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por Boo Won Ho el Miér 07 Nov 2018, 16:31

doce de octubre
tren a Seoul. 16:34 hrs.


Se había acostumbrado al traqueteo tranquilo que, sin quererlo, lo arrullaba y empujaba a dormir. Había tratado de distraerse con un libro que había comprado en la estación, un tomo viejo de Agatha Christie y que, a sus ojos, era muy apropiado para los tiempos que corrían. Sentado cerca de la ventana, se ajustó la montura de las gafas en el rostro, preguntándose si no sería el asesino aquel botones tan simpático que había ayudado al bueno de Poirot al abordar el tren. Suspiró, dando un sorbo al zumo de melocotón que llevaba consigo. El asiento a su derecha había permanecido vacío la mayor parte del trayecto, desde que aquel hombre alto y trajeado, lo hubiese abandonado en Daegu. «Tienes que parar con los viajes de 6 horas, Wonho», se dijo, sabiendo que aún le quedaban cuatro para llegar a la capital coreana. Había ido a visitar a una amiga en Busan, y ahora sufría las consecuencias de la falta de aviones. Tenía una competición de relevos en dos días, y había prometido a Mingyu el estar un poco antes para poder practicar la carrera unas cuantas veces.

Cansado, reprimió un bostezo, que coincidió con el anuncio de una chica de megafonía. Se encontraban a la altura de Yeongdong, una de las tantas paradas del trayecto. Decidió apartar el libro, incorporándose para colocar la chaqueta doblada en las baldas sobre su cabeza, cuando le pareció ver un rostro conocido entre el gentío que abordaba el tren. Se quedó inmóvil, recordando sol y arena y risa, antes de caminar hacia la muchacha, sin creerse aún que estuviese allí en ese preciso momento. —Momo —pronunció, el júbilo abrazándole el corazón, llevando la sonrisa a sus ojos. —¿Qué...? ¿Qué haces aquí? No me lo creo. —Se hizo a un lado para permitir que pasase una pareja de ancianos, con su atención puesta en la muchacha, algo más adulta de lo que recordaba, pero no por ello diferente. Si le hubiesen dicho que coincidirían tras unos años en el vagón de un mismo tren a Seúl, no lo habría creído. —Deja que te ayude —ofreció, tomando el equipaje de esta y colocándolo en los distintos compartimentos habilitados para ello. Rehizo el camino hasta donde se encontraba sentado y guardó la última bolsa de la muchacha al lado de sus propias maletas. —No tienes porqué sentarte aquí si no quieres —recordó, al verse ya arrastrándola a ocupar el asiento a su derecha. Se alegraba de verla, pero eso no implicaba que la muchacha lo hiciese también. Era su ex, al fin y al cabo, pese a que la ruptura no hubiese sido violenta o dolorosa para ambos, si no algo que llegado el momento, tuvo que suceder.


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por Ahn Myung Kyung el Miér 05 Dic 2018, 15:47
Todos los planetas se habían alineado a su favor.

A principios de aquella semana, se había entretenido a charlar con una de las ancianas del centro cívico, de vuelta a casa, y esta le había contado de la expedición que realizarían el viernes al monte Wolryubong. Momo no pudo evitar contagiarse de su entusiasmo y lamentarse pues, aún si lo deseaba, no podía —aún— hallarse en dos lugares a la vez: o excursión o clases, y era obvia cuál sería su decisión, especialmente tras la reprimenda de la abuela. Así que se había resignado a asistir a sus clases, pero la noche del jueves recibieron la notificación, por el campus virtual, de la anulación de las mismas ante la falta de su profesor y, con esto, el permiso de acudir a la anticipada excursión.

Preparaba la mochila, dormía unas pocas horas y despuntando el alba, se subía al mismo tren que el grupo de ancianos con el nerviosismo propio de la expectación. Le contaba al grupo que había subido allí antes (cuando aún recibía su tratamiento, una de las pocas excursiones que realizó durante su estadía en el hospital —aunque esto no lo contó) y que había quedado enamorada del paisaje en verdes, pero que nunca había estado en otoño. Uno de los ancianos, el que más montañas parecía haber subido, le contó cómo se volvía naranja y roja, como el estómago de un volcán —de lo salvaje, que no decadente—, y el hermano de aquél lo pisaba, contándole que los ríos helados y los suelos nevados eran aún más bellos, generando una tonta discusión que se zanjó con la idea, de la boca de Momo, de repetir caminata unos meses más tarde, y sonrió al ver que todos estaban de acuerdo.

De regreso en la estación, primeras horas de la tarde pero su cuerpo se había torcido, portando el cansancio de quien no se detuvo nada más que para comer. La enorme mochila de excursionista, aunque más flaca, parecía pesarle más que al principio; los párpados estaban a medio caer, abriéndose repentinamente ante la llegada de su tren. — Halmeoni, —llamó la atención de la abuela que, a su vera, tomaba la iniciativa de subir primera al vagón— deje que la ayude con la mochila. —tendía sus manos, pero aquella negaba su ayuda con un chasquido, subiendo con la misma pierna (dolores de rodilla) los escaloncillos del vagón; burlaba, guárdate esas manos, ¡estás más cansada que yo! Y Momo le reía la cabezonería, subiendo tras ella y buscando, estirando el cuello, asientos vacíos para que alguno de los abuelos pudieran ocuparlos. Estos se dirigían por el compartimento al vagón contiguo —más asientos vacíos que en aquél—, dejándola atrás sin que se diera cuenta. Y fue así como Wonho la encontró.

Todos los planetas se habían alineado para que ellos volvieran a encontrarse.

Los ojos treparon sin vértigo la altura del varón, boca sin sonrisa por la sorpresa de hallarlo y no por ningún rencor, correspondiendo con un:— ¡Wonho! —que le arrancó, entonces sí, una sonrisa; el metal era nuevo en sus dientes. Ambos, aunque cambiados, se reconocían en la extraña distancia. Antaño hubiera saltado sobre su figura, hubiera estrechado sus hombros y besado sus… ¿labios? Podría haberlos sustituido por sus mejillas, de no haberle dado apuro. La última pareja de ancianos cruzó junto a ellos y tomó asiento cerca, haciendo que la pareja más joven reaccionara y comenzara a moverse. El corazón se le había llenado de sentimientos encontrados, pero ninguno de ellos era malo —no del todo.

Ay, gracias. —no tuvo intención de anteponerse, sacándose las asas de la pesada mochila y terminando después sentada a su vera. No habían podido despegarse, sus ojos. La torpeza del diálogo la hizo echarse a reír: una carcajada ligera que él bien podía recordar. — No me has dejado otra opción. —bromeó. Le tomó la mano —no pudo resistir el impulso de tocarlo—, estrechándosela, compartiendo mutua calidez y júbilo; luz en lugar de ojos, toda para él —su primer ¿amor? algo que trascendía romanticismo, que se abrazaba a sus huesos incluso entonces (que habían compartido mucho, mucho más que su primer amor). — El fin de semana pasado, hacía limpieza y te encontré en fotos, qué… ¿coincidencia? no, no estaba segura de creer en ellas— Estás gigante, ¿sabes? —como si ella no. Sus dedos aún seguían aferrados a los ajenos, como si con aquello no pudiera sentirlo extraño. Porque no podría serlo jamás. — Woo —el apelativo se elevó como si el pronunciarlo fuera milagro; sus mejillas salpicadas de remembranza y cariño— ¿de dónde vienes? ¿te va todo bien? ¿me darás tu número de teléfono? —Pudieran haber oído el te echo de menos, de no ser por el traqueteo del tren sobre las vías.
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