de las agendas hacía seis meses y lo desiertas que se encontraban ahora. ¿Y dónde habían ido a parar todas esas personas? Las caras conocidas que, sin él llamarlas, se acercaban a él y su compañero al momento que entraban en cualquier sala; ahora inexistentes.

Con ello, acabó alzándose de la cama. Los gestos casi mecánicos, arrancando las sábanas viejas y reemplazándolas por nuevas. Preparó un té, dejando la tetera hirviendo y caminó a la ducha, permaneciendo inmóvil bajo el agua al menos dos minutos. Se sabía necesitado de medicación, pero a su vez incapaz de visitar el psiquiatra. Temía las pequeñas ondas, segundos terremotos del primero, que aún traían niñas a su puerta cada vez que la prensa comentaba algo al respecto. Ese día deseaba salir, invitado por el frío del invierno, que parecía querer saludarlo con las gotas lamiendo los cristales de su ventana. Fuera apenas llovía, un tenue chispeo mezclado con eventuales intentos del cielo por nevar. No lo lograba.

Abrigado, ataviado con bufanda, guantes y capucha, casi pareciera él mismo de nuevo. Dedicó unos instantes a cubrir ojeras con corrector, a fin de buscarse en el espejo y encontrarse esa vez. Abandonó el piso, incorporándose a las calles, caminando entre multitudes que no lo reconocieron. Fueron dos autobuses, hasta bajar frente a uno de los parques que bordeaba el río, las botas pisando la escarcha en la hierba hasta su orilla. Los árboles desnudos se retorcían a su alrededor, el parque vacío, el cielo gris —medio encapotado— y el río helándose, arrastrando en su avance pequeñas capas de hielo que no llegaban a cuajar.

 
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por Lim Gi Beom el Mar 28 Ago 2018, 04:23
Gritó.

Descarnada, la voz arañó la garganta y agujereó, casi bala, a los primeros rayos de la mañana. El Sol plateado, tras aquél cielo invernal, ni si quiera parecía devolverle la mirada —desaprobación, como si insecto—, mientras el veinteañero dejaba caer el peso sobre el banco de piedra. El río y él, que también (rió / desembocando allí, desgraciado de boca ancha, hediendo a noche y a lo lejos, féminas de bien besaban su perfil camino al trabajo —temerosas de contemplarlo demasiado tiempo pero incapaces de no hacerlo—; él no las miró, el pulgar rodaba sobre el zippo y la llama, intermitente, parecía no ser el único fuego allí). El recuerdo reciente de los flashes blancos lo había perseguido hasta allí, se asomaban desde aquél cigarrillo tras su oreja izquierda, inclinándose en dirección al mechero metálico —casi con burla, inquiriendo: ¿qué pretendes hacer con eso? (sabes que no puedes).

Fiera enjaulada —más lastimera que amenazadora—, respiró autocontrol y cerró los ojos, apretando el mechero entre las palmas, visibles las cicatrices en los dorsos, expuestas bajo las mangas del abrigo. Aquellas mismas manos se habían cubierto las ojeras insomnes, hacía —lo que a Gibeom le parecía— sólo un instante (alterada percepción del espacio-tiempo; la velocidad de la hipomanía pisándole el raciocinio) de los paparazzis a la salida del after. Había escogido huida, temeroso de no poder contener más a aquél monstruo que, trepándole a zancadas por la columna, le crujió el cuello de lado a lado y no susurró más, sino que le urgió violencia, quebrar la botella vacía de su zurda en la calva reluciente del varón que apretaba objetivo contra su boca (pudo habérselos tragado a todos

/ pero no). Sacó el cigarrillo tras su oreja —papel arrugado, liado hacía ya horas—, encendiéndolo entre los labios prietos y exhalando el humo por las aletas de la nariz, sintiéndose arder allí. El móvil vibró en su bolsillo, emitiendo la melodía por defecto; al sacarlo, la pantalla nombraba al manager y recordó quién era, por qué lucía tan patético, y arrojó el aparato al agua.  Bajando el cigarro entre índice y pulgar hasta las rodillas, contempló con triste letanía el río helado —aquél punto donde el teléfono se había hundido— , deseando poseer la fuerza de voluntad para saltar a su interior, también, abrazarse al frío y a la quietud, a aquél silencio irrumpido únicamente por el crujir del hielo, mas ah, entonces no deseaba detenerse en absoluto. Podía oír con nitidez la autopista, no muy lejos de allí (la azulada vena de su cuello latía con impaciencia); quiso correr joven entre los coches, echarse agotado a la cuneta y compartir soju con un ahjussi sin tejado ni cabeza. Quiso seguir bebiendo, quiso seguir ahogándose en música y en pechos, besar con los nudillos a cualquier necio que lo importunara, vaciarse la cartera en cualquier pozo en la estúpida creencia de que solo así se saborearía efímero.

La ceniza cayó sobre sus pantalones, haciendo un menudo agujero en la tela y a su diestra, mucho más allá, atisbó el ondear de una bufanda. Echó el cigarro al suelo, el viento lo empujó al agua y Gi se tambaleó al ponerse en pie, echando hacia atrás la capucha que había reposado sobre su cabeza, harto de escondites y recelos. A tropiezos pareció llegar, interponiéndose entre el mayor y la visión deprimente de aquél páramo helado. Sacó la zurda del bolsillo, donde había estado rebuscando, y señaló con las llaves al coche que había alquilado para hacer trompos la noche anterior, ya salpicado de barro. — ¿Tienes algo mejor que hacer? —inquirió, ronco.
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por Park Jun Hee el Sáb 15 Sep 2018, 17:35
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por Lim Gi Beom el Sáb 13 Oct 2018, 09:03
Se detuvo, contemplando la bufanda alejarse, tropezar suelo y acudir, casi a rastras, hasta la orilla helada. Cuando volvió la vista, el varón lo miraba del mismo modo en que lo hacían los árboles flacos, o el puente corvo, pero no como las gentes, y se sintió en paz —como el cadáver en el féretro. Las llaves titilaban, alzadas, mecidas por la brisa y la sugerencia, cargada de peligro y prohibición, y pese a lo corrompido, ambos esbozaron una mueca —un ensayo de delirante sonrisa. Huyeron (mas no de ellos, sino). Del agua y la posibilidad, tan tangible, de saltar. Huyeron a los asientos desgastados, al volante de atropello, al freno olvidado. El coche emitía un pitido constante, una oposición a la velocidad, que demandaba —si bien no pausa— salvación: el cinturón, que Gibeom no llevaba puesto.

Entre vehículos que, por las prontas horas, circulaban sonámbulos, ellos se movían veloces y pese a la carne —al músculo que se golpeaba de lado a lado, en el coche—, el conductor se sentía fantasma, preguntándose en qué momento dejarían los dedos de sentir volante. Y a medida que la adrenalina se le acumulaba entre las muelas —como el veneno a la serpiente—, los ojos se le abrían y los labios se le curvaban, respirando un insalvable ante el que deseaba arrodillarse para eximirse de toda losa —de cada tendón que se ataba al otro, de cada hueso que lo sostenía con entereza. Giró el volante, torciendo el automóvil por tierra y no asfalto, las piedras bajo las ruedas haciendo que el cuerpo diera respingos sobre el asiento. Había un borde, allá donde terminaba tierra y empezaban nubes, la vista gris de la ciudad, y se precipitaban.

Pero no deseaba cabalgar a la muerte sino hacia la desconcertante nada. Se le arremolinaba en puños y garganta un odio, como vástago de toda desesperación, porque los ojos eran pozos de sequía, porque estaba condenado a dolerse en silencio. Cuando frenó —a unos metros del filo—, el volante se le clavó en el tórax con violencia —tos, el licor en forma de bilis—, haciendo saltar el airbag de forma tardía mientras él, echado hacia adelante, abría los ojos como de un letargo y contemplaba al extraño a su lado. Con la mejilla apoyada en el airbag, comenzó a reír. Se le formaban preciosos paréntesis a los lados de la boca y los ojos se arrugaban hasta no mostrar más oscuros; si reía, solo quedaba en él una luz, trémula y parpadeante, llenando el mismo coche que pudo haberse convertido en su ataúd.

Y cuando la risa —de la histeria, de la vida— se frenó, menos abrupta que el vehículo, Gibeom se incorporó y palpó con la mano arañada (no, de cicatriz) allá dónde se sentía moretón. Quiso preguntar, al compañero de dislate, si estaba bien; pero de haberlo estado, ¿lo hubiera seguido hasta allí? El pecho subía y bajaba en vasta respiración aún, mientras tanteaba en busca de su cajetilla de cigarros, y sacó el último —arrugado, torcido— que llevó a la boca, encendiéndolo con el gas que restaba. Lo pasó, tras calada, a la otra mano —la del varón—, y a aquél, sus ojos le dibujaron ósculos en el contorno del mentón. Exhaló humo y hedor (de lo vacío, de lo quebrado, y superpuesto, del alcohol), alargando dos dedos hacia el otro, reclamando el cilindro de vuelta. El brazo descansaba en respaldo y la yugular, tensada, pulsaba un antojo. Cuando el cigarrillo estuvo en su mano, su boca se vertió hacia la contraria: la nariz chocó sin daño y los dientes le rumiaron un permiso ácido en el labio, un llanto de saliva en el desolador silencio.
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por Park Jun Hee el Sáb 13 Oct 2018, 17:58

Palpó la inestabilidad, ambos actuando por impulsos y no lógica. Miraba las manos ajenas en el volante, el pie pisando el acelerador sin medida, sorteando coches y curvas, volcandole el cuerpo contra la carrocería del vehículo. Sus manos no buscaron el cinturón, de nuevo acariciando la idea de ser uno con la luna. El golpe levantaría una lluvia, una grieta en el cristal, como una estrella, que en su delirio se le antojaba hermosa.

Cerró las manos sobre sus rodillas, los ojos perdidos en el asfalto, en las rallas blancas y simétricas que ahora, más parecidas a una línea continua, desaparecían bajo el capó. La escarcha dificultaba el agarre del neumático al pavimento, y Jun lo tomó como un último baile, la mano buscando la manecilla para bajar la ventana y sentir la brisa gélida, el brazo saliendo por la ventana, como si pudiese acariciarla.

Ante ellos, vio llegar el barranco, como si se aproximase este y no el coche. Se le dibujó la sonrisa en el rostro, nerviosa, el cúmulo de terror de su cuerpo aferrándose a la vida y la cabeza dispersándose indiferente. A su izquierda, el chico pisó freno, pie hundiéndose con una violencia que lo lanzó hacia adelante, solo para ser detenido —justo a tiempo— por el airbag viejo, defectuoso, que le profirió el golpe en lugar del cristal. A su lado el conductor reía. La risa lo despertó brevemente de su sueño. El airbag desinflándose con debilidad. Los ojos del mayor puestos en la carcajada, un bálsamo, un torrente de agua fresca de la que quiso beber. No recordaba la última vez así, que le doliese el estómago de tanto reírse. Envidió esa emoción, histérica o no. Se sentía un trozo de caucho.

El silencio se asentó en el espacio, invitándole a mirar el exterior, la caída del barranco, los edificios diminutos en la lejanía. Sentía el pulso en el pecho, arrítmico, tiritando de verse jugando con la vida. La mano ajena le tendió el cigarrillo, y pese a no tener hábito, lo aceptó, los labios tomando la colilla, aspirando, tosiendo antes de devolverlo otra vez. Y qué contradicción, verse de cabeza entre vida y muerte, al filo del precipicio, el airbag derrotado, vacío sobre su regazo, cuando el otro lo besó. Permaneció quieto la sonrisa incrédula precipitándose y vertiéndose muerta contra los labios ajenos que ya buscaban abordarle más la boca. Mordió, los dientes tirando del inferior, el rostro ladeándose para amoldarse al juego sin juicio. No preguntó nombre ni explicaciones. Dejó el cuerpo virar, volcándose hacia el contrario, la mano apoyándose en el muslo... antes de apartarse tan repentinamente como el otro se lanzó.

Exhaló aire, mirándose el regazo en silencio. Volcó la vista al freno de mano que sopesó quitar, la frustración evidente en sus ojos. —¿Por qué frenaste? —soltó, no, escupió las palabras, lamentándose, desesperación. Entonces lo ignoró, los brazos desprendiéndose de la chaqueta, echando el sillón de él hacia atrás; el cuerpo buscando asiento a la par que sorteaba caja de cambios y volante. En el regazo ajeno, lo encaraba, buscando confrontación: la respuesta a la pregunta formulada. Deseó molestarle y despertarle violencia.

Y cuan absurda la situación. Le habló la lógica, pidiendo apartar al extraño, rechazar el arrebato y llamar a la policía. Sin embargo se le veía el cansancio en las pupilas apagadas, la fatiga inundándole los ojos, lamentando el frenazo una vez más. Chasqueó la lengua. Su mano se alargó a la puerta, para abrirla y salir.
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por Lim Gi Beom el Miér 24 Oct 2018, 01:39
Tos delató, llenando el vehículo de humo, el exterior de niebla, y a Gibeom se le quedó entre los dientes la burla —como la añeja nicotina—; no había nombre que se le hendiera en las comisuras, mirando al sujeto que en el asiento contiguo seguía sin rendirse a la cordura (pero llevaba las pupilas estrechas, se percató, no comprendiendo aún el motivo de su paz, él que temblaba en el histerismo de lo que pudo ser y que blandía risas en lugar de llanto). El influjo de la locura —como de la adrenalina— lo arrojó a la otra boca, en lugar de al precipicio, y bajo el peso —que no imposición— de sus labios, los ajenos le respondieron hambre al antojo: el encuentro de ambas necesidades egoístas, hallándose en el medio camino, propiciando suaves mordiscos a la carne dulzona, un colmillo que arañaba y después apaciguaba con lengua.

Como un rojo y un azul: el menor, un borrón de sangre, un cielo escarlata, aliento a barbitúricos recitando crueldad, disfraz de risa canalla, y los pómulos pronunciándose en una llamada ordinaria al moretón; el mayor, una flor enferma, una mañana pálida de rocío y vaho, de llevar grueso hielo por ventrículos, mente monocromática y ojeras astilladas; a mitad, en el reliar de lenguas, coloides —el fuego que se apacigua, el hielo que se funde. Y se echó hacia atrás en voluntad del otro cuerpo, que lo arrinconaba —mano que se le hundía en el tejano—, y la colilla se moría sobre su rodilla, yugular que daba tropiezo. Luego, no hubo nada. Besó el espacio vacío hasta que los párpados se abrieron, latigazo por la luz pálida que entraba a raudales, entonces se deshizo con los dedos de lo que restaba del otro hombre (fauces endebles, relamiéndose comisuras y llevándose en las yemas lascivia, quedando desidia) y echó el hombro hacia su puerta y ventana, cigarro a la boca para acallarse el reproche —porque quién era él—, exhalando humo, un suspiro de ígneo frustrado.

La pregunta le hizo cosquillas en la médula. Espalda se apretó asiento, ombligo encogido en lo que lo trepaba regazo y cazaba su mirar en descarada fijeza. Se le distendieron los músculos, ladeando brevemente el rostro, en una pregunta no dicha, y con pulgar-índice apuró de nuevo el cigarro, dando una calada paciente —en el crepitar de sus orbes (lujuria y violencia), había un incordio pillo— antes de. Detuvo huida, largos dedos entorno a la muñeca huesuda, serena impedimenta. Los ojos apuntaron un instante al freno, retándolo:— Quítalo. —El humo recreaba pesadillas entorno a ambos rostros— ¿Por qué viniste conmigo? —inquirió a su vez, los dientes sin despegarse— ¿no estabas huyendo? —instó. La barbilla apuntaba techo, pupilas de perspicacia que se movían con gracia en la tez ajena, y el pitillo de nuevo, apretándose entre sus paletas. El cuerpo se echaba hacia adelante, envarándose asiento, aunándose un tórax sobre el otro— ¿De verdad quieres morir? —farfulló, cilindro en la boca y la zurda sosteniendo férrea aún la muñeca; la diestra tanteó las llaves y, con un simple movimiento, el ronroneo del motor se apagó.

Fue cuando la zurda se desprendió de la piel, bajando el filo de la ventanilla —sacudiéndolos el frío de la mañana invernal— para lanzar la colilla fuera del vehículo y aferrar nuca, palma ardiendo, atajándolo por aquella. Chasquearon ojos y lengua, desmoronando fachada con una sonrisa canina, respirando (sobre, con / él) en un nervioso desafío, nudillos en duda mas los centros bramaban. Se echó atrás —respaldo—, con una de las manos desenredando los nudos de su cabello —entretenida allí, en lugar de en arañar ropa— y la otra, desvaneciéndose nuca y clavícula, liberándolo y cayendo hasta el regazo, que aún le ocupaba. — Márchate. —escupió, sin mirarlo. Que saltara barranco, si se atrevía; no lo impediría.
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por Park Jun Hee el Miér 24 Oct 2018, 02:47
Se sintió dueño de sí mismo durante una breve fracción de tiempo. Subido sobre el contrario, supo el volante a su espalda, y el barranco algo más allá mas no hizo nada por retirar el freno. Lo miró —a él, un extraño—, y sonrió al punto canalla, a la aparente indiferencia que buscaba provocarle a tirar del gatillo por ambos. El freno yacía inmóvil a su izquierda, reclinado, esperándole, y aún con el cosquilleo en los dedos, el mayor no se movió. —Eres mal actor —comentó, al sentir la mano ajena cerrada en la muñeca. ¿Por qué? Lo supo demasiado cobarde como para hacer el movimiento él mismo —quitarse la vida— pero sí lo suficientemente valiente como para dejarlo en manos de un tercero, de la suerte, de la inestabilidad ajena. No creyó la fachada tranquila, no tragó la calma en sus movimientos, reprimió carcajada cuando reclinó el asiento, encontrándolo tierno, curioso de que fuese incapaz de estarse quieto, buscando cigarro, mientras lanzaba las preguntas.

Busco suicidio, no asesinato. Mas no se lo dijo, sopesando si contestarle. Sabía porqué había entrado en el coche, pero no porqué lo había llamado él. Quizá no deseaba estar solo. Quizá esperaba buscar el empujón o la ayuda para no irse. Sintió cierta lástima, asqueado a su vez por sentirla; era eso precisamente lo que detestaba ver en los demás cuando se trataba de él. —Hay psiquiatras decentes en Seúl. Busca uno. —Se supo hipócrita diciéndoselo, a la par que abría la puerta, la brisa recibiéndole y acariciándole el cabello con mano gélida. Fuera, observó la pintura del coche, embarrada y descascarillándose en partes de la carrocería. —Espero que sea tu coche —añadió, estirando las piernas y alzó la vista al cielo, despejado con la excepción de un cúmulo de nubes algodonosas. Podía ver Seúl desde allí, aproximándose con los pies al borde del barranco, sorteando la baja valla metálica para disfrutar más de las vistas. El valle estaba corrompido por los altos edificios y calles concurridas, nada que ver con Jeju.

¿Y ahora qué, Junhee? No miró atrás, ajeno a si el contrario seguía en el asiento del copiloto. Miró la caída, sintiendo un cosquilleo en el pecho, y tras eso saltó, desapareciendo repentinamente del campo visual del chico del coche.

Y qué ironía reprocharle antes, cuando aterrizó con tanta ligereza sobre el saliente de piedra que la montaña parecía haber colocado ahí, como un abrazo, puerto, salvación. Tomó asiento, los brazos rodeando las piernas, barbilla besando las rodillas, y quedó mirando el paisaje. Sentía curiosidad de ver si el contrario se sentiría tentado a arrimarse a buscarle.


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por Lim Gi Beom el Miér 24 Oct 2018, 03:27
Sus ojos se entrecerraron. ¿Mal actor? Qué curioso, no recordaba la última vez que había sido honesto: había crecido en un delimitado disfraz y la retahíla de decepciones comenzaban siempre por lo mismo, su nombre. Sin embargo, aquél no lo conocía, no lo conocía en absoluto. Aún no he empezado, quería decirle, Gibeom (Minkyu), sin embargo lo miró en la misma cautela silente —como el compulsivo, quizás ya era incapaz de discernir si se impostaba en cuerpo y voz o no. Qué curioso, los ojos se le avivaron, como si escrutara con dedicación los de aquél. Escuchó el clac de la manilla de la puerta, abriéndose, y permaneció quieto, permitiéndole salir, profiriendo una risa (algo trémula o solo) desalentada. — No lo es. —masculló, sabiendo debería pagar un buen cacho por los destrozos. Alargó el brazo y prendió el motor de nuevo, sacudido por la forma algo tosca que tuvo de rugir y el temblor del asiento, y dispuesto a cerrar la puerta para marcharse, recordó, al verle la figura de espaldas, la chaqueta de la que se había despojado. Contempló la prenda a su lado, con fastidio, y la tomó, saliendo tras él.

Abrió la boca, incipiente ¡eh! para llamar su atención; fue cuando se percató. En el borde, el cuerpo se echaba hacia adelante y, antes de que Gibeom pudiera proferir aquél simple ¡eh!, cayó. Las piernas le fallaron, echando el cuerpo contra la carrocería salpicada del coche para no caer al suelo. Llevaba un tornado en la tráquea, ansiedad que le estrangulaba en aletas de nariz agitadas, mano libre tirón a las hebras y es que la otra aún sostenía la chaqueta (la chaqueta de, ¿quién? ¿cadáver?). Acuclillado, sintió el mareo del sin dormir, de la noche a trote y, sobretodo, de la culpa. Siendo niño, había despertado junto al cuerpo rígido de otro y los ojos sin vida, pupilas en él, lo habían perseguido durante años. Había coleccionado fantasmas, en el otro país —pedazo de tierra maldita—: había visto las mayores y las peores penurias y, aún así, ninguna de aquellas veces se sintió como entonces. Se puso de pie, acalambradas articulaciones, musitando:— Mierda. Mierda. —¿debía llamar a la ambulancia? ¿o solo a la policía? ¿O quizás...? De reojo, al volante. ¿Debía marcharse? Pero los dedos seguían firmemente apretados entorno a la chaqueta y, en la primera vértebra, el talón de el nuevo título (el suyo): culpable —¿o solo asesino?

Cuando se halló sobre el filo, el vértigo no le disparó ninguna adrenalina, porque sólo pensaba en el foso y en el cuerpo, figurando una postura imposible, el cráneo partido, el salpicón de seso y sangre. En escalofrío, bajó los ojos. La coronilla lo miraba entera, la espalda en tiritón de frío, los brazos que acunaban piernas de hueso cubierto. Profirió un suspiro, o un bufido, o el sonido con el que uno se zafa de un fantasma. — ¿¡Pero qué coño haces!? —le gritó, al vivo. Apenas pudo oír la mitad de decibelios de su voz, culpa del corazón-tormenta. Arrojó la chaqueta junto a él —aquella aterrizando extendida y cuidadosa, como un paracaídas. — Búscate tú un puto psiquiatra. —escupió. Aquellos ojos no eran los suyos, eran los del crío (frente a la bala; frente al recuerdo apellidado trauma). Dio la vuelta, hacia el coche.
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por Park Jun Hee el Miér 24 Oct 2018, 03:56
Escuchó los pasos al cabo de un poco, interrumpidos por la exclamación, el grito que lo obligó a girarse. En silencio, oteó la expresión ajena, creyéndolo enfadado o quizá asustado por haber creído presenciar el "suicidio" ajeno. Sintió culpa y a su vez un agradecimiento egoísta, como un bálsamo, de quien ve en su muerte la manera de despertar algo en alguien, ya fuera ira u odio.

No discutió, observando la chaqueta bajar sin pena ni gloria hacia donde estaba, y entonces se incorporó, recuperándola, escuchando los pasos apresurados del contrario por marcharse. —Espera —no supo si le oiría, las manos trepando por la fachada de la pared. Logró subir al nivel de la carretera, viéndolo marchar furioso hacia el vehículo, y ante eso maldijo, creyendo que se le escapaba. —¡Eh! —Apretó el paso, deteniéndose delante del coche, intento desesperado de frenarlo antes de que lograse moverlo a la carretera. Estaba en todo su derecho, pero también lo estaba Junhee de protestar. Pareja de lunáticos discutiendo. De haberlos visto alguien, habrían sido el sueño de todo paparazzi. —Espera —repitió, apoyando las manos en el capó sucio. Se encontraban en medio de ninguna parte, le llevaría horas volver andando a Seúl y autostop no era algo que quisiera volver a hacer ese mismo día. —¿Me vas a decir que tú has sido el lógico hoy? —inquirió, alzando la voz para que lo oyese desde dentro del coche. El beso aún le rondaba la cabeza, el arrebato que pese al matiz violento no lo había llegado a molestar.—Llévame a Seúl —pidió.
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por Lim Gi Beom el Miér 24 Oct 2018, 04:20
Lo oía, por supuesto que lo oía. Sin embargo, ya había tomado la decisión de marcharse y no estuvo dispuesto a retractarse de la misma. Furioso con el otro, sí, pero de forma absurda; furioso consigo mismo, aquello con mucha más lógica —pero siempre era más sencillo culpabilizar a otro (que cargar con la culpa era lo más doloroso). Se metió en el vehículo de un portazo, no perdiendo un instante en sacar el freno de manos, pues el vehículo lo había esperado encendido. El pie rozando el acelerador, mano en la palanca de cambios, cuando el cuerpo del otro apareció, en el centro de su visión —y de aquél miedo cobarde, de aquella huida de la que lo señaló (apenas unos minutos antes).

Las cejas espesas se le habían fruncido, cayendo sobre los ojos pequeños, ensombreciéndole los mismos. No era muy buena táctica la de acusarlo de loco, si es que en verdad pretendía que lo sacara de allí, pero también porque él mismo no había estado especialmente cuerdo ni racional —y porque el loco de Gibeom aún tenía la opción de arrollarlo y darse la fuga (pero el casi-suicida sabía que no lo haría, debía saberlo). Apoyando la frente contra el volante, profirió un suspiro; cuando la alzó, los ojos lo clavaban con determinación. — ¡Venga! —instó— Por la puerta del copiloto, por favor. —indicó después, en una sorna (sin chiste) que zigzagueó altiva y golpeó los cristales.
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