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CANCIÓN:
SOMETHING NEW
DEBUT SOLISTA
MINI-ALBUM
ARTISTA:
HAN SU MI
KSJ
ENTERTAINMENT
240 PUNTOS CONSEGUIDOS
DORAMA:
FUGITIVE LOVERS
DEBUT:
ACTRIZ
ARTISTA:
HWAN TAE JOON
MYP ENTERTAINMENT 1445 PUNTOS CONSEGUIDOS
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por Sidney B. Graham el Mar Ago 07, 2018 10:25 pm

( veinticinco de mayo )


A diferencia de la noche anterior, nada sucedió durante la última hora de su turno, la ausencia de clientes —especialmente la de aquellos con actitud petulante— le permitió regular el stock del día con tranquilidad y salir a su hora del local, cerrando todo con llave y apagando la luz al completo, abriéndose paso hasta la salida con la linterna del teléfono móvil. Mochila echada a un hombro, inclinó el cuerpo a un lateral para cerrar la puerta y bajar a la fuerza la persiana metálica, sobresaltándose tan pronto giró, pues allá, apoyado al mismo costado de la tienda, había un varón. OH FUCK. —soltó, el inglés disparado, voz más aguda de lo común. Un varón... del todo siniestro, por cierto, con una gorra tan baja que ocultaba su rostro parcialmente, iluminada su barbilla por la luz de su propio teléfono y fue la boca lo que reconoció —ojos de fotógrafa, quizás (o la remembranza del peso de aquellos sobre los suyos).

Se llevó la mano al pecho, queriendo serenarse. — Fuck, mate, what are you... ¿qué haces? —inquirió, atinando a colarse la segunda asa de la mochila. Lo contempló un instante, cerciorándose realmente de que era el mismo varón que la vez pasada: Dae. Si el día anterior había tenido unas ligeras sospechas sobre que hubiera sido casualidad, aquél día las despejaba. Quiso preguntarle ¿por qué estás esperando aquí afuera? pero la respuesta se le antojó tan obvia —y aterradora—, que no lo hizo —o no se atrevió. Hundió las falanges en su flequillo, recolocándolo sobre la frente en un hábito nervioso, llevando aquella mano a una de las asas, apretándola en actitud defensiva, pues dentro de aquella llevaba una buena cámara y varios objetivos. Aún aferrando su móvil con la diestra, lo acercó a la boca. Siri, —activó el comando de voz, escuchando una burbuja de sonido— call Police. —lo miraba mientras lo decía. No iba del todo en serio, aunque tampoco estaba del todo tranquila. La fémina de iPhone respondió, en inglés:— Police, Every Breath You Take now playing.

every breath you take,
every move you make
every bond you break
every step you take
i'll be watc—

Lo detuvo. — Aplica. —murmuró, esta vez en un tono más burlesco, sin esperar realmente a que aquél comprendiera. Guardó el aparato en uno de los bolsillos de su cazadora tejana; en comparación con Australia, la temperatura nocturna de Seúl era algo fresca para ella. — He cerrado. —le dijo, como si creyera de veras que estaba allí por la tienda o los alimentos, echando a andar. 0 fucks.
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por Min Dae Jeong el Lun Ago 27, 2018 5:19 pm



Finalizados los ensayos, ignorado el toque de queda y obviada la sesión fotográfica temprana de la mañana siguiente, el tailandés optó por vestirse y salir del apartamento, librándose, por poco, de la mirada curiosa que Guk, como compañero de habitación, le habría dedicado en caso de pillarle. ¿Dónde vas? Esa pregunta era prácticamente innecesaria, pues si bien era tarde, el contrario lo conocía suficiente —se conocían— como para saber qué tenía entre manos.

En aquella ocasión sin embargo, cualquier ocurrencia de Yongguk habría estado completamente equivocada. Lo que esperaba a Dae no era cualquier habitación de hotel, antro de música o asiento de taxi; era un supermercado. «¿Qué haces?» Se repetía, pues parecía ser que su sentido común era lo único reaccionando en aquella situación. «Rompes el propósito del one night stand, Dae», se decía, y muy tentado se reprimía de autocontestarse, como cualquier loco, porque lo sucedido con la australiana se encontraba muy fuera del término one night stand.

Someone bonded over food.
No necesitaba enemigos teniéndose a sí mismo.

Fuera como fuese, sus piernas se movían casi autómatas sin darle tiempo a echarse atrás, la memoria trazándole la ruta hacia el lugar donde una semana antes había marchado a solucionar su cena. Se estaba presentando sin invitación, y disparatado o no, decidió esperar ante la entrada, sus ojos vislumbrando dentro del local la figura de la morena, que ajena a lo que sucedía, se disponía a cerrar. ¿Y no estaba acaso Dae a punto de hacer lo más estúpido que podía hacer en todo el día? Había sopesado las variables en su cabeza, las muchas situaciones en las cuales Sidney lo mandaba a la mierda y su ego terminaba hundido en el barro. Por suerte para él, era tarde, deshoras, y no habían viandantes a su alrededor para presenciar el ridículo y hacer la situación aún más vergonzosa.

¿Qué pretendía? Tampoco era la gran cosa. No era como si le estuviese invitando a una cita o algo parecido, porque estaba seguro de que aquello era de todo menos eso —o eso se decía—. Escuchó ruido a la entrada del supermercado, reconociendo a la extranjera, y se adelantó hasta allí, apoyándose en el lado de la fachada, dejándole tiempo para percatarse. —Sidney. —Mencionó, como quien constata un hecho, liberando el nombre en la brisa y reprimió una sonrisa ante su reacción. Estuvo dispuesto a echarse hacia adelante, en caso de que perdiese el equilibrio, o tropezase con el bordillo de la acera a su espalda, pero nada de eso sucedió, y en su lugar, alzó las cejas ante el paso apresurado y el repentino e indiscreto inicio de la canción de The Police. —Sé que está cerrado. —afirmó, apretando un poco el paso para recortar la distancia con ella— ¿Acabas de intentar llamar a la policía?—dijo, llegando a adelantarse más, cortándole un poco el paso frente a ella, con cautela, a fin de que la situación no escalara de proporción. —No soy un stalker. Probé la receta que sugeriste con la salsa de soja. —dejó caer— Iba a ir a un bar que conozco con tapas veganas y me acordé de ti. ¿Tienes algo que hacer?


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por Sidney B. Graham el Miér Sep 05, 2018 4:02 pm
«Sidney». ¿Por qué debía llamarla así? Recordaba haberse presentado Sid (ese i dé), y aunque el nombre completo jamás le había supuesto complejo ni problema, de pronto la encabritaba oírselo decir, como si por conocerlo —a diferencia de ella, que solo sabía la primera sílaba del suyo— se creyera en mayor derecho, suficiente para hallarse allí. Hizo una mueca, rechazo, el «Sidney» pisándole orgullo, haciéndola sentir ridículamente inferior; pero no dijo, no repitió en diminutivo, no preguntó (como en verdad quería) por el nombre. Marchó. Pero, sin vergüenza, Dae avanzaba a la par que ella, quién farfulló un corto y grosero:— Bien. —cuando este comentó, sabía que la tienda estaba cerrada. Aferrando las asas de la mochila, no pretendía detenerse mas el paso le fue cortado por el varón, la occidental contemplando con silencio y un deje de (falsa) solemnidad la piel morena y la redondez de sus facciones —no coincidía con su carácter, opinaba—, deseosa de desentrañar el enigma de aquellos ojos rasgados, que bailaban luz de farolas y parecían pestañear contradicciones.

No creyó necesario responder, pues era obvio que había intentado llamar a la policía, aunque a Siri le pareciera mejor momento para una canción (o chiste). — Lo pareces.Un acosador, decía. La boca se le había torcido en una media sonrisa, pero los orbes seguían opacos, un pie avanzado indicando carrera; creía que no era esa clase de persona, pero era de noche y había estado esperándola. Cuando le oyó la excusa, la sorpresa le abrió los ojos un tanto, no creyendo que fuera a invitarla de una forma tan descarada y preguntándose, también, qué buscaba sacar del encuentro (quizás finalizar aquella noche en la que se encontraron). ¿Estaba usando la soja como una nueva frasecita para ligar? Porque era, en parte smooth, y por la otra, bastante cringey. Se le ocurrieron varios comentarios que espetarle e incluso abrió la boca, habiéndose decantado por uno, pero nada llegó a salir, achicando la mueca un instante antes de zanjar:— Sí. —sorteando su cuerpo, como si fuera una mierda de perro en medio de la acera. Por supuesto, no tenía nada que hacer en realidad, aunque no estaba dispuesta a darle aquello que había ido a buscar, fuera lo que fuera.

Se dijo, se repitió (que no, Sid, que no), pues era cuestión de cabezonería. Y sin remedio, se preguntó si realmente había recordado la receta, si había pensado en una forma de invitarla a salir, quizá nervioso, y si realmente había querido cenar con ella; sino era ella misma quién boicoteaba las intenciones ajenas —culpable de arrojar la primera piedra, la mañana que lo señaló con revista por arma. Así, los pasos la traicionaron, aminorando hasta quedarse quieta, con las manos como péndulos a cada costado y alzando la barbilla sobre el hombro, buscándolo sin mucho ahínco, vagamente consciente de la decisión que el cuerpo le había tomando y que verbalizaba en la forma que tenía de apuntarlo, aún sin girar hacia a él. No sabía qué le cruzaba la cabeza (zorra idiota, se señalaba), pero de pronto —el estómago tiritando ligeramente—, no le pareció tan mala idea: ir, otra oportunidad. Exhaló un suspiro, frustrada consigo, y no se giró del todo, la voz mecida en la suave brisa nocturna. — ¿Está muy lejos? —¿y no era esa, también, una forma de acceder? De redimirse.
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por Min Dae Jeong el Jue Sep 06, 2018 5:12 pm
Acostumbrado a las afirmaciones, a la casi desesperada respuesta rápida que le aseguraba el siguiente movimiento (comunmente el viaje a la cama), se quedó estático, descolocado, sin saber que hacer. Sintió volcarse sobre su cabeza un balde de agua fría, y seguido de ello lo acosaron las dudas, debatido entre insistir o dejar todo correr. Se reprimió de decir nada, con la mandíbula tensa, a metros de Sid, que se alejaba precipitadamente calle abajo. Su silueta quedaba en penumbra, el ambiente de noche cerrada recién sacado de una película de Hitchcock, y en esta, Dae se preguntó, si acaso Sid no haría de una cómica y extraña femme fatale.

¿Qué hacía allí? A cada segundo se sabía más idiota, la sonrisa asomando en sus labios incrédula, distraído por los pasos seguros de ella. Tal vez sí había sido el alcohol influenciandolos a ambos el día que acabaron en su cama. Un error mutuo que los llevó a acompañarse, y ahora a desengañarse.

Lo rodeó un sabor agridulce, precipitando en su lengua palabras hirientes que no llegó a formular. ¿No era acaso demasiado fácil dejarlas salir como puñales? Evidenciada frustración por el tiempo perdido y por las promesas rotas, por haberla creído suya esa noche y luego no.

Se giró sobre sí mismo, uno de los zapatos adelantándose, dispuesto a volver a casa, cuando le interrumpió la pregunta de la otra, resonando en la calle vacía, impulsándole a volver la mirada aunque solo fuese levemente. Terminó de girarse, la distancia sin recortar, la confianza rota mientras los labios dejaban ir un:—No, pero traje moto —que fue escueto.— Si piensas que vengo a raptarte y a encerrarte en un sótano o algo, mejor que no subas ¿no crees? No queremos un telediario magnificado por la mañana—dejó las manos resguardadas en los bolsillos, consciente de que había una posibilidad de que se reafirmara de nuevo una negativa, pero para ella estuvo ya preparado, los dedos tanteando las llaves, la vista dirigiéndose al fondo de la calle, allá donde la había dejado aparcada.


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por Sidney B. Graham el Jue Sep 06, 2018 5:37 pm
Telediario magni... ¿qué? Viró sobre los talones, encarándolo con un mareo propio de la confusión —lo enfocó con los ojos, un zoom de orbes que sonó al contemplarle nuevamente, desespero por saber (intenciones, intenciones) sin hallar suerte en su vaga búsqueda del tesoro—; aún así, había comprendido lo suficiente como para percatarse de que se sentía molesto o, como mínimo, frustrado. Esto no parecía haber sido suficiente para que declinara la idea de la cita (¿lo era?), y entonces juraría tanteaba llaves en el bolsillo —melodía metálica acariciándole los oídos a la fémina, tentándola motocicleta, carrera y aventura sin más raciocinio.

Aquella línea prieta en el mentón la arrojaba a la negativa, a la seguridad del casa y cena y. Había algo indudablemente peligroso en la línea de sus hombros, en las sombras que las farolas proyectaban en sus rasgos; había algo que a Sidney le rogaba da la vuelta, al mirarlo (ella, que había odiado desde los centros a todos y cada uno de los perros con complejo de muchacho: como aquél), y un pulso soterrado —un susurro quejumbroso en la yugular—, que le lloraba acércate más. (Pero de hacerlo, se preguntó, ¿cuán lejos debería salir de su cuerpo? ¿del sí misma? Bucearle mente y recovecos —nunca sólo cuerpo—, ¿merecía la pena? Eran cerilla y explosivos, y se miraban).

Y Sid dio un paso, Sid dio dos. Acortó la distancia con la boca aún en una sola línea, orgullosa, hasta que ya no se atrevió a avanzar más. La barbilla se alzó, olfateando cuánto había habido de agallas y cuánto de estupidez, y las falanges acudieron con nervio a las hebras del flequillo, sacudiéndolo sobre la frente. Cuando la mano regresó al lugar, casi lo rozó. — Vamos. —convino. Sagaz, añadió:— No confío en ti. no cometería ese error. Quizás había dejado ya de hablar de secuestros y sótanos. — Pero quiero ir. —la voz cayó, se fundió noche y frío.
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por Min Dae Jeong el Jue Sep 06, 2018 6:35 pm
Muy coherente —concedió, evidente sorna en sus palabras a la par que la vió acercarse y se permitió mirarla de nuevo a contraluz. Sus rasgos en las sombras estaban más perfilados, casi dibujándola, y la recordó de nuevo, en la pista, oscuridad bañada por los focos. —¿Qué ocurre si te rapto de verdad? —inquirió, ahora la sonrisa asomando a sus labios, sin llegar a los ojos y denotando juego que no siguió. Echó a andar, sin creerse nadie para juzgar las contradicciones de ella, y en su lugar introdujo la llave en la cerradura del asiento, para rescatar del compartimento interior un casco blanco que dio a Sidney. Caballero, o quizás no. La voz de la razón le susurraba al oído, recriminándole las temeridades de verse con otras, como para a eso añadirle un accidente vial—Agárrate a mí o cógete detrás, como prefieras, pero no te vuelques hacia los lados. —Le hablaba ahora, como a una niña, pues si bien la sabía adulta, también la sabía difícil de leer.

Se agachó y soltó el casco principal del candado que había dejado atado a la rueda delantera. Olvidado como una cáscara, el susodicho permanecía consigo únicamente por la obligación legal de deber llevarlo, pero esto no se lo dijo a Sidney. Lo alzó sin cuidado, cubriéndose con este la cabeza, y al final lo abrochó, acomodándose y esperándola para arrancar. —Serán diez minutos —aproximó, las manos a cada lado del manillar, mientras aguardaba.

Cuando la supo lista avanzó por la avenida, apenas iniciándose, sorteando los coches que llegaban —fastidio—, y que siendo más grandes se acomodaban frente a los semáforos. Se detuvo, el pie descendiendo para apoyarse en el asfalto, mientras las luces bailaban de rojo a ámbar y luego verde. Humo y carretera, aceleró, los puños cerrándose en torno a la goma, las manos tensas, queriendo anteponerse a los distintos vehículos que les cortaban el paso y que de hacerlo les retrasarían bastante. Buscó las calles, dejando atrás el centro y avenidas principales, y agradeció que lo acogiera la zona vieja, más olvidada con las reformas de la urbe.

Sobre la acera, fue creciendo la multitud; los viandantes ataviados con chaquetas finas que solo aparecían al caer la noche —no había llegado del todo el verano—. Se detuvo. Las luces de neón titilando suavemente, el cartel en verde decorando la entrada del local, pequeño, pizarras, tiza, madera, oliendo a especias, incienso... en la puerta dos jóvenes con marihuana.

Se retiró el casco, recuperando la gorra negra que llevó previamente, y tras eso la esperó.


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por Sidney B. Graham el Jue Sep 06, 2018 7:14 pm
Relampaguearon sus pupilas. — ¿Quieres patada en los...? —se contuvo,  los dientes sonaron al cerrar la boca. Sabía, siguiendo con la mirada al varón —calle abajo—, que el propósito había sido juego y, aún así, sintió acicate en las manos, puño que deseaba volar al hombro ajeno —pero nunca, pero no. Se llenó los pulmones, exhalando a la par que echaba a andar, tras él. Pronto se estaba arrepintiendo de su decisión. La carretera abajo la empujó a mayor velocidad, alcanzando la motocicleta al trote y deteniendo de golpe, encaminándose hacia la parte trasera en una pequeña vuelta, para contemplarla. Era sencilla y discreta, similar a aquellas en las que subió cuando adolescente, a escondidas, sin casco. Dae le tendía uno y ella lo sostenía entre ambas manos, la mirada iba del objeto a las acciones del propio muchacho, que se colocaba el suyo ya sobre la motocicleta, esta vibrando con suavidad —un ronroneo casi insonoro.

Se retiró el cabello hacia atrás antes de colocar el casco, tanteando por hebilla y cordel para asegurarlo, cristal aún alzado, cuando apoyaba la palma en el hombro del varón para pasar la pierna al otro lado. Apretó muslos al vehículo, caliente contra la tela tejana, y las manos acudieron al atrás del propio asiento, aferrándose a los bordes y tensando los brazos; no había necesidad de, se dijo. Bajó el cristal del casco de un golpe. — Arranca. —más petición que orden, el sonido silbaba entre dientes y boca rasgada, impaciencia que se estrellaba contra el cristal nublado del casco. Su figura temblaba a la par que la moto, sintiendo el pulsar de la adrenalina al acelerar. Habían pasado años. La velocidad no era tanta, sorteando otros vehículos y semáforos, por lo que se permitió la licencia de soltar una mano, ondularla ante los golpes de aire, recordándose más joven —igual de absurda.

El cuerpo se le zarandeó hacia adelante en el semáforo, la palma en la espalda de Dae, apoyando allá para no caer con peso contra él, envarando la espalda y sosteniéndose con prudencia nuevamente, párpados a medio caer en las aceras y viandantes, aburrida —ojalá tierra, pensó; había un terreno estéril en lo alto de una calle, allá en su ciudad, donde habían hecho de coches peonzas, ella cuerpo asomado por la ventana del asiento trasero. Dibujó una ruta con las pestañas, recorriendo un montículo, puñado de estrellas en su cima, donde bien sabía quedaba un mirador para borrachos, besos y coches rotos. Abandonó idea, consciente entonces de que habían llegado, ya que el vehículo volvía a aminorar marcha hasta quedar detenidos frente al local. La curiosidad le latía frenesí en el tórax, queriendo alargar prontamente la mano y abrir la puerta de madera —pomo tallado—; adentrarse en humareda y comida, gente joven que hablaba en distensión.

Bajó primero, sacando el casco y sacudiendo la cabeza, dejando que la melena lisa retornara a su lugar —no muy preocupada por esta—, pasándole el casco al conductor. No lo miraba, a Dae: los pies se le movían inercia hacia adelante, más cerca de las cristaleras, buscando más pistas del interior. El olor a hierba le salpicó los labios y, con poca vergüenza, se apegó al muchacho de cabello rapado que daba calada y lo pasaba al amigo, con dos piercings besándole hoyuelos en las mejillas. Se presentó, mano alzada y sonrisa de verano, preguntando si podían cederle una calada, diciendo ser turista, no haber hallado lugar dónde obtenerla. Se lo dieron, el canuto: la contemplaron interés y la dejaron fumar largo, hondo —lo devolvió al echar la vista atrás, hallar allí a Dae. Se encogió ligeramente de hombros, esquiva, y empujó la puerta para pasar, las yemas sosteniéndola hasta el último instante para que el peso no le cerrara en la cara. — ¿Qué es este sitio? —murmuró, encandilada.
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por Min Dae Jeong el Dom Sep 16, 2018 4:27 pm
Entretenido en poner a buen recaudo ambos cascos, perdió de vista a la morena que, sin él saberlo, se adelantó con palpable entusiasmo hacia la entrada del local. Sin ser aquella la primera vez que Dae pisaba el sitio, reconoció el olor a marihuana, y contrario a lo que pudiera haberse esperado, sonrió más que escandalizarse. No fumaba, por supuesto. No podía permitírselo, era un riesgo demasiado grande —tanto para él como para su grupo—, y por ello buscaba mantenerse alejado de esta en la medida de lo posible —sin tener nada en contra de ella—. Las leyes de Corea podían ser muy duras para su gusto, especialmente con lo que él consideraba drogas recreativas y que poco efecto negativo podían hacer en el individuo más allá de dejarlo un poco ausente.

Se giró, habiendo perdido a Sidney de vista, y en primera instancia se inquietó un poco. Sabía de sobra de las dificultades de la extranjera para arreglarselas en conversaciones más elaboradas, y aquella era una sección de la ciudad que no sabía si había pisado antes. La ubicó frente a la fachada, hablando con los chicos que fumaban, y al verla tomar el canuto solo sonrió discretamente. No era descabellado. Especialmente tratándose de una extranjera. Mientras acababa, se quedó tras esta dejándole espacio, pero no se reprimió de dirigir una mirada cauta a ambos muchachos, advertencia silenciosa, antes de conducir a la australiana al interior del Green's.

Es la zona... "eco" de la ciudad, podría decirse. Hay muchas tiendas pequeñas de comida vegana y vegetariana, también de fairtrade y todo ese tema. Por relación, implica también las tiendas de vape y tráfico de marihuana. Sé de un par de talleres de tatuajes que también están por la zona que usan tintas más naturales o a saber. Tampoco lo he investigado demasiado. —dejó que se adelantase, observándola a la par que avanzaba entre las mesas, todas de una mezcla de madera y cristal que hacía todo el ambiente interior rural pero moderno. Las plantas llenaban las paredes, creando una atmósfera de marrones, blancos y verdes predominantes, que hacían honor al nombre del local.

Adelantó la mano, tomando uno de los menús de la barra, y caminó hacia la sección del fondo, dejando que Sidney tomase asiento primero. Se reprimió de llevar el antebrazo a su espalda en el avance a la mesa, consciente de que, pese a que con otras chicas la respuesta habría sido positiva, la occidental parecía ser capaz de arrancarle la mano ante el solo gesto. Le ofreció el menú en su lugar, esperando a que lo ojeara, y tomó asiento frente a ella, entreteniéndose mientras alineaba los cubiertos. —Descubrí el sitio por casualidad. Cocinan bien, es discreto, no se llena demasiado... es cómodo. —hizo una pausa— Pide lo que quieras.




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por Sidney B. Graham el Jue Oct 11, 2018 8:32 pm
No quería parecer estúpida, por eso, adelantándose, lo escuchó con atención y no irrumpió para preguntar por alguna palabra que le había escapado del entendimiento; no quería parecer estúpida, pero realmente lo era al no admitir su dificultad, considerándolas derrotas gigantes frente a las diminutas victorias que conseguía día a día —se lamentaba, porque comprendía cada pausa de sus tutores, siempre formal, pero las formas coloquiales de la gente más joven solían escapársele. Aún así, se encaminó entre las mesas con la misma rectitud y arrojó lejos cualquier vocecilla que la señalara insignificante. Tomaba asiento y se desprendía de su cazadora, aceptaba con una sonrisa ligera la carta que el varón le tendía y, extrañamente, se alegraba de haberlo seguido hasta allí —extrañaba de su ciudad los lugares perdidos y las cenas con amigos, hablar y reír hasta quedar sin voz (por eso, se dijo, qué más daba si Dae, quizás, tenía el propósito final de la cama; hacía tanto que no cenaba así con alguien, que se contentaba con hacerlo de esa manera).

Los ojos se le deleitaron en los recovecos del lugar, en vez de en el menú abierto que sostenía. Él lo llamó cómodo, ella lo pensó cálido. — No te queda.(este sitio), dijo, llevando por fin los ojos a las letras— La camisa parecía cara. —era vago, sin embargo, con ello parecía reconocer que lo había tomado por alguien más materialista, quizás con un monedero más ancho, como para estar allí. Bajó la carta hasta la mesa, mirándolo. — Estaba sorprendida cuando compraste tofu, en Corea... —meditó un momento sus palabras— es como pecado. —Alzó la carta de nuevo— Es barato, en naver todo sobrepasaba presupuesto. —llevaba una sonrisa cansada. Leía los platos, abrumada por la cantidad y variedad. Le chocaba, de aquella cultura, el hecho de que ambos debieran comer lo mismo; era algo que la hacía sentir cohibida y, a veces, incluso algo molesta. Sugirió:— Pidamos a medias. —y cuando le pasó el menú, su índice señalaba un entrante, poniéndose en pie. Las hebras largas acariciaban las hojas plastificadas— Este, escoge otro. —Abrió su bolso, sacando la cámara y enredándosela (dos vueltas) en la muñeca— Ya vengo. ¡Ah! para mí cerveza.

Y así desapareció, acudiendo hasta la barra y preguntándole a uno de los camareros si había algún problema con que tomara un par de fotografías del lugar, prometiendo ningún cliente o personal saldría retratado en estas; el muchacho, algo joven y nervioso, dudó antes de responderle que sí. Se paseó por el lugar, contemplándolo por el ojo de la cámara y tomando varias fotografías de la decoración, una de una mesa ya vacía, y fue cuando regresaba —ojeando los resultados en la pantalla— que contempló al muchacho; sentado en aquél rincón, junto a la cascada de hojas verdes en la pared, el perfil parecía el de un modelo —lo fotografió por inercia. Cuando se sentó, la cámara ya estaba apagada y el menú fuera de la mesa. La lata de cerveza la esperaba en su lado, así que tiró de la anilla para abrirla y llenarse el vaso de cristal. Lo elevó hasta su boca. — ¿Por qué me has traído? —Bebió, la lengua se retiró la espuma de los labios. Quizás la pregunta más acertada fuera: ¿por qué has regresado?
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por Min Dae Jeong el Mar Oct 16, 2018 4:52 pm
Dejó que se entretuviese con el menú. Dae ya lo conocía, había arrastrado allí a Guk en más de una ocasión con tal de poder comer tranquilamente sin que los juzgasen por pedir platos distintos. Ni se le pasó por la cabeza que pudiese estar hablando demasiado rápido o que Sidney pudiese no comprenderle. El coreano no era su lengua materna, pero podía llegar a estar lo suficientemente cómodo hablándolo como para olvidarse de que eran ambos extranjeros.

Alzó la vista a la australiana, un poco desconcertado por la afirmación. —No soy de esos que necesitan marcas por todos lados para sentirse realizado. -Mencionó, un poco incómodo porque ella creyese que era así. Su armario había experimentado cambios desde que comenzara su carrera de idol, su estilo se mantenía, pero pese a que el caché de las marcas había aumentado, todavía guardaba muchas prendas que le fueron muy asequibles tiempo atrás. —Cuando salgo de fiesta, o salimos, —pensó en los demás chicos de Déjà Vu—suelo arreglarme más de lo normal. —Eso no era un secreto, era algo que hacía él y hacían todos, sobretodo cuando llevarse a alguien a casa suponía un objetivo claro de la noche. —Pero mis camisetas preferidas no son siempre las caras. Tengo una camisa que compré en Tailandia que me gusta bastante, azul y negra. Creo que no llega ni a los 13 000 wons. —Miró al grupo de camareros, atendiendo las mesas vecinas mientras hablaban. —Ninguna chica quiere llevarse a casa a un cualquiera. —agregó, y antes de que pudiese añadir nada la otra, remató:— Sabes que es verdad. Cuando se hacen one-night-stands los trofeos se buscan por ambas partes—Y puede que Sid se molestase, estuvo preparado para ello, pese a que no hubiese nada que pudiese decirle ella que le hiciese cambiar de opinión. Había tenido tiempo de testarlo con los años. Tenía suficientes casos prácticos como para poder presentar una tesis de universidad.

Apenas le dio tiempo a dejar aparcado el tema de conversación. La vio saltar de uno a otro con rapidez vertiginosa, algo sorprendido de la cantidad de temas tabú que estaba logrando sacar en unos pocos minutos. Sid, your foreigner roots are showing.Bueno, he sido vegetariano desde los trece, hay mucha comida tailandesa hecha a partir de verduras, es mucho más fácil que aquí, pero por cambiarme de país no voy a cambiar de costumbres. —No dio muchas más explicaciones de eso, quizá algo a la defensiva, por si se encontraba testándole o algo. Cierto era que Dae tenía deslices, —sí, no era ningún santo—, pero por norma general se ceñía bastante bien al modo de vida.  Una sonrisa breve asomó en su rostro, ademán de acolchar con ella la conversación —se sentía en un interrogatorio—. Se había planteado ser vegano, pero eso no era algo que apoyase en demasía su empresa. Dificultaba mucho el organizar el catering cuando tenían actividades con el grupo, y existía ese estigma social —que mantenían también los nutricionistas que les organizaban las dietas—, de que comiendo así no estaría recibiendo suficientes proteínas, vitaminas, lo que fuese que se les ocurriese decir en el momento.

Tomó el menú cuando se lo tendió, viendo como Sidney se alzaba, cámara en mano, y por un momento la creyó irse. Estuvo tentado de adelantar la mano, impulso de tomarla de la muñeca, cuando lo interrumpieron sus palabras y disimuló. —Sí, tranquila ya lo encargo —Quedó solo en la mesa, pidiendo ambos el tteokbokki y el bibimbap, platos exageradamente tradicionales pero que no podía permitirse comer todo lo a menudo que quisiera.

La miró cuando supo que no se daría cuenta, entretenida como estaba con la decoración del local, y finalmente desvió la vista, lo suficientemente pronto como para no percatarse del instante en el que la otra le hiciese la foto. Llegaron las cervezas y dio las gracias al camarero, dándole un sorbo a la propia. Le supo a cielo, el alcohol, tranquilo al saber que faltaba aún una semana para el chequeo médico de RCKSTR. No se arriesgaría en caso de ser al día siguiente. —¿Mm? —Desvió la vista a la chica, que volvía con una nueva pregunta en los labios. Se dio un tiempo para responder— Es muy difícil salir a comer fuera cuando se es vegetariano o vegano en Corea... así que...—se encogió de hombros.


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por Sidney B. Graham el Mar Oct 16, 2018 8:49 pm
Lamentó su tono directo y las líneas rectas de su rostro, pues no había pretendido molestarlo con su comentario; mal había escogido las palabras, así que permaneció callada, dejándolo explicarse. No se consideraba materialista en lo absoluto, ni tampoco alguien que juzgara con facilidad, pero tras la incómoda mañana en la que despertaron a medio desnudar, había para con él un escepticismo injusto que había querido rectificar, allí, comentándole aquél sitio no era lo que había esperado de él —y estaba bien, porque era mejor (de su estilo: plantas, madera y amigos). No echó hacia atrás, para corregirse. Escocía en su feminidad y en su feminismo, aquella palabra:— Trofeo. —la masticó como a un chicle— ¿Es eso? —preguntó, con la mandíbula relajada pese a la sangre caliente. Era la paciencia de quién ha conocido antes: otros, igual— Un disfraz para impresionar otro disfraz.

Sonaba ridículo, claro que él solo tenía sus ojos. No le diría ella no hacía ese tipo de cosas, porque aquella explicación no solo estaba de más sino que sonaba como un añejo escupitajo a la libertad sexual —podía meterse en los pantalones de quién quisiera y cuántas veces quisiera—; tampoco le diría que ella no coleccionaba ni iba en busca de nada —que no sentía un vacío existencial en su estantería ni el impulso de llenarlo efímeramente—, que la razón por la que se enredó en él fue mucho más sencilla o quizás, mucho más compleja (que la miró a los ojos y allí, ella solo vio un símil a la entereza). Aún así, mantuvo con fijeza los ojos en él como si su chocolate se hubiera agriado (preguntándose qué escondería bajo su disfraz —¿más gratas sorpresas, como aquella?— y qué era lo que había hallado de especial en ella, que había buscado aún creyendo falso / preguntándose si el de delante era otro disfraz). Los pliegues de sus párpados suavizándose, foco al menú hasta que mencionó país. — Oh. —se le escapó— ¿Eres tailandés? —la barbilla viró a un lado, como si lo contemplara desde otra perspectiva. Cuando volvió a su posición natural, le sonreía— Pero hablas muy bien, —pausó, dejando el menú sobre la mesa y añadió un murmurado y burlón:— al menos para mí.

No se percató, de aquella mano; de haberlo hecho, hubiera alargado la suya propia a la otra mejilla, propiciado una caricia como a un infante y dicho no te dará tiempo a echarme de menos. Cuando dio sorbo a su cerveza, volvió las manos a la cámara para sacarle el objetivo y guardarla correctamente en el interior de su mochila, con un cuidado evidente. Y luego, las manos fueron soporte para su barbilla, un balcón en dónde se apoyó; la yema del índice dibujaba el contorno en el filo del vaso, oyendo el suave y casi imperceptible sonido del vidrio. — ¿Por qué me has traído? —volvió a preguntar, creyendo había fingido despiste para no verse en compromiso de responderle. No le importó, aquella verdad a medias; se le ensanchó aquella curiosidad palpitante, aquél impulso en la mano —por arrancar posible disfraz o hallar sólo carnemúsculo. Cabeceó con lentitud, dibujando una ola de mar con aquél balanceo y esta se vio irrumpida, teniendo que retirarse hacia atrás, espacio al camarero para servirles los platos.

Su cabeza se agitó otra vez, un movimiento más corto y rápido. Gracias. —Fue a tomar los palillos, pero le habían traído cubiertos. Se fijó en el otro extremo de la mesa, pero allí descansaba un sobre de palillos de madera, así que sus dedos tocaron el metal del tenedor y la cuchara en un latir extraño. — ¡Disculpe! —alzó la voz, de vuelta el camarero; les tendió aquellos cubiertos como un destierro más de su cultura. Le sonreía como si no estuviera hastiada de que aquello le sucediera cada vez— ¿Puede traerme palillos?
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Esperó quizás otro tipo de respuesta por parte de Sidney. Tampoco había hablado de aquello con otras chicas, pero siempre imaginó algo más violento, la hipocresía nerviosa que comúnmente arrasa en las conversaciones. Alargando la mano para tomar su propio vaso de cerveza, bebió, escuchándola, y la palabra en sus labios sonó agria, como instantes antes había sonado en los de él: trofeo. —Sí. —corroboró, diciéndose que era buena metáfora la que había empleado la otra.—Disfraces. Todo el mundo los usa, cada vez más. Un caso en concreto, muy grave que conozco—esbozó una sonrisa antes de retomar la seriedad, dotando de una solemnidad inexistente a lo que iba a decir— Instagram ¿lo conoces? Ah. Terrible. Dicen que hay quien se pasa horas para sacar una foto y subirla, qué locura ¿verdad? —se percibía la diversión en su voz, la risa no formulada, la ironía de saberse culpable, él el primero, uno más que se dejaba arrastrar por la convención social.

En ocasiones se cansaba. Lo hacía porque no eran solo un disfraz como mencionaba Sidney, eran múltiples para él, un disfraz que cohabitaba con otro dentro de otro. Una paradoja que en ocasiones lo tenía en silencio en su habitación, mirándose al espejo, preguntándose quien era realmente. Poner nombres ayudaba. Nombres para diferenciar A de B. El real. El que quería ser. El de DJV. El de sus amigos. El de la familia. Daejeong. X. Phobetor. Dae. Sky.

Se distrajo en esa idea momentáneamente, el cuerpo recostado en el asiento, el móvil olvidado en el bolsillo. La pregunta de la australiana lo tomó por sorpresa, sin haberse parado a pensar en ello antes. Había creído evidente el que no era coreano, que lo delataba la piel más bronceada que la de sus compañeros. —Sí, soy tailandés... creía que lo imaginarías, que no era coreano al menos. —No la juzgó demasiado, recordando que podía ser difícil para los occidentales diferenciar el compendio de razas asiáticas. —Nací allí y me mudé de pequeño, por eso hablo bien el coreano, no por nada especial. No soy ningún genio de los idiomas.

Vio al camarero llegar a donde estaban con el bibimbap, colocándolo entre ambos en la mesa, y esperó a que fuese Sidney quien se sirviese en su plato primero. El que reclamara los palillos le hizo alzar la vista, preguntándose si es que sabría usarlos realmente o de alguna manera buscaba impresionarlo. —Puedes pedirle los cubiertos también si quieres, me es igual —Intentó, aún con la decisión de la australiana. Evitaba la pregunta que le había lanzado ella antes, una que ya creía haber respondido pero que volvía a lanzarle —Porque quisesaber másy porque creo que eres atractiva. —mencionó al final, esperando a su turno para servirse, el diálogo ameno el resto de la noche.

✯✯✯

Deberías probar el Jeungpyeon —mencionó, el dedo apuntando al postre en la carta —Los hacen muy bien aquí. Podemos pedir una bandeja con varios tipos. Los podemos pedir para llevar. —Y no supo exactamente porqué dijo lo último, solo pensando que aún no le apetecía volver a casa.


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Se le había escapado totalmente, y entonces sentía una creciente curiosidad con respecto a su situación y pasado, buscando, en parte, su comprensión con respecto al idioma, a la cultura y a lo sola que tendía a sentirse. — Eso decís todos los corea...siáticos. —se corrigió a medio camino, estúpida por obviar el tema del que recién estaban hablando (la nacionalidad del varón). — En Australia hablamos inglés, ya está. Aquí hablan el suyo, en clase inglés y muchos hablan japonés o chino o los dos, aunque solo poco, no importa. —en las pausas había un peso, entreviendo en el discurso la importancia que le daba a aquella cuestión, especialmente desde que ella misma lidiaba con el conflicto de la nueva lengua— No solo los Americanos son self-centered, por lo visto todos los angol... ang... angloparlontes struggling ¿Se dice así?

El camarero pareció haber sido cogido desprevenido y, entre la confusión y la vergüenza, se reverenció y rápidamente desapareció de su vera hacia donde Sid esperaba se hallaran los utensilios. Se negó, las hebras balanceándose ligeramente a cada lado de su rostro. — No, no. Siempre uso palillos. —había sido esa la única forma de aprender a utilizarlos. Además, se le hacía raro comer comida tan tradicional con cubiertos occidentales. Aquella respuesta tardía la cruzó tan desprevenida como su propio reproche al camarero, mismo que retornaba y le tendía los palillos, Sid tomándolos y revolviendo los alimentos de su bol. — ¿En serio? —no lo miró hasta que no hubo terminado, sosteniendo con los palillos (dedos lo suficientemente elegantes) el alimento y acercándolo a la boca. Voló una flecha:— Recuerdo dijiste que la habitación oscura me hizo favor. —sin embargo, el tono fue suficiente para que la punta se fundiera y clavara, con mucha más gracia, en el cuerpo ajeno.


La comida estaba deliciosa, la conversación entretenida, y la carta les había retornado una vez más; para cerrar la noche, parecía, pero Dae señaló un nombre y mencionó un después de camuflaje —a un más, sonaba—, y Sidney bajó la carta hasta la mesa, mirándolo sin necesidad de añadir otra cosa. Pidió el postre, accedió a su sugerencia. En el paladar quedaba impresa la huella del agridulce, aunque no habían probado el jeungpyeon aún, esperando —la cadera apoyada ligeramente contra la madera de la barra— a que les devolvieran las tarjetas (había insistido en pagar a medias), con el postre envuelto y embolsado.

Se colaba la cazadora en lo que se dirigían hacia la puerta, caminando entre las mesas en las que aún restaban comensales tardíos o postres que se alargaban a propósito, haciéndola sonreír al ver la bolsa pendiendo de los dedos de Dae. La noche había caído plenamente y el frío de la Luna la sacudió en un escalofrío, haciéndola frotarse uno de sus hombros —queriendo entrar en calor— y esperando dubitativa frente a la motocicleta.  Se le ocurrían un par de cosas con las que proseguir el encuentro (no cita), y aún así, primeramente preguntó:— ¿Qué quieres hacer? —brazos cruzados por el frío y no el rechazo.
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