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interlude – Seo Jik

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por Kang Sun Mi el Sáb 06 Oct 2018, 19:29

Sábado 6 de Octubre, Residencia familia Kang, 19 hs

Como de costumbre, la residencia estaba vacía y silenciosa. Demasiado amplia para contener a una sola persona. Los padres de viajes de negocios y su eterna nana de vacaciones. Tontamente había enviado un mensaje a Seo Jik a pesar de todos los vistos que había recibido y en aquel le preguntaba una vez más si necesitaba hablar. Pensó en desahogo. Le había enviado su ubicación con la esperanza que captara estaba a solas, sin las narices de PLM encima y en el resguardo de su hogar, aquel que sólo él conocía.

Supuso que no respondería y continuó con lo suyo, vagando en pijama por la casa, con una pequeña manta encima de sus hombros. Fue a la cocina, encendiendo luces una a una porque ya en otoño oscurecía temprano y fue en busca de leche y chocolates.  Sólo el sonido del timbre la hizo frenarse y regresarse a la puerta, espiando primero por las cámaras quién la visitaba y al hacerlo pudo jurar que el corazón se le paró por un segundo. Estaba allí. Arrugó con sus manos la camisa de su pijama de algodón, no sabiendo si fingir no estar allí y dejarlo, o si por el contrario, tomar valor y abrir la puerta. Terminó optando por lo segundo.

Jik – su nombre se le escapó en un susurro, como si de un secreto se tratase y se hizo a un lado, dejándolo pasar y lo contempló fijamente. Esta vez no era un holograma. ¿Y ahora qué? ¿Debería abrazarlo en silencio? ¿Preguntarle si estaba bien? ¿Pedirle perdón? – estoy por hacer chocolatada – infantil, rubor en las mejillas, se tambaleó sobre sus pies de forma nerviosa. – ¿quieres una? Hace algo de frío afuera, ¿no?
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por Seo Jik el Lun 08 Oct 2018, 05:56
Se hallaba en la cafetería de la empresa cuando recibió el mensaje; en una mano el teléfono, en la otra un sándwich que quedaba a medio morder. Había eliminado el contacto, así que ningún nombre apareció —qué absurdo, pues se sabía aquél número de memoria. Las semanas habían pasado, sin embargo, Sunmi volvía a enviar unos pocos vocablos, un intento de acercarse al Jik que había ignorado cada uno de los anteriores (¿para qué?, se preguntó la única vez, de madrugada, en la que estuvo a punto de enviar respuesta). La vergüenza por haber sido hallado en lágrimas había sido pisada por la fatídica noche en la que, en un local, la vio temblar —pero de esta, la fémina no sabía; de esta, la fémina nunca sabría—; no había podido dejar de pensar en aquello, día y noche, al punto de que los pies diestros se le habían vuelto pies izquierdos y ya no había forma de que saliera contento de ningún ensayo. Cuando se marchó, el sándwich a medio terminar lo contempló desde la mesa.

No necesitaba de aquél mapa virtual absurdo: Jik podría haber hecho aquél recorrido a ojos vendados —aún si tanto tiempo había transcurrido desde la última vez que había estado allí. El caserón era parecido a su propio hogar, mas todas las casas de la urbanización tenían un aire similar, tan impersonal como aquella donde se crió. Dudó con el índice sobre el timbre, meditando sobre una falsa razón por la que estar allí, presionándolo al decidir que no le importaba si Sunmi creía, había mordido el anzuelo —lo había tomado por alguien desesperado y había parte de razón en ello—; se contentaba con verla y cerciorarse por sí mismo de su bienestar, pues era aquello lo que lo había poseído desde entonces —aunque quizás deseaba algo más, y aquello, ni el propio Jik se lo reconoció. La puerta se desencajó con una lentitud vacilante, aunque la criatura tras esta lo miraba a los ojos con la fijeza de quién ha tomado una decisión —encararlo—, y este no se estremeció al oír su nombre, simplemente la contempló.

Sus comisuras se hundieron en el rostro: estaba bien, inquieta y ruborizada, pero ¿por qué al mirarla también la imagen del otro hombre se aparecía? Descubrió que aún anhelaba abrazarla, así que apartó los ojos. — Sí. —respondió; incapaz de dar media vuelta tras el camino hasta allí. Se adentró en la casa, cerrando la puerta tras él, y se descalzó, dejando los zapatos junto al resto con modestia y calzándose las zapatillas para invitados, frías del tiempo en el que no las había vestido. Pese a conocer la instancia, la sintió tan poco familiar como la muchacha y se mantuvo tras esta con cortesía, deteniéndose en la cocina espaciosa pero sin tomar asiento.
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por Kang Sun Mi el Mar 09 Oct 2018, 06:16
No podía dejar de contemplarle con extrañeza. Pues a pesar de que ella fue quién lo invitó, el motivo seguía siendo incierto. Donde antes se enfundaban en un abrazo ajustado y compartían risas, ahora intercambiaban silencios. Ante su escueta respuesta, Sunmi volteó automáticamente y le hizo una seña a la mesa para que tomara asiento.
En absoluto silencio y con paciencia aguardó a calentar la leche, observando las llamas de la cocina. Me odias. Y sin embargo, estaba allí. Me desprecias. Pero estaba aguardando una taza de chocolatada. ¿Entonces? Seo Jik había disuadido exitosamente varias veces los mensajes de Sunmi que había intentado protegerlo o cuidarlo. ¿De qué? Probablemente el mayor peligro allí era ella y se enterró en la culpa.

Volteó con las dos tazas de chocolatada y le sirvió una, agregando luego un plato de galletitas. Evitó el contacto visual, sólo se sentó frente a él y movió lentamente la cuchara. Silencio eterno. Bebió sin hacer ruido y apoyó la taza con suma delicadeza, pasando así los minutos, con la mirada perdida en la taza, hasta que las orbes color miel se alzaron a él. Sonrisa trémula, quiso encogerse de hombros pero se mantuvo tiesa. – ¿Por qué nunca me has dicho que...? – prefirió callar. – ¿tu te encuentras bien? – quería preguntarle hace cuanto tiempo lidiaba con eso, pero quizás era demasiado. – ese día, me preocupé mucho por tisí, tengo sentimientos, y un corazón. A veces late.
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por Seo Jik el Mar 09 Oct 2018, 06:46
Obedeció diligente al gesto, tomando asiento y con el abrigo aún puesto, con aquello delatando no planeaba pasar allí más de lo estrictamente necesario (¿y cuánto? si el latido, aunque a tropiezos, le rogaba paciencia). Sacó el teléfono del bolsillo y fingió entretenerse en alguna red social, deslizando el pulgar pantalla abajo, inhalando el olor dulzón que provenía de los fogones (aunque no era aquél el que le incitaba a alzar la vista, hacia la hipnótica cascada de hebras). Dejó el aparato a un lado, en la mesa, y se percató de la cautela con la que ella tomaba los tazones y se acercaba, tomando asiento frente a él; Jik miró el juego de tazas, las falanges largas de la muchacha, que escogía una y la arrastraba sobre la mesa hasta sí, haciendo girar la cucharilla en el interior. Tardío, Jik fue espejo y contempló el líquido espeso, el vaho caliente que se ondulaba y le llenaba la boca de ganas —por tomarlo, por disfrutarlo caliente y robarle, furtivas, miradas cómplices (pero todo aquello parecía desubicado, como si no perteneciera a ellos o ellos no pertenecieran al lugar o, más bien, ellos no fueran ellos más).

La metálica cucharilla se detuvo y él escogió una galleta azucarada, hundiéndola en el chocolate, dejando que aquél la deshiciera un poco para que terminara de morirle en la boca. Nunca la llevó. La galleta se quebró en la taza, hundió el pedazo en el chocolate y los ojos aún seguían allí, la mandíbula sobresaliendo en la piel nívea de su rostro. Resonaba en él, resonaba, resonaba; quiso maldecirla. Soltó el dulce y alzó orbes, un extraño coraje para encararla con inquina en lugar de devoción. — ¿Por qué? —inquirió, incrédulo; atorado en la pregunta inconclusa— ¿Alguna vez me diste la oportunidad? —de mostrarse con honestidad, para unirse a ella; de ser algo más que un puñado de besos— No, ¿alguna vez preguntaste?¿te importé?— ¿Fui yo el único que estaba...? —tragó saliva (se oyó la tristeza). La voz no se alzó, pero en la contención de su tono hubo más violencia que si lo hubiera hecho. O no violencia, mas repudio: al sentimiento, al corazón que ella decía tener y dejarle entrever, pero solo entonces. Había veneno en el hueco entre ambos, y se le clavaba. — Me echaste a un lado pero ahora me atosigas con mensajes, ¿y por qué? ¿porque sientes curiosidad? ¿o quizás te apetece jugar un poco más? Sunmi, —respiraba tormenta— ¿qué quieres de mí?
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por Kang Sun Mi el Mar 09 Oct 2018, 18:39
Volvió la vista a la taza humeante de chocolatada caliente. Se frotó el brazo como quién muestra incomodidad e infringió una mueca. No era justo. — Nunca me has relatado tus demonios, ni yo los míos — le interrumpió casi a la par mientras hablaba, sin subir la mirada. Ninguno de los dos se mostró con honestidad, era cierto. Ella por incertidumbre y temor. Contarle sus problemas, implicaba contarle lo que le sucedía en PLM; situación humillante y vergonzosa para ella, y no sabía de qué forma reaccionaría él. Tal vez también la vería aberrante, sólo un pedazo de carne.

Eramos dos — recalcó, finalmente alzando la mirada a él, cansada del singular que Jik estaba obstinado a usar. — Estábamos — le corrigió, aún sin necesidad de que finalizara su frase. Agachó la vista a las barras de chocolate, partió una y la dejó fundirse en la leche, otra, la deslizó en dirección a Jik y volvió su brazo a su lugar. Desvió el rostro hacia un lado, indiferente. Las palabras no la asesinaban, estaba acostumbrada a esas interrogantes. — Si quisiera jugar contigo, lo habría seguido haciendo durante muchos meses más, descuida — Jik no era su target, se había enamorado de él en ese entonces. Y le alejó, para alejarlo también del enfermizo mundo que era PLM. — ¿sientes qué quiero algo de tí? — sonrisa lacónica, rostro volteando a él. — ¿qué tienes para ofrecer? — revolvió con la cuchara lentamente, sin dejar de mirarle. — sólo me preocupé por ti — sentenció, con hastío. — de nuevo, ¿te encuentras bien? — esta vez, el tono de voz además de ser insistente, sonó dulce, suave. Quiso poder alzar sus dedos y acariciar su mejilla.
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por Seo Jik el Dom 14 Oct 2018, 01:17
Sunmi se escurría de culpas, transformando singulares en plurales, como si tan sencillamente se fuera a reconstruir la memoria del nosotros. Si rememoraba su boca —beso o sonrisa—, el destello venía acompañado del veneno de la traición, del mensaje enviado por su propio puño con la fotografía como prueba y estacada mortal, y entonces, que hablaban —casi— sin tapujos, jugaba a la chica buena que también amó. No, Jik no creería aquello. Cuando todo ocurrió, se escuchó claramente un crac y era el suyo (había sido siempre su corazón). La miraba con firmeza y se preguntaba cómo alguien de facciones etéreas era capaz, también, de hundirle puñal en la espalda y aún seguir allí con entereza. Sus nudillos se tornaron blancos, aferrándose a la taza caliente. — ¿Qué significa eso? —musitó, a la retahíla rematada con un descuida ¿debo darte las gracias?

Qué tienes para ofrecer. Cuando una comisura se le alzó, la mueca no era más de Jik, sino la desfigurada forma en la que una herida podía sonreír. Allí estaba ella —lengua como un cuchillo con puñal de terciopelo—, arañando la cicatriz para chapotear un poco más. Un poco más, qué más daba; qué era él, después de todo, qué había sido él (¿qué había estado haciendo, día tras día, mientras la amó? ¿qué había hecho después, cuando la añoró pese a odiarla? ¿qué hacia entonces, en su cocina o tablero? De veras le había preocupado la grieta que atisbó en la fiesta, de veras le pesó el saberla frágil, de veras había golpeado y había sido golpeado, de veras había arrastrado suelas de vuelta a casa y había permanecido despierto hasta la mañana siguiente, llamándola con labios cerrados, preguntándole ¿estás? —¿dónde? ¿cómo?—. Y qué había estado haciendo). — Basta. —exhaló. La humillación se le atoró, como una flecha atravesándole la garganta, y el cuerpo tensado se echó hacia atrás en la silla. — Basta. —repitió imponente; porque ella ensuciaba cualquier palabra y porque los ojos de miel le supieron terriblemente amargos. Basta, rebotó como en el pasillo del hospital.

— Sunmi, —susurró el nombre embrujado una vez más, como la quietud que precedía a la tormenta (el último llanto funesto)— ¿cómo puedes decir eso? ¿eres si quiera humana? —Se puso en pie, las patas de la silla chirriando en el suelo— Es porque te lo di todo, ¿no te das cuenta? —todas las teclas en su tórax se presionaron en un estruendo— Que yo —le temblaban las manos, la voz arañando corazón— sí te quise. —reconocerlo le quemó la garganta— A diferencia de... —pero no pudo seguir. Se preguntó a cuántos hombres habría dejado (usarla)— ¡Solo te quise por ti y sin querer nada de ti! —aulló, acercándose con un paso aunque el hocico se retraía en repudio— Y ahora, ¿si estoy bien? ¿Que fue por mi? Mírame. ¿Estás bien? ¿¡Realmente estás bien!? —murió toda la voz, los talones hacia atrás con fatiga— Cómo... —susurró. ¿Cómo podía estar bien? Estaba llorando. Estaba llorando otra vez.
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por Kang Sun Mi el Dom 14 Oct 2018, 04:25
Sí. Deberías dármelas – respondió con firmeza, contrario a lo que se pensaría que haría. El no tenía idea de todo lo que había detrás. Haberle roto su corazón de esa forma, había sido menos problemático que Jik teniendo que sufrir por el sinfín de mierdas a las que ella estaba atada en PLM. Claro que debía darle las gracias. Había hecho su vida más sencilla sin que lo supiera. La foto enviada era una farsa. El engaño ni siquiera sucedió. Sólo fue cruel a propósito. No quería involucrarlo en sus problemas. El cuerpo se le estremeció al oír el basta de Jik, un suplico de ya no más, por favor. Le contempló levantarse, arrastrar la silla con agresividad y la muchacha se sintió diminuta, contemplándolo desde su posición.

Desde luego, no quiso ser menos y también se levantó, haciéndole frente con aquella altura y porte imponente. Las manos le temblaban conforme le oía y sus ojos se humedecían, se ponían brillosos a la par de Jik. El corazón trotando y pidiéndole a gritos que huyera como siempre, pero sus pies quedaron fijos. No huiría. Y en cuanto oyó las palabras, que la quiso, el cuerpo tembló, se desmoronó y las lágrima cayeron sobre las mejillas rojas. Jik había derrumbado su castillo. – también lo hice...Te quise lo hago.  Cerró los ojos escuchando los bramidos del contrario y agachó la cabeza, quebrando finalmente en llanto. – ¡Que no! ¡No estoy bien! ¡MI VIDA ES UNA MIERDA! – las palabras se superponían sobre las de él y siguió sollozando, con la respiración agitada, volviendo a abrir los ojos para verle. – ha sido una farsa, las fotos, todo. ¿Qué acaso no captabas que quería alejarte de mi? Tuve que destruirte para no seguir involucrándote en mi infierno – una de sus manos se apoyó sobre el hombro de Jik y le empujó poco a poco hacia la puerta. – Vete – le pidió, a lágrima tendida. – sólo vete – el labió inferior le tembló y los apretó con fuerza para evitarlo. – fue un error mío, el llamarte todos estos días, lo siento. Me preocupé por ti, porque te quiero... – agachó la vista y negó varias veces con la cabeza, dando otro paso con firmeza, intentando empujarle con suavidad. – márchate, Jik
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por Seo Jik el Dom 14 Oct 2018, 05:03
Qué gruesas las lágrimas y qué fina su voz —y aún así, la oyó nítidamente (la hubiera oído aún después de muerto, pues era lo que había estado aguardando). Te quise. Cada manecilla se detuvo. La confesión de ambos parecía tan tardía, que los ojos la contemplaban tras la arenisca de la incertidumbre, cargando con un llanto al que permitió vertirse en idéntico recorrido, tan cansado de orgullos y de posturas rígidas, oyéndola quebrarse (sí, aquél crac se había repetido) en una cadencia continua, como si aquél —el sonido del ellos haciéndose pedazos, arrastrándose quizás en anhelo mutuo de hallarse— fuera el nuevo tic tac del reloj. Pero no podía ser cierto, se decía. No, no podía ser cierto, no podía haberlo correspondido porque nada tenía sentido entonces. Ah, es que Jik no comprendió.

El:— ¿qué? —fue apenas un quejido. No pudo comprender aún habiéndola escuchado, porque las lágrimas de ella aplastaban ruido y porque en atropello había escapado la verdad. Qué idiota, él, que creyó poseerla. Desarmado, el cuerpo se movió al empujón de la fémina, incapaz ya de oponerse a ella; ¿con qué mejilla la encararía y volvería a alzar la voz? Nada de aquella podía ser invención, porque cuando entonces la miraba, entendía que miraba a aquella Sunmi que le rió a escondidas y le huyó en besos —entendía que no huía más, que clavaba los talones para encararlo por vez primera. El corazón no se le había enmendado, pero tenía por fin la pureza y, aferrando la declaración con las manos, el cuerpo se tensó cansado en triste oposición al exilio. — No... —suplicaba, pero ella no lo escuchaba. Ocurrió:

"porque
            te
                quiero"

Se tambaleó. Es tarde, un desconsolado pesimismo, es muy muy tarde. Porque ya todas las puertas se habían cerrado y temblaba violencia al pronunciar su nombre. Sí, era muy tarde... tan tarde que el cuerpo había olvidado cómo se erizaba bajo sus ósculos, tan tarde que las palmas le habían olvidado la curva de su nuca y cómo se le encogía al susurrarle al oído. Tarde, se repetía, ya me he ido. Pero mierda, seguía allí. Todas las malditas puertas se entornaron y salieron ojos en el tapiz de su casa —su cuerpo, su cuerpo embrujado. Sentía el frío de los dedos que buceaban en su dirección y no la alcanzaban, y el terror de perderla para siempre lo despertó con un espanto. La posibilidad del perjurio había salido de sí y, cuando retiraba con las palmas sus propias lágrimas, se avergonzaba del odio y del índice, se avergonzaba de la piel que en asco se le había retraído aquella tarde, de los celos por lobos y el implícito deseo que tan bien había soterrado.

Se halló a sí mismo y se encontró, no sólo desmenuzado, sino también manchado. La había venerado y la había traicionado, también; ese era el caudal que le corría la sangre (perdóname, perdóname). Se le había hartado la razón. — No, —no quedaba más dictadura en su voz de agua clara, solo una pena longeva y frágil, como en alguna antigua canción— no voy dejarte sola. —farfulló al fin. La espalda quedaba aplastada contra la puerta, alejado de la fémina. Retiró de ella los ojos enrojecidos: al suelo, a las paredes, no importaba donde. Agachó la cabeza.
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por Kang Sun Mi el Dom 14 Oct 2018, 06:39
No hagas esto. Lo hacía difícil, como siempre, como toda su relación. ¿O era ella en realidad la complicación? ¿La que obstruía? Era ella. Sí, en definitiva lo era. La causa y efecto del caos que había desatado a su alrededor. Le vio agachar la mirada y sus manos fueron a su boca, tapándosela, tratando de apaciguar el llanto quebradizo, cerrando sus ojos con dolor. Le había destruido tanto y aún así, no la quería dejar sola. ¿Qué clase de monstruo era para hacerle eso? Amor, no, vete, porque duele. Apartó su mano de su rostro y fue acortando poco a poco las distancias. Caminó hacia él, desvalida, rota y los brazos terminaron rodeando la cintura del contrario, aferrándolo en un abrazo ajustado y desesperado contra la puerta.

debes irte – volvió a decirle entre un llanto silencioso, escondiendo el rostro en su cuello, arrugando su ropa porque a la vez no quería dejarle ir. El corazón se le estaba rompiendo a pedazos. – no estaba en mis cabales, no pensé en las consecuencias. Solo quería verte, egoístamente, quería saber si estabas bien desde lo del hospital – explicó sin apartarse aún. – pero no puedes estar aquí. No puedes volver o irán tras de ti – ¿Quienes? Solo ella lo sabía. – lo siento, perdóname. ¿Puedes hacerlo? – apartó con dolor el rostro de su cuello y lo miró fijamente, suplicante. – no me odieshay razones detrás para haberte lastimado tanto. Quise protegerte.
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por Seo Jik el Miér 24 Oct 2018, 06:14
El amortiguado sollozo de la fémina contra las palmas se le hendía. No se atrevió a mirarla a los ojos, cerrando los párpados con fuerza —un peso le había sustituido otro, sobre el corazón—, pero aquellos se abrieron de pronto al sentirla cálida contra su cuerpo; los brazos se le abrazaban al torso, un movimiento lento y torpe, como si reaprendiera a tocarlo. La sintió esconder el rostro lloroso en él y, profiriendo un frágil lamento, la envolvió con sus largas extremidades, deseando protegerla allí de todo aquello que la estaba atormentando —de todo lo que él, en su ineptitud, no había sabido ver a tiempo. Las lágrimas le habían dejado de caer, pero el blanco de sus orbes se había teñido de un rojizo desconcierto, escuchándola contradecirse al cuerpo, que aún lo estrechaba. Y Jik la escuchó, porque era todo cuánto podía hacer: escucharla tras todo el tiempo en el que se negó a hacerlo.

No lo sé. —admitió, en un susurro. ¿Podía marcharse, simplemente? Debía confiar en el criterio de ella, pues se lo debía, así era cómo se sentía; sin embargo, dejarla allá en aquél momento, en el que la sentía tiritar contra él como poco más que una hoja a medio marchitar, era un pensamiento en contra de lo que le dictaba no solo el corazón, sino la razón también. ¿Por qué ella no hacía más que intentar salvarlo? ¿qué era aquello tan temible de lo que deseaba protegerlo, a tan alto coste? Sunmi echaba el rostro hacia atrás, lo miraba presa de una angustia espantosa y él le tomó el rostro entre las manos, retirando con los pulgares las necias lágrimas, llenándose de impotencia, mirándola con el ceño fruncido por la confusión. — No te odio. —le prometió, una voz agridulce que deseaba filtrársele y descansarle aquél pensamiento. Aún sostenía su rostro, tan pequeño entre sus manos grandes. — No entiendo nada, —farfulló— pero sea lo que sea, hagámoslo juntos. Hagámoslo juntos, ¿sí? Por favor. —insistía, como quién roza un gatillo. Porque él también deseaba salvarla.
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por Kang Sun Mi el Vie 26 Oct 2018, 04:59
Qué tonta preguntar si le perdonaría, después de todo el daño causado. Aquel no lo sé sonó como el castigo más justo y lo aceptó, sin derecho a réplica, sin siquiera atreverse a contar más a fondo en qué estaba liada y en cómo él no podría ayudarla, sino más bien, empeorarlo. – Jik, no puedo explicar mucho ahora – por vergüenza y porque a su vez, revolvía en el pasado, en sus errores y descuidos, aquellos que hoy la estigmatizaban como una persona cruel. ¿Y sin embargo estás aquí, recogiendo los pedazos rotos de ambos? Le miró fijamente cuando sostuvo su rostro, sin haber olvidado aún aquel simple tacto que enviaba descargas eléctricas a todo su ser. Mucho menos olvidaba el rostro sonriente e infantil del muchacho, muy diferente de lo que veía ahora. Distaba demasiado. Los tiempos alegres habían quedado enterrados en el pasado.

Negó con la cabeza ante lo que decía y respiró hondo, con dificultad y dolor. – No es sencillo – sus dedos acariciaron el rostro de Jik con ternura y amargura, sabiéndolo lejano a pesar de anhelarlo tanto. – Es...retorcido, abusivoobsesivo, enfermizo. Al punto de tener gente siguiéndole los pasos fuera de sus clases de ballet o dando vueltas por los dorms de Mixture. – Hay alguien que me está...siguiendo, hostigando, manipulando y chantajeándome. Totalmente obsesionado conmigo. Bajó un poco la cabeza, incapaz de mirarle. – Ha estado sucediendo desde que salíamos y luego fue insostenible – y peligroso. – El te tenía en la mira, me tuve que deshacer de ti de la forma más cruel – murmuró y se aferró a sus hombros, las manos avanzando más en dirección a su nuca, recorriendo un camino demasiado familiar antes de acercar su rostro a él. – sólo aléjate – le pidió como último favor, antes de cerrar sus ojos y regalarle una despedida agridulce. Besos suaves, inusitados y las lágrimas volvieron a brotar. Lo extrañaba tanto. La mínima diferencia de alturas, la sencillez con la que ambos encajaban, su aroma, su risa contra su cuello. A él. – mi último pedido, escríbeme cuando llegues – susurró contra los labios, separándose finalmente de él y los brazos cayeron rendidos a los lados de su cuerpo, dando un paso hacia atrás.

Le contempló acongojada y atemorizada. El cuerpo le temblaba y se abrazó a sí misma para evitarlo.
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por Seo Jik el Dom 28 Oct 2018, 20:07
Podía sentir, bajo las yemas, la vacilación con la que unía unas pocas piezas —cómo escogía aquellas meticulosamente, pese al temblor—, dejando a Jik con la imagen de un puzzle en su mayoría inconcluso. Él, recuerdo de, y sus ojos se prendieron bajo la neblina de la pena. Sabía que Sunmi no respondería, y aún así, no pudo retenerse:— ¿Te refieres al del otro día, en la fiesta? —Las palmas se alejaron del rostro, pero se le hicieron ancla en su lumbar, apegándola a su cuerpo no por propia necesidad —que existía, palpitante— sino como intento de tranquilizarla, dejarla hacer de él de nuevo un refugio (en la idea fantasiosa de que nada les sucedería si se quedaban de ese modo), pese a aquél peligro inminente del que lo alertaba y cuidaba, acariciándole pómulos y aunando sus frentes.

— No —¿cómo esperaba permaneciera atrás, brazos cruzados, dejando que lidiara sola? Si había batallado por sí misma tanto tiempo, debía sentirse terriblemente cansada (y por aquél roto se le filtraban todas las sombras). Si había batallado por sí misma y seguía haciéndolo, significaba no había funcionado—, escúchame...Solo aléjate era una petición, una sola petición, pero ¿acaso no podía haber escogido algo más simple? Era evidente que no se le daba bien, pues había sido él quién se había presentado allí, después de todo; era él quién había acudido pese a un supuesto odio mordaz. Aléjate era una prisión de la que Jik se sentía obligado a escapar. Y un beso, y luego otro. Era como si la última despedida se hubiera aplazado para aquél instante, y sus manos se ciñeron a la figura, su boca le tembló bajo el beso último. Quiso pronunciar su nombre, como un reproche, pero al final las manos se le aflojaron, la dejaron escapar y, aún espalda pegada al marco de la puerta, permaneció mirándola con los brazos rendidos.

Acortó aquellos pasos, entre las manos de nuevo su cara, dejando caer el peso dulce de sus labios, presionando beso como si sellara en mitad de su rostro una(s mil) promesa(s). Cuando se alejó, dándole la espalda, calzándose los zapatos y con el pomo girando frío en la palma, se echó a la calle con una fingida determinación y las largas piernas andaron sin descanso, sabiendo que de parar, volvería corriendo junto a ella.
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