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por Sidney B. Graham el Miér 08 Ago 2018, 06:25

( veinticinco de mayo )


A diferencia de la noche anterior, nada sucedió durante la última hora de su turno, la ausencia de clientes —especialmente la de aquellos con actitud petulante— le permitió regular el stock del día con tranquilidad y salir a su hora del local, cerrando todo con llave y apagando la luz al completo, abriéndose paso hasta la salida con la linterna del teléfono móvil. Mochila echada a un hombro, inclinó el cuerpo a un lateral para cerrar la puerta y bajar a la fuerza la persiana metálica, sobresaltándose tan pronto giró, pues allá, apoyado al mismo costado de la tienda, había un varón. OH FUCK. —soltó, el inglés disparado, voz más aguda de lo común. Un varón... del todo siniestro, por cierto, con una gorra tan baja que ocultaba su rostro parcialmente, iluminada su barbilla por la luz de su propio teléfono y fue la boca lo que reconoció —ojos de fotógrafa, quizás (o la remembranza del peso de aquellos sobre los suyos).

Se llevó la mano al pecho, queriendo serenarse. — Fuck, mate, what are you... ¿qué haces? —inquirió, atinando a colarse la segunda asa de la mochila. Lo contempló un instante, cerciorándose realmente de que era el mismo varón que la vez pasada: Dae. Si el día anterior había tenido unas ligeras sospechas sobre que hubiera sido casualidad, aquél día las despejaba. Quiso preguntarle ¿por qué estás esperando aquí afuera? pero la respuesta se le antojó tan obvia —y aterradora—, que no lo hizo —o no se atrevió. Hundió las falanges en su flequillo, recolocándolo sobre la frente en un hábito nervioso, llevando aquella mano a una de las asas, apretándola en actitud defensiva, pues dentro de aquella llevaba una buena cámara y varios objetivos. Aún aferrando su móvil con la diestra, lo acercó a la boca. Siri, —activó el comando de voz, escuchando una burbuja de sonido— call Police. —lo miraba mientras lo decía. No iba del todo en serio, aunque tampoco estaba del todo tranquila. La fémina de iPhone respondió, en inglés:— Police, Every Breath You Take now playing.

every breath you take,
every move you make
every bond you break
every step you take
i'll be watc—

Lo detuvo. — Aplica. —murmuró, esta vez en un tono más burlesco, sin esperar realmente a que aquél comprendiera. Guardó el aparato en uno de los bolsillos de su cazadora tejana; en comparación con Australia, la temperatura nocturna de Seúl era algo fresca para ella. — He cerrado. —le dijo, como si creyera de veras que estaba allí por la tienda o los alimentos, echando a andar. 0 fucks.
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por Min Dae Jeong el Mar 28 Ago 2018, 01:19



Finalizados los ensayos, ignorado el toque de queda y obviada la sesión fotográfica temprana de la mañana siguiente, el tailandés optó por vestirse y salir del apartamento, librándose, por poco, de la mirada curiosa que Guk, como compañero de habitación, le habría dedicado en caso de pillarle. ¿Dónde vas? Esa pregunta era prácticamente innecesaria, pues si bien era tarde, el contrario lo conocía suficiente —se conocían— como para saber qué tenía entre manos.

En aquella ocasión sin embargo, cualquier ocurrencia de Yongguk habría estado completamente equivocada. Lo que esperaba a Dae no era cualquier habitación de hotel, antro de música o asiento de taxi; era un supermercado. «¿Qué haces?» Se repetía, pues parecía ser que su sentido común era lo único reaccionando en aquella situación. «Rompes el propósito del one night stand, Dae», se decía, y muy tentado se reprimía de autocontestarse, como cualquier loco, porque lo sucedido con la australiana se encontraba muy fuera del término one night stand.

Someone bonded over food.
No necesitaba enemigos teniéndose a sí mismo.

Fuera como fuese, sus piernas se movían casi autómatas sin darle tiempo a echarse atrás, la memoria trazándole la ruta hacia el lugar donde una semana antes había marchado a solucionar su cena. Se estaba presentando sin invitación, y disparatado o no, decidió esperar ante la entrada, sus ojos vislumbrando dentro del local la figura de la morena, que ajena a lo que sucedía, se disponía a cerrar. ¿Y no estaba acaso Dae a punto de hacer lo más estúpido que podía hacer en todo el día? Había sopesado las variables en su cabeza, las muchas situaciones en las cuales Sidney lo mandaba a la mierda y su ego terminaba hundido en el barro. Por suerte para él, era tarde, deshoras, y no habían viandantes a su alrededor para presenciar el ridículo y hacer la situación aún más vergonzosa.

¿Qué pretendía? Tampoco era la gran cosa. No era como si le estuviese invitando a una cita o algo parecido, porque estaba seguro de que aquello era de todo menos eso —o eso se decía—. Escuchó ruido a la entrada del supermercado, reconociendo a la extranjera, y se adelantó hasta allí, apoyándose en el lado de la fachada, dejándole tiempo para percatarse. —Sidney. —Mencionó, como quien constata un hecho, liberando el nombre en la brisa y reprimió una sonrisa ante su reacción. Estuvo dispuesto a echarse hacia adelante, en caso de que perdiese el equilibrio, o tropezase con el bordillo de la acera a su espalda, pero nada de eso sucedió, y en su lugar, alzó las cejas ante el paso apresurado y el repentino e indiscreto inicio de la canción de The Police. —Sé que está cerrado. —afirmó, apretando un poco el paso para recortar la distancia con ella— ¿Acabas de intentar llamar a la policía?—dijo, llegando a adelantarse más, cortándole un poco el paso frente a ella, con cautela, a fin de que la situación no escalara de proporción. —No soy un stalker. Probé la receta que sugeriste con la salsa de soja. —dejó caer— Iba a ir a un bar que conozco con tapas veganas y me acordé de ti. ¿Tienes algo que hacer?


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por Sidney B. Graham el Jue 06 Sep 2018, 00:02
«Sidney». ¿Por qué debía llamarla así? Recordaba haberse presentado Sid (ese i dé), y aunque el nombre completo jamás le había supuesto complejo ni problema, de pronto la encabritaba oírselo decir, como si por conocerlo —a diferencia de ella, que solo sabía la primera sílaba del suyo— se creyera en mayor derecho, suficiente para hallarse allí. Hizo una mueca, rechazo, el «Sidney» pisándole orgullo, haciéndola sentir ridículamente inferior; pero no dijo, no repitió en diminutivo, no preguntó (como en verdad quería) por el nombre. Marchó. Pero, sin vergüenza, Dae avanzaba a la par que ella, quién farfulló un corto y grosero:— Bien. —cuando este comentó, sabía que la tienda estaba cerrada. Aferrando las asas de la mochila, no pretendía detenerse mas el paso le fue cortado por el varón, la occidental contemplando con silencio y un deje de (falsa) solemnidad la piel morena y la redondez de sus facciones —no coincidía con su carácter, opinaba—, deseosa de desentrañar el enigma de aquellos ojos rasgados, que bailaban luz de farolas y parecían pestañear contradicciones.

No creyó necesario responder, pues era obvio que había intentado llamar a la policía, aunque a Siri le pareciera mejor momento para una canción (o chiste). — Lo pareces.Un acosador, decía. La boca se le había torcido en una media sonrisa, pero los orbes seguían opacos, un pie avanzado indicando carrera; creía que no era esa clase de persona, pero era de noche y había estado esperándola. Cuando le oyó la excusa, la sorpresa le abrió los ojos un tanto, no creyendo que fuera a invitarla de una forma tan descarada y preguntándose, también, qué buscaba sacar del encuentro (quizás finalizar aquella noche en la que se encontraron). ¿Estaba usando la soja como una nueva frasecita para ligar? Porque era, en parte smooth, y por la otra, bastante cringey. Se le ocurrieron varios comentarios que espetarle e incluso abrió la boca, habiéndose decantado por uno, pero nada llegó a salir, achicando la mueca un instante antes de zanjar:— Sí. —sorteando su cuerpo, como si fuera una mierda de perro en medio de la acera. Por supuesto, no tenía nada que hacer en realidad, aunque no estaba dispuesta a darle aquello que había ido a buscar, fuera lo que fuera.

Se dijo, se repitió (que no, Sid, que no), pues era cuestión de cabezonería. Y sin remedio, se preguntó si realmente había recordado la receta, si había pensado en una forma de invitarla a salir, quizá nervioso, y si realmente había querido cenar con ella; sino era ella misma quién boicoteaba las intenciones ajenas —culpable de arrojar la primera piedra, la mañana que lo señaló con revista por arma. Así, los pasos la traicionaron, aminorando hasta quedarse quieta, con las manos como péndulos a cada costado y alzando la barbilla sobre el hombro, buscándolo sin mucho ahínco, vagamente consciente de la decisión que el cuerpo le había tomando y que verbalizaba en la forma que tenía de apuntarlo, aún sin girar hacia a él. No sabía qué le cruzaba la cabeza (zorra idiota, se señalaba), pero de pronto —el estómago tiritando ligeramente—, no le pareció tan mala idea: ir, otra oportunidad. Exhaló un suspiro, frustrada consigo, y no se giró del todo, la voz mecida en la suave brisa nocturna. — ¿Está muy lejos? —¿y no era esa, también, una forma de acceder? De redimirse.
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por Min Dae Jeong el Vie 07 Sep 2018, 01:12
Acostumbrado a las afirmaciones, a la casi desesperada respuesta rápida que le aseguraba el siguiente movimiento (comunmente el viaje a la cama), se quedó estático, descolocado, sin saber que hacer. Sintió volcarse sobre su cabeza un balde de agua fría, y seguido de ello lo acosaron las dudas, debatido entre insistir o dejar todo correr. Se reprimió de decir nada, con la mandíbula tensa, a metros de Sid, que se alejaba precipitadamente calle abajo. Su silueta quedaba en penumbra, el ambiente de noche cerrada recién sacado de una película de Hitchcock, y en esta, Dae se preguntó, si acaso Sid no haría de una cómica y extraña femme fatale.

¿Qué hacía allí? A cada segundo se sabía más idiota, la sonrisa asomando en sus labios incrédula, distraído por los pasos seguros de ella. Tal vez sí había sido el alcohol influenciandolos a ambos el día que acabaron en su cama. Un error mutuo que los llevó a acompañarse, y ahora a desengañarse.

Lo rodeó un sabor agridulce, precipitando en su lengua palabras hirientes que no llegó a formular. ¿No era acaso demasiado fácil dejarlas salir como puñales? Evidenciada frustración por el tiempo perdido y por las promesas rotas, por haberla creído suya esa noche y luego no.

Se giró sobre sí mismo, uno de los zapatos adelantándose, dispuesto a volver a casa, cuando le interrumpió la pregunta de la otra, resonando en la calle vacía, impulsándole a volver la mirada aunque solo fuese levemente. Terminó de girarse, la distancia sin recortar, la confianza rota mientras los labios dejaban ir un:—No, pero traje moto —que fue escueto.— Si piensas que vengo a raptarte y a encerrarte en un sótano o algo, mejor que no subas ¿no crees? No queremos un telediario magnificado por la mañana—dejó las manos resguardadas en los bolsillos, consciente de que había una posibilidad de que se reafirmara de nuevo una negativa, pero para ella estuvo ya preparado, los dedos tanteando las llaves, la vista dirigiéndose al fondo de la calle, allá donde la había dejado aparcada.


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por Sidney B. Graham el Vie 07 Sep 2018, 01:37
Telediario magni... ¿qué? Viró sobre los talones, encarándolo con un mareo propio de la confusión —lo enfocó con los ojos, un zoom de orbes que sonó al contemplarle nuevamente, desespero por saber (intenciones, intenciones) sin hallar suerte en su vaga búsqueda del tesoro—; aún así, había comprendido lo suficiente como para percatarse de que se sentía molesto o, como mínimo, frustrado. Esto no parecía haber sido suficiente para que declinara la idea de la cita (¿lo era?), y entonces juraría tanteaba llaves en el bolsillo —melodía metálica acariciándole los oídos a la fémina, tentándola motocicleta, carrera y aventura sin más raciocinio.

Aquella línea prieta en el mentón la arrojaba a la negativa, a la seguridad del casa y cena y. Había algo indudablemente peligroso en la línea de sus hombros, en las sombras que las farolas proyectaban en sus rasgos; había algo que a Sidney le rogaba da la vuelta, al mirarlo (ella, que había odiado desde los centros a todos y cada uno de los perros con complejo de muchacho: como aquél), y un pulso soterrado —un susurro quejumbroso en la yugular—, que le lloraba acércate más. (Pero de hacerlo, se preguntó, ¿cuán lejos debería salir de su cuerpo? ¿del sí misma? Bucearle mente y recovecos —nunca sólo cuerpo—, ¿merecía la pena? Eran cerilla y explosivos, y se miraban).

Y Sid dio un paso, Sid dio dos. Acortó la distancia con la boca aún en una sola línea, orgullosa, hasta que ya no se atrevió a avanzar más. La barbilla se alzó, olfateando cuánto había habido de agallas y cuánto de estupidez, y las falanges acudieron con nervio a las hebras del flequillo, sacudiéndolo sobre la frente. Cuando la mano regresó al lugar, casi lo rozó. — Vamos. —convino. Sagaz, añadió:— No confío en ti. no cometería ese error. Quizás había dejado ya de hablar de secuestros y sótanos. — Pero quiero ir. —la voz cayó, se fundió noche y frío.
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por Min Dae Jeong el Vie 07 Sep 2018, 02:35
Muy coherente —concedió, evidente sorna en sus palabras a la par que la vió acercarse y se permitió mirarla de nuevo a contraluz. Sus rasgos en las sombras estaban más perfilados, casi dibujándola, y la recordó de nuevo, en la pista, oscuridad bañada por los focos. —¿Qué ocurre si te rapto de verdad? —inquirió, ahora la sonrisa asomando a sus labios, sin llegar a los ojos y denotando juego que no siguió. Echó a andar, sin creerse nadie para juzgar las contradicciones de ella, y en su lugar introdujo la llave en la cerradura del asiento, para rescatar del compartimento interior un casco blanco que dio a Sidney. Caballero, o quizás no. La voz de la razón le susurraba al oído, recriminándole las temeridades de verse con otras, como para a eso añadirle un accidente vial—Agárrate a mí o cógete detrás, como prefieras, pero no te vuelques hacia los lados. —Le hablaba ahora, como a una niña, pues si bien la sabía adulta, también la sabía difícil de leer.

Se agachó y soltó el casco principal del candado que había dejado atado a la rueda delantera. Olvidado como una cáscara, el susodicho permanecía consigo únicamente por la obligación legal de deber llevarlo, pero esto no se lo dijo a Sidney. Lo alzó sin cuidado, cubriéndose con este la cabeza, y al final lo abrochó, acomodándose y esperándola para arrancar. —Serán diez minutos —aproximó, las manos a cada lado del manillar, mientras aguardaba.

Cuando la supo lista avanzó por la avenida, apenas iniciándose, sorteando los coches que llegaban —fastidio—, y que siendo más grandes se acomodaban frente a los semáforos. Se detuvo, el pie descendiendo para apoyarse en el asfalto, mientras las luces bailaban de rojo a ámbar y luego verde. Humo y carretera, aceleró, los puños cerrándose en torno a la goma, las manos tensas, queriendo anteponerse a los distintos vehículos que les cortaban el paso y que de hacerlo les retrasarían bastante. Buscó las calles, dejando atrás el centro y avenidas principales, y agradeció que lo acogiera la zona vieja, más olvidada con las reformas de la urbe.

Sobre la acera, fue creciendo la multitud; los viandantes ataviados con chaquetas finas que solo aparecían al caer la noche —no había llegado del todo el verano—. Se detuvo. Las luces de neón titilando suavemente, el cartel en verde decorando la entrada del local, pequeño, pizarras, tiza, madera, oliendo a especias, incienso... en la puerta dos jóvenes con marihuana.

Se retiró el casco, recuperando la gorra negra que llevó previamente, y tras eso la esperó.


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por Sidney B. Graham el Vie 07 Sep 2018, 03:14
Relampaguearon sus pupilas. — ¿Quieres patada en los...? —se contuvo,  los dientes sonaron al cerrar la boca. Sabía, siguiendo con la mirada al varón —calle abajo—, que el propósito había sido juego y, aún así, sintió acicate en las manos, puño que deseaba volar al hombro ajeno —pero nunca, pero no. Se llenó los pulmones, exhalando a la par que echaba a andar, tras él. Pronto se estaba arrepintiendo de su decisión. La carretera abajo la empujó a mayor velocidad, alcanzando la motocicleta al trote y deteniendo de golpe, encaminándose hacia la parte trasera en una pequeña vuelta, para contemplarla. Era sencilla y discreta, similar a aquellas en las que subió cuando adolescente, a escondidas, sin casco. Dae le tendía uno y ella lo sostenía entre ambas manos, la mirada iba del objeto a las acciones del propio muchacho, que se colocaba el suyo ya sobre la motocicleta, esta vibrando con suavidad —un ronroneo casi insonoro.

Se retiró el cabello hacia atrás antes de colocar el casco, tanteando por hebilla y cordel para asegurarlo, cristal aún alzado, cuando apoyaba la palma en el hombro del varón para pasar la pierna al otro lado. Apretó muslos al vehículo, caliente contra la tela tejana, y las manos acudieron al atrás del propio asiento, aferrándose a los bordes y tensando los brazos; no había necesidad de, se dijo. Bajó el cristal del casco de un golpe. — Arranca. —más petición que orden, el sonido silbaba entre dientes y boca rasgada, impaciencia que se estrellaba contra el cristal nublado del casco. Su figura temblaba a la par que la moto, sintiendo el pulsar de la adrenalina al acelerar. Habían pasado años. La velocidad no era tanta, sorteando otros vehículos y semáforos, por lo que se permitió la licencia de soltar una mano, ondularla ante los golpes de aire, recordándose más joven —igual de absurda.

El cuerpo se le zarandeó hacia adelante en el semáforo, la palma en la espalda de Dae, apoyando allá para no caer con peso contra él, envarando la espalda y sosteniéndose con prudencia nuevamente, párpados a medio caer en las aceras y viandantes, aburrida —ojalá tierra, pensó; había un terreno estéril en lo alto de una calle, allá en su ciudad, donde habían hecho de coches peonzas, ella cuerpo asomado por la ventana del asiento trasero. Dibujó una ruta con las pestañas, recorriendo un montículo, puñado de estrellas en su cima, donde bien sabía quedaba un mirador para borrachos, besos y coches rotos. Abandonó idea, consciente entonces de que habían llegado, ya que el vehículo volvía a aminorar marcha hasta quedar detenidos frente al local. La curiosidad le latía frenesí en el tórax, queriendo alargar prontamente la mano y abrir la puerta de madera —pomo tallado—; adentrarse en humareda y comida, gente joven que hablaba en distensión.

Bajó primero, sacando el casco y sacudiendo la cabeza, dejando que la melena lisa retornara a su lugar —no muy preocupada por esta—, pasándole el casco al conductor. No lo miraba, a Dae: los pies se le movían inercia hacia adelante, más cerca de las cristaleras, buscando más pistas del interior. El olor a hierba le salpicó los labios y, con poca vergüenza, se apegó al muchacho de cabello rapado que daba calada y lo pasaba al amigo, con dos piercings besándole hoyuelos en las mejillas. Se presentó, mano alzada y sonrisa de verano, preguntando si podían cederle una calada, diciendo ser turista, no haber hallado lugar dónde obtenerla. Se lo dieron, el canuto: la contemplaron interés y la dejaron fumar largo, hondo —lo devolvió al echar la vista atrás, hallar allí a Dae. Se encogió ligeramente de hombros, esquiva, y empujó la puerta para pasar, las yemas sosteniéndola hasta el último instante para que el peso no le cerrara en la cara. — ¿Qué es este sitio? —murmuró, encandilada.
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por Min Dae Jeong el Lun 17 Sep 2018, 00:27
Entretenido en poner a buen recaudo ambos cascos, perdió de vista a la morena que, sin él saberlo, se adelantó con palpable entusiasmo hacia la entrada del local. Sin ser aquella la primera vez que Dae pisaba el sitio, reconoció el olor a marihuana, y contrario a lo que pudiera haberse esperado, sonrió más que escandalizarse. No fumaba, por supuesto. No podía permitírselo, era un riesgo demasiado grande —tanto para él como para su grupo—, y por ello buscaba mantenerse alejado de esta en la medida de lo posible —sin tener nada en contra de ella—. Las leyes de Corea podían ser muy duras para su gusto, especialmente con lo que él consideraba drogas recreativas y que poco efecto negativo podían hacer en el individuo más allá de dejarlo un poco ausente.

Se giró, habiendo perdido a Sidney de vista, y en primera instancia se inquietó un poco. Sabía de sobra de las dificultades de la extranjera para arreglarselas en conversaciones más elaboradas, y aquella era una sección de la ciudad que no sabía si había pisado antes. La ubicó frente a la fachada, hablando con los chicos que fumaban, y al verla tomar el canuto solo sonrió discretamente. No era descabellado. Especialmente tratándose de una extranjera. Mientras acababa, se quedó tras esta dejándole espacio, pero no se reprimió de dirigir una mirada cauta a ambos muchachos, advertencia silenciosa, antes de conducir a la australiana al interior del Green's.

Es la zona... "eco" de la ciudad, podría decirse. Hay muchas tiendas pequeñas de comida vegana y vegetariana, también de fairtrade y todo ese tema. Por relación, implica también las tiendas de vape y tráfico de marihuana. Sé de un par de talleres de tatuajes que también están por la zona que usan tintas más naturales o a saber. Tampoco lo he investigado demasiado. —dejó que se adelantase, observándola a la par que avanzaba entre las mesas, todas de una mezcla de madera y cristal que hacía todo el ambiente interior rural pero moderno. Las plantas llenaban las paredes, creando una atmósfera de marrones, blancos y verdes predominantes, que hacían honor al nombre del local.

Adelantó la mano, tomando uno de los menús de la barra, y caminó hacia la sección del fondo, dejando que Sidney tomase asiento primero. Se reprimió de llevar el antebrazo a su espalda en el avance a la mesa, consciente de que, pese a que con otras chicas la respuesta habría sido positiva, la occidental parecía ser capaz de arrancarle la mano ante el solo gesto. Le ofreció el menú en su lugar, esperando a que lo ojeara, y tomó asiento frente a ella, entreteniéndose mientras alineaba los cubiertos. —Descubrí el sitio por casualidad. Cocinan bien, es discreto, no se llena demasiado... es cómodo. —hizo una pausa— Pide lo que quieras.




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por Sidney B. Graham el Vie 12 Oct 2018, 04:32
No quería parecer estúpida, por eso, adelantándose, lo escuchó con atención y no irrumpió para preguntar por alguna palabra que le había escapado del entendimiento; no quería parecer estúpida, pero realmente lo era al no admitir su dificultad, considerándolas derrotas gigantes frente a las diminutas victorias que conseguía día a día —se lamentaba, porque comprendía cada pausa de sus tutores, siempre formal, pero las formas coloquiales de la gente más joven solían escapársele. Aún así, se encaminó entre las mesas con la misma rectitud y arrojó lejos cualquier vocecilla que la señalara insignificante. Tomaba asiento y se desprendía de su cazadora, aceptaba con una sonrisa ligera la carta que el varón le tendía y, extrañamente, se alegraba de haberlo seguido hasta allí —extrañaba de su ciudad los lugares perdidos y las cenas con amigos, hablar y reír hasta quedar sin voz (por eso, se dijo, qué más daba si Dae, quizás, tenía el propósito final de la cama; hacía tanto que no cenaba así con alguien, que se contentaba con hacerlo de esa manera).

Los ojos se le deleitaron en los recovecos del lugar, en vez de en el menú abierto que sostenía. Él lo llamó cómodo, ella lo pensó cálido. — No te queda.(este sitio), dijo, llevando por fin los ojos a las letras— La camisa parecía cara. —era vago, sin embargo, con ello parecía reconocer que lo había tomado por alguien más materialista, quizás con un monedero más ancho, como para estar allí. Bajó la carta hasta la mesa, mirándolo. — Estaba sorprendida cuando compraste tofu, en Corea... —meditó un momento sus palabras— es como pecado. —Alzó la carta de nuevo— Es barato, en naver todo sobrepasaba presupuesto. —llevaba una sonrisa cansada. Leía los platos, abrumada por la cantidad y variedad. Le chocaba, de aquella cultura, el hecho de que ambos debieran comer lo mismo; era algo que la hacía sentir cohibida y, a veces, incluso algo molesta. Sugirió:— Pidamos a medias. —y cuando le pasó el menú, su índice señalaba un entrante, poniéndose en pie. Las hebras largas acariciaban las hojas plastificadas— Este, escoge otro. —Abrió su bolso, sacando la cámara y enredándosela (dos vueltas) en la muñeca— Ya vengo. ¡Ah! para mí cerveza.

Y así desapareció, acudiendo hasta la barra y preguntándole a uno de los camareros si había algún problema con que tomara un par de fotografías del lugar, prometiendo ningún cliente o personal saldría retratado en estas; el muchacho, algo joven y nervioso, dudó antes de responderle que sí. Se paseó por el lugar, contemplándolo por el ojo de la cámara y tomando varias fotografías de la decoración, una de una mesa ya vacía, y fue cuando regresaba —ojeando los resultados en la pantalla— que contempló al muchacho; sentado en aquél rincón, junto a la cascada de hojas verdes en la pared, el perfil parecía el de un modelo —lo fotografió por inercia. Cuando se sentó, la cámara ya estaba apagada y el menú fuera de la mesa. La lata de cerveza la esperaba en su lado, así que tiró de la anilla para abrirla y llenarse el vaso de cristal. Lo elevó hasta su boca. — ¿Por qué me has traído? —Bebió, la lengua se retiró la espuma de los labios. Quizás la pregunta más acertada fuera: ¿por qué has regresado?
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por Min Dae Jeong el Miér 17 Oct 2018, 00:52
Dejó que se entretuviese con el menú. Dae ya lo conocía, había arrastrado allí a Guk en más de una ocasión con tal de poder comer tranquilamente sin que los juzgasen por pedir platos distintos. Ni se le pasó por la cabeza que pudiese estar hablando demasiado rápido o que Sidney pudiese no comprenderle. El coreano no era su lengua materna, pero podía llegar a estar lo suficientemente cómodo hablándolo como para olvidarse de que eran ambos extranjeros.

Alzó la vista a la australiana, un poco desconcertado por la afirmación. —No soy de esos que necesitan marcas por todos lados para sentirse realizado. -Mencionó, un poco incómodo porque ella creyese que era así. Su armario había experimentado cambios desde que comenzara su carrera de idol, su estilo se mantenía, pero pese a que el caché de las marcas había aumentado, todavía guardaba muchas prendas que le fueron muy asequibles tiempo atrás. —Cuando salgo de fiesta, o salimos, —pensó en los demás chicos de Déjà Vu—suelo arreglarme más de lo normal. —Eso no era un secreto, era algo que hacía él y hacían todos, sobretodo cuando llevarse a alguien a casa suponía un objetivo claro de la noche. —Pero mis camisetas preferidas no son siempre las caras. Tengo una camisa que compré en Tailandia que me gusta bastante, azul y negra. Creo que no llega ni a los 13 000 wons. —Miró al grupo de camareros, atendiendo las mesas vecinas mientras hablaban. —Ninguna chica quiere llevarse a casa a un cualquiera. —agregó, y antes de que pudiese añadir nada la otra, remató:— Sabes que es verdad. Cuando se hacen one-night-stands los trofeos se buscan por ambas partes—Y puede que Sid se molestase, estuvo preparado para ello, pese a que no hubiese nada que pudiese decirle ella que le hiciese cambiar de opinión. Había tenido tiempo de testarlo con los años. Tenía suficientes casos prácticos como para poder presentar una tesis de universidad.

Apenas le dio tiempo a dejar aparcado el tema de conversación. La vio saltar de uno a otro con rapidez vertiginosa, algo sorprendido de la cantidad de temas tabú que estaba logrando sacar en unos pocos minutos. Sid, your foreigner roots are showing.Bueno, he sido vegetariano desde los trece, hay mucha comida tailandesa hecha a partir de verduras, es mucho más fácil que aquí, pero por cambiarme de país no voy a cambiar de costumbres. —No dio muchas más explicaciones de eso, quizá algo a la defensiva, por si se encontraba testándole o algo. Cierto era que Dae tenía deslices, —sí, no era ningún santo—, pero por norma general se ceñía bastante bien al modo de vida.  Una sonrisa breve asomó en su rostro, ademán de acolchar con ella la conversación —se sentía en un interrogatorio—. Se había planteado ser vegano, pero eso no era algo que apoyase en demasía su empresa. Dificultaba mucho el organizar el catering cuando tenían actividades con el grupo, y existía ese estigma social —que mantenían también los nutricionistas que les organizaban las dietas—, de que comiendo así no estaría recibiendo suficientes proteínas, vitaminas, lo que fuese que se les ocurriese decir en el momento.

Tomó el menú cuando se lo tendió, viendo como Sidney se alzaba, cámara en mano, y por un momento la creyó irse. Estuvo tentado de adelantar la mano, impulso de tomarla de la muñeca, cuando lo interrumpieron sus palabras y disimuló. —Sí, tranquila ya lo encargo —Quedó solo en la mesa, pidiendo ambos el tteokbokki y el bibimbap, platos exageradamente tradicionales pero que no podía permitirse comer todo lo a menudo que quisiera.

La miró cuando supo que no se daría cuenta, entretenida como estaba con la decoración del local, y finalmente desvió la vista, lo suficientemente pronto como para no percatarse del instante en el que la otra le hiciese la foto. Llegaron las cervezas y dio las gracias al camarero, dándole un sorbo a la propia. Le supo a cielo, el alcohol, tranquilo al saber que faltaba aún una semana para el chequeo médico de RCKSTR. No se arriesgaría en caso de ser al día siguiente. —¿Mm? —Desvió la vista a la chica, que volvía con una nueva pregunta en los labios. Se dio un tiempo para responder— Es muy difícil salir a comer fuera cuando se es vegetariano o vegano en Corea... así que...—se encogió de hombros.


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por Sidney B. Graham el Miér 17 Oct 2018, 04:49
Lamentó su tono directo y las líneas rectas de su rostro, pues no había pretendido molestarlo con su comentario; mal había escogido las palabras, así que permaneció callada, dejándolo explicarse. No se consideraba materialista en lo absoluto, ni tampoco alguien que juzgara con facilidad, pero tras la incómoda mañana en la que despertaron a medio desnudar, había para con él un escepticismo injusto que había querido rectificar, allí, comentándole aquél sitio no era lo que había esperado de él —y estaba bien, porque era mejor (de su estilo: plantas, madera y amigos). No echó hacia atrás, para corregirse. Escocía en su feminidad y en su feminismo, aquella palabra:— Trofeo. —la masticó como a un chicle— ¿Es eso? —preguntó, con la mandíbula relajada pese a la sangre caliente. Era la paciencia de quién ha conocido antes: otros, igual— Un disfraz para impresionar otro disfraz.

Sonaba ridículo, claro que él solo tenía sus ojos. No le diría ella no hacía ese tipo de cosas, porque aquella explicación no solo estaba de más sino que sonaba como un añejo escupitajo a la libertad sexual —podía meterse en los pantalones de quién quisiera y cuántas veces quisiera—; tampoco le diría que ella no coleccionaba ni iba en busca de nada —que no sentía un vacío existencial en su estantería ni el impulso de llenarlo efímeramente—, que la razón por la que se enredó en él fue mucho más sencilla o quizás, mucho más compleja (que la miró a los ojos y allí, ella solo vio un símil a la entereza). Aún así, mantuvo con fijeza los ojos en él como si su chocolate se hubiera agriado (preguntándose qué escondería bajo su disfraz —¿más gratas sorpresas, como aquella?— y qué era lo que había hallado de especial en ella, que había buscado aún creyendo falso / preguntándose si el de delante era otro disfraz). Los pliegues de sus párpados suavizándose, foco al menú hasta que mencionó país. — Oh. —se le escapó— ¿Eres tailandés? —la barbilla viró a un lado, como si lo contemplara desde otra perspectiva. Cuando volvió a su posición natural, le sonreía— Pero hablas muy bien, —pausó, dejando el menú sobre la mesa y añadió un murmurado y burlón:— al menos para mí.

No se percató, de aquella mano; de haberlo hecho, hubiera alargado la suya propia a la otra mejilla, propiciado una caricia como a un infante y dicho no te dará tiempo a echarme de menos. Cuando dio sorbo a su cerveza, volvió las manos a la cámara para sacarle el objetivo y guardarla correctamente en el interior de su mochila, con un cuidado evidente. Y luego, las manos fueron soporte para su barbilla, un balcón en dónde se apoyó; la yema del índice dibujaba el contorno en el filo del vaso, oyendo el suave y casi imperceptible sonido del vidrio. — ¿Por qué me has traído? —volvió a preguntar, creyendo había fingido despiste para no verse en compromiso de responderle. No le importó, aquella verdad a medias; se le ensanchó aquella curiosidad palpitante, aquél impulso en la mano —por arrancar posible disfraz o hallar sólo carnemúsculo. Cabeceó con lentitud, dibujando una ola de mar con aquél balanceo y esta se vio irrumpida, teniendo que retirarse hacia atrás, espacio al camarero para servirles los platos.

Su cabeza se agitó otra vez, un movimiento más corto y rápido. Gracias. —Fue a tomar los palillos, pero le habían traído cubiertos. Se fijó en el otro extremo de la mesa, pero allí descansaba un sobre de palillos de madera, así que sus dedos tocaron el metal del tenedor y la cuchara en un latir extraño. — ¡Disculpe! —alzó la voz, de vuelta el camarero; les tendió aquellos cubiertos como un destierro más de su cultura. Le sonreía como si no estuviera hastiada de que aquello le sucediera cada vez— ¿Puede traerme palillos?
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por Min Dae Jeong el Sáb 20 Oct 2018, 21:11
Esperó quizás otro tipo de respuesta por parte de Sidney. Tampoco había hablado de aquello con otras chicas, pero siempre imaginó algo más violento, la hipocresía nerviosa que comúnmente arrasa en las conversaciones. Alargando la mano para tomar su propio vaso de cerveza, bebió, escuchándola, y la palabra en sus labios sonó agria, como instantes antes había sonado en los de él: trofeo. —Sí. —corroboró, diciéndose que era buena metáfora la que había empleado la otra.—Disfraces. Todo el mundo los usa, cada vez más. Un caso en concreto, muy grave que conozco—esbozó una sonrisa antes de retomar la seriedad, dotando de una solemnidad inexistente a lo que iba a decir— Instagram ¿lo conoces? Ah. Terrible. Dicen que hay quien se pasa horas para sacar una foto y subirla, qué locura ¿verdad? —se percibía la diversión en su voz, la risa no formulada, la ironía de saberse culpable, él el primero, uno más que se dejaba arrastrar por la convención social.

En ocasiones se cansaba. Lo hacía porque no eran solo un disfraz como mencionaba Sidney, eran múltiples para él, un disfraz que cohabitaba con otro dentro de otro. Una paradoja que en ocasiones lo tenía en silencio en su habitación, mirándose al espejo, preguntándose quien era realmente. Poner nombres ayudaba. Nombres para diferenciar A de B. El real. El que quería ser. El de DJV. El de sus amigos. El de la familia. Daejeong. X. Phobetor. Dae. Sky.

Se distrajo en esa idea momentáneamente, el cuerpo recostado en el asiento, el móvil olvidado en el bolsillo. La pregunta de la australiana lo tomó por sorpresa, sin haberse parado a pensar en ello antes. Había creído evidente el que no era coreano, que lo delataba la piel más bronceada que la de sus compañeros. —Sí, soy tailandés... creía que lo imaginarías, que no era coreano al menos. —No la juzgó demasiado, recordando que podía ser difícil para los occidentales diferenciar el compendio de razas asiáticas. —Nací allí y me mudé de pequeño, por eso hablo bien el coreano, no por nada especial. No soy ningún genio de los idiomas.

Vio al camarero llegar a donde estaban con el bibimbap, colocándolo entre ambos en la mesa, y esperó a que fuese Sidney quien se sirviese en su plato primero. El que reclamara los palillos le hizo alzar la vista, preguntándose si es que sabría usarlos realmente o de alguna manera buscaba impresionarlo. —Puedes pedirle los cubiertos también si quieres, me es igual —Intentó, aún con la decisión de la australiana. Evitaba la pregunta que le había lanzado ella antes, una que ya creía haber respondido pero que volvía a lanzarle —Porque quisesaber másy porque creo que eres atractiva. —mencionó al final, esperando a su turno para servirse, el diálogo ameno el resto de la noche.

✯✯✯

Deberías probar el Jeungpyeon —mencionó, el dedo apuntando al postre en la carta —Los hacen muy bien aquí. Podemos pedir una bandeja con varios tipos. Los podemos pedir para llevar. —Y no supo exactamente porqué dijo lo último, solo pensando que aún no le apetecía volver a casa.


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por Sidney B. Graham el Dom 21 Oct 2018, 05:12
Se le había escapado totalmente, y entonces sentía una creciente curiosidad con respecto a su situación y pasado, buscando, en parte, su comprensión con respecto al idioma, a la cultura y a lo sola que tendía a sentirse. — Eso decís todos los corea...siáticos. —se corrigió a medio camino, estúpida por obviar el tema del que recién estaban hablando (la nacionalidad del varón). — En Australia hablamos inglés, ya está. Aquí hablan el suyo, en clase inglés y muchos hablan japonés o chino o los dos, aunque solo poco, no importa. —en las pausas había un peso, entreviendo en el discurso la importancia que le daba a aquella cuestión, especialmente desde que ella misma lidiaba con el conflicto de la nueva lengua— No solo los Americanos son self-centered, por lo visto todos los angol... ang... angloparlontes struggling ¿Se dice así?

El camarero pareció haber sido cogido desprevenido y, entre la confusión y la vergüenza, se reverenció y rápidamente desapareció de su vera hacia donde Sid esperaba se hallaran los utensilios. Se negó, las hebras balanceándose ligeramente a cada lado de su rostro. — No, no. Siempre uso palillos. —había sido esa la única forma de aprender a utilizarlos. Además, se le hacía raro comer comida tan tradicional con cubiertos occidentales. Aquella respuesta tardía la cruzó tan desprevenida como su propio reproche al camarero, mismo que retornaba y le tendía los palillos, Sid tomándolos y revolviendo los alimentos de su bol. — ¿En serio? —no lo miró hasta que no hubo terminado, sosteniendo con los palillos (dedos lo suficientemente elegantes) el alimento y acercándolo a la boca. Voló una flecha:— Recuerdo dijiste que la habitación oscura me hizo favor. —sin embargo, el tono fue suficiente para que la punta se fundiera y clavara, con mucha más gracia, en el cuerpo ajeno.


La comida estaba deliciosa, la conversación entretenida, y la carta les había retornado una vez más; para cerrar la noche, parecía, pero Dae señaló un nombre y mencionó un después de camuflaje —a un más, sonaba—, y Sidney bajó la carta hasta la mesa, mirándolo sin necesidad de añadir otra cosa. Pidió el postre, accedió a su sugerencia. En el paladar quedaba impresa la huella del agridulce, aunque no habían probado el jeungpyeon aún, esperando —la cadera apoyada ligeramente contra la madera de la barra— a que les devolvieran las tarjetas (había insistido en pagar a medias), con el postre envuelto y embolsado.

Se colaba la cazadora en lo que se dirigían hacia la puerta, caminando entre las mesas en las que aún restaban comensales tardíos o postres que se alargaban a propósito, haciéndola sonreír al ver la bolsa pendiendo de los dedos de Dae. La noche había caído plenamente y el frío de la Luna la sacudió en un escalofrío, haciéndola frotarse uno de sus hombros —queriendo entrar en calor— y esperando dubitativa frente a la motocicleta.  Se le ocurrían un par de cosas con las que proseguir el encuentro (no cita), y aún así, primeramente preguntó:— ¿Qué quieres hacer? —brazos cruzados por el frío y no el rechazo.
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por Min Dae Jeong el Miér 07 Nov 2018, 01:45

Pidió el postre para llevar, sonriendo breve a la australiana, porque era cierto que sabían más idiomas, pero su situación era también distinta. —Bueno, piensa que el inglés es el idioma más hablado... y con el que tratan las empresas. Una persona que sabe inglés no necesita saber coreano para tratar con coreanos, sin embargo un coreano si necesita saber inglés... —Nunca le había dado tanta importancia a ello, quizá porque había ido aprendiendo los idiomas de pequeño y no había sido consciente. — My English is don't that good anyways —contestó, colocándose la chaqueta, seguro de haber cometido fallos en la frase. —Angloparlantes —repitió, corrigiéndola al pedírselo ella. — Sabes mucho más coreano que yo inglés... no me pareces narcisista.

Sentía curiosidad por saber qué habría hecho que Sidney comenzara a estudiar coreano. Le parecía un idioma muy específico, al menos para extranjeros que ni siquiera utilizaban su mismo alfabeto. Recordó el tatuaje de Pegasus, y reprimió una sonrisa, preguntándose si es que no sería una de aquellas koreaboos arrastradas al país por la cultura. Disimuló. —¿Cuanto es todo? —se acercó al mostrador, hablándole al camarero y depositando la tarjeta sobre el lector, sin dejar que la otra se ofreciese a pagar nada. Se lo podía permitir y había sido él quien la había arrastrado al local en primer lugar.

Fuera, tomó aire, acomodándose mejor gorra y mascarilla. —¿Dije eso? —preguntó, haciéndose el loco ante la acusación. Recordaba muy bien haberla molestado, pero no había habido sinceridad alguna en el comentario, solo ganas de atacar orgullo y confianza. — Hagamos una cosa. —Se giró hacia esta cuando salió, caminando de espaldas. — Yo olvido tu asunto de la revista y tú olvidas mi asunto de las luces —comentó, llevándose las manos a los bolsillos para cobijarlas. Captó el escalofrío de ella, interpretando los gestos, los brazos rodeándose, y sonrió un poco, preguntándose si no era aquella una escena recien sacada de cualquier kdrama.

Recordó una cosa, y solo entonces, se quitó la chaqueta que llevaba, acercándose para colocarsela sobre los hombros. Le acomodó el cabello, a fin de que no quedase aplastado por el abrigo y cuando estuvo satisfecho con el resultado, se excusó, alejándose de vuelta a la moto aparcada. Abrió el compartimento del asiento, travesura en los ojos, imaginándose que debiera de pensarse ella. Quizá tenía razón, quizá estaba siendo caballeroso; de no ser porque tenía una segunda chaqueta, de cuero negro, guardada en la moto. No lo había planeado. Fue pura casualidad. Sabía lo que era caerse y rasparse con el suelo, y no tenía intención de repetir la experiencia en caso de que olvidase él mismo la manga larga, hiciese frío o calor. —¿Vienes? —mencionó, alzando un poco la voz para que le oyese desde donde estaba. Se colocó la chaqueta, retomando el casco, y se acomodó en el asiento, esperando para salir. —¿Quieres que pasemos por un 24h y compremos un par de botellas? —sugirió, testando, sin saber si accedería— Después podemos ir al mirador de la playa... de día casi no se puede ir y a estas horas está vacío. —Porque aquello no era una cita, no lo era.
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por Sidney B. Graham el Mar 04 Dic 2018, 01:32
No preguntó, gorra y mascarilla, aunque quiso hacerlo.

De noche, ¿quién necesitaba visera? Y sumado a esta, la tela oscura cubriéndole medio rostro, como si necesitara ocultarse una descuidada barba; o acaso, ¿no deseaba ser reconocido por nadie? ¿qué era lo que tenía por ocultar, entonces? Si no estaban haciendo nada malo. Acomodó la mochila en sus hombros. No, no preguntó, aunque la curiosidad —para con él— engordó y se planteó si no era ese, quizás, el motivo de Dae para llevar todo aquello; probablemente solo lo estaba pensando demasiado, pero eso no cambiaba el hecho de que las acciones evasivas del chico eran extrañas —y que Sid, cuál sabueso, no las había pasado inadvertidas.

Caminaba con tranquilidad, cuatro pies en los adoquines, el ruido del interior del local extinguiéndose a medida que se distanciaban del mismo. La voz opacada tras la mascarilla la hizo detenerse, en el borde de la acera; las puntas de sus zapatillas se inclinaron, balanceando el peso. — No quiero. —respondió, tras unos escuetos segundos. Porque no importaba cuántos juegos de seducción le hubieran valido perdón y polvo de otras: Sidney no deseaba incentivar aquella clara actitud reprochable. No, no obviaría para su beneficio cualquier error —tampoco le pediría a él que olvidara los suyos. Debían seguir de aquella forma, viviendo en las consecuencias de sus actos (y quizás algo más: de lo que no habían hecho). Le sonrió. Acuérdate siempre de lo peligrosa que soy con una revista. —su voz decía broma, sus ojos advertencia, pero la línea de sus hombros estaba gacha y permaneció igual, en aquella postura serena.

Frunció el ceño tan pronto lo vio deshacerse de su chaqueta, acercándose a ella con la misma, provocándole un bufido y el gesto de los hombros en intención de apartarse, aunque no lo suficientemente rápido. Se suavizaron sus facciones, no por la prenda sino por el gesto, pero aún así inquirió:— ¿En serio? —porque no podía creerse aquello en absoluto. Ella nunca lo había tomado por príncipe azul y no comprendía por qué entonces él deseaba jugarse aquél cartucho. Abrió la boca una vez más, pero estaba ya lejos de su alcance como para devolverle la prenda. El perfume masculino se elevaba desde los hombros hasta su nariz, preguntándose a sí misma, cambiando el peso hacia la otra cadera, qué debía hacer al respecto. Que no había llegado tan lejos para discutir, pero ¿se convertiría entonces en una criatura blanda y manejable? ¿eran los planes para sí aquella noche? ¿arrugarse bajo una cazadora, como si aquello fuera su disfraz de princesa y fingir que no le molestaba, no la amabilidad, sino la falsedad de la misma?

Puso su atención en Dae de nuevo, cuando la oyó llamarla: llevaba otra cazadora. Resopló, llegando hasta él en un instante y colando los brazos por las mangas de la chaqueta prestada. Llevaba más capas que una cebolla. Índice y pulgar, ejerció fuerza y dejó que el índice impactara, como una réplica infantil, sobre la frente de Dae —hueco del casco abierto. Una de las comisuras le tiritaba en algo así como una sonrisa. Me la has colado, quedaba implícito, bajándole la visera del casco antes de subir tras él a la motocicleta y colocarse el suyo. Asintió, la barbilla de su casco rozándose con el hombro ajeno, un golpe indoloro pero molesto que la hizo emitir un quejido. Un mirador al que Sidney había asistido antes no quedaba muy lejos de allí y se preguntó si sería el mismo; era el típico lugar al que acudían las parejas, en el secretismo de la noche, para pasarse a los asientos traseros del coche. — ¿Se ve también la ciudad? —preguntó, en lugar de hacer ningún comentario sarcástico, una forma de acceder sin más. Sus manos se sujetaron al torso (bajo la chaqueta, permitiéndole movilidad), en vez de a la moto. — Pero solo si vamos deprisa. —decía, como una niña, añadiendo:— Compremos soju.
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por Min Dae Jeong el Mar 04 Dic 2018, 20:26

Recibió la negativa, sin percatarse de ella al principio y luego mirándola —extranjera— con consternación. Nunca hubiera imaginado que rechazase la oferta, acostumbrado a los numerosos sí, al afán por contentar de la vasta mayoría de chicas con las que había estado. Tardó en reaccionar, desprovisto de respuesta para contestación así. —No os separaré entonces, a ti y a la revista —Y con eso dio por finalizado el debate.

De vuelta en la moto, se distrajo buscando las llaves, colocándolas en el contacto. Recibió el golpe en la frente —índice, sin molestarse— antes de alzar ambas manos en señal de rendición: lo merecía. —No solo las chicas pasáis frío. —Alegó, sin vergüenza, listo para marcharse de allí. Entrevió la afirmación de ella, satisfecho por dentro, su mente celebrando: gané y colocando ambas manos en el manillar. Conocía una tienda 24h cerca de donde se encontraban, llevada por una pareja de ahjussi que serviría al propósito que necesitaban. —Sí, es un mirador bastante elevado —contestó, notando las manos que, silenciosas, buscaron lugar bajo su chaqueta. Giró el rostro brevemente, la pregunta alzándose entre ambos: por qué ahora y no antes.

Sorteó coches, la noche tirando de la comisura de sus labios, buscando sonrisa. Saltó semáforo, obviando las luces y la estrechez de los callejones que a ambos lados, los juzgaban silenciosos. La calle se volvía pista y ellos estela, una figura desdibujada que olvidaba reglas y saludaba ciudad. Frente a la tienda, fue aminorando, aparcando el vehículo y retirando el casco que arrastró consigo.

Saludó con un gesto de cabeza, avanzando hacia las neveras y abriendo la puerta en busca del soju. No bebía alcohol, al menos no tan a menudo como quisiera, pero ¿quién había allí en ese momento para impedírselo? Usó el casco de cesta, girándolo para colocar las botellas, siete, y tomó varios paquetes de dulces, avanzando hasta el mostrador. —¿Cuánto? —se hizo con la tarjeta, dispuesto a pagar, ajeno al dependiente y a la posibilidad de que fuese a oponerse a la venta. El hombre, en los cincuenta, lo observó sin reparo, de arriba a abajo, creyéndolo menor. —Papeles. —Hizo gesto vago con la mano en dirección al tailandés que lo miraba ahora con orgullo, mellado. —Tengo veintidós —bufó, las manos buscando en sus vaqueros, la dichosa identificación que poco más y creía olvidada. La depositó sobre la mesa, lidiando con unas pocas miradas esquivas más que taladró de vuelta.

Una vez pagada la compra, escapó fuera con Sidney. — Corea —masculló, queja general, mostrándose extranjero, tanto como la otra. Sobre la moto, tendió la bolsa a ella, arrancando el vehículo para buscar el mirador.
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por Sidney B. Graham el Miér 05 Dic 2018, 22:53
No dio respuesta a la pregunta silente, permitiendo —o tal vez instigando— aquella orbitara entre ambos un momento. Se preguntó lo mismo, a sí misma, descubriendo podía recriminarse del mismo modo en que a él, juiciosa, le recriminaba; acaso, ¿era aquella su forma de seducir al seductor? ¿o sólo resultaba ser una muchacha de decisiones volátiles? Apoyó la barbilla del casco en el hombro del conductor, ladeándola hacia el lado con cierta experiencia, entrelazando las manos sobre el abdomen ajeno cuál improvisado cinturón. Parecía, al fin, haberse rendido —si es que en primer lugar había puesto alguna resistencia—: no se permitió pensar en si se estrellarían, el final abierto, como la carretera. La espalda de Dae desprendía una calidez que irradiaba contra su pecho y que podía percibir con nitidez, pese al movimiento del vehículo; era agradable, como una taza de leche tibia —si hubiera cerrado los ojos, la hubiera sentido goteando en su estómago (pero los mantuvo abiertos y nunca lo advirtió).

El letrero llevaba una letra fundida, y supo que era aquella su parada antes de aminorar la marcha, juraría, precisamente por aquél tonto detalle. Bajó primeramente, sacándose el casco mientras el tailandés apagaba la motocicleta y se apeaba a su vera, aunque fue este quién tomó la iniciativa y se adentró primero en el local. El dueño —y dependiente—, se había visto en la necesidad de encender una radio para llenar el tortuoso silencio del establecimiento y, tan pronto entraron, alzó la vista con una curiosidad que los delataba como primeros, quizás únicos, clientes del espantoso turno de noche. Sosteniendo el casco contra las costillas, escuchaba el eco del programa de música mientras caminaba por las estanterías; alargaba los dedos de la zurda y rozaba los envases, distraída, siguiendo aún el recorrido de Dae, quién parecía conocer bien dónde se encontraba todo. En lugar de dirigirse con él al mostrador, Sidney tomó la dirección de la puerta y, aún en el interior, aguardó la transacción con el pomo encajado en la palma. Sonreía cuando lo vio llegar —había oído lo ocurrido y la expresión del muchacho se le antojó más divertida que la propia conversación. La puerta se sacudió en un tintineo tras ellos; dejó de oír la música tan pronto dio dos pasos en dirección al vehículo.

Se quejaba de la tierra y ella no lo se unía protesta, añadiendo aquello de como en casa en ningún sitio, si no que tomaba la bolsa de las bebidas y respondía, metiéndolas junto a los dulces en el maletero bajo el asiento:— Menos mal que enseñabas DNI, porque yo aún no cumplo los dieciocho. —una broma tan tonta que incluso a ella le provocó la risa (un sonido delgado que se dibujó puntiagudo en sus comisuras), ahogando el sonido de la misma al colocarse el casco. Retiró las hebras del rostro por el hueco y no bajó el cristal, queriendo sentir la brisa. Subida de nuevo, sus brazos retomaron el camino con una abrumadora familiaridad, estrechándolo; el a(brazo)garre se volvía inquebrantable solo momentáneamente, cuando tomaban las carreteras cuesta arriba, más y más cerca del mirador, pero cuando el asfalto volvía a sentirse suave bajo las ruedas, Sid desprendía una de las manos, como había hecho en la tienda —aunque lo único que rozaba entonces era el viento; la dirección punzante le atravesaba los dedos, se los ondulaba.

Cuando el motor se apagó, sus brazos se arrugaron en sí, liberando a la espalda de su peso aún sobre la motocicleta. Sacó su casco, peinando con los dedos los mechones revueltos y contemplando la cima, completamente sumida en la oscuridad. A pocos metros, a su derecha e izquierda, había discretos coches aparcados —podía ver los cristales empañados del más cercano—; eran la única moto y era evidente el motivo (y si las parejitas no hubieran estado enfrascadas en sus quehaceres, definitivamente les hubieran dirigido miraditas de extrañeza). Se bajó, al fin, tendiendo el casco blanco a su dueño. — Ya veo que no es popular. —comentó, irónica. Hundió las manos en su chaqueta y se encaminó hacia las luces: plagio de constelaciones que se agrupaban en el horizonte / las vistas de la ciudad, zonas dormidas y otras aún muy despiertas —incluso allí llegaba el ruido de los coches y los pubs.

Pasó primero una pierna por la valla de pintura desgastada, que suponía marcaba lo que era el mirador, y cuando halló estabilidad la otra, sentándose allí, frente al Seúl empequeñecido. Lowkey no podía creerse que estuviera realmente allí, debía de haber perdido todo su buen juicio o, más bien, su orgullo; de no haberse puesto con ello en evidencia, hubiera exhalado un suspiro. Sus ojos subieron hacia el cielo, y aunque allá la polución había devorado muchas luces, las escasas supervivientes eran mucho más bonitas que las artificiales. — ¿Has traer el soju? —preguntó, sin bajar la mirada hasta a él.
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por Min Dae Jeong el Miér 05 Dic 2018, 23:22

No cuestionó el que volviera a rodearlo con los brazos. Sidney era volátil, o al menos eso estaba aprendiendo a medida que se encontraba con ella. Sí y no y luego sí otra vez. Le había tenido confundido muchas veces y quizás era eso lo que lo llevaba a volver cada vez que se decía: no llamaré de nuevo.

Y en ocasiones se encontraba maldiciendo a la australiana. Se preguntaba qué era lo que lo hacía seguir llamando, seguir mandando esos mensajes. Comprendió que era la expectación. El qué pasaría si, el qué hará ahora que nunca sabía predecir. La curiosidad era demasiado grande y el levantar el teléfono demasiado sencillo.

Así pues, pisó a fondo el acelerador, decidido a cumplir la petición de la chica que tiempo antes exigía ir más rápido. Distinguió el mirador, los pocos coches que se encontraban aparcados cerca de la entrada y sin sorprenderse, sonrió las ventanas empañadas. No era un secreto aquel lugar, y Dae estaba seguro de que Sid sabía que sucedía —estaba sucediendo— en esos coches.

Detuvo la moto, aparcándola y colocando el seguro sin demasiadas dificultades. Del compartimento del asiento extrajo la bolsa con las botellas de soju, y echó a andar con el casco bajo el brazo, tras ella. Ambos habían acudido allí voluntariamente, sin echarse atrás, y eso al tailandés no se le escapó. La entrevió en la oscuridad, contaminación lumínica luchando con estrellas por aparecer en el cielo. Era apenas una silueta, luz justa para poder verla de cerca.

Alzó la mirada a la nada, el cielo negro, y fue solo al cabo de unos instantes, acostumbrándose, que alcanzó a ver algún punto celeste. —Están ahí —musitó, pensando en voz alta, sabiendo que la extranjera lo escucharía.

Cuando bajó la vista, la encontró sentada sobre la barandilla, fundiéndose de manera inquietante con la composición: mar, baranda y cielo.  Se tomó un momento, buscando las llaves en el bolsillo y respondió con un asentimiento de cabeza, dejando la bolsa con las botellas sobre la barandilla. —No traje para descorchar. Improvisaré.

Colocó una de las llaves bajo la tapa de la botella de soju, moviendo el brazo de manera ascendente, para destaparla. Había visto a otros haciéndolo en distintas ocasiones, y aunque no lo había probado personalmente, creyó poder arreglárselas solo. Se equivocaba. Escuchó el chasquido de la chapa, saltando tras ellos y cayendo por la baranda del mirador. Tendió la botella a Sidney, sacudiendo una de las manos, y chasqueó la lengua, escozor de la herida, manchándole el dorso de la mano. Ignoró, guardándose las llaves junto a la diestra en el bolsillo de la chaqueta. —¿Has venido antes? —Se apoyó en la barandilla, a su lado, de pie, sin buscar sentarse en esta.

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por Sidney B. Graham el Jue 06 Dic 2018, 23:06
Están ahí.

Sidney se percató —simplemente se percató— de cuán sola solía sentirse y, sin razón, asumió que el otro debía haberse sentido solo también; quizás era simplemente lo que ella necesitaba creer en aquél momento (para sentirse egoístamente reconfortada y comprendida). — ¿Lo están? —se alzó una voz frágil. Quizás las que les devolvían la mirada eran únicamente un fantasma; el cielo siempre la había inquietado tanto cómo la había enamorado, y había creído que nadie más había mirado tanto al cielo como ella. Sí, a menudo, se había sentido sola —incluso en Australia.

Lo miró con curiosidad al verlo sacar las llaves, no teniendo idea de qué era lo que pretendía hacer. ¿Quizás tenía uno de aquellos llaveros…? No, no lo tenía. Aferrada con las manos a la baranda, lo miró, con una mezcla de diversión y preocupación sobreponiéndose a la curiosidad. — No creo que... —pero ya la había abierto. Oyó con claridad el sonido del tapón, cayendo, y aunque tomó la botella (una hilera de líquido pegajoso escurriéndose hasta su mano), no había despegado la mirada del gesto de Dae. Soltó la otra mano de la barandilla, agarrándole el antebrazo para sacarlo de su escondite de un tirón, acercándolo a sí para examinarle la herida evidente. Chasqueó la lengua con reproche. — Si duele, ¿por qué no dices? —no esperaba respuesta alguna. La herida se delineaba irregular en el dorso, visible pese a la poca luz.

Se bajó de un salto y le tendió la botella. — Quédate quieto. —traducción: no hagas nada más, advirtiéndole con el índice (como si fuera a haber represalias). Saltó la barandilla hacia el otro lado y sus zancadas se tornaron una corta carrera hasta el vehículo, elevando el asiento para abrir su mochila —limpiándose contra su pantalón el soju derramado sobre su mano. Tomó el teléfono del bolsillo de su chaqueta —la segunda, por debajo de la prestada— y prendió la linterna, alumbrando con la misma entre los bártulos, abriendo un pequeño neceser, de donde terminó por sacar una tirita. Bingo. No era que Sid fuese una de aquellas personas especialmente previsoras ni cuidadosas, si no que en épocas de mucho trabajo solía pasar mucho tiempo escribiendo, así que de alguna forma debía tratarse las heridas que le aparecían en los dedos —aquella era la única que tenía, así que más le valía a Dae no lesionarse más en lo que restaba de noche.

Se aferró a la barandilla de nuevo para pasar las piernas, quedándose de pie junto al varón y tomando su mano. Pese a su expresión, se la tomó con cierta gentileza. — Aguántame. —pidió, aunque le estaba tendiendo el teléfono (linterna). Reparó en que ya estaba sosteniendo la botella, así que chasqueó la lengua —otra vez— y se la retiró de la mano, dejándola a sus pies e intercambiándola por el móvil. — Como digas queriendo ser gracioso, —amenazó, mientras despegaba el papel de la tirita y la colocaba sobre la herida— te echo soju. —No quería que se burlara de ella por estar tratándole una herida. Que era un corte y ya está, y ella no le daba ni muchísimo menos tanta importancia a aquellas cosas como los asiáticos, pero se sentía culpable y preocupada, como si se la hubiera provocado ella misma. Pasó el pulgar por la tirita, sin fuerza, solamente para terminar de alisar el adhesivo y tomó su móvil de regreso, apagando la linterna y retornándolo al bolsillo.

Se agachó y le tendió la botella abierta, tomando otra cerrada; se sentó y se la mostró:— Mira. qué estúpido, él. Llevó la botella a su boca y apretó el tapón frío entre los dientes, tirando con estos hacia arriba hasta abrirla. Escupió el tapón. — Taráaa. —apenas había entusiasmo en su voz. Dio un sorbo y el alcohol le quemó la garganta, sacudiendo sus brazos en un escalofrío violento. De veras era como vodka. Acercó su botella a la que sostenía Dae y la golpeó ligeramente, brindando. — He venido. —reconoció— Sin coche. —se vio en necesidad de especificar. Su vista volvía a estar sobre la ciudad.
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por Min Dae Jeong el Vie 07 Dic 2018, 05:27

Trató de esconder la mano, disimular pese a la insistencia de ella en que se la mostrase. Finalmente, dejó que la sacara del escondite, bolsillo, estudiándola todo lo que permitía la oscuridad. El corte era feo, pero no demasiado grave. Dae había pretendido ignorarlo hasta el momento, plan completamente opuesto a las intenciones de la australiana.

En silencio, la observó marchar, desandando los pasos hasta la moto. Se encontró siguiéndola con la mirada, toda la trayectoria, consciente de las horas que eran, y el hecho de que no estaban exactamente solos por allí. Se aseguró de que todo iba bien, dispuesto a intervenir, marchar hacia donde se encontraba rápidamente si era necesario, pero ella volvió enseguida, acomodándose en la baranda, buscando su mano para colocar tirita. ¿Y de dónde surgía preocupación como esa? Dae nunca lo supo. La recordaba siempre insurrecta, llena de negativas, rechazando el mínimo acercamiento del tailandés al reconocerlo en un mismo patrón de conducta que no buscaba usar solo con ella, sino con todas. Sid tenía una y mil razones para rechazarlo.

No protestó, permitiendo que la tomase, que colocase la pequeña banda sobre el corte. Seguía desconcertándole con cada gesto, cada decisión que tomaba. Se quedó mirando la tirita, cogiendo la botella de soju después, y tras eso bebió, bebió por protegerse, burdo intento de defenderse de ella, que lo atacaba casi sin darse cuenta. Sintió el alcohol quemar en la garganta, cerrando los ojos, apurando media botella, y tras eso volvió a recostarse en la barandilla, al lado de Sid, observando la noche en la ciudad.

Gracias —comentó, sincero, sin ademán de añadir nada más. La compañía era agradable, brisa de verano, un cambio, escapadas que necesitaba. A su derecha, escuchó un chasquido. Casi parpadeó, lleno de dudas, observando a Sidney abrir la botella con los dientes… y ya no le chocó la acción por la posibilidad de rompérselos, sino porque era cosa impensable para cualquier chica coreana. Se apartó de la barandilla, moviéndose, quedando frente a esta y la tomó del mentón, haciéndole alzar el rostro, observando que en efecto, estaba bien. —Soy yo el temerario por usar una llave y tu lo haces con los dientes… —Se detuvo, observándola, pasando la caricia del mentón a la nuca antes de dejar caer la mano. Bebió de su botella de soju, terminándola y apartó la vista de Sidney, a media sonrisa, pues era lobo, sí, pero no por ello se desvivía por conseguirla —a ella— de cualquier manera. —Muy descarado hubiese sido llevar coche a un lugar como este ¿no crees? —contestó, de cara a ella. —Dije que quería llevarte a cenar, el plan era ese. —La miró. —¿Lo dudabas? Soy capaz de hacer cosas sin segundas intenciones también. —Aunque no era inocente del todo, y Dae sabía, tanto como Sidney, que sí habían habido ciertas segundas en la oferta tras la cena, propuesta de acudir al mirador.
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por Sidney B. Graham el Sáb 08 Dic 2018, 22:02
No supo si le daba las gracias por la tirita o por algo más, aún así —aferrada con la mano libre a la barandilla—, cabeceó en un asentimiento, aceptando aquella única palabra del mismo modo en que él aceptó su ayuda: sin burla ni reproche. No le había pasado inadvertido el trago apresurado y brusco, tras el que había dicho aquello; era ese gesto el que la hacía preguntarse si lo escueto, que tanto parecía le había costado poner en alto, se trataba de algo tan sencillo como un remedio rápido a su error o si, por el contrario, había más (siempre buscaba más). Los ojos perspicaces aún seguían sobre él (llenos de incógnitas tranquilas, sabiendo de una forma u otra terminaría hallando respuesta a cada una), cuando le mostró cómo abría las botellas sin abrelatas ni cortes —sin nada, nadie; aquella habilidad venía de la Sidney adolescente que se había creído todoterreno (capaz de avanzar por sobretodo… pero sin frenos).

Los dedos en el mentón la hicieron sobresaltarse, echándose ligeramente hacia atrás, aunque no lo suficiente para rehuir el gesto —una imitación, parecía, del que ella había realizado hacía apenas un momento—; se preguntó si él se había sentido también de aquella forma, violento, casi arrinconado y, si como ella, tampoco había encontrado el momento de apartarse —o si no había querido hacerlo. El tacto áspero de las yemas frías le quemaba, hundiéndosele hasta la nuca, valiéndose de cada uno de sus reflejos para no contraerse en un estremecimiento. No, hasta entonces no se había percatado de lo mucho que lo deseaba. La noche que se conocieron, en el club, ¿verdaderamente se estrelló cometa en su boca? A raíz de lo ocurrido en la mañana, el recuerdo parecía habérsele desgastado —arrugado, incluso— pero entonces era capaz de percibir vívidamente todo lo que, por el encuentro y la apresurada imposición de desagrado hacia el otro, parecía había olvidado; la forma en la que un hambre chispeaba en su garganta, como una luz parpadeante —un rayo encerrado en una bombilla.

Pestañeó, en aquél nimio gesto toda su catarsis. — No te he llamado eso —replicó, con el mismo tono de voz que había usado el varón— si no idiota. —Que no era ella la que se había hecho daño. De un trago, un tercio del botellín.— Cuando quieres te enseño. —añadió, escurridiza como un zorro, tras atizar el fuego. Pero la vio: la fugaz sombra del lobo, adherida a. Aquella media sonrisa le sentó como un bofetón. Dae sabía que lo que estaba haciendo estaba funcionando y, más allá de eso, sabía que no importaba cuánto ella batallara por negarlo (por su propio pie había acudido hasta allí, el lugar de los coches aparcados y los cristales empañados), ambos sabían la verdad; no había forma en la que Sid pudiera salir de aquello indemne. ¿Lo había sabido, cuando se hubo subido a la motocicleta? Probablemente, aunque probablemente ni siquiera se le pasó por la cabeza que sería así como se sentiría, al final (indefensa, como si estuviera precipitándose a una caída, como si se hallara frente a la navaja).

No había dejado de beber. Cuando volvió a hablar, el aliento pesado del licor cayó sobre su cara, tan fuerte que incluso sus ojos se contrajeron. Se obligó a escupir una carcajada, un sonido recortado y ácido que pareció ronronearle en la lengua al rasgar la boca en una sonrisa —aquella no le abrazaba los ojos. Era esa su advertencia, bajita, algo como un lo tienes claro si crees que voy a acostarme contigo. No había un sólo resquicio de vacilación. Sidney se moriría de ganas antes de darle tal gusto, y a cabezonería no le ganaría jamás. Sin segundas intenciones, decía, casi parecía hablar con sinceridad, pretendiendo deshacerse de la misma trampa en la que Sid tenía metidos los pies. De pronto sintió que todo lo había hecho mal y que lo único que debería haberle dado, en lugar de su tiempo, era una buena bofetada. No había habido un solo momento en el que no hubiera albergado segundas intenciones, esa verdad le golpeaba con fuerza en el tórax.

Quizás debería sentirse decepcionada, pues la razón por la que lo había escogido, en primer lugar, era teniendo fe en que no le mentiría —¿pero lo estaba? ¿decepcionada?—. Ceño fruncido, pero alargaba el cuello hacia adelante, acercándose, quebrantando la distancia y norma —el peso hacia adelante hacía que solo las yemas quedaran sujetas al metal oxidado—: clavó con tanta fijeza su mirada en él, inquisidora, que podría haberse fundido o haberlo atravesado. La barbilla casi tintineó al inclinarse, menos de un centímetro, tendiéndole una pista de aterrizaje a su boca. Un resuello:— Mentiroso. —Los ojos bajaron a los labios, luego se echó (que no se retiró) hacia atrás. — Odio los mentirosos. —Dio un sorbo a la botella.
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por Min Dae Jeong el Sáb 08 Dic 2018, 22:55

Buscaba hablar en la cena, no sexo. —contestó, las palabras atacando las opuestas, látigo, que poco tardó en devolver el golpe. Mentiroso, lo era, sí, pero no en aquel momento. Las mentiras se le deslizaban por los labios bajo luces fluorescentes. Club, copas, chica sola frente al bar. No era inocente, por supuesto, nunca había cesado en su intención de finalizar lo que no se finalizó, de volver a acabar —ambos— arrugando las sábanas de la cama

pero el tailandés sabía cuándo detenerse. Aceptaba las batallas perdidas —que no por ello la guerra— y quizás fuese ese el motivo último, el real, por el que volvía, volvía con todo contra ella: batallas perdidas. Las contaba con los dedos, una detrás de otra. Comenzaban a hundirse en su piel, golpe tras golpe arañándole el ego. Le mellaban las sonrisas seguras, hacían temblar la calma con la que avanzaba en circunstancias normales. Dudaba en sus respuestas, cosa que detestaba. Esperaba un resultado, que nunca era el que recibía. Sidney seguía esquivando, contradecía lo conocido, lo llegaba a exasperar.

A veces se lo planteaba, el dejar de perseguirla, el volver a la seguridad de lo que sí sabía manejar, pero era incapaz. Aquello implicaba admitir que había perdido, y la sola idea lo sacudía, lo quemaba, lo obligaba a ponerse en pie y probar de nuevo. Lo animaban las pequeñas concesiones, las negativas a media voz de Sidney, que si bien gritaban nunca más también murmuraban prueba de nuevo. Y Daejeong lo hacía. Como aquella tarde. Como ahora en el mirador.

Soltó su mentón, ojos puestos en los ajenos, manos apoyándose en la barandilla metálica a ambos lados de las de ella. Había acortado distancia, el cuerpo casi buscando espacio, posición entre sus piernas cuando Sidney lo encaró. Le fue fácil estudiarla en la cercanía, sin sorprenderse por la acusación o por la manera en la que se retiró a beber. Captó duda, flaqueza en los gestos que no supo si atacar o tantear con precaución. —Accediste a venir —Y atacó finalmente. Sus manos permanecían inmóviles, baranda fría, óxido, brisa recordándoles: primavera, a la que ellos no echaron cuenta. —Pudiste no haberlo hecho. —Sus dedos buscaron dorso ajeno, rozando la piel. No avanzó más, midiendo los gestos. Tuvo cuidado de no abordarla demasiado rápido. —Sid —la llamó, la distancia acortada, los ojos siguiendo el volumen de la botella de soju, desapareciendo entre los labios de ella. La quiso, no allí, no así, pero el pensamiento se lo guardó, junto a los otros que preguntaban cómo serían ambos, si serían puzle o fracaso. Marea o calima. Brisa o huracán. Quiso que fueran como aquellos de los cristales empañados. Quiso coche y no moto.

Retiró la botella de sus manos, dejándola sobre la barandilla y jugó con un mechón de su pelo, hasta depositar la mano en su nuca. Le había concedido beso instantes antes, pero se había retractado, había ocultado el ofrecimiento en la botella. —¿Quieres que sea honesto? —preguntó, las palabras danzando entre ambos, la propuesta oculta en el quieres.Debí traer coche —murmuró, sonrisa sincera llenando los labios. —Pero no lo hice. Eso no fue ninguna equivocación.

Pudo haber explicado el porqué, pero no lo hizo. Se inclinó, acortando distancia, buscando la boca ajena, cansado del duelo, pelea absurda e inacabable. Notó el soju, labios mojados, y aceptó la reacción, afirmativa o negativa, continuación o bofetada. Quizá ambas.
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